Y que los muertos entierren a sus muertos

Cementerio Central de la ciudad de Managua, Nicaragua

 

Como un consuelo para las familias dolientes, el Cementerio Central de Managua tiene una leyenda en la parte superior de su entrada principal que reza: Letum non omnia finit, La muerte no lo termina todo.  Este fragmento de los versos del poeta latino Propercio ante la muerte de su amada Cynthia, nos recuerda la trascendencia del ser humano después de su hora final; sin embargo, le faltó al poeta cavilar sobre el hecho de que lo que la muerte no termina, el tiempo se encarga de hacerlo.

 

Era el inicio del siglo XX y con el ánimo de proporcionar a los Managuas un remanso de paz en donde sus difuntos pudieran dormir el sueño de los Justos, el entonces alcalde municipal, Don Samuel Portocarrero, inició en el año 1912 la construcción de un moderno cementerio en el occidente de la ciudad, contiguo al barrio Monseñor Lezcano. El Cementerio Central de Managua fue finalizado en el año 1922 y por esas ironías de la vida le correspondió al propio Don Samuel tener el honor de ser el primero en ser enterrado en dicho cementerio.  Desde entonces ese recinto ha recibido a la mayor parte de los Managuas que han pasado a mejor vida.  Sin embargo, el camposanto, con sus 40 manzanas y cerca de 400,000 lotes, que un día se creyó sobrado para este menester, de pronto se fue abarrotando al punto que recientemente las autoridades de la Alcaldía de Managua, responsables de la administración del mismo, han declarado que no está en condiciones de adjudicar nuevos lotes en ese cementerio, pues su capacidad está totalmente cubierta.  Algunos estudiosos, con cierta dosis de morbo, han realizado una estimación de la cantidad de personas enterradas en este cementerio y que llegan, con una precisión al estilo Firuliche, a un total de 1,807,211 al día de hoy.

 

Ante la creciente expansión de la ciudad capital hacia el Este a finales de la década de los 50, el Distrito Nacional que en ese tiempo equivalía a la Alcaldía de Managua, construyó el Cementerio Oriental, también conocido como Periférico, en el extremo del Barrio El Edén en un terreno de 18 manzanas, iniciando sus servicios en el año 1959. Este recinto también ha sobrepasado su capacidad original al punto de que se han estado utilizando para inhumación, áreas comunes que originalmente estaban destinadas a andenes y áreas verdes.        

 

Existen otros cementerios en la ciudad capital pero son de menor dimensión y de carácter local, como el de San Judas, el de Nejapa en el kilómetro 9.5 de la carretera vieja a León, el de San Isidro de la Cruz Verde, de la Pista Jean Paul Genie para el sur y el de Sabana Grande, en las cercanías del Aeropuerto Internacional.

 

Como ya estamos en el siglo XXI, no podía concebirse una ciudad capital moderna sin cementerios privados, así que anticipándose a la demanda de este tipo de servicios, en la década de los noventa iniciaron operaciones dos elegantes cementerios, uno en el camino viejo a Santo Domingo y otro en Ticuantepe.  Las empresas que manejan estos recintos copiaron lo mejorcito de los camposantos latinoamericanos y lo adaptaron a nuestro ambiente, de tal suerte que si uno visita cualquiera de ellos observará un extenso campo verde, con una grama cuidada con esmero y en donde se respira una paz espiritual sin igual, a tal extremo que dan ganas de morirse. No obstante, los precios de los lotes podrían hacerlo resucitar y volver a morirse, pues uno de 1.5 metros cuadrados para tres ocupantes puede rondar los 5,000 dólares.  Dicen las malas lenguas que un cementerio público que había empezado a habilitar la Alcaldía de Managua en las cercanías de la carretera a Masaya, de repente, como por arte de magia pasó a manos privadas y los ahora “inversionistas” lo están convirtiendo en cementerio privado.

 

La Alcaldía de Managua ha declarado su preocupación por este problema y tiene planes para la construcción de uno o más cementerios para darle servicio a las necesidades de la ciudad capital, pues aparentemente ya dio por perdido el cementerio de la Carretera a Masaya.  Sin embargo, los hechos ocurridos recientemente con el problema de la basura, nos hacen pensar que cualquier iniciativa de la Alcaldía podría caer en una “churequización” del asunto, pues en el los cementerios existen mafias organizadas de vándalos y gente inescrupulosa que comercian con la muerte y si es verdad que no han llegado al límite de profanaciones, todo lo que son flores, mármol, herrería, imágenes, adornos y demás son vilmente saqueados y comercializados por estas aves de rapiña, que al tener la facilidad y apoyo para organizarse podrían poner en jaque cualquier iniciativa de la Alcaldía.

 

De esta manera pende sobre las cabezas de los Managuas, cual espada de Damocles, un problema inminente que se vislumbra en el corto plazo y es la sorpresa que puede llevarse una familia doliente al momento de querer enterrar a su difunto y encontrarse que no tiene alternativas para hacerlo.  Generalmente el nica es reacio a pensar en la muerte como evento inexorable y por lo tanto, los arreglos para ese día son en la mayoría de los casos motivo de indolencia o superstición.  Cuando llega la muerte, quien no respeta planes, ni sueños, ni ilusiones, sino que nos sorprende como decía Jorge Manrique, tan callando; causa un estupor tal que nos hace emitir una serie de perogrulladas como: -No es posible, -No puede ser, si yo la miré ayer.  -Pero si yo hablé con él por teléfono, -Si yo la miré tan bien hace dos días.  -Cómo que se murió, si me debía.  Después de la consternación comienza la conciencia de que en algún momento habrá que inhumar al fallecido, quien en esos momentos ya duerme el sueño eterno y son los familiares quienes empiezan a padecer el crujir de dientes y a sostener el espíritu y sus alrededores a dos manos.

 

Generalmente es un pariente cercano quien se hace cargo de todos los trámites y gestiones, pues a pesar del dolor mantiene la cabeza fría y en algún momento llega al Cementerio Central, pues ahí la familia tiene un lote en donde le han hecho campito a ocho difuntos y que podría aguantar uno más, pues todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar.  Pero al momento de ir a ver el lote, plenamente identificable, pues tenía una lápida con las placas de los familiares muertos, ¡oh sorpresa!, se encuentra que en el mismo lugar está enterrada una persona completamente desconocida, con lápida y placa nueva.  Al momento de ir a la administración del cementerio viene a desayunarse que la familia no había pagado por cinco años consecutivos la anualidad del lote y por lo tanto, tres meses atrás la administración del cementerio procedió a desalojar a los ocupantes, depositándolos en un osario y adjudicó el lote a un nuevo poseedor.

 

La familia comienza a desesperarse y surge como alternativa la cremación del difunto, sin embargo, los sectores fundamentalistas de la familia pegan el brinco a nivel del record mundial de salto alto y exclaman al unísono: -¡Pero cómo…!  Luego viene el debate sobre el tema de la resurrección de los muertos a la hora del juicio final, la acción y efecto de los gusanos, hasta que al final ponen contra las cuerdas a quienes propusieron esa alternativa al punto que la abandonan.  Luego se pone sobre el tapete la opción de enterrarlo en un cementerio privado, sin embargo, cuando averiguan los precios de un lote, aun el más pequeño y más alejado de la rotonda central, empiezan los deudos a “camisearse” hasta que por el súbito déficit de voluntades y/o recursos deben también desechar esa alternativa. 

 

Finalmente, uno de los parientes recuerda que unos tíos abuelos en otra ciudad, de donde son originarios, tienen una cripta y pueden realizarse los arreglos para que mediante una módica suma puedan arreglar una inhumación en ese distante cementerio.  Así que después de intensas discusiones, un cortejo fúnebre deja la capital y se dirige hacia el pueblo, en donde, por fin el muerto podrá descansar en paz, no así sus familiares más cercanos, quienes al pensar en la lejanía y el costo de los combustibles, no tendrán tranquilidad en sus corazones.

 

Hay una locución latina que dice: Omnia mors aequat, la muerte todo lo iguala, sin embargo, en estos dorados tiempos esa máxima dejó de tener la validez universal que tenía, pues si bien es cierto la muerte convierte a todos en difuntos, hay de difuntos a difuntos y mientras los familiares de unos tendrán la tranquilidad de que sus restos sean inhumados de manera digna y expedita, otros pasarán las de Caín y habrán sorpresas, discusiones y demás antes de que puedan encontrar la resignación y paz espiritual que necesitan. 

 

 

  

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Familia, Nicaragüense

4 Respuestas a “Y que los muertos entierren a sus muertos

  1. Carlos

    Entonces en qué quedamos, son los muertos los que entierran a sus muertos o son los vivos los únicos que pueden enterrarlos. Habría que recordar que a Jesús, quien mandó a que fueran los muertos los que enterraran a sus muertos, fueron vivos los que lo enterraron, pueden investigar a fondo quién fue José de Arimatea,

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  2. oswaldo ortega

    Cuando eramos niños y la muerte parecía un acontecimiento remoto y poco probable me gustaba escuchar a Negrete cantar:”Que me entierren en las sierra al pié de los magueyales” era una expresión bravía que clamaba un desprendimiento propio de los héroes que tanto admirabamos. Nadie sospecharía que medio siglo después esos magueyales pertenecería a industriales que comercializarian cifras millonarias de un producto que llegaría a invadir las discos en Estados Unidos. Por supuesto esa sierra no cubrirá los restos de sus dueños quienes desde ya tienen reservado un sitio en la luna(que ya no pertenece ni a poetas ni enamorados) para depositar sus infames cenizas. Me encantó el blog Felicidades !!

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  3. ANA KARINA

    la verdad yo el 28 de febrero del 2009 enterramos a mi bis abuela y a mi tio y eso nos lleno de mucho dolor..

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  4. ANA KARINA

    muertos son los olvidados pero unque tu no tedes cuenta yo sigo con tigo no me olvides sino morire

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