Roconolas lejanas

Roconola

En 1967 ingresé a la universidad, entonces San Marcos ni soñaba con llegar a ser ciudad universitaria y la única alternativa viable era ir a estudiar a Managua.   Mi familia todavía no decidía trasladarse a la capital, por lo que tuve que alojarme con una prima de mi padre, la tía Leticia.  Ella había tenido el tino de conseguir una casa para instalar una pulpería en el sector oriental de Managua, misma que le ofrecieron con un alquiler bastante reducido.  No habían transcurrido ocho horas de haberse trasladado cuando se dio cuenta del motivo de tal ganga.  La caída de la noche llegó con un ritmo sabrosón que procedía de una roconola y cuando salió a la calle a averiguar encontró que en la casa vecina se había encendido una luz roja.   Al frente, el Restaurante Tía Ana se había convertido en bar y su roconola se unió al concierto, sumándosele minutos más tarde la del Bar Los Caracoles, unas casas hacia el oeste. 

Fue demasiado tarde cuando mi tía se dio cuenta que se había ubicado en el propio epicentro de la zona roja del sector oriental de Managua.  Su inocente provincianismo no le había permitido analizar correctamente sus alternativas de localización.   

La Miscelánea Lety, así se llamaba el negocio de mi tía, estaba ubicada en la Calle del Trébol, paralela a la Calle 15 de septiembre, propiamente a espaldas de la famosa clínica del Dr. Paco León Rodríguez.  A su lado estaba un burdel sin nombre ni rótulo y a excepción de la pequeña luz roja, no había señas particulares que acusaran al negocio que ahí se albergaba.  Se le conocía simplemente como “La Toña” debido al nombre de su propietaria, una señora chaparrita, elegante y que hacía que su negocio marchara como un reloj; tenía además la delicadeza de manejar bajo el volumen de su roconola, me imagino como parte de su camuflaje.  El restaurante bar Tía Ana era un local pequeño, contaba apenas con ocho mesas y tenía fama de servir unas buenas sopas y bocas decentes; en ese local trabajaba una mesera que se encargaba, además de servir, de poner el orden, pues a pesar de su menuda estampa tenía la fuerza para derribar al propio Ratón Mojica.  El bar Los Caracoles tenía la particularidad de ser atendido por meseros gay, comandados por un tipo alto, moreno, parecido a Yaphet Kotto, a quien apodaban “Toña la negra”.  Los clientes de ese local, de acuerdo a lo que miraba desde la miscelánea de mi tía (que conste), eran aparentemente heterosexuales a quienes les gustaba que les sirvieran estos meseros. En la misma acera de enfrente, hacia la esquina este, estaba otro prostíbulo perteneciente a una señora llamada Engracia, una cuarentona que manejaba una de las primeras camionetas pick up de doble cabina que se vieron en Managua.  De esa esquina media cuadra al sur estaba el emblemático Cafetín Tico Nica Oriental “La vida en rosa” también del mismo giro.  Más al sur estaba el recién inaugurado Cine México.  De la esquina oeste al sur estaba el famoso Malinche, un prostíbulo de mala muerte y que iniciaba una cadena intermitente de pequeños negocios de esta naturaleza que iban a dar a la legendaria Conga Roja en las inmediaciones de la gasolinera El Triángulo. 

Aunque en la actualidad estas coordenadas le pondrían los pelos de punta al propio James Bond, en aquella época era como estar en el ojo del huracán. En los dos años que viví en ese sector, nunca tuve ningún incidente y fueron muchas noches en que llegué a la casa de mi tía pasadas las diez de la noche, atreviéndome en algunas ocasiones a ir a la tanda de ocho del Cine México. 

Para mi fueron inolvidables las caminatas diarias hacia la Facultad de Economía, en el extremo occidental de la ciudad.  Salía de la miscelánea de mi tía y tomaba toda la calle 15 de septiembre iniciando en la clínica Barbosa, pasando por la camisería Pérez, el cine Luciérnaga, la discoteca Juvenil, el cine Palace, la casa Pantoja, la panadería El Colmado, la gasolinera de Santo Domingo, los billares el Danubio Azul,  la Estación Caldera, la Sala Evangélica, El Verdi, la Camisería Record, la librería del Dr. Ramiro Ramírez Valdez, la agencia de viajes de Luis y Arturo Cuadra, la Casa Ampié, hasta llegar al famoso Jardín Central, un expendio de cerveza de la Victoria, ahí tomaba hacia el norte pasando por la Kodak, la Nomar, el Almacén Deportivo, la Vestex, Discolandia,  las Camisas Venus, Carlos Cardenal, el Banco de América de la esquina de los coyotes, Jorge del Carmen, el Lacmiel, la clínica del Music Master Polidecto Correa, la Inmobiliaria, la Carne Asada, el Gran Hotel, el Palacio Nacional, hasta llegar al Parque Central, luego viraba al occidente un par de calles pasando por el Palacio de Comunicaciones hasta llegar a la Facultad, que estaba frente a la casa del Dr. Vargas;  una cuadra al norte estaba el edificio del Diario La Prensa en la Calle El Triunfo.  Muchas veces tuve que realizar ese trayecto dos veces al día.  El viaje que realizaba temprano por la mañana era inigualable pues era una experiencia única ver despertar a la vieja Managua y por la noche, era todo un espectáculo de luz, con el toque melodioso al pasar por el Gran Hotel, donde ensayaban los tríos que luego se apostarían en el Munich.   

Me esmeré en abandonar el caminado pueblerino que sin querer se le pega a uno y adoptaba un aire desenfadado, algo parecido a como lo hizo John Voight un par de años más tarde en Midnight Cowboy, cuando caminaba en las calles de Nueva York al ritmo de Everybody´s talking de Nilssen. 

En esa época trataba al máximo de estudiar durante los espacios del día que no tenía clases para no desperdiciar oportunidad para ir al cine.  Me conocí todos los cines del rumbo, el Trébol, el Luciérnaga, el México, el Ruiz, el Tropical, el Darío, aunque nunca me atreví a entrar ni al Fénix, ni al Apolo, ni mucho menos al Palace. 

Cuando tenía tiempo salía a ayudarle a la tía Leticia en su negocio y así llegue a conocer a todo el vecindario, en especial a las muchachas de donde La Toña.  Todo el maniqueísmo que se había enquistado en mi mente, después de casi once años con los reverendos hermanos cristianos de La Salle, vino a derrumbarse al conocer la cotidianeidad de estas personas; aprendiendo que no existe “vida fácil” o “vida alegre” y que las “mujeres malas” no son las que se dedican a ese negocio, sino aquellas que mantienen vivo el odio en su interior.  Viéndolas como clientes detrás de un mostrador, llega uno a darse cuenta que no son ángeles ni demonios, sino personas a quienes la vida pone en un camino que deben andar sin el entusiasmo que se cree.  Antes de que el Gabo las entristeciera en su novela, yo llegué a adivinar en ellas sus destellos de ilusión al comprar un perfume, su desencanto al adquirir un espejo o su tedio al llevar un sobre de café instantáneo por la mañana. 

Me acostumbré a estudiar con música y con un radio portátil que me había regalado mi tía Leticia; así podía decidir lo que deseaba escuchar, pues de otra manera eran las roconolas quienes marcaban la pauta.  Eran los tiempos de Black is black, Try to remember, Penny Lane, 500 miles, Georgy girl, Never my love, Happy Together, Light my fire, Day Tripper, I am a rock, San Francisco, Brown eyed girl, All you need is love, To sir with love, I´m a believer, The letter, This is my song, Hello goodbye. 

Después de las siete de la noche, las roconolas iniciaban su concierto y Hugo Blanco se convertía en el rey, pues para entrar en calor nada como El paso de la mona, El cable, La chispita, Cumbia con arpa o El cable submarino.  Sin embargo, había una hora, más o menos cerca de la media noche cuando los parroquianos daban rienda suelta a la cabanga y se entregaban en cuerpo y alma a la música que los hacía vibrar y las roconolas que a esa hora se escuchaban en lejanía inundaban la quietud con su romanticismo.  En esa época salieron varias canciones que se prestaban al cien a este efecto, por ejemplo todas las de Armando Manzanero, especialmente las interpretadas por Carlos Lico, Adoro, Todavía, Contigo Aprendí;  Marco Antonio Muñiz por su parte sacó un tema llamado Celoso y otro acompañado por una rondalla que se llamaba A la orilla del mar.  Sin embargo, ninguna le llegaba al sentimiento que producía la canción de Marco Antonio Vázquez, Noche Callada.  Todas las noches, durante muchos meses, cuando ya casi todo el sector quedaba desierto, decían sus compañeras de oficio que la Virginia, una de las muchachas de donde La Toña, religiosamente ponía esa canción en la roconola.  En medio de la quietud, de repente el silbido de Marco Antonio Vázquez atravesaba la noche y requería insistentemente: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mí.  

En ese lugar viví dos años y mientras en la Facultad incursionaba en el fascinante mundo de la economía política y aprendía los principios de esta ciencia, así como sociología, contabilidad, estadística y administración, en el Oriental aprendí los aspectos prácticos de la economía y administración, tal vez más valiosos.  Aprendí los detalles de la economía subterránea, la estadística aplicada, las fuerzas del mercado, las externalidades, los rendimientos decrecientes, los gustos y preferencias del consumidor, la elasticidad, las fluctuaciones económicas a corto plazo, el efecto demostración, la teoría del equilibrio.  Sin embargo, lo más importante que aprendí fue a administrar mi independencia.    

Han pasado cuarenta años y ese pedacito de Managua todavía vive en mi mente.  Ahora que mis lesiones me hacen caminar más como Dustin Hoffman que como John Voight en Midnight Cowboy, recuerdo mis elegantes caminatas atravesando la vieja Managua, aspirando sus múltiples aromas que quedaron sepultados en 1972.   

Algunas noches, cuando curiosamente se observa una quietud en mi vecindario, me parece escuchar a lo lejos un silbido rompiendo el silencio y de pronto como si se tratara de un reclamo,  resuena en mis oídos el estribillo: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mi, y luego silencio, de tal forma si no sé si es un sueño o es en realidad una roconola lejana. 

MARCO ANTONIO VAZQUEZ: NOCHE CALLADA

MARCO ANTONIO MUÑIZ: A LA ORILLA DEL MAR

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3 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

3 Respuestas a “Roconolas lejanas

  1. Menudo rincón encontró tu tía Leticia…

    Gracias por Marco Antonio y la Rondalla Tapatía, me encanta esa canción.

    Saludos.

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  2. sazacé mcnally

    Me encantó el relato. Me gusta escribir también mis historias, tal vez podamos compartir algunas. saza – 01 Marzo 2012

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  3. Pingback: Las tres piedras de Andrés Castro | Los hijos de septiembre

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