O tempora, o mores

Semana Santa

Era el 13 de abril de 1933, jueves santo.  El pueblo se encontraba aletargado esperando los oficios de la tarde.  El sol de medio día se ensañaba con las solitarias calles y una densa nube de silencio invadía los hogares que permanecían en la penumbra de sus encierros.  La botica de mi abuelo, cerrada a regañadientes, mantenía su puerta principal entreabierta, dando a entender que no se le negaría el servicio a ninguna emergencia.  Don Emilio aprovechaba la ocasión para preparar sus menjurjes y leer asuntos mundanos, ante la mirada desaprobadora de Doña Estercita, quien se entregaba a la meditación entre novena y novena.  En la casa, en donde no se encendía fuego desde el lunes santo, flotaba un dulce aroma de almíbares que contrastaba con el acre olor a tamales, pescados, rosquillas y demás provisiones que habían sido preparadas con la debida antelación para esa semana.  Los niños eran mantenidos en la más estricta formalidad; estaba prohibido correr, saltar o jugar, pues el Señor estaba en el suelo. 

De pronto, la quietud del pueblo fue interrumpida por un rumor in crescendo que provenía de la salida al Barrio de La Cruz.  Mi abuelo abandonó su lectura y salió a la calle para averiguar lo que sucedía.  Por la calle, un campesino y su caballo eran custodiados por Josecito, un policía ad honorem, seguidos por una turba enardecida que gritaba improperios contra el individuo del caballo.  Al pasar por la botica, mi abuelo le preguntó a Josecito qué había pasado. – Este hombre se atrevió a montar a caballo en jueves santo, respondió, agregando -Es un sacrilegio, lo llevo al Cabildo para que lo metan preso-.  –Pero eso no es delito – le dijo mi abuelo.  La turba rugió enardecida y mi abuelo decidió acompañar a la improvisada procesión al Cabildo, entró a la botica, tomó su sombrero y volvió a salir. 

Ya en el Cabildo lograron averiguar que el pobre hombre había ido al pueblo a comprar medicinas para su esposa que se encontraba enferma.  Aún así, los ánimos estaban caldeados y tanto el Alcalde como la gente opinaban que no importaba el motivo, era un sacrilegio y debía castigarse de algún modo.  Mi abuelo insistía en que ninguna ley prohibía a un ciudadano desplazarse por el territorio nacional en determinada fecha, sin embargo, la multitud se negaba a aceptar sus argumentos.  Cuando llegó el cura del pueblo, todos esperaron la condena final, pero mi abuelo se le adelantó y antes de que pudiera pronunciar una palabra, le dijo que estaban ante un acto similar al de la adúltera que el pueblo judío quería lapidar.  El cura le dijo que eso no tenía nada que ver, a lo que mi abuelo dijo alzando la voz: – el que se encuentre libre de pecado, que tire la primera piedra y que conste que yo conozco los pecados de todos los aquí presentes- y agregó mirando a los ojos al cura- y los puedo empezar a gritar.  Ante esta situación, un silencio sepulcral comenzó a reinar en el recinto y el cura no tuvo más remedio que agregar: -Este pobre hombre, sólo cumplía el deber de asistir a su mujer.  -Déjenlo que compre sus medicinas y regrese a su casa. 

La gente se calmó y sin tener nada que decir uno a uno regresaron cabizbajos a sus hogares.  Mi abuelo llevó al hombre a la botica en donde le dieron un refrigerio y le despacharon sus medicinas, no sin antes advertir que una bolsa con frijoles que había llevado para sufragar sus gastos, había desaparecido en el barullo.

Esa tarde mi abuela no fue a comulgar por el temor de que el cura o algún conciudadano le dijera algo, se quedó en la casa y de rodillas le pidió perdón al Señor porque en el fondo admiraba lo que mi abuelo había hecho. 

Así era la Semana Santa en aquellos días, llena de tradiciones, prohibiciones, supersticiones y mitos, en donde la gente se obligaba a guardar un exagerado recogimiento que llegaba a los extremos de este relato. 

Para los años cincuenta, las cosas habían cambiado un poco.  La Semana Santa siempre estaba revestida de una singular solemnidad, aunque el rigor ya no era el mismo. Tal vez ya no acusaban de sacrílego a quien se atreviera a montar a caballo o a conducir un vehículo, sin embargo, las carreteras aparecían cortadas por enormes troncos de árboles que los lugareños se encargaban de derribar y dejar a mitad de la vía, a fin de evitar la circulación de vehículos en esos días.  El silencio seguía reinando en esos días, pues ni las campanas sonaban y en su lugar se utilizaban unas enormes matracas para anunciar las funciones en la iglesia.  Las procesiones eran acompañadas por marchas fúnebres interpretadas por “chicheros” o “música de viento” como se les conocía, aunque ahora prefieren que se les llame filarmónicos.  Las radiodifusoras por su parte solamente pasaban música clásica o marchas fúnebres, mientras que otras simplemente callaban. 

Mi abuela siempre garantizaba el cumplimiento de las restricciones tradicionales, aunque ya podía encenderse el fuego todos los días y cocinar a diario; los almíbares, tamales, rosquillas y demás se preparaban como una tradición.  A los niños nos mantenía la prohibición de correr o jugar pues el Señor seguía en el suelo. 

Recuerdo que un jueves santo por la mañana, sería de 1956 o 1957, llegó de visita el párroco de ese entonces, el Padre Jacobo Ortegaray, muy amigo de la familia, quien al ver el piano que mi padre me había comprado, quiso inaugurarlo e interpretó Nostalgia, una vals que él había compuesto y le había dedicado a mi madre, quien mantenía una constante melancolía por su tierra y su familia.  Luego ya encarrerado siguió con otras composiciones de su repertorio, incluyendo una llamada La mula choca que tenía un ritmo bastante alegre.  Mi abuelo no cabía de gozo por esta licencia que se había tomado el Padre Ortegaray, pero mi abuela y la tía Mélida no daban crédito a sus oídos, pues mantenían la tradición del silencio.  A partir de entonces, las enormes restricciones en nuestra casa fueron poco a poco liberándose. 

A esa corta edad, la semana santa constituía un ciclo que transcurría entre lo prohibido y lo obligado, la extrema curiosidad ante los mitos y leyendas, el terror de que el viernes santo a las tres de la tarde hubiera un cataclismo, la fascinación por las frutas de la temporada, en especial los jocotes y el deleite de comerlos durante las procesiones, que eran indudablemente los actos centrales de estas tradiciones.  Iniciaban con la vela en El Calvario el sábado antes del domingo de ramos, el huerto, la procesión de la burrita, la de San Benito el lunes santo, la Sangre de Cristo el miércoles santo, la del Lignum Crucis el jueves santo por la mañana y la del silencio, exclusiva para hombres, por la noche, la Via Sacra el viernes en la mañana y la del Santo Entierro por la noche, la del pésame o Dolorosa el sábado y la más alegre de todas, la del Resucitado el domingo de pascua en la madrugada.  Esta última era mi preferida, pues era emocionante dormirse con la ilusión de que mi padre me levantaría antes de las cinco de la mañana para luego salir con él y todos los varones del pueblo acompañando a la imagen del resucitado, mientras por otra calle salía la virgen dolorosa escoltada por todas las mujeres y entre uno y otro un angelito anunciaba la buena nueva: ¡¡No estaba muerto!!.  El encuentro o “tope” era apoteósico, pues la pólvora anunciaba el final del recogimiento y los “chicheros” traían de nuevo la alegría al pueblo, como un preludio a las cercanas fiestas de San Marcos. 

El tercer milenio ha traído consigo los vientos del cambio y la fe se mueve ahora al compás de la globalización.  Los nuevos pecados dictados por el Vaticano se homologan a las grandes prioridades de la aldea global y las tradiciones poco a poco van quedando en el olvido.    La solemnidad es ahora un lujo que muy pocos quieren darse y por lo tanto la Semana Mayor ha cedido ante una sociedad mediática. 

En Nicaragua, la Semana Santa se ha convertido simplemente en las vacaciones de verano.  El Código del Trabajo consigna como feriados nacionales el jueves y viernes santo y los sectores público y privado hacen arreglos para que sus empleados disfruten del descanso toda la semana.  La publicidad rodea a esta época con invitaciones a viajar, a bailar, a beber alcohol, en fin a comprar todo lo que se necesita para disfrutar al máximo de estas vacaciones.  Una empresa ha fabricado su propio carnaval en plena cuaresma y discotecas, night clubs, centros comerciales, cines ofrecen sus mejores ganchos para atraer a quienes prefieren permanecer en la ciudad. 

El Señor ya no se encuentra en el suelo, pues millares de vehículos surcan las calles y carreteras a toda velocidad buscando un lugar para veranear y disfrutar de las vacaciones y las pistas de baile de centenares de antros vibran al compás de los más procaces reggaetones. 

Después de todo me siento afortunado de guardar tantos recuerdos de una tradición ya perdida, pues algunas generaciones sólo recordarán de Semana Santa, los viajes a la playa, una que otra lesión por quemadura solar, una intoxicación por sardinas malas, una o varias borracheras, una goma de querer operarse, uno que otro encabe, incluyendo un embarazo no deseado.  No conocen el olor a incienso, a corozos frescos, a pacayas regadas y sus oídos no conocen el tronar de una matraca llamando al oficio o la Agonía del Crepúsculo interpretada por los filarmónicos de Masatepe. 

Es algo para exclamar como Marco Tulio Cicerón: O tempora, o mores.

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “O tempora, o mores


  1. El saldo mortal es cada vez mayor cada Semana Santa.

    Yo viví algo de esas prohibiciones e ir a nadar a algún río me convertiría en sirena 🙂
    A mis seis años me impactó ver una Judea en el pueblo cercano, no tenía idea de que se trataba de actores y me desconcerté.

    Como vivía con mi abuela, mi felicidad estaba en que mi madre llegaba cada Semana Santa.

    Saludos, gracias por recrear esos días.

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  2. Indiana Logo

    Cuantos recuerdos de mi niñez, aunque ya con algunos cambios, retrocedí a aquel San Marcos lleno de tradiciones y respeto hacia esta Semana Mayor. Me siento también privilegiada haber vivido esa época..

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  3. leopoldo zepeda

    Exelente estampa de esa epoca, solo te falto recordar como todos los chavalos no peleabamos para pagar el chelin y poder cargar a San Juancito, no se si lo vivistes.

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  4. Es un placer releerte, Orlando.Gracias por los buenos recuerdos. Felices días.

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