Entre el elíxir y el brebaje

Taza de Café

Cuando el nicaragüense conoció el café lo aceptó de inmediato.  No tuvo que pasar por la vorágine que atravesaron los europeos antes de entregarle su afecto, más bien el nica tuvo el pragmatismo del Papa Clemente VIII, quien al ser consultado sobre el origen diabólico de la bebida exclamó:  “Esta bebida de Satanás es tan deliciosa que sería una pena dejársela a los herejes.  Debemos exorcizar al diablo y con el bautizo, hacer de este brebaje un elixir cristiano”.  

El sabor y aroma del café rimaban tan armoniosamente con los amaneceres nicaragüenses, de esos que se antojan al son de una mazurquita, que en poco tiempo fue cautivando a la población.  Cuentan que el café fue introducido al país a mediados del siglo XIX, por un médico jinotepino recién graduado, de apellido Matus, quien lo plantó en la finca de sus padres e inició uno de las actividades económicas más relevantes del país en el siglo que se avecinaba.  

A partir de entonces, la producción nacional fue creciendo y a pesar de que la mayor proporción de la misma se destinaba a la exportación, poco a poco el café fue convirtiéndose en un elemento básico en la alimentación del nicaragüense.  

De esta manera, a la llegada del siglo XX, no podía concebirse un desayuno nica sin una taza de café o bien de café con leche.  En esa época estaba tan arraigado el consumo de este grano que “tomar café” era sinónimo de desayunar, al igual que en Brasil el desayuno se llama “café da manhá”.  

Durante la primera mitad del siglo XX el consumo de café fue ampliándose en todo el territorio nacional.  Recuerdo que en la casa de mis abuelos paternos, en San Marcos, se desayunaba café con leche.  Para este efecto, mi abuela preparaba una “esencia de café” que era un súper concentrado que se mantenía en una vinajera en el comedor.  Los niños podíamos ponerle un chorrito de esencia a la leche, pero con eso bastaba para darle un delicioso sabor.   

Mi padre por su parte, era aficionado al buen café y sólo lo tomaba percolado.  Muchas veces lo acompañé a comprar su café en Managua; llegábamos al Mercado San Miguel y en un edificio donde se alojaban varios negocios, estaba el Café El Gallo, de don Santos Reyes.  Compraba una libra de café tostado y en nuestra presencia lo molían, despidiendo un delicioso aroma que inundaba todo el local, luego lo empacaban en una bolsa de papel kraft.  Mi padre mantuvo su afecto por el café hasta que le dio un infarto y desde entonces lo desterró de su vida para siempre.

Para los años sesenta, se inició en Nicaragua la producción y consumo de café soluble.  Lo práctico y accesible de este producto rápidamente captó la preferencia de los nicaragüenses y si bien en el pasado estaba acostumbrado a consumir un café que no era de la misma calidad que el de exportación, con el café instantáneo, la inclinación por el sabor auténtico de este grano comenzó a quedar casi en el olvido.    

También es importante señalar el daño que hicieron en el gusto de los nicaragüenses algunas empresas productoras de café tostado y molido que obligaron a los consumidores a acostumbrarse a tomar una infame mezcla de café de segunda o tercera con sorgo o maíz.  

El consumo de supervivencia que se dio en la década de los ochenta, también alejó a los nicaragüenses de la posibilidad de consumir un café decente, más bien los esquemas de consumo se configuraron hacia lo esencial y disponible.  

El siglo XXI ha sorprendido al nicaragüense con un sabor amargo en la boca que atenúa su extremo optimismo.  Muchos se despiertan con el agua chacha del café instantáneo y otro tanto con una vil mezcla de mal café con maíz o sorgo.  La modesta inyección de cafeína a su torrente sanguíneo, lleva el estímulo que necesita su sistema nervioso para las faenas diarias, aunque la principal sea buscar trabajo como aguja en un pajar.  

En torno a una mesa con café gourmet a discreción, los especialistas internacionales de comercio de productos agrícolas han recomendado la promoción del consumo interno de café en los países productores del mismo. Esto con el fin de fortalecer el mercado del producto y lograr incentivar el cultivo del grano.  Si bien es cierto, algunos países han logrado tener éxito en esta empresa, como por ejemplo Brasil, que en pocos años logró duplicar su consumo per cápita de café,  en el caso de Nicaragua, tratar de aumentar su consumo merece una expresión como la que solía exclamar mi tía Leticia en situaciones como esta: ¿De dónde?, papito.  

Con un ingreso per cápita cercano a los 900 dólares anuales, uno de los más bajos de la región y sin perspectivas de aumentar en el mediano plazo, es muy difícil que el nica pueda aumentar su consumo de café, pues este dinero apenas le alcanza para un consumo per cápita de 2.22454 kilos por año, como detallaría El Firuliche, lo cual en términos cristianos quiere decir que un nica consume menos de cinco libras de café al año, lo que equivale a seis onzas y media mensuales y lo peor del caso es que en su mayoría es de mala calidad.  

De cualquier manera, la promoción del consumo de café de calidad se ha realizado, con buen tino, en los sectores poblacionales con buena capacidad adquisitiva.     

Una de las estrategias que han surgido para la promoción del consumo de café de calidad ha sido la capacitación de “baristas” locales, que son los expertos en preparación de café en sus diferentes presentaciones; sin embargo, estos técnicos se limitan a aprender recetas, más enfocadas a la presentación que en la calidad de la bebida.  De nada sirve un café de concurso preparado por el mejor barista, si la materia prima utilizada es de segunda, pues el resultado podría ser un capuchino que con la espuma de encima formara una figura idéntica a la de Hugo Chávez, con todo y boina, pero al probarlo su sabor le recordará los discursos del controversial líder.  

Así mismo, las diferentes presentaciones del café pueden prestarse a disimular la calidad del grano con la mezcla de otros ingredientes.  Por ejemplo, un café irlandés preparado con café de tercera, ron de segunda o aguardiente y crema industrializada podría engañar a más de uno, pero al rato el consumidor se sentirá cachetón y hablando celta.  

Merece la pena señalar que el sector turismo no se presta a la promoción del buen café nicaragüense; a excepción de unos cuantos hoteles, la mayoría de los restaurantes sirven un café muy precario.  Hace algunos años me invitaron a un restaurante recién inaugurado, supuestamente el de más estrellas en el país y al final de la comida, muy buena por cierto, se me ocurrió pedir un café capuchino; cual no sería mi sorpresa cuando al probarlo me di cuenta de que era instantáneo.  Cuando al final llegó la dueña a preguntar nuestras impresiones, la felicité por la comida pero le reclamé agriamente por el café, a lo cual no le quedó más que argumentar que la máquina para el café todavía no se la entregaban.  

En los últimos años ha ocurrido una proliferación de expendios de café, desde el tipo cafeterías hasta los kioscos derivados de la “cultura del mall”, de tal forma que en estos tiempos es posible encontrar lugares en donde le pueden ofrecer un café decente.    

En la ciudad de Managua vale la pena visitar La Casa del Café, pionera en el rescate del buen café, en donde se puede disfrutar de una buena taza, especialmente en la tranquilidad de la terraza de su primer local en Altamira, que se presta para una reunión entre amigos o de negocios; en la sucursal de Metrocentro obtendrá el mismo café pero sentirá que está en una pecera.  Si se encuentra en la zona occidental y no quiere movilizarse mucho, puede ir a El Coche, contiguo a Price Smart, en donde también sirven un buen café en un ambiente relativamente tranquilo, si se hace de la vista gorda con los piratas de películas.  Si se encuentra sólo y desea disfrutar un buen café mientras se dedica a la filosofía, puede ir al Maragó, un kiosco situado debajo de las escaleras principales de Metrocentro, en donde las baristas tratan de complacer el gusto del cliente, incluso adaptando sus recetas a los caprichos de estos. Ahí, cómodamente sentado podrá saborear su café predilecto, al estilo con que lo hacía Honoré de Balzac y disfrutar del interminable desfile de personajes de la Comedia Humana.     

En mi caso particular, no puedo presumir cualidades de catador, pues no soy capaz de distinguir entre una taza de Blue Mountain de Jamaica y una de Kopi Luwak de Indonesia, pero sí entre una de la Casa del Café y una de El Caracol.  Aunque hace más de doce años un doctor me prohibió el café, me otorgué el beneficio de la duda y sigo consumiéndolo con mesura, nunca más de dos tazas al día.  

Finalmente, coincido plenamente con Clemente VIII, en que el consumo de café es una cuestión de conciencia.  Para calmar la mía, pienso en que yo consumo la porción de café que desdeña mi familia, por lo que permanezco cerca de la media nacional y respecto a la prohibición que me impuso el médico, simplemente recuerdo a Voltaire cuando dijo: “Claro que el café es un veneno lento, hace cuarenta años que lo bebo”. 

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4 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

4 Respuestas a “Entre el elíxir y el brebaje

  1. Xpress Coffee

    Las ofertas de buenos coffee shops en Nicaragua es limitada pero recientemente visité Casa del Café y me lleve una agradable sorpresa, un menú nuevo más moderno y con muchas nuevas bebidas de café entre heladas, granitas y con licores… se los recomiendo a todos.

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  2. Ernesto Ramírez

    Yo tenía el buen recuerdo de la Casa del Café con una de las mejores tazas de café en Nicaragua y una oferta de alimentos bastante aceptable. Hace unos días regresé a ese lugar y la calidad en todo había bajado de manera notoria. El sabor del café ya no es lo mismo y aquellos sabrosos sandwiches ya son parte del pasado. ¿Qué habrá pasado?

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    • ortegareyes

      En efecto, Ernesto. Ya he escuchado algunos comentarios en ese sentido. Resulta que pocos meses después de haber escrito el post, me enteré que La Casa del Café había sido adquirida por Café Soluble, S.A., que por un lado no tienen una tradición en manejar café de primera calidad y por otra parte, no tengo antecedentes sobre su experiencia como restauranteros. El caso es que la familia Elizondo por muchos años se esmeró en ofrecer un café de primera calidad y en sus cafetería se podían degustar muy buenos bocadillos. Así que ahora, yo no metería mis manos al fuego por la Casa del Café. Afortunadamente ya existen nuevos lugares que ofrecen un buen café.

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  3. Mario Arguello

    Si algun dia pasas por San Rafael del Norte en Jinotega, detengase a saborear una buena taza de cafe percolado en el hotel San Payo. Eso si, no se olvide de invitar a Don Chuno y asi poder aprender y conocer de la historia de este precioso pueblo.

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