Los treinta segundos que nos arrebataron la Navidad

Managua diciembre 1972

El recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad

Charles Dickens   

La imagen de la Navidad en el mundo está relacionada con el invierno, la nieve, trineos, chimeneas, árboles escarchados; todo un ambiente gélido que sirve para darle un marco de blancura a esta fiesta milenaria de la buena voluntad.  En Nicaragua en donde hay un verdor perenne y la temperatura se mueve cerca de los treinta grados centígrados, descendiendo apenas en el mes de diciembre, pareciera que la Navidad no tuviera cabida; sin embargo, para el nicaragüense es la fiesta por excelencia.  No existe en el año ninguna ocasión que pueda reunir a la familia en torno a un ambiente de paz y armonía y en donde se comparta además del cariño, la rutinaria pero apetecible labor de comer y beber.  El veinticuatro de diciembre todos los caminos llevan al hogar, en donde aguarda una familia cargada de ilusiones y una mesa que se pone de manteles largos para una cena que refrenda lazos de amor.  Cada quien viste sus mejores galas para dar y recibir abrazos al por mayor, con el fondo musical inigualable de sones de pascua o villancicos.    

Las calles se llenan de adornos y luces, los comercios derrochan ingenio en arreglarse para la ocasión, simulando paisajes invernales y haciendo un clima propicio para la calidez de esta ocasión y la oportunidad para elevar sus ventas.  

La cena de Navidad es el centro de la fiesta y varía de acuerdo a la tradición de cada familia y en parte también a sus posibilidades.  Hay quienes saborean la delicia de un nacatamal o de un arroz a la valenciana, otros prefieren una gallina rellena o henchida como se le llama en algunas regiones; algunos se inclinan por pavo o pierna de cerdo al horno; hay otros que agregan una ensalada, en especial la de papas y manzanas, todo acompañado de un sabroso pan.  En la región atlántica se acostumbra cenar una sopa.  El postre de rigor es el Pío V o simplemente la sopa borracha.  Para el brindis se recurre a una gama más amplia de opciones: cerveza, vino, ron, whisky, vodka, sidra, aguardiente y en general cualquier bebida espirituosa que alegre el ambiente.  

Desde que yo recuerdo, esa época ha tenido un significado especial para mí y ocupa un lugar privilegiado en mi memoria.  Tal vez sea que es tan corto el tiempo entre mi cumpleaños y esa fecha, que ha sido como un puente de felicidad en esta época, pues mis padres siempre se empeñaron en celebrarnos el cumpleaños haciéndonos sentir reyes por un día.  La Navidad también era una celebración importante para nuestra familia y mi madre se esmeraba en preparar la cena más deliciosa que un ser humano pudiera llegar a soñar.  En esos días la casa se iluminaba con los colores y luces de la temporada y en el ambiente flotaba un aroma especial, mezcla de finas especias, vinos sazonando alguna carne y alguna botella de whisky que mi padre abría para la ocasión, todo con el acompañamiento de villancicos diversos.  

Sin embargo, uno de los recuerdos más gratos de la época navideña era el paseo por las calles del centro de la vieja Managua, principalmente las avenidas Roosevelt y Bolívar.  Viven tan presentes en mi memoria las caminatas con mi abuelo o mi padre, en la ebullición de la gente que compraba o se paseaba por el centro de la ciudad.  Ya desde los primeros días de diciembre, el ambiente se llenaba del aroma de las manzanas y uvas que inundaban los mercados Central y San Miguel y que se extendía por todo el centro. Miles de luces, árboles de navidad y rótulos alusivos a la temporada engalanaban el paisaje de la novia del Xolotlán y la hacían lucir radiante y bella.  De repente parecía que todo el mundo se hermanaba por las felicitaciones, buenos deseos y abrazos que todos prodigaban.  

El mes de diciembre de 1972 llegó con la misma ilusión de todos los años, mezclada en esta ocasión con la euforia producida por el triunfo de Nicaragua sobre Cuba en el XX Campeonato de Beisbol, celebrado en el Estadio Nacional de la capital.  Como siempre, las calles se empezaron a vestir con la alegría de la temporada navideña, con luces cada vez más sofisticadas.  El aire se volvió a llenar del aroma de las manzanas y uvas de los mercados y todo prometía llevarnos a otra Navidad feliz.  

El día 22 cumplí veintitrés años y al igual que todos los años mi familia me consintió con el cariño que me brinda siempre a manos llenas.  Fue un día tranquilo y lo único que recuerdo fuera de lo normal fue el tremendo calor que se sintió por la tarde y la ausencia de viento entrada la noche.  Ese día se había difundido la noticia de que un avión uruguayo, que había desaparecido en los Andes, había sido rescatado con algunos sobrevivientes.  Nadie se imaginaba por todo lo que habían pasado, como tampoco nadie se imaginaba por lo que nosotros íbamos a pasar.  

Faltaba un poco menos de cuarenta y ocho horas para la Navidad, apenas había transcurrido la primera media hora del 23 de diciembre, cuando un terremoto de 6.2 grados Richter, en tan sólo treinta segundos destruyó la ciudad.  

Yo viví el terror del ruido macabro del trepidar de la tierra que nos llevó de un plácido sueño a la más amarga pesadilla.  Mi familia vivía en Managua desde 1969 en una casa que alquilábamos entre las calles Colón y 11 de julio, en el Callejón Ramón Sáenz Morales.  Sobrevivimos gracias a la construcción reciente de la casa.  Salimos a la calle y observamos un cielo color sangre, una densa nube de polvo le daba a la calle una apariencia macabra, un olor entre dulce y ácido emanaba del suelo y la gente pululaba en la calle como zombies.    

En nuestra huida hacia San Marcos, una hora después, miramos el espectáculo dantesco de la Calle Colón en donde la gente empezaba a sacar sus muertos a la acera.  Luego subiendo Ticomo vimos como el paisaje de la capital se había transformado en un manto de oscuridad y llamas.  

En las cuarenta y ocho horas posteriores al sismo viajé innumerables veces con mi padre a Managua, pues él trataba de presentarse en la clínica del INSS donde trabajaba.  Así que a la luz del día miré a la ciudad con sus entrañas abiertas al sol, mostrando los cadáveres de sus hijos a lo largo y ancho de la misma; pude también observar el rostro del dolor, del miedo, de la desesperación.  

El veinticuatro por la noche caí rendido por el cansancio en nuestra casa de San Marcos y desperté cerca de la media noche, completamente solo.  Creí que se trataba de otra pesadilla y salí a la calle a buscar a mi familia.  Los encontré al rato en la iglesia del pueblo en donde se celebraba la misa del gallo.  Un padre canadiense se desesperaba tratando de encontrar una pizca de lógica para explicar tanta destrucción, tanta muerte, tanto dolor.  No aguanté y regresé a la casa en donde me tendí en la cama y lloré todo lo que no había llorado en esas cuarenta y ocho horas. Supongo que para mis recién estrenados veintitrés años había sido demasiado lo que presencié.  Cuando llegaron mis padres y mis hermanos nos abrazamos con la plena conciencia de que la alegría de estar vivos no compensaba la tristeza de la tragedia de tantos hogares.  Compartimos una barra de pan que algún amigo del pueblo nos había llevado de regalo y nos quedamos en vela hasta que el cansancio nos venció.  

En Managua, esa noche todo era oscuridad.  Nadie recordó que era Navidad.  Los sueños e ilusiones de la Noche Buena fueron segados de un tajo por una inmensa guadaña y desgarraba el alma el silencio que reinaba a lo largo de la ciudad; aunque hay personas que juran que cerca de la media noche se escucharon lamentos que provenían de los escombros.  También cuentan algunos vecinos que por el rumbo de lo que era la colonia Luis Somoza en su colindancia con Don Bosco, divisaron una procesión compuesta de gente vestida de blanco que con veladoras encendidas cantaban: Perdona a tu pueblo, Señor; muchos trataron de unírsele, sin embargo, por más que recorrieron todo el rumbo nunca lograron encontrarla.

Los días que siguieron fueron de interminables viajes a Managua y a Jinotepe a donde fue reasignado mi padre; la capital ya empezaba a ser militarizada y cercada.  Fue en esos días cuando Pedro Rafael Gutiérrez escribió su poema “Réquiem a una ciudad muerta”, que oportunamente se grabó en la inconfundible voz de Fabio Gadea Mantilla, acompañado con el fondo de una guitarra que gemía “Managua es maravillosa” de Tino López Guerra.  Ese poema le llegó al corazón de todos los Managua que con el llanto a flor de piel pedían a la Radio Corporación que la pusiera una y otra vez.  

Sin embargo, a pesar de todo, la ciudad no estaba muerta y como el ave fénix comenzó a levantarse.  Los negocios comenzaron a trabajar y pusieron de moda la frase: “Estamos operando”, seguida de su nueva dirección.  Los trabajadores comenzaron a ser requeridos a través de la radio por sus empleadores, quienes les pedían presentarse “al término de la distancia”.  Fue así que en medio de los escombros se levantó el espíritu de los Managua y se propuso levantar la ciudad.  

El año siguiente fue intenso; las labores de reconstrucción le dieron un enorme dinamismo a la economía.  Yo fui reclutado por el Banco Nacional de Nicaragua para participar en el programa de reconstrucción de la pequeña empresa que había sido diezmada por el sismo.  

Poco a poco la ciudad fue recobrando su figura, aunque de manera desordenada.  Había perdido su corazón que lucía ahora rodeado por una cerca infame, pero le habían brotado muchos retoños en sus alrededores.  Las heridas poco a poco fueron sanando y a pesar de que el miedo se mantenía latente en cada uno de los Managua, que regularmente y en especial cada 22 del mes, salían a dormir a la calle; pero el ánimo se fue levantando y superando el golpe que habían recibido.    

Diciembre regresó inexorablemente y las calles, inicialmente de manera tímida, se fueron vistiendo para la ocasión.  Los comercios se dedicaron a promover el regreso de la Navidad y la respuesta de la gente fue inesperada, todos querían celebrarla, volverse a reunir alrededor de esa fiesta.  Muchos tal vez en un nuevo domicilio, incluso en las ciudades circunvecinas a donde fueron a parar.  

Nosotros nos habíamos quedado en nuestra casa de San Marcos y mi hermana se esmeró en adornar la casa para la Navidad.  El ambiente se volvió a llenar del espíritu decembrino.  Para mi cumpleaños mi familia puso de nuevo su mejor esfuerzo para hacerme sentir como rey; mis padres me regalaron un disco con el soundtrack de Shaft con Isaac Hayes, el cual todavía conservo y un estuche de Brut, que en esa época era la colonia oficial del hombre cosmopolita, aunque ahora es la de los CPF.    Para la Navidad mi madre encargó una enorme pierna de cerdo, la cual preparó con el inmenso cariño que le imprime a todo lo que hace y la hizo adornar de una ensalada de manzana y papas.  Un delicioso pan que hacían en Jinotepe acompañó aquella cena que se antojaba banquete y un “paciente agradecido” como decía mi padre, nos llevó un delicioso Pío V.  Mi padre abrió una botella de whisky President que inundó toda la casa con un profundo aroma y una vez más nos sentamos a la mesa para celebrar la dicha de estar juntos, en especial aquel año.  Nos acompañaron los villancicos del album Christmas in Wonderland de Bert Kaempfert, que tradicionalmente poníamos en esa ocasión y que habíamos rescatado de la casa de Managua.  

Creo que al igual que muchos, en lo que me resta de vida nunca voy a olvidar el terror del terremoto de Managua, así como tampoco voy a olvidar la entereza y decisión de los capitalinos para reconstruir la ciudad y sus vidas.  Por siempre recordaré como en tan sólo treinta segundos la Navidad de ese año se nos arrebató de manera tan infame y como desde entonces esa fiesta se convirtió en la celebración de la dicha de estar vivos, de tener una oportunidad más de reunirnos alrededor de una mesa y compartir el amor y los buenos deseos.  Después de todo, como dice Juanes: “la vida es un ratico”.  

Feliz Navidad a todos 

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6 comentarios

Archivado bajo cultura, Nicaragüense

6 Respuestas a “Los treinta segundos que nos arrebataron la Navidad

  1. Bien por usted, amigo blogger….Que esta y todas sus navidades tengan esa fogatica de ilusión y esos raudales de alegria con que los latinos aderezamos estas fiestas.

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  2. Melba

    En cambio, yo hui hacia Matagalpa. Vaya recuerdos.

    Que la paz, la prosperidad y el amor reinen por estas fechas y siempre en su hogar y en el todos sus seres amados. Saludos. Melba

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  3. Buscando algun recuerdo del terremoto más cruel de la historia encontre esta pagina, deseo manifestar que la naturaleza me arranco a mi madre cuando tenia tan solo 7 meses, ella laboraba en el Hotel Balmoral como admisionista y nunca mas se supo de ella, finalmente me toco vivir en el Hogar del Niño Chinandega,valla mi homenaje para mi progenitora donde quiera que este y mi infinita estima, adimiracion y agradecimiento al señor Ortega Reyes por su lindo anecdota.

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  4. Hoy he releído esta entrada y he llorado, ¡qué triste!, y sin embargo, hubo un detalle que siempre agradezco a la Naturaleza Divina, había luna llena y al quedarnos sin luz fue posible movilizarse. Aunque había una densa polvareda uno podía ver los rostros cercanos y los sitios a varios metros.

    Salud♥s

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  5. bueno yo dijo q nosotros estamos pagando todo lo malo q hemos echo en la tierra y toda las destrucsiones hoara no nos podemos lamentar de nuestro errores solo nos queda esperar y q dios se apiade de nosotros

    La verdad admimirasion por toda esta gente que supo sobre vivir a esta tragedia

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  6. Mario Antonio Pérez Cuadra

    Para los que nacimos, nos creamos y conocimos la ciudad de Managua antes del terremoto de 1972, es nostalgicos ver fotografias de lugares por los que caminabamos en ruta al mercado Central o San Miguel, es importante que estos portales sean abiertos ya que permiten a las nuavas generaciones conocer el esplendor de lo que fue la ciudad de Managua. Es loable la labor del creador de esta página e insto a que se cuelguen mas fotografias, como por ejemplo colgar fotos de personajes populares, Peyeyeque, La Cocoroca, personas que inmortalizaron cantos populares. Otro ejemplo antes habian personas que vendian flores artificiales hechas de papel crepe o crespon y las ofertaban en las calles de la antigua Managua, si hay personas que tienen fotos de este tipo que las cuelguen, debido a que hoy en día ese arte se ha perdido y ha sido remplazado por las flores plasticas MADE IN CHINA.

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