Lo cortés no quita lo Jack Bauer

Cortesá

Aunque la cortesía es una de las virtudes más contagiosas que se conocen, en algún momento de su historia, el nicaragüense parece haber sido inmunizados contra la misma, pues cada día su ausencia es más generalizada y evidente.  Pareciera que alguien se introdujo furtivamente a nuestro Panel de Control y quitó de nuestras configuraciones predeterminadas las reglas elementales de urbanidad y civismo; los obligatorios -buenos días-; las imprescindibles –gracias-, las palabras mágicas -por favor-.  En estos tiempos es muy común encontrar que en lugar de una amable solicitud, recibamos órdenes con un tono autoritario al más depurado estilo militar.    

Una tarde cualquiera suena el teléfono, levanto el auricular y digo -Buenas tardes, al otro lado de la línea se escucha una voz femenina con aire marcial: ¡¡¡Doña Josefa!!!, No se escucha nada de buenas tardes, ¿podría usted comunicarme con Doña Josefa?, ni mucho menos ¿Tendría usted la amabilidad de informarme si se encuentra Doña Josefa?  Fingiendo demencia digo – No señora, aquí habla Orlando, lo que pasa es que me acabo de tomar un jarabe y se me afina la voz.  La interlocutora sin el menor vestigio de humor me espeta – ¿No está Doña Josefa?  A lo que respondo –Ah, ¿usted quiere que le haga el favor de comunicarle con Doña Josefa?  Al otro lado del auricular se siente como cuando le dan un sombrerazo a una lora y una voz, ahora agria, agrega -¿Se encuentra ella?  Si, permítame un momento por favor.    

A pesar de que las ciencias administrativas han realizado avances significativos en el análisis de la atención al cliente y a su impacto en el desarrollo de las empresas, todavía encontramos negocios que aparentemente ignoran el tema.  No es raro que usted entre a un establecimiento para buscar un artículo que necesita y encuentra que el único empleado que podría atenderlo está sosteniendo una amena conversación telefónica.  Usted se reviste de santa paciencia y le otorga unos minutos, tiempo prudencial para que termine su edificante conversación, sin embargo, transcurre el tiempo y nada.  Un tanto involuntariamente usted empieza a mover sus dedos índice y medio a manera del movimiento de una tijera, a ver si la parlanchina dependienta agarra la seña, pero es inútil.  Al final, se cansa uno de esperar y ante la mirada impasible de la vendedora, deja el local.   Pero eso no es tan preocupante como cuando uno llega a uno de esos almacenes de electrodomésticos, en donde cada compra es de al menos doscientos dólares y a pesar de que están cuatro empleados sin hacer absolutamente nada, de repente pareciera que usted se volvió invisible y nadie se acerca a preguntarle que desea, mucho menos a decirle buenos días.  Cuando usted llegó al convencimiento de que no van a pelearse por atenderlo, se acerca a uno de estos individuos y le pregunta: -Alguien podría darme información sobre los televisores?, la ejecutiva de ventas sin mirarlo grita:  Juan, televisores.  El susodicho Juan no pierde la compostura y como en un juego de básquetbol, también grita: Yahoska, televisores.  Pero aparentemente Yahoska fue abducida por algún extraterrestre pues no aparece, por lo que ante el temor de que también usted resulte abducido, busca aprisa la salida.  

Si se trata de un banco, alístese, pues en la mayoría no encontrará la cortesía que usted espera.  Desde antes de entrar, un policía sin avisarle le pasa por el cuerpo un detector portátil, si es una señora le registra su cartera y cuando se asegura que no porta ninguna arma, ordena:  -Si anda celular me lo apaga. A lo que respondo –Pero el celular que traigo es mío, no se lo puedo apagar a usted.  El guarda se queda en ele olo chico zapote y repite: Me lo apaga.  Luego de adivinar cuál es la fila que me corresponde y armarme de paciencia, me toca el turno e invariablemente la cajera pregunta: ¿Anda su cédula?  Pues todavía no le he enseñado a caminar, pero la tengo en mi billetera. ¿La necesita?  -Sí.  Comienza a anotar y de repente pregunta: ¿Todavía vive en esta dirección? Pues ahora que salí en la mañana, todavía, señorita.  Llega la hora de recibir el dinero y ante la ausencia de una pregunta de parte de la cajera sobre la denominación de billetes que necesito, le digo –Señorita, si me hace el gran favor y me los da de a 500-, a lo que recibo un gélido: -No hay de 500, sólo de 50, -Pero señorita, no me van a alcanzar en mi bolsillo.  -Pues le doy una bolsa, como diciendo -eso es problema suyo.  Para no provocar un altercado, le digo: -Está bien.  Luego de recibir el motete, me armo de humildad y le digo, muchas gracias señorita, a lo cual responde. El que sigue.  Salgo del banco, todavía con miedo de que el guarda me quite el celular creyendo que es suyo y con más miedo aun de que un amigo de lo ajeno crea que el motete está repleto de billetes de a 500.  

Si necesita realizar algún trámite respecto a su tarjeta de crédito, sepa que hay algunas instituciones financieras que de repente se negaron a darle la cara.  Llega usted al banco y después del episodio del guarda y el celular, se dirige al área de atención al cliente y toma un número y a la hora que le toca el turno le dice amablemente a la señorita, -Necesito que me haga el favor de revisarme este débito a mi tarjeta. -Sí, acompáñeme, por favor,  Vaya, digo, estoy de suerte.  Sin embargo, mi recorrido termina en un rincón en donde hay un teléfono pegado a la pared, mismo que señala y me dice –Ahí tiene un teléfono, descuelgue y le contestarán en la división de tarjetas de crédito.  Señorita, disculpe, pero eso lo pude hacer desde mi casa. Levanta los hombros como diciendo –Y por qué no lo hizo?  Entonces le digo -Pensé que algún funcionario, de esos que me visitaron y me llamaron innumerables veces para convencerme que debería tener esta tarjeta de crédito, podía explicarme, mirándome a la cara, por qué me hicieron este débito.  Al final decido hacer la llamada desde mi casa, pues al fin y al cabo ahí puedo gritar, mientras que en el banco me pueden caer los guardas y de ipegüe quedarse con mi celular.  

Dicen por ahí, con mucha razón que a la esclerótica del propietario adquiere adiposidades el equino.  En donde está presente el dueño, que sabe lo que cuesta el alquiler y que hay que pagarlo mensualmente, al igual que los demás costos, la cosa cambia.  Ahí si da gusto entrar pues los empleados saludan, se desviven por atenderle, le muestran opciones y si uno les hace la fuerza, hasta le rebajan.  Si usted va a los mercados en donde la competencia aflora por doquier va a salir con una buena compra y además con su autoestima por los cielos, pues no lo bajan de chelito, amor, guapo y demás piropos.    

Es refrescante saber que todavía pueden encontrarse personas que mantienen las reglas básicas de urbanidad y civismo y lo tratarán a usted con la cortesía que se merece.  Algunos de ellos son sobrevivientes de aquellas generaciones con la cortesía profundamente arraigada en su ser, otros han regresado de países en donde la amabilidad es de rigor.  Pareciera increíble, pero en algunas, tal vez contadas, instituciones públicas, existen empleados que tratan al ciudadano con respeto y cortesía.  

De repente en el desierto de la descortesía que es el tráfico de la ciudad, en donde buseros, taxistas y cafres en general se disputan el primer lugar en patanería y en donde obligan a los otros conductores a encomendarse al Creador y a los pobres transeúntes a caminar con el fondillo a dos manos, surge el espejismo de la cortesía del agente de tránsito.  Súbitamente en un recóndito lugar se aparece de la nada, como santo milagroso, un agente de tránsito, que con un artefacto fosforescente hace señas para que me detenga.  Una vez que se aproxima al vehículo y espera que baje el cristal de la ventana dice, con una sonrisa que parece anuncio de Colgate Total:  Muy buenos días mi estimado.  -Buenos días agente, sin agregar nada para no jalarle la cola al tigre.  ¿Me permite sus documentos por favor?.  Claro que sí, agrego mientras los busco en la guantera y se los entrego.  Con un aire de Champollion estudiando la piedra Rosetta, examina los documentos y después de un rato sin encontrar nada irregular me pregunta: ¿Sabe por qué lo detuve, mi estimado? Pues, me imagino que por rutina, señor agente.  –Pues no, mi estimado, lo detuve porque usted invadió el otro carril.  –Pues siento mucho tener que contradecirlo señor agente, pero yo no he invadido ningún carril.  –Como no, mi estimado, usted paso del carril derecho al izquierdo por allá. – Tiene usted razón, señor agente, pero tratándose de dos carriles del mismo sentido y habiendo una raya no continua, no existe invasión.  La sonrisa desaparece del rostro del agente, que con un tono un tanto impaciente dice: – Usted invadió el otro carril.  A estas alturas el estimado ya desapareció.  –Discúlpeme usted, señor agente, pero insisto en que no hubo invasión de carril, pues son del mismo sentido y la raya cortada permite el intercambio de carril.  Mire -le agrego-,es como si un contingente del ejército pasa de Managua a León, no es una invasión, sino un traslado, si entra a Honduras, entonces sí sería una invasión. ¿No le parece?  Ahora el rostro del agente muestra un rictus oblicuo, parecido al del Pájaro Loco cuando se enfadaba y dice con un tono más que impaciente. –Mire señor, le voy a poner una multa y si no está de acuerdo puede apelar.  Ya montado en la mula, dice uno, pues ahora la jineteamos, así que le digo: -Mire, mi estimado y nunca bien ponderado agente de tránsito, haga lo que su buen juicio le diga y proceda de una buena vez.  La expresión del Pájaro Loco arrecho da lugar ahora a una de Rottweiler tico y sacando una libreta y un lapicero me dice: -Le corresponde una multa de 240 córdobas.  -Mire, ínclito y respetable agente –le replico- haga lo que tenga que hacer.  El uniformado toma entonces un bolígrafo y garrapatea en el formato, arranca un pedazo del mismo y me lo entrega, ahora sin mediar palabra.  Ya con mi agenda desconfigurada, me digo, pues ya qué y le pregunto: -Disculpe usted distinguido señor Oficial, ¿aquí donde dice nombre del agente, es Poncharelo? Ahora, la metamorfosis lo lleva al león de la Metro y me ruge:  No, señor es Ponce Merlo.  Me acuerdo de Cantinflas y digo para mis adentros: -Ah, bárbaro.  Antes de subir la ventana del vehículo le esgrimo una sonrisa y le digo: -Que tenga un buen día, mi estimado.  El oficial no dice nada pues sus ojos de lince ya identificaron su siguiente presa y agita sus manos con el artefacto fosforescente, mientras ensaya su sonrisa de Colgate Total.   

Así que estimado lector, en la Nicaragua de hoy debe usted estar preparado para encontrar una amplia gama de comportamientos, desde la más cruel patanería, hasta una refinada cortesía, por lo que es altamente recomendable que usted siempre se mantenga dentro de los estándares que marca la etiqueta moderna de urbanidad, de esta manera, los patanes, ante una actitud amable no tendrán más alternativa que reflexionar sobre su proceder y las personas educadas encontrarán a alguien que gentilmente corresponde a su amabilidad.    

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo cortesía, cultura, Nicaragüense, urbanidad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s