Los fantasmas del Julia

Sissi

Cuando a finales de los años 80 se estrenó Cinema Paradiso, muchos disfrutamos sobremanera esa magistral cinta, especialmente quienes habíamos tenido la oportunidad de vivir lo que fue el cine de pueblo, para entonces prácticamente desaparecido y descubrimos en la obra de Tornatore, un retablo de lo que significó ese lugar tan especial.  La laureada cinta nos transportó a un mundo mágico en donde el cine se dejaba amar, en donde más que ver una cinta, la gente iba a convivir, a soñar, a reír y a llorar, en donde el factor de socialización y culturización no se limitaba al film, sino que se extendía al recinto y en especial a la gente.    

Fue en el Teatro Julia de San Marcos, Carazo en donde aprendí a querer al cine, en donde asistí asiduamente a la única tanda de ocho de la noche o a la matinée de los domingos y participé de esa cotidiana comunión de vecinos mientras admiraba la magia del cine.    

El Julia era un teatro único en su especie.  Propiedad de doña Amada de Somoza, viuda de un hermano de Anastasio Somoza García, fue bautizado en honor a la matrona de esa familia, doña Julia García de Somoza.  A pesar de que el nombre no le hacía mucha gracia a doña Amadita, como se le llamaba, pues su relación con la familia, incluso con el interfecto no fue demasiado cordial, el nombrecito, sin embargo, le traía una que otra prerrogativa. 

El local había sido construido a inicios de los años 40 y tenía butacas de madera en tres grandes bloques que totalizaban unos 400 lugares, más un pequeño palco situado en la parte posterior, resguardado por un muro bajito, más de adorno que para protección y que estaba destinado a doña Amadita, el cura del pueblo y uno que otro allegado a la señora.  En la parte superior estaba la gayola que a mitad de precio era la alternativa para los paisanos de menores ingresos.  

Creo que era el único teatro en el planeta que había sido diseñado para personas con una vejiga del tamaño del tanque de combustible del Discovery, pues no tenía baños.  En alguna ocasión para evitar males mayores, en el corredor izquierdo, pegado al muro de la casa vecina, también propiedad de doña Amadita, construyeron un canal que servía de mingitorio para el auditorio masculino.  Las féminas tenían que llegar preparadas para dos horas de continencia.   

Conocíamos de la cinta a proyectarse diariamente a través de un programa impreso en papel periódico y que Miguel “Loco” distribuía casa por casa.  Miguel era un joven afectado en sus facultades mentales que doña Amadita tomo a su cargo y que al mejor estilo de Igor, le guardaba fidelidad y realizaba toda clase de tareas a cambio de un poco de comida y del espejismo de recibir cierto afecto.  El resto del personal que laboraba en el cine eran parientes de la señora y recibían un sueldo mísero, equivalente a la mitad del costo de una entrada a la función.  

A pesar de que la película iniciaba cerca de las ocho de la noche, cuando doña Amadita ocupaba su palco o informaba que no asistiría, la gente comenzaba a llegar a las siete y media, aprovechando el tiempo de espera para la convivencia.  Ahí se preguntaba por la familia, por los enfermos; se sabía de los aprobados y los reprobados, de las declaraciones de amor, de las quiebras sentimentales, de los acabangados, de las juidas, de los embarazos benditos o furtivos, ahí se anunciaban las proclamas, los bautizos, o se hacían los planes para pasar por alguna vela después de la función.  Durante la proyección eran permisibles los comentarios en voz alta, especialmente cuando algún episodio de la película se asemejaba a la vida real o cuando algún artista era parecido a cualquier personaje del pueblo.  

Cuando la cinta se cortaba o había algún problema con la energía eléctrica, el escándalo no se dejaba esperar con crueles epítetos que llovían al proyectista y a su asistente, mismos que eran lanzados con voz atiplada para evitar que aquellos reconocieran a sus vecinos, amigos o parientes.  El único identificable era un ñajo, que por más que se esmeraba, su voz era reconocida en el acto, haciéndose acreedor de la burla del auditorio que le gritaba al unísono -Callate Maqueca-.  

Cuando terminaba la función, cerca de las nueve y media, diez de la noche, los que presumían de ser los críticos del pueblo se reunía en el parque para realizar sus últimos comentarios, conclusiones y comparaciones, mientras tanto las parejas de novios caminaban con el paso más lento que podían para llegar a la entrega de las doncellas, antes de que el pueblo cayera en un profundo sueño hasta el día siguiente.  

El teatro también servía para otros eventos como compañías de teatro, de variedades, o de representaciones sacras, así como las famosas veladas, que eran talent shows en ocasión de fines de curso de las escuelas o para recadar fondos para obras sociales.    

Fue en ese cine en donde me hice fan de Roy Rogers, aquel vaquero de buenos sentimientos, caballeroso, prototipo del héroe de esa época y que mi padre insistentemente invocaba cada vez que yo mostraba mi desmedido temor a la oscuridad.  

También fue allí donde años después sentí que un rayo me fulminó, al ver por primera vez a Romy Schneider en el papel de Sissi y en donde dejé de soñar con tener un caballo y un par de pistolas doradas y de cachas de marfil y lo cambié por un sueño guajiro en donde tenía una espada para lanzarme en contra del Emperador Francisco José.  

En el Julia miré infinidad de películas, buenas, malas y regulares, muchas me gustaron y muchas no, pero lo importante fue que el cine llegó a ser una fuente inagotable de experiencias y conocimientos que me dieron valiosos elementos para sobrevivir posteriormente.    

Allá por los años setenta, después del terremoto de Managua y del estreno de El Padrino, un empresario del espectáculo se acercó a doña Amadita y le hizo una oferta que ella no pudo rehusar y de esa manera desapareció el Teatro Julia para dar paso al Cine Plaza.  En ese entonces el pueblo empezó a llenarse de foráneos que encontraron en el pueblo un perfecto dormitorio y la convivencia en el cine comenzó a enfriarse y así ese recinto fue perdiendo encanto, hasta que un día en los años ochenta desapareció.  

Para quienes conocimos al Teatro Julia en su esplendor, llegar ahora a San Marcos y pasar por sus ruinas nos parte el corazón.  Hay que hacer un verdadero esfuerzo para identificar donde fue la taquilla, donde estaba la pantalla, donde estaba el barcito en donde servían, según los conocedores, la mejor cebada de Nicaragua.  En el lugar en donde estaba el kilométrico migitorio, un avezado entrepreneur se hizo de un pedazo del terreno y dicen que está construyendo una clínica, bajo el riesgo de que por las noches los fantasmas del Julia con voz tenebrosa y atiplada le lancen los más graves epítetos, mientras que en venganza por el sacrilegio, le descarguen el poder de sus vejigas.  

El Teatro Julia Hoy  

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6 comentarios

Archivado bajo cine, cultura, Nicaragüense

6 Respuestas a “Los fantasmas del Julia

  1. Hola, esta historia me ha hecho recordar la sala de cine en mi niñez en San Juan del Río Coco: en una de las paredes de un gran local en el que se oreaba café, colocaban una sábana blanca como pantalla…Yo admiraba a Roy Roger a través de los paquines, nunca vi una película.

    Por casualidad, mi hija trabaja en San Marcos a donde viaja de lunes a viernes desde Managua.

    He disfrutado mucho su narración.

    Saludos.

    Melba

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  2. Tremenda narración te has lanzado. Muy bueno tu estilo narrativo…

    Felicidades por tu blog y que Viva Nicaragua jodido!!!

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  3. M.Martinez

    Recordado ,Titon he leidos tus articulos,no sabia que eras escritor,mi papa diria estan bien cachados,pero en el del teatro Julia se te olvido mencionar,la punta caliente donde se originaron varios matrimonios.
    Felicidades,keep up the good work.

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  4. Chepeleon Arguello U

    “Maqueca (Marcos) en el Juan XXIII, el tocaba el bombo, (1971-1972) en la banda de guerra, que dirigía en ese tiempo Chevón “Martin” García, con Pinol, Fredy Cucaracha, la Chichona, también estudie con su hermano: Mico de regla o Mico de tabla, en la escuela Réne Shick.
    A estas alturas, no he logrado tomarme una cebada, que le iguale. Y los recuerdos aun se mantienen bellamente frescos: Las famosas veladas de los Leoneses, con Don Juan (Reyes) Chiquito, Carlos Mejía Godoy, joven cantando con Otto de la Rocha y más adelante a la Arlen Siu… !Qué lindo es recordar! Te lo agradezco Orlando.

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  5. MARIO URTECHO

    Se te olvido mensionar la musica de los panzer antes de comenzar la funcion. Durante todos los anos que vivi en San marcos nunca cambiaron las misma canciones. Te felicito por tu buena narrativa y tu manera de plasmar tantos lindos recuerdos. Las normalistas atendiendo el matine despues de la misas dominicales. Tremenda Cebada que bendian en el barsito tambien.

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  6. Increible esta y todas tus narraciones. El barsito paso a manos de Don Enrique Vivas y todos nosotros (Barney Garcia, Chema Vergara, Barrunto, Miguel Ortega) lo haciamos botar la gorra. Cuando chugen llegaba y salia el leon de la MGM y decia “Esta ya la vi” y salia a que le regresaran su entrada.

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