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Un nica en el Popocatepetl

Popocatepetl

El nica es de tierra caliente.  No está en su naturaleza usar abrigos de ninguna especie; su vida está orientada hacia el cálido mar del trópico.  Sin embargo, su destino exódico lo ha hecho emigrar hacia latitudes en donde su cálida identidad se ha enfrentado de golpe y porrazo a temperaturas que rondan los cero grados centígrados. 

Así vemos a nicas curtidos por el sol del Pacífico que de la noche a la mañana se miran echando vaho en las calles de Winnipeg o rompiendo el helado viento de Chicago. 

Los que tuvimos la dicha de emigrar a México, encontramos en la capital un clima envidiable, pues se goza de una temperatura fresca la mayor parte del año, con un frío soportable en invierno y sólo hay que resguardarse cuando entra un súbito “norte”. 

Pero lo errante no se nos quita y el terremoto de 1985 nos hizo abandonar Tlatelolco e iniciar un nuevo peregrinar hacia Tlaxialtemalco.  Luego regresamos a la capital, pero por azares del destino, mi hermano Eduardo fue a parar a orillas de las faldas del legendario volcán Popocatepetl, en Amecameca, Estado de México y desde entonces, su casa se convirtió en el lugar de peregrinación de toda la familia.  Fines de semana, puentes, días feriados, vacaciones y demás, abandonábamos el Distrito Federal para enrumbar hacia el Popo.   

Ahí aprendimos el verdadero significado del verbo tiritar, pues muchas veces habíamos cantado a la orilla del mar aquella famosa melodía “Tiritando”, que se convirtió en el secular himno al verano en Nicaragua, sin saber lo que decíamos.  Así pues, a orillas del Popocatepetl, en medio de un frío que nos calaba hasta los huesos y en un ambiente que parecía haber salido de la pluma de Conan Doyle, encontramos el lugar ideal para aislarnos de todo, ser más familia y conversar. 

Como si ese clima propiciara además del acercamiento, un intercambio interminable de impresiones de todo lo que nos había impactado en nuestra azarosa vida.  Tratábamos por un lado de descubrir y dejar que aflorara nuestra mitad mexicana que subyacía debajo de una nicaraguanidad que no se cansaba de asombrarse de la inmensidad de ese país. En Amecameca era como si el frío fuese una chispa que provocaba el fuego de una conversación interminable, en donde diversos temas pasaban frente a nosotros como el paisaje en un tren en marcha: la música, el cine, la historia, la literatura, la psicología, la política, la familia, el pueblo y tantos temas más. 

En las mañanas en donde el sol tímidamente quería neutralizar al frío, se antojaba el bossa nova y era entonces Jobim, Regina, Gilberto, De Moraes, Costa, que nos hacían soñar con el cálido Pacífico y nos empujaban a brindar al mediodía con un bloody Mary o una magnífica cerveza local, mientras dábamos rienda suelta a la saudade. 

Luego, nos adentrábamos a la gastronomía vernácula y preparábamos tacos, sopes, quesadillas, tlacoyos y chalupas de un maíz verde oscuro de un sabor único, que se acentuaba con  hongos, queso oaxaca, flor de calabaza o huitlacoche y si la suerte nos sonreía, nuestra hermana Oralya se lucía con unos nacatamales, un vaho o unos buñuelos.  

Por las tardes nos dedicábamos a la devoción del café, acompañada por amplias discusiones en donde saltábamos de Cela a Dos Passos, de Miller a Nabokov, de Papini a Maugham, de Greene a Spota, de Amado a Guillén, de García Marquez a Vargas Llosa, de Benedeti a Carpentier y así hasta que se nos perdían los pasos. 

Cuando el clima lo permitía salíamos con los hijos a refrendar nuestro espíritu beisbolero y nos enfrascábamos en partidos interminables que alcanzaban anotaciones más parecidas al básquetbol. 

Había noches en que nos improvisábamos en bartenders, inventando cocteles, ponches, cubas, y otras delicias etílicas que experimentábamos con ron de las Antillas o vodka polaco, hasta llegar al sopor y entonces nos achilangábamos escuchando a María Conchita Alonso mientras practicábamos el difícil arte del albur. 

Cuando el frío parecía ensañarse con nosotros, apurábamos un te de hierbas locales que nos arrastraba inexorablemente al análisis de Jung, los arquetipos y el inconsciente colectivo. 

Las oscuras noches nos transportaban al cine de pueblo, desde el Julia hasta el Alameda, pasando por el Trébol, el América, el Luciérnaga, el Ruiz, el Tropical y revivíamos el cine de Buñuel, Scorsese, Fellini, Godard, Hitchcock, Kubrick, Coppola, Allen, Chaplin, Leone, De Palma, Argento, Ford, hasta que nos parecía escuchar la marcha del Puente sobre el Río Kwai, que usaban en el Trébol para desalojar la sala al final de la película. 

Cuando nos tocaba la suerte de reunir a toda la familia, nuestro padres nos llevaban de la mano y repasábamos casa por casa, calle por calle del pueblo, desmarañando las intrincadas genealogías locales o bien, recordábamos las calles y lugares de la vieja Managua en torno al Callejón de Alí Babá, mientras Eduardo con su guitarra evocaba nuestro embeleso ante la música de Serrat y las pequeñas cosas nos hacían un nudo en la garganta. 

Fueron inolvidables las mañanas escarchadas en donde nos espabilábamos con un café de detective, mientras preparábamos un suculento desayuno para toda la tropa, aprovechando el rato para intercambiar sueños, proyectos y una que otra receta de cocina.  Eduardo trataba de explicarme los intrincados matices politonales de la nueva trova cubana y yo de aficionarlo a Vivaldi y cuando desistíamos, entrábamos de lleno a echarle segunda a Jaime Almeida en el recuento de los Beatles o imitando al grave locutor de Radio Stereo Jazz, hablábamos de Benson, Montgomery o la inolvidable Minnie Riperton, hasta que de pronto el sol nos regresaba al Bossa Nova. 

Pero un día los dioses, celosos de nuestros destinos, ordenaron de nuevo partir; de repente, nuestro padre se fue para siempre y las lilas del jarrón se fueron marchitando.  Yo me encuentro ahora de regreso entre lagos y volcanes, sintiendo el nicaragüense sol de encendidos oros.  Algunas veces cuando una melancólica radio vuelve a lanzar Tiritando a las ondas hertzianas; aún bajo el riesgo de parecer loco, me río solo.  Mi hermano Eduardo por su parte, está mirando el plácido movimiento de las olas del Lago de Chapala en Jalisco y de golpe se hizo viejo, pues hoy llega al medio siglo.  

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