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El Bachiller José María Peñaranda

José Mará Peñaranda

A finales de 1993 escuché por primera vez en las emisoras radiales de México a Carlos Vives, interpretando su versión de “La gota fría”.  Cada vez que la escuchaba me parecía reconocer algo en su ritmo que me era familiar, sin embargo, por más que le ponía mente no lograba encontrar el elemento de esa música que tanto me llamaba la atención.  Fue a inicios de 1994 en una excursión a Tepito, el famoso barrio de la fayuca en el Distrito Federal, que un merolico me ofreció a un buen precio el CD original de Clásicos de la Provincia de Carlos Vives.  En esa época, aún en Tepito, se podían conseguir discos originales y a precios bastante accesibles.  Motivado por la curiosidad lo compré y empecé a escucharlo repetidamente hasta que en cierto momento, logré descifrar el misterio.  Se trataba de una versión refinada, como destilada para la exportación, de la música del Bachiller José María Peñaranda. 

Durante mi infancia, la extrema cercanía del Salón Rosado con la botica de mis abuelos me hizo testigo de la cruda batalla que durante muchos años libraron por la popularidad la Sonora Matancera y el Bachiller José María Peñaranda, quienes ocupaban gran parte del gusto de los sanmarqueños.   La música de Peñaranda tenía la particularidad de atraer más adeptos, debido a que desde el párroco hasta los jefes de las familias tradicionales del pueblo, incluyendo a mis abuelos, la habían condenado y puesto en primer lugar de su lista negra. 

El motivo de la aversión exagerada hacia la música de Peñaranda obedecía a que el compositor colombiano, poco a poco, fue subiendo el tono de la picaresca de sus canciones.  Este cantautor había iniciado su carrera a la fama con la popular canción “El hombre caimán”, que con el tiempo se transformó en la célebre “Se va el caimán”, preferida por muchos para adaptar sus coplas en todos los tonos posibles, incluso aquellas dedicadas a Francisco Franco cuando a pesar de sus promesas se negaba a abandonar el poder.  También había compuesto la versión original de la canción “Ya me voy p´a Cataca”, que los cubanos se encargaron de cambiarla por la popular “Ya me voy pa´ La Habana”.  Posteriormente compuso “La cosecha de mujeres”, que años más tarde el intérprete sinaloense Mike Laure, la hiciera famosa fuera de Colombia. 

En su siguiente etapa Peñaranda se dedicó a componer temas de doble sentido, en donde su particular voz se encargaba de imprimirle el timbre bandido que el tema demandaba, con un ritmo que era el típico de la región del autor, la Costa Atlántica de Colombia y que con ligeras variaciones es la misma música de la vecina región de Valledupar, que posteriormente se llegó a conocer como Vallenato.  En la misma predominaba el acordeón, la caja y la cacharaca, que es una especie de guaira, aunque Peñaranda le agregó guitarra, bajo y tumbadora; sin embargo, los ritmos que predominaron en su música fueron el Paseo, el Merengue y el Son, que son los mismos que se manejan en la música del Vallenato.  A pesar de que Peñaranda no se considera en Colombia como exponente de esa música, en Nicaragua durante los años cincuenta y sesenta fue prácticamente el único representante de la música del norte de ese país. 

Durante todo el año, tanto el Salón Rosado como todos los antros con roconola de San Marcos y su periferia se encargaban de difundir a Peñaranda y su música a los cuatro vientos; sin embargo, cuando llegaban las fiestas de abril, éste parecía hacerse omnipresente, pues la feria que se instalaba en el parque central ponía su música incansablemente día y noche y ni siquiera los caballitos se escapaban de las pícaras canciones del Bachiller. 

En la inocencia de mi niñez no alcanzaba a comprender el escándalo que provocaba la música de Peñaranda, pues las letras de sus canciones me parecían de lo más natural.  Por ejemplo, en ese tiempo las rutas hacia La Concha y a Masatepe eran todavía caminos de terracería, por lo tanto era común que un viaje por las mismas fuera cuestión de una tremenda polvareda, así que la canción de este trovador que decía “en el carro con Leopoldo se embarcó doña María y en el camino decía, comadre mire que polvo”, no significaba para mí nada fuera de lo normal.  Era común que algunos taxis que viajaban a La Concha hicieran una breve parada a la altura de la pila de Sapasmapa, para que los pasajeros descansaran un poco de la polvareda, por lo tanto el grito de Leopoldo: “que paren el carro, no aguanto este polvo”, para mí era lo más natural del mundo. 

En realidad, en la mayoría de las letras de sus canciones, el cantautor dejaba a la imaginación del oyente la interpretación que éste les quisiera dar, pues no hay palabra mal dicha, sino mal interpretada.  Cuando Peñaranda se aventó la cerca fue cuando compuso La Opera del Mondongo, en donde no dejó nada a la imaginación, explicitando las mayores bascosidades que pudieran imaginarse.   

Cuando en Nicaragua a mediados de los años sesenta, el rock, la balada y un poco la cumbia se fueron afianzando en el gusto popular, debido en gran parte a la ampliación del espectro radial y a la expansión del uso del radio portátil, poco a poco la música de Peñaranda fue desapareciendo de las preferencias del público, hasta caer casi en la extinción.  Hoy en día, el nombre de Peñaranda muy pocos lo conocen y muy ocasionalmente se menciona, salvo tal vez cuando una señora de muchos abriles ya no logra mantener la tersura de su cutis ni con el Botox, se dice: “está más arrugada que el acordeón de Peñaranda”. 

Sin embargo, este cantautor continuó por mucho tiempo más su carrera artística en su país.  A finales de los años sesenta compuso una canción sobre la escasez de alimentos en Cuba, pero en vez de enfocarla desde la perspectiva de las causas que la provocaron o contrastarla con la abundancia de otras cosas, la orientó, sin enchinársele la piel, hacia una dura crítica a la negación del problema de parte del régimen de Fidel.  A pesar de que no se adivina ninguna intención política en esa composición, pues nunca fue el estilo de Peñaranda, la misma le valió la animadversión de algunos intolerantes.  En fin, su carrera artística fue maratónica y al final de la misma todavía tuvo la oportunidad de dedicarle un tema a la Viagra. 

En febrero de 2006, a la edad de 98 años, el Bachiller José María Peñaranda cambió su acordeón por un arpa y actualmente debe de estar provocando la alegría de los ángeles que gozan de la gracia de sus canciones. 

A finales del siglo XX se dio una corriente que se dedicó a reivindicar a ritmos, autores o intérpretes que en su momento no gozaron de la preferencia de la intelectualidad.  Así escuchamos al gran Serrat interpretar “Soy lo prohibido”,  tema que cuando en su oportunidad lo cantaba Olga Guillot hacía sonrojar a más de una dama. También encontramos que en México se elevó a Chava Flores a la categoría de trovador urbano y en España a Chavela Vargas casi a los altares; Tania Libertad por su parte, revivió los boleros de Julio Jaramillo.  Por esto, tal vez sería tiempo de comprender un poco más la perspectiva de este cantautor y considerarlo, no como un exponente de la música “arrancamonte” como se decía en Nicaragua, sino como un juglar de la música picaresca Latinoamericana y darle su verdadera dimensión. 

Es más, me atrevería a sugerir un homenaje a través de un album, que podría llamarse “Querido José María” o “Peñaranda, eres magnífico”, en donde los grandes exponentes de la música en español interpretaran los temas de este trovador.  Por ejemplo, a Serrat se le daría muy bien “Que polvo”, a Joaquín Sabina le saldría nítido “El clavo”; el nuevo estilo de El Consorcio estaría muy bien para interpretar “La pringamoza”, por su parte Pablo Milanés podría discutirse con “No metas la mano”, mientras que Ana Belén y Víctor Manuel podrían hacer el dúo para “Las cuatro hijas”, Alberto Cortés estaría pintado para “La inyección” y la potente voz de Plácido Domingo alcanzaría para cantar “El gato se lo comió”.  En Nicaragua también podría lograrse algo similar, con La Camerata Bach interpretando una versión barroca de “Las viuditas”, el dúo Guardabarranco podría lograr una buena versión de “El peluquero”, Norma Helena Gadea por su parte, podría cantar “Teresa la Panadera” y Carlos Mejía Godoy gustosamente podría encargarse de “Las dos hermanas”, mientras que Luis Enrique de “Las Secretarias”, Otto de la Rocha cantaría “El banano” y Keyla Rodríguez cerraría con “El coco de Rosa”. 

En fin, mientras se logra ese merecido homenaje, sirva el presente post para recordar con cariño a aquel trovador que aderezó la vida de tantos nicaragüenses con su candente ritmo y que con sus letras echó a volar su fértil imaginación.   

JOSE MARIA PEÑARANDA: QUE POLVO  JOSE MARIA

PEÑARANDA: EN CUBA NO FALTA NA´   

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