Archivo de la etiqueta: Mercado-Oriental-Managua

Le dicen: La Sebastiana

Es temprano por la tarde en el barrio conocido como Villa Austria, al oriente de la ciudad capital.  Frente al costado sur occidental del recinto de la Universidad Politécnica de Nicaragua, detrás de un cauce, se observa una casa recién pintada en azul y blanco.  Es una humilde construcción básica y en su interior no hay ningún mueble.  En el fondo de la vivienda se levanta un individuo, todavía con el sopor etílico y sale al pequeño callejón que la separa del cauce y en una improvisada banca formada por el borde del cauce, se sienta y respira profundamente.   Su aspecto es sumamente deplorable, está semidesnudo, sin camisa ni zapatos, tiene la apariencia de no haberse bañado por un buen rato, su pelo acusa no recordar cuándo fue la última vez que pasó un peine por ahí y una barba blanca reafirma el sensible descuido.  Sus uñas han crecido tanto que le dan a sus manos una apariencia un tanto terroríficas.  No obstante, su alborotado y encanecido cabello todavía tiene vestigios de su color claro de antaño y en sus ojos, ahora escondiendo la chispa que un día tuvieron, todavía guardan el intenso azul.  Es pequeño y todavía muestra una delgadez de toda la vida, aunque sus excesos con el alcohol han abultado su vientre.  En general, su apariencia trae a la memoria al personaje que Hemingway describiera lacónicamente en El viejo y el mar.

De repente, como si se lanzara en un plácido lago y empezara a nadar, se remonta en el tiempo para rememorar la historia de su vida.  Nació en Managua, en una casita de madera ubicada frente al Cementerio San Pedro, en el propio centro de la ciudad, un 20 de enero de 1940.  Su madre, soltera como muchas mujeres de esa época, quedó embelesada cuando lo vio por primera vez y no se cansaba de repetir que parecía un niño dios, así que decidió bautizarlo con el nombre de Gabriel de Jesús y lo arrullaba cantándole “Ese cabellito rubio”.  El muchacho fue creciendo y desde pequeño entendió su compromiso de ayudar a su madre a subsistir.  Sin notarlo siquiera, en todas las tareas en que debió apoyar a su madre, se esmeraba en ceñirse un delantal y en manifestar modales amanerados, no propios de un muchacho varón.  En consideración a que su madre, en medio de sus restricciones, cada 20 de enero le festejaba su cumpleaños, la gente comenzó a llamarle Sebastián, por celebrarse en esa misma fecha la fiesta del santo de ese nombre y así fue que el nombre de Gabriel de Jesús Quezada se disipó con la brisa del Xolotlán.

No supo cuando, la gente comenzó a cambiar su apelativo por la Sebastiana, debido a su clara orientación sexual, la cual en aquella época no era motivo de mayor sorpresa ni discriminación.  El apelativo no le molestó para nada al muchacho, quien se mantenía pequeño y esbelto, haciendo todo lo posible por aparentar una figura femenina y mostrar un claro contoneo al andar.

Cuando empezó a reflexionar sobre la manera de allegar más recursos a su hogar, le propuso a su madre la venta de refrescos y de esta manera, el joven se apostó en las afueras del cine Apolo, que estaba ubicado en las inmediaciones de la Iglesia del Calvario en el oriente de Managua.  Entre él y su madre llegaron a desarrollar una receta para preparar un fresco de cacao con un sabor singular, que rápidamente generó una buena demanda, a tal punto que Sebastián tuvo la idea de ampliar su radio de acción hacia el Mercado Oriental.   En aquella época, a finales de los años cincuenta, el Oriental estaba limitado a una sola manzana, sin embargo, mantenía un dinamismo sin igual.  Así fue que inicialmente con el fresco de cacao, Sebastián se convirtió en un elemento indispensable en el paisaje del mercado.  Posteriormente, a través de unos parientes en León encargaron diariamente repostería de donde las Prío.  Así fue que esa combinación de un cacao insuperable y una repostería que se deshacía en la boca, le dieron a Sebastián un fuerte impulso económico a tal punto que en sus momentos de éxito llegó a vender el equivalente a cien litros de leche, según él mismo, en un tiempo record de dos horas.  Para aprovechar el resto del día, Sebastián tuvo la idea de ayudar a doña Juanita una pobre señora que había caído en desgracia y a quien le dio la receta para preparar un fresco de cebada, la cual salía a vender por la tarde y para cuyo efecto inventó una tonadita que se hizo famosa en el rumbo:  Cebada helada, Bangán.  Este último vocablo no tenía significado alguno pero según Sebastián constituía una gran herramienta de marketing.  Al final le entregaba a doña Juanita, el importe total de la venta, sin dejar nada en concepto de comisión.  Eran definitivamente otros tiempos.

Sebastián no admite el momento en que estuvo consciente de su orientación sexual, simplemente recuerda que un día pensó que una vez suplidas las necesidades básicas de su hogar, había en la Managua de antes, muchas alternativas para poder combinar el placer y los negocios.  Tomó muy en serio lo que le expresó Doña Lidia Ruiz, propietaria del cine Ruiz, que él debería llamarse Diana La Cazadora, pues guardaba el encanto de la famosa estatua ubicada en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México.  Así fue que comenzó a visitar los lugares emblemáticos de aquella época, en especial El Foker, El pez que fuma, La Toña nariz, Los caracoles, El lago de los cisnes parodiado luego como El charco de los patos, La linterna, La gata, entre otros.  Ahí se travestía y competía incluso con las sexoservidoras más demandadas.

En cierta ocasión participaba en la gala de disfraces de El charco de los patos, en donde toda la comunidad gay acudía a mostrar su ingenio, incluyendo a un destacado miembro de la familia aferrada al poder (en aquel tiempo).  La Sebastiana se disfrazó de Miss Universo, la Carola de monja, Toña la negra de vedette y así por el estilo.  Resulta que Bernie, el chico influyente, tuvo un fuerte desaguisado con un congénere y se armó el pleito, que en ese ambiente se torna violento, de tal forma que la infanta salió del local echando sapos y culebras y en menos de lo que canta un gallo, llegó una patrulla de la G.N., no a concursar, sino a realizar una redada.  La Sebastiana y otros de sus colegas salieron huyendo del lugar y no pararon de correr hasta llegar al Barrio San Luis, en donde al amparo de un palo de mango se quedaron dormidos.

En la cúspide de su esplendor, recuerda la Sebastiana la ocasión en que por 1968, durante las fiestas patronales de Santa Teresa, Carazo, se encontraba arreglando el local llamado Restaurante Jet, patrocinado por la cerveza del mismo nombre que recién incursionó en el mercado nacional, cuando se apareció la alcaldesa doña Raquel Peña y le notificó que lo había nombrado Reina de las fiestas.  Lo llevó a su casa y le mostró un ropero indicándole que podía tomar la ropa que quisiera.  De esta forma, nuestro personaje ataviado con un deslumbrante atuendo, repartió premios, besos y demás a los devotos.  De repente, se le ocurrió a alguien que debería desfilar en un caballo, así que subieron a la Reina en un rocinante, quien por el vestido de mujer no tuvo otra alternativa que montar de lado, al estilo de la Reina Isabel y así comenzó el apoteósico desfile en donde la Reina no se cansaba de agitar su mano para saludar a la muchedumbre.  Como siempre sobra un gracioso, ocurrió que a mitad del desfile, le dieron una palmada al caballo que terminó desbocándose, arrojando al suelo a la Reina que estuvo a punto de romperse el coxis.

Otro evento en el cual La Sebastiana participó siempre que pudo y con gran entusiasmo fue el baile del Toro Venado en Masaya, que es un baile folklórico en honor al patrono San Jerónimo y que ha devenido más bien en un carnaval que parodia la vida local y nacional y en donde los participantes llevan los más extravagantes disfraces.  Ahí la Sebastiana lucía un elaborado traje de mujer color rosado y era la sensación de todos los observadores.  En una de sus últimas participaciones en dicho baile, enarboló una bandera que un amigo le envió desde Canadá que con el arcoíris del orgullo, lo proclamaba Gay International.

Para 1972 vivía con su madre por la bajada de Chico Pelón un poco más al oriente de El Calvario.  Ese año las festividades navideñas prometían ser favorables al comercio y actividades conexas, así que Sebastián se trasladó a El Malecón para aprovechar la temporada.  Recuerda que el terremoto en ese lugar fue aterrador, pues se escuchaba un ruido que parecía el juicio final.  Al amanecer, los todavía asustados locatarios del lugar comenzaron a realizar un recuento de los daños, lo cuales a pesar de todo no llegaron a ser tan fatales como en el resto de la ciudad.  Lo que resaltaba es que había una gran cantidad de niños cuyas madres estaban a la hora del temblor en algún lado de Managua y no aparecían.  La Sebastiana se ofreció para hacerse cargo de ellos e improvisó lo que sería el primer CDI de Managua, pues organizó un refugio para ellos, consiguió agua para asearlos, la comida abundaba pues era la reserva para las fiestas navideñas que prometían ser de gran movimiento comercial ese año y de esta forma alimentó sin problemas a los niños.  Al pasar los días fueron apareciendo las madres de los niños y al final La Sebastiana pudo regresar a su casa con una considerable dotación de víveres.  En su casa, su madre lo esperaba con el alma en vilo pues creía que había quedado bajo los escombros al saber por dónde.

Después del terremoto, el negocio de la venta de frescos se hizo más complicado, lo que obligó a la Sebastiana a dedicarse casi exclusivamente a la venta de pan y repostería, siempre en el ambulantaje.   De alguna forma se allegó de un pequeño pedazo de terreno en Villa Austria en donde improvisó una vivienda.  Con el tiempo, las condiciones de la casa llegaron a ser tan críticas que el Consejo del Poder Ciudadano del rumbo, al considerar a la Sebastiana patrimonio intangible de la comunidad, gestionó fondos para construirle una “casa para el pueblo”.  El problema es que nuestro personaje se queja amargamente de que jamás hubiera aceptado esa donación y prefiere su jacalito, pues en el relajo de la construcción, se le llevaron todo lo que tenía y lo dejaron con una casa nueva pero vacía.  No obstante, los vecinos dicen que son los “amigos” de la Sebastiana quienes se le han ido robando poco a poco todo lo que tenía y luego siguieron con lo que traía la nueva casa que incluía hasta una televisión con conexión parabólica, según ellos, estándar en todas las “casas del pueblo”.

Por esta razón, es el borde del cauce el lugar en donde esta figura icónica de la vieja Managua cavila y recrea un pasado glorioso desde donde desfilan por su mente tantos hombres y tantos nombres que susurraron mentiras y a veces verdades en sus oídos.  Hay abogados, políticos ahora vendedores, estudiantes ahora políticos, periodistas, intelectuales (si alguien puede saber qué son), comerciantes, entre una interminable lista de la cual al escuchar los nombres lo hacen a uno exclamar como Tres Patines: Serapio Silva, chico .  No obstante, insiste que también se dieron relaciones en donde el negocio estaba muy lejos y era el corazón el que mandaba, como es el caso de David y Omar que dejaron una tremenda huella en lo más profundo de su ser.  Sin embargo, ninguno de los dos llegó a calar tan fuertemente el espíritu de la Sebastiana como Denis, un futbolista que cautivó al albiceleste.  Vivía el mozalbete ese en el barrio Los Angeles, cerca de la cervecería y sus encuentros se daban en una cantina cercana a la casa del futbolista en donde la Sebastiana llegaba y en la roconola tocaba una canción de moda en ese tiempo que decía:  Brujería, no, sortilegio no.  Al escuchar la melodía Denis corría a su encuentro, como Messi en busca de un gol, e iniciaban un tórrido idilio.  Este romance, duró seis años, pero al final, el futbolista corrió hacia otra portería y lo dejó con el corazón partío como dice Alejandro Sanz.  Lo más triste que narra nuestro personaje es que con el tiempo Denis llegó a amasar una interesante fortuna y ahora en la opulencia no se acuerda de él.

El individuo semi desnudo y del cabello cano abandona el borde del cauce y se dirige con pasos vacilantes hacia el sur.  Aparenta más de sus setenta y dos años y lo peor es que irradia la sensación de que ha perdido el amor por la vida, ese desdén que produce la extrema soledad.  Pero como decía Juan Ramón Jiménez: “En la soledad no se encuentra más que lo que a la soledad se lleva”.

Mi agradecimiento a Ovidio y Celeste por su invaluable apoyo.

7 comentarios

Archivado bajo Nicaragüense