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Los bailongos de Miranda

Cuando iniciaba mis estudios universitarios en el vetusto edificio dela Facultadde Economía, en las inmediaciones del Palacio de Comunicaciones de la vieja Managua, había un estudiante de esos que les dicen “fósiles” por llevar un tiempo exagerado cursando la carrera.  Al combinar muchos estudiantes sus estudios con un trabajo de tiempo completo, era muy común encontrar repitentes para quienes la carrera se hacía maratónica.   Jorge, nunca supe su apellido, vivía en el occidente de la capital, en el barrio Cristo del Rosario y trabajaba en una oficina cerca del edificio de F. y C. Reyes, porla Avenida Roosevelt.  Se observaba que era mayor que el resto de los estudiantes que promediaban los veinte años, pues fácilmente superaba la treintena.   Podía vérsele llevando clases de todos los años,sin embargo,parecía un tanto abstraído y no se miraba que tuviera un grupo de amigos definido.  Me imagino que los compañeros con quienes ingresó ya se habían graduado y saltar de una materia a otra, no le permitía llevar una relación sostenida con ningún grupo, así que generalmente en los recesos se le miraba un tanto solitario.

En cierta ocasión en que se organizó una fiesta dela Facultad, me animé a asistir y fui con unos amigos al Club Managua.  Fue amenizada por el “Negro Jairo” una de las orquestas más afamadas en los sesenta en Managua.  Cuando había dado inicio la fiesta y la orquesta se lucía con sus mejores interpretaciones, ingresó al salón Jorge, vestido formalmente.  Nos extrañamos, pues no nos imaginamos que fuera asiduo a ese tipo de eventos.  Al momento en que la orquesta se arrancó con un cha-cha-cha, Jorge sacó a bailar a una muchacha de cuarto año y para sorpresa de todo el auditorio, hizo una verdadera gala de la pieza, manejando unos pasos de fantasía, de esos que sólo se miran en las películas, moviéndose de manera etérea, como si fuera un Fred Astaire en el escenario.  Total que el fósil aquel no paró de bailar en toda la noche, mambo, merengue, cumbia y bolero.

Después de la fiesta, todos regresamos a la rutina de la facultad, sin embargo, la popularidad de Jorge se había incrementado significativamente y se le miraba socializar más con el resto de estudiantes.  En cierta ocasión estaba yo esperando el inicio de una clase, sentado en unas sillas de fibras plásticas que estaban en un extremo del patio de la facultad, cuando llegó Jorge y se sentó a mi lado.  Nos saludamos y no resistí la curiosidad de preguntarle dónde había aprendido a bailar.  Sonriendo me respondió: -En los bailongos de Miranda.  Al observar que me había quedado en ele-olo, me preguntó: -¿No conociste Los Balcanes?  Le respondí que no y me dijo – Si no conociste Los Balcanes no has conocido Managua, mucho menos sabés de bailongos.  Desde esa vez, en cada ocasión en que me lo encontraba me iba contando en retazos sus experiencias en el famoso bailongo de Miranda.

Sería tal vez en los años dela SegundaGuerraMundial que un vecino del barrio Cristo del Rosario, Don Luis Miranda, inició un negocio en su casa.  Comenzó vendiendo refrescos y luego se convirtió en una especie de cafetería.  En cierta ocasión se le ocurrió poner música y de repente la gente comenzó a bailar, entonces Don Luis empezó a cobrar por cada pieza que tocaba en su equipo de sonido y de ahí vino la idea de organizar eventos para todos los aficionados al baile.  Generalmente se realizaban estos bailongos los días domingos de siete a doce de la noche.  Don Luis cobraba una cuota de entrada, más el consumo al interior del recinto.  Hay que anotar que en aquellos tiempos no existía una burocracia que exigiera un sinnúmero de requisitos para abrir un nuevo giro, cambiarlo o para agregarle diferentes giros a una misma actividad económica.

Parece que Don Luis era muy estudioso de la historia, al igual que muchos de los conciudadanos de esa época y el nombre de Los Balcanes sonaba mucho por las conflagraciones a las que se vio sometida esa región desde el inicio del siglo XX, por lo que bautizó su negocio con ese nombre que llegó a convertirse en un punto de referencia en la vieja Managua.

En un inicio el entusiasmo por los bailongos de Miranda fue tan grande que se convirtió en un imán para todos los aficionados al baile del rumbo, sin embargo, también empezó a atraer de personas de dudosa reputación.  De vez en cuando se miraba llegar a ciertos “chivos” reconocidos, acompañados de mujeres que por su vestimenta se adivinaba que se dedicaban a actividades non sanctas.  Don Luis intuyó que a pesar de que su negocio se abarrotaba, sus vecinos, en especial las muchachas terminarían retirándose, por lo que tuvo que dar un giro de timón drástico.  Transformó el local en una especie de club social obrero, con junta directiva y todo, reservándose Don Luis el derecho de admisión.  Asimismo, trató de manera infructuosa de borrarle el nombre de Los Balcanes a su negocio.

Cuando el negocio prosperó, su propietario empezó a llevar música en vivo y a pesar de que elevó el precio de ingreso a cinco córdobas a los caballeros, pues las damas entraban de cortesía, el local se llenaba.  En la puerta del negocio, el propio Don Luis se aseguraba que todo el mundo llegara propiamente vestido.  Los caballeros que no alcanzaban a llevar su levita dominguera, por lo menos su arreglo debería ser lo suficientemente formal.  Las damas debían presentar el mínimo decoro que dictaban los cánones de la época.

Los bailongos de Miranda llegaron a tener el acompañamiento de las orquestas de categoría de esos tiempos, como por ejemplo Los satélites del ritmo, con su célebre cha-cha-cha: Yo no le creo a Gagarían, cuando todavía la integraba el célebre Rafael Gastón Pérez.  También llegó a amenizar los bailongos la orquesta de don Julio Max Blanco, así como la recordada Shampoo Musical.  Se cuenta que también se presentó con gran éxito la no menos célebre agrupación caraceña La Jazz Carazo.

Con la categoría de club social obrero, el local inició la tradición de nombrar una reina, la cual se elegía en los mismos bailongos y de esa manera, las jóvenes del sector occidental de la capital se disputaron por muchos años el título.   Se recuerda que en cierto momento Don Luis nombró locutor oficial de esos eventos al que luego se convertiría en una leyenda del Estadio Nacional, Ramiro Solórzano “Fonguito”.

Cabe destacar que en los bailongos de Miranda desfilaron todos los grandes aficionados al baile de la vieja Managua de mediados del siglo XX, habiéndose convertido en una verdadera escuela, pues cada quien iba llevando los pasos y fantasías que por su parte iba aprendiendo ya fuera en el cine o en otros salones.   Una de las figuras más populares fue sin duda alguna el recordado Lisímaco Chávez Cerda, originario de Diriamba pero Managua por adopción, quien era aficionado a las películas de Tin Tan y de sus trajes pachucos, de tal manera que se presentaba a los bailongos con traje completo de pachuco y a veces un sombrero medio matizón.  Le gustaba mucho realizar pasos de fantasía.  Recuerdo que cuando en Carazo formó años más tarde su conjunto Los Licy´s Boys, siempre en el intermedio realizaba un playback con la guitarra eléctrica (quien en realidad interpretaba era Enoc Jerez), realizando una coreografía que dejaba a los asistentes con la boca abierta.

Cerca de 1964 falleció Don Luis Miranda, llevándose con él a sus concurridos bailongos.  Ya para esa época la actividad nocturna de la capital tendía a aglutinarse al propio centro de la ciudad y una serie de clubs comenzaron a operar en ese sector.  No obstante, los asiduos concurrentes a los eventos de Miranda a quienes se les llegó a conocer como “miranderos” siempre que en una fiesta se presentaba la ocasión sacaban a relucir sus magníficos dotes en la danza, tal era el caso de Jorge.

En aquellas pláticas esporádicas en los intermedios de clase en la facultad, Jorge me comentaba sobre algunos conceptos básicos de los ritmos tropicales que más adelante me llegaron a servir.  Luego, cuando la facultad se trasladó al Recinto Universitario Rubén Darío en Jocote Dulce, Jorge desapareció del mapa, sería que le salía muy extraviado viajar diario hasta allá o se cansó de la maratónica carrera, así que no lo volví a ver.

El año pasado, en algunos pocos cines de la capital exhibieron de manera un tanto clandestina una película tico-brasileña llamada El último comandante, en donde el gran actor mexicano Damián Alcázar encarna a un guerrillero nicaragüense que abandona la revolución y desaparece para llegar a Costa Rica en donde se dedica a su verdadera pasión: el cha-cha-chá, convirtiéndose en profesor de este ritmo.   Tal vez Alcázar no se acerque mucho a la figura de un ex guerrillero nicaragüense, pero al igual, Antony Queen, mexicano, encarnó a Zorba El Griego.  Cuando miré esa película y al personaje de Alcázar, inmediatamente se me vino a la mente la figura de Jorge y aquella pasión que le ponía al baile, así como su pausada forma de hablar sobre cada ritmo.  Si tan sólo le hubiese puesto un poco de aquella pasión al estudio del postkeynesiano y al monetarismo, a lo mejor hubiese culminado su carrera.

Hace un par de semanas circulaba yo por la calle que atraviesa la antigua Colonia Mántica, absorbida casi en su totalidad por el Hospital Saludo Integral cuando de repente cruzó la calle un hombre ya mayor, con la cabeza completamente blanca, sin embargo, cuando volteó hacia el tráfico que avanzaba, me pareció reconocer aquella chispa que tenía la mirada de Jorge y por el enérgico y rítmico paso de su caminar a pesar de los setenta y pico de años que podría tener, juraría que se trataba de él.  Recordé entonces aquellas amenas pláticas en la Facultad de Economía y de ese momento me vino la idea de escribir estas lineas.

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