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Los fabulosos carros concheños

Buick 1950

La distancia que separa a La Concepción de Maria, La Concha, Departamento de Masaya, de San Marcos, Departamento de Carazo, es de apenas ocho kilómetros y a pesar de esta cercanía, estas ciudades podrían optar por el título de vecinos distantes.  Desde siempre, ambas ciudades perecían por la falta de agua en sus respectivas localidades, siendo la tradicional fuente de abastecimiento las Pilas de Sapasmapa, ubicadas en un lugar equidistante en el camino que comunica a estas ciudades.  El acceso a estas pilas fue motivo de largas luchas entre sanmarqueños y concheños, sin embargo, no está documentado si en aquellas batallas alcanzó a llegar la sangre al río, o por lo menos hasta las pilas.  Dicen que en cierta ocasión, una pequeña imagen de San Marcos apareció en las pilas, por lo que muchos creyeron que se trató de una milagrosa revelación del evangelista, quien de esa forma dictaminaba que las pilas eran propiedad de la localidad que se había encomendado a su protección, por lo que los concheños no tuvieron otra alternativa que reconocer la soberanía de San Marcos sobre dicho lugar.  Tampoco se llegó a saber quién fue el ocurrente que a mitad de la noche llegó a las pilas a colocar la rústica imagen del evangelista.

Siempre hubo una animadversión entre los habitantes de estas dos localidades.  Nadie sabe si esta actitud nació del pleito por el agua o fue algo en su propia idiosincrasia, más añejo todavía, que no permitió un entendimiento a la hora de compartir el vital líquido.   No obstante, la rivalidad que había nacido entre ellos tuvo que hacerse a un lado debido a que se dio una relación simbiótica entre ambas ciudades.  Para los concheños, San Marcos era su única salida al mundo exterior, pues para trasladarse a Managua, Masaya, Jinotepe o cualquier otra localidad, tenían que pasar a fuerza por ahí. Por otra parte, el hecho de que este aislamiento no permitiera el florecimiento de un comercio adecuado en La Concha, obligaba a sus habitantes a realizar sus principales abastecimientos en San Marcos.  Para los sanmarqueños, la mano de obra procedente de La Concha ere indispensable para operar sus fincas de café, la mayoría ubicadas hacia el rumbo de sus rivales y los beneficios del comercio con ellos los hacían zanjar sus diferencias.  No obstante, lograba detectarse cierta velada discriminación de parte de los sanmarqueños hacia sus vecinos, a quienes les reprochaban hablar un español arcaico y con un cantadito particular y las muchachas que sucumbían ante los enamoramientos de algún concheño, se convertían en la comidilla del pueblo por mucho tiempo.

El camino entre ambas localidades, hasta mediados de los años noventa, fue de terracería, sinuoso y con pendientes extremas y la mayoría del tiempo se mantenía en muy malas condiciones, que lo hacían una ruta infame.  Recuerdo que cuando era niño me peinaba de partido a la izquierda y por más que me esmeraba (hasta me compré un peine de barbero) nunca me quedó bien hecho y mi tío Emilio se burlaba diciendo que mi partido se parecía al camino de La Concha.

Hasta mediados de los años sesenta el único medio de transporte, además de las bestias, eran unos automóviles que prestaban el servicio entre ambas ciudades por el módico precio de C$1.50, equivalentes a unos veinte centavos dólar.  Eran unos vehículos americanos de ocho cilindros, en su mayoría Buick, Chevrolet y De Soto, sobrevivientes de los años cuarenta e inicios de los cincuenta.  Eran sedanes adaptados para ese servicio en particular.  Lo más interesante de los arreglos era el realizado para ahorrar gasolina y adaptarse a un requerimiento mínimo, clausurando el tanque original de combustible y poniendo en su lugar un pequeño depósito encima del carburador que recibía la cantidad exacta de gasolina para el viaje.  Sus llantas habían olvidado que un día tuvieron grabado y parecían, según mi padre, talón de guatusa.  Los resortes de los asientos saltaban en busca de las posaderas de los pasajeros y las puertas debían asegurarse con hules de resorteras y barritas de madera.  El ruido que producían se asemejaba a una pulpería en cataclismo y bien decían en el pueblo que a esos carros les sonaba todo menos el pito.  No llegaban a la categoría de taxis y eran conocidos simplemente como los carros concheños.

El viaje en sí, era toda una aventura en montaña rusa, en primer lugar porque al salir de San Marcos, el conductor aceleraba un poco para agarrar vuelo y luego apagaba el motor para consumir menos combustible, no con fines ecológicos, sino que con fines puramente monetarios.  Con ese impulso llegaban hasta donde termina el Barrio de La Cruz y de ahí comenzaba la bajada de Las Pilas de Sapasmapa en donde el vehículo, todavía apagado, alcanzaba su mayor aceleración.  En cierta parte exacta de la bajada el conductor volvía a poner la ignición y el motor volvía a encender de tal forma que el final del descenso lo hacían en segunda a fin de obligar al vehículo a bajar la velocidad mediante el motor, hasta cierto punto, lo suficiente para poder bordear, ya en subida, las pilas y tener la potencia necesaria para subir la enorme pendiente que seguía.  Luego, ya en terreno plano echaban un último acelerón que los llevaba hasta La Concha, con la última gota de combustible.  Los automóviles que originalmente estaban diseñados para cinco pasajeros, llegaban a transportar hasta nueve pasajeros más el chofer y un perico, además de la carga que a fuerzas se acomodaba en la valijera.

Para agregarle un grado más de dificultad a la travesía estaban los choferes.  El más famoso y recordado de todos es uno al que apodaban “El cotito”.  Resulta que este individuo, a quien nunca le conocí su verdadero nombre, andaba celebrando las fiestas patronales de La Concha en cierta ocasión en que se vivían las más alegres de la historia.  Las fiestas en esa localidad eran más alegres entre más pleitos se originaban, algunos de ellos a punta de machete.  En esa ocasión, este individuo se enfrentó a un rival peligroso, que en un lance que dejaría pálida a la Novia de Kill Bill, de dos certeros tajos le arrancó la mano derecha y el brazo izquierdo desde el codo.  La necesidad lo obligó a seguir trabajando y aprendió a conducir el carro con su nueva condición.  Con los muñones que le quedaron aprendió a tener pericia al encender y conducir el vehículo y muy pronto logró dominarlo igual que antes del pleito.  Para quienes se subían por primera vez a un carro concheño y por casualidad les tocaba de chofer al “cotito” vivían una experiencia no apta para cardiacos.

Cuentan que en una ocasión “El cotito” se atrevió a viajar a Managua en una contratación especial y manejando por la capital lo detuvo un policía de tránsito, que al ver su condición lo llevó detenido a las oficinas centrales de esa institución.  El alboroto que se armó fue tal que el propio Jefe del Tránsito fue a asomarse y al preguntarle al chofer cómo se atrevía a manejar en esas condiciones, éste tranquilamente le dijo que le echara a su mejor chofer, que él le iba a ganar a lo que fuera.  El Jefe quiso pasarse de listo y le dijo que si cambiaba una llanta más rápido que un policía, lo dejaría ir.  El lugar se llenó de curiosos y cuando dieron la señal para comenzar, “El cotito” como una bala sacó de la valijera sus herramientas y con una pericia y velocidad increíbles cambió la llanta con tan sólo sus muñones y cuando terminó de socar la última tuerca, el policía todavía estaba luchando por colocar la llanta de repuesto.  Entre aplausos, el Jefe felicitó al “Cotito” y lo dejó regresar a La Concha.

Si acaso alguien evitaba viajar con “El cotito” y esperaba el siguiente viaje, podía llevarse una sorpresa.  El chofer del carro siguiente, tenía todos sus miembros completos y aparentemente no tenía ningún problema visible.  Sin embargo, en el trayecto, los pasajeros que viajaban adelante empezaban a notar que el chofer parecía mirarlos fijamente, en lugar de mirar el camino y así durante todo el viaje.  Hasta después se daban cuenta que se trataba de alguien que padecía de un estrabismo marcado y que para el vulgo, que en esos tiempos no sabían lo que era políticamente correcto, se trataba simplemente de “El bizco”.

A mediados de la década de los sesenta, al incrementarse el tránsito entre La Concha y San Marcos, los hermanos Mercado vieron la oportunidad para una ruta de buses y fundaron los Transportes Mercado que conectaron su ciudad con San Marcos, Jinotepe, Diriamba y Managua.  El costo del pasaje era de un córdoba a San Marcos, lo que vino a sacar del mercado, valga la redundancia, al los carros concheños.  Es muy posible que en un patio de La Concha se encuentren los esqueletos de aquellos fabulosos carros.

A mediados de los años noventa se inauguró la carretera que conecta Ticuantepe, con San Juan, La Concha y San Marcos.  En sus inicios era una super carretera asfaltada, con un diseño que suavizó las curvas y las pendientes y que permitía viajar de San Marcos a Managua en treinta y cinco minutos y a La Concha en tan sólo cinco minutos.  El paso por las Pilas de Sapasmapa se realiza en un santiamén.  Ahora el tránsito de transporte colectivo es intenso, la mayoría son microbuses que cubren las rutas de Carazo a Managua y puntos intermedios y que van en competencia de velocidad, esquivando baches.  Son intrépidos, sin embargo, nunca les llegarán en emoción y audacia a los legendarios carros concheños, cuando en aquella caída libre hacia las pilas, en cierto momento “El Cotito” con un golpe de su muñón encendía el switch de la ignición y de un fuerte golpe hacia arriba a la palanca de cambios pasaba de neutro a segunda y soltaba el clutch, mientras el motor rugía con el último chorro de gasolina del depósito y se elevaba como el transbordador Discovery, bordeando la estatua de San Marcos que mientras se iba haciendo más pequeñita, continuaba señalando que Las Pilas de Sapasmapa eran propiedad de sus devotos y fieles sanmarqueños.

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