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Las mil y una lunas

A finales de agosto de 2004 tuve la oportunidad de ver por televisión la clausura de los Juegos Olímpicos de Atenas y en esa ocasión la música griega fue uno de los principales atractivos del evento.  Participaron grandes artistas de la música de ese país, entre ellos, la popular cantante greco-chipriota Anna Vissi, quien interpretó además de la versión en su lengua de su hit internacional “Call me”,  el tema “An thimithis t´oniro mou” (Si te acuerdas de mi sueño), acompañada por los artistas que compartían el escenario y ovacionada por cerca de 70,000 espectadores que abarrotaban el Estadio Olímpico de Atenas.   Para aquellos que en el arranque de los años sesenta ya teníamos uso de razón, la canción nos proporcionó una doble emoción, pues con el nombre de “Luna de miel” ese tema embelesó nuestras vidas en esa época.

Esa canción la conocí cuando tenía unos once años y en el cine de mi pueblo presentaron la cinta “Luna de Miel”, habiendo logrado el “placet”  de mi padre para ir a verla, al no ponerle mucho cuidado al título, pues en otras ocasiones películas como “Los amantes deben aprender”, tan solo por la sugerencia del nombre me fue vetado el permiso.  De la película no recuerdo mucho, salvo tal vez que se trataba de un tema relacionado con el ballet y el baile flamenco, lo que sí recuerdo perfectamente es cuando el bailador Antonio ejecuta un tremendo zapateado en una solitaria carretera.  Uno de los temas musicales de esa cinta fue la canción “Luna de Miel”, conocida en inglés como “The honeymoon song” y que en una modesta versión aparece en el film.

Digo modesta versión porque poco tiempo después nos llegó un arreglo excepcional de la misma canción, en español, en la voz de la gran e inigualable cantante española Gloria Lasso, quien al tener una de las mejores voces de esa época convirtió el tema en un éxito arrollador, no sólo en Nicaragua, sino que en toda Iberoamérica.  Gloria Lasso tenía varios años cantando en francés con buen suceso y recién había decidido comenzar a cantar en español cuando escuchó la música de la película y su disquera le encargó al premiado actor y poeta español Rafael de Penagos que escribiera la letra en español.  Muchos críticos coinciden que si Gloria Lasso tan sólo hubiera grabado “Luna de miel” bastaba para que alcanzara la inmortalidad.

A mediados de los años sesenta, el cantante venezolano Mario Suárez grabó la misma canción con igual letra que la de Gloria Lasso, pero la lanzó con el nombre de “Nunca sabré”.  En su país alcanza una gran fama, de tal forma que para ellos esa es la mejor versión de todas.

En 1987 la cantante madrileña Paloma San Basilio grabó este tema, con un arreglo fuera de serie que resalta, mediante un intermedio y un final de película, el origen griego del tema.  A pesar de que para muchos la versión de Paloma no alcanza la calidad interpretativa de Gloria Lasso, esta última en muchas ocasiones alabó a la madrileña por su interpretación del tema.

En el año 1995 se presentaron juntas Paloma San Basilio y Gloria Lasso haciendo un dueto sin igual en una extraordinaria versión de Luna de Miel, manteniendo el arreglo de Paloma.  A sus 73 años Gloria logró arrancar los más calurosos aplausos a la audiencia.

Después de la fabulosa fiesta musical en la clausura de los Juego Olímpicos de Atenas, con ocasión de la muerte de Gloria Lasso en México en 2005, tuve la curiosidad de conocer más respecto a esa ya legendaria canción, encontrando cosas sorprendentes, como el hecho de que el director de la película “Luna de Miel”, el británico Michael Powell, consiguió al compositor griego Mikis Theodorakis para hacerse cargo de la banda original del film.  Theodorakis es nada menos que el compositor de la música de la película “Zorba el Griego”, así como de otras famosas películas como “Z”, “Estado de sitio”, “Sérpico”, además de obras sinfónicas, música para teatro, entre otras.  La letra de la canción “Luna de Miel” que aparece en la película estuvo a cargo de William Sansom y fue interpretada por el cantante italiano Marino Marini, así mismo, durante el film aparece otra versión instrumental de la canción a cargo de Manuel y la Música de las Montañas.

Por esas casualidades de la vida, el padre de Paul Mc Cartney era un fan de Marino Marini y el propio Paul era un aficionado de los temas de película, de tal forma que en 1963 Los Beatles grabaron en los estudios de la BBC, como parte del Radio Show Pop Go The Beatles, “The Honeymoon song”, que no se convirtió en un éxito, sino que se tomó como esos divertimentos al estilo “Bésame mucho”, propios del cuarteto de Liverpool. En lo particular debo de admitir que nunca había escuchado esta versión.

En 1969 Paul Mc Cartney produjo en AppleRecords un álbum a la cantante inglesa Mary Hopkin, llamado Postcard y dentro del cual se encontraba una versión de” The Honeymoon song”.  Debido a que de ese álbum un solo  éxito se colocó en el gusto popular:  “Those were the days”, prácticamente nadie en Nicaragua se percató de que se incluyó la famosa canción.  Por su parte la gran cantante inglesa Petula Clark, dentro de su álbum “Prends mon coeur”, incluye su versión de esta canción.

Cuando Mikis Theodorakis se dio cuenta de que su canción le está dando la vuelta al mundo con un éxito inesperado, mientas que en su país era prácticamente desconocida, le solicitó al laureado poeta griego Nikos Gatsos que le pusiera letra en griego, más bien poesía, a su melodía y de ahí surgió “An thimithis t´oniro mou” (Si te acuerdas de mi sueño) y se la entrega a la gran cantante griega Iovanna, en ese entonces la mejor voz femenina del país helénico, convirtiéndose inmediatamente en un éxito que los griegos asumen y desde entonces no paran de cantarla.

En griego existe una infinidad de versiones con todos los arreglos posibles y constituye una de las canciones actualmente más solicitadas, como son las de Yannis Parios, Mario Frangoulis, Eleni Dimos y Yiorgos Dalaras, Alexia, Gianni Ploutarxos.

Muchos por su parte, prefieren la versión instrumental a cargo del propio maestro Theodorakis en compañía de Vasilis Saleas.

Es interesante saber que una canción tan popular y conocida en nuestro ambiente tiene una historia tan fascinante y que muy pocos conocen.  En realidad debo de admitir que ignoraba mucho de esta canción, sin embargo, aunque dicen por ahí que mal de muchos, consuelo de tontos y/o viceversa, es pertinente relatar una anécdota sobre la tan afamada canción.  Cuentan que en cierta ocasión, como representante cultural del movimiento helénico de izquierda, Mikis Theodorakis visitó Cuba y se reunió con Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara.  Durante una recepción, los dirigentes de la isla presentaron una intervención musical, anunciando dentro de la misma una canción representante de la tradición latinoamericana, resultando ser “Luna de miel”.  Al escucharla Theodorakis se puso a reír, ante la sorpresa de los dirigentes, a lo cual Theodorakis simplemente les dijo:  -Yo soy el autor.  Como dicen las cubanas cuando lo ven a uno:  -Cosa más grande, caballero.

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Lady Laura

Cuando me di cuenta que el gran cantautor brasileño Roberto Carlos recién había iniciado una gira para celebrar sus cincuenta años de carrera artística, lo primero que hice fue empezar a sumar y restar pues a vuelo de pájaro no me cuadraba la cifra.  Cincuenta años se dice fácil pero es toda una vida.  Para llegar a esa cifra era necesario que el cantante hubiera iniciado su carrera en 1960.  No era nada imposible, pues el brasileño nació en abril de 1941, así que tiene la respetable edad de 69 años, lo que pasa es que en aquella época creíamos que todos los ídolos eran de nuestra edad y por otra parte, hay que considerar que muchos artistas llegaron a nuestros oídos después de varios años de haber comenzado su carrera en sus respectivos países.  De hecho Roberto Carlos tiene mucho más tiempo de dedicarse a la música, sin embargo, como cantautor cumplió los cincuenta años.

La primera vez que escuché a Roberto Carlos fue en el cover de un clásico norteamericano de John Laudermilk, Road Hug y que en su versión en portugués salió bajo el nombre de O calhambeque y que para nosotros fue Mi cacharrito.  Eran las vacaciones del cuarto año de secundaria a finales de 1965, así que ingresamos a nuestro último año con los ínclitos hijos de La Salle tarareando la pegajosa canción del brasileño.

Luego, ya en la universidad, con el alma y el corazón a tambor batiente Roberto Carlos y su música pusieron un marco musical a esa inolvidable época, cuando todavía teníamos a la vieja Managua viviendo sus últimos años, con aquellos interminables paseos por la Roosevelt, llena de luces y muchachas contoneándose, mientras escuchábamos La novia de un amigo mío, Yo te daría el cielo, Estoy apasionado por usted, Olvídalo, Como es grande mi amor por ti, Por eso corro, Amada Amante.

Luego admiramos el triunfo del brasileño en San Remo con Canción para ti, así como sus posteriores éxitos, en especial El gato en la oscuridad que también causó sensación en ese festival italiano y que en innumerables ocasiones los Ortega cantamos a coro en nuestra casa del Callejón de Alí Babá.

Mucho se criticaba a Roberto Carlos, especialmente en su país, pues lo tachaban de simplista, de cantar música comercial, apartándolo por ese motivo de los grandes ídolos brasileños como Baden Powell, Vinicio de Moraes y demás.  Sin embargo, la sencillez de sus canciones nos llenaba la vida, deleitándonos con aquellas interpretaciones que siempre tenían un arreglo especial para el intermedio, en donde el solo de un instrumento el imprimía un sello original a la canción.

Luego, cuando a partir de 1973 el destino nos impuso nuevas rutinas en nuestra cotidianidad, Roberto Carlos continuó con sus canciones acompañándonos en nuestra nueva vida, en especial con Detalles, La distancia, Qué será de ti, Usted ya me olvidó, Yo te recuerdo, entre otras.

Sin embargo, a pesar de que la mayoría de los temas del brasileño llegaban a calar profundamente en nuestros sentimientos, en 1978 compuso un tema que nos apartó un tanto del romance característico de su música y nos hizo reflexionar profundamente.  Es un tema que dedicó a su madre, con el título de Lady Laura y que constituye el mejor homenaje que el cantautor podría haberle dedicado a la autora de sus días.  En esa canción Roberto Carlos resalta lo que a veces en la soledad de nuestras noches llegamos a sentir y que muchas veces no nos atrevemos a expresar.  Es ese sentimiento de indefensión en el cual nos sentimos tantas veces, a pesar de que en el día podemos proclamarnos reyes del mundo y hacemos creer que podemos luchar contra todo lo que se nos presente, pues de nuestra serenidad y de lo que se adivine en nuestra mirada depende la tranquilidad de nuestra familia, conscientes tal vez que en cualquier momento podríamos caer en picada hacia el suelo y lo único que nos hace mantenernos es pensar que ese maravilloso ser que se llama madre, nos puede volver a abrazar, a contar un cuento y hacernos dormir tranquilamente, a darnos esa tregua momentánea que necesitamos para levantarnos de nuevo y seguir luchando.

Lady Laura

Erasmo Carlos/Roberto Carlos

Tengo a veces deseos de ser

nuevamente un chiquillo

y en la hora que estoy afligido

volverte a oír

De pedir que me abraces y lleves

de vuelta a casa

que me cuentes un cuento bonito

y me hagas dormir

Muchas veces quisiera oírte

hablando sonriendo:

“Aprovecha tu tiempo,

tú eres aún un chiquillo”

A pesar la distancia y el tiempo

no puedo olvidar

tantas cosas que a veces de ti

necesito escuchar

Lady Laura, abrázame fuerte

Lady Laura, y cuéntame un cuento

Lady Laura, un beso otra vez

Lady Laura

Tantas veces me siento perdido

durante la noche

con problemas y angustias

que son de la gente mayor

Con la mano apretando

mi hombro seguro dirías:

“Ya verás que mañana las cosas

te salen mejor”

Cuando era un niño

y podia llorar en tus brazos

y oir tanta cosa bonita

en mi aflicción

En momentos alegres

sentado a tu lado reía

y en mis horas difíciles

dabas tu corazón

Lady Laura, abrázame fuerte

Lady Laura,, y cuéntame un cuento

Lady Laura, y hazme dormir

Lady Laura

Lady Laura, abrázame fuerte

Lady Laura llévame a casa

Lady Laura, y cuéntame un cuento

Lady Laura

Tengo a veces deseos de ser

nuevamente un chiquillo

el pequeño que tú todavía

aún crees tener

Cuando a veces te abrazo y te beso

en silencio entendido

tú me dices aquello

que yo necesito saber

Lady Laura, abrázame fuerte

Lady Laura, y cuéntame un cuento

Lady Laura, un beso otra vez

Lady Laura

Este pasado fin de semana, falleció a la edad de 96 años, Laura Moreira Braga, la madre de Roberto Carlos, mientras este se encontraba de gira en Nueva York, misma que fue suspendida pues el cantante regresó a su país natal para asistir al sepelio, en donde interpretó con todo sentimiento Lady Laura.

Es posible que de vez en cuando, aquellos éxitos de siempre de Roberto Carlos vengan a buscarnos una vez más, a traernos un trozo del pasado efímero, a conducir nuestra memoria hacia rostros que se perdieron en el tiempo, sin embargo, siempre estará un tema del brasileño que nosotros iremos a buscar, en esas noches de insomnio, cuando la desesperanza amenaza por campear en nuestro ánimo y lo único que deseamos es regresar a nuestra niñez, al beso, al cuento, al abrazo fuerte del maravilloso ser, que esté donde esté, siempre nos dedicará un momento para decirnos en silencio entendido, aquello que necesitamos saber.

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Préndanle la vela

Por muchos años, Nicaragua y podría decirse que Centroamérica entera, se movió al compás de la música que se escuchaba y se bailaba en México.  El vecino del norte marcaba la pauta de la música que predominaba en los países centroamericanos, ya fuera a través de la producción musical mexicana propiamente dicha, o bien de la música procedente de otros países que se comercializaba exitosamente en ese país.    Un claro ejemplo de lo anterior, fue la llamada “música tropical”, término un tanto polémico, pues según algunos autores limita seriamente la cobertura de lo que podría considerarse como tropical, pero que a pesar de todo, ilustra claramente sobre este tipo de música.  Hasta la década de los cincuenta, la música tropical nos llegó de México, aunque su origen estaba en las Antillas principalmente.  Los ritmos como el son, el mambo, la rumba, el cha-cha-cha, el guaguancó y el merengue, provenientes principalmente de Cuba, Puerto Rico y República Dominicana, llegaron a causar sensación en México, quien sirvió de trampolín para su difusión por todo Centroamérica.  El país azteca tenía un mercado apetecible que logró atraer a muchos músicos antillanos que al final decidieron radicarse en México, como es el caso de Dámaso Pérez Prado, Enrique Jorrín y varios más.

Habría que anotar que para los años cincuenta empezamos a conocer la música tropical colombiana, principalmente del Atlántico de ese país, sin embargo, su mayor exponente, el Bachiller José María Peñaranda, por la picaresca de su producción, estaba prácticamente vetado en las radiodifusoras y salones de baile, siendo relegado al mundo de las roconolas y los chelineados, sin embargo los temas de otros autores lograban escaparse del ámbito de Peñaranda y llegaron a colocarse muy alto en las preferencias del público, como es el caso del éxito Cabeza de Hacha, cuya letra pareciera ser tan pertinente en nuestra realidad actual.

El ritmo de la cumbia comenzó a llegarnos a finales de los años cincuenta, proveniente de México, aunque en esa ocasión sin llegar a identificarse con ese nombre, sino que etiquetada dentro de ese gran canasto que era la música tropical.  Estas primeras incursiones de la cumbia ocurrieron gracias al trabajo del colombiano Luis Carlos Meyer, quien había emigrado a México en los años cuarenta y comenzó a trabajar con músicos locales, entre ellos el recordado Tony Camargo, intérprete de El año viejo. Dentro de la producción anterior resaltan algunos temas dejaban asomar al ritmo de la cumbia, con es el caso del éxito Micaela, que mucho se escuchó en Nicaragua en los años cincuenta.

Sin embargo, la cumbia como tal, bajo ese mismo nombre, entró por la puerta grande en Nicaragua de la mano de una artista mexicana, Carmen Rivero, quien a pesar de haber realizado ciertas variantes de la cumbia original, cumplió con la misión de internacionalizar ese ritmo colombiano. El álbum que logró colocar Carmen Rivero y su conjunto a inicios de los años sesenta tenía éxitos que se quedarían para siempre en el gusto del público nicaragüense como:  La pollera colorá, Negra navidad, Cumbia que te vas de ronda, Cumbia del sol, Cumbia sobre el mar, Cumbia de la media noche.  Posteriormente, Carmen Rivero tuvo el acierto de incorporar a su conjunto a Linda Vera, muy guapa (con un parecido impresionante con un personaje histórico de la política nicaragüense) y con una mejor voz que la Rivero, que logró mantener el éxito de esa agrupación.

Al inicio no teníamos ni la remota idea qué era la cumbia, ni de dónde venía, ni cómo se bailaba.  Al respecto, recuerdo que cuando empezó a pegar duro la cumbia se iba a realizar una velada en San Marcos y le encargaron a Fabián Aragón, que era el Félix Greco del pueblo, para que interpretara una cumbia.  El bailarín seleccionó un tema que estaba causando furor llamada Cumbia sampuesana y salió vestido con un traje blanco, con un turbante rojo, realizando una danza que más bien parecía Mario Moreno interpretando el Bolero de Ravel.  Como nadie sabía cómo se bailaba la cumbia, al final logró arrancarle una cerrada ovación al público.

En la década de los sesenta la cumbia logró colocarse en el número uno de la música tropical preferida por los nicaragüenses.  De repente un long play llamado Un verano con los Dinners empezó a comercializarse de puerta en puerta, lográndose vender un considerable número de copias de tal forma que en toda fiesta de la época, el álbum de “clavar” era el de Los Dinners.  Nadie supo de dónde eran, sin embargo a la par de éxitos internacionales como Más y La hiedra, incluía la Cumbia del sol, Cumbia sampuesana y varios éxitos más.  Luego llegaron los Corraleros del Majagual, arrasando con las preferencias en las roconolas, especialmente con el tema Festival en Guararé y luego aparecieron dos grandes intérpretes venezolanos: Hugo Blanco y Tulio Enrique León, quienes llenaron de cumbia todo el ambiente nicaragüenses, pues quién no recuerda La chispita, El cable submarino, La pollera amarilla, El paso de la mona, El cable, Atlántico y varios más. Así mismo recordamos por ese mismo tiempo aquella cumbia tan representativa: La negra Celina.

Así fue que después de una década, la cumbia logró adueñarse de todas las fiestas nicaragüenses, esta vez con un poco más de claridad de su origen colombiano, aunque en realidad la verdadera historia de este ritmo se pierde en el tiempo en las riberas del Río Magdalena.  La cumbia representa la fusión de tres culturas que conviven en Colombia, la africana, la indígena y la blanca.  El nombre proviene del vocablo africano Cumbé que significa fiesta; tal vez muchos recordarán aquella canción de la Sonora Ay cosita linda que en una estrofa decía: “Ay mere-cumbé pa´bailar” o bien La última carcajada de la cumbancha.    Ya para inicios del siglo XIX existen crónicas que hablan de la cumbia en la parte alta del Río Magdalena, sin embargo, su origen específico es motivo de muchas polémicas, apostando muchos a que es la región de El Banco en donde nació este ritmo.  Algunos historiadores aseguran que incluso el gran Libertador Simón Bolívar hacía unos cuantos pasitos de este ritmo.

La cumbia ha recorrido un largo camino hasta nuestros días.  El ritmo original nace a partir de un instrumento clave en el espíritu colombiano y es la flauta de millo o bambú, conocida también como cañamillo, las gaitas y las percusiones que incluyen el tambor “macho” o “llamador”, el tambor “hembra” o “alegre”, la tambora y las maracas.  La cumbia original era puramente instrumental, sin letra y no fue sino hasta mucho tiempo después que se le empezó a agregar letra.  De acuerdo a cada región la cumbia fue sufriendo transformaciones, algunas de ellas “blanqueándose” un poco para poder ganarse la entrada en los elegantes salones de las ciudades.  Entre las diferentes variantes de la cumbia están: la sampuesana, por ejemplo, la que toca Aniceto Molina, en donde el acordeón se adueña de la melodía.  También está la cienaguera, la vallenata, la soledeña y varias más.

En cuanto a los aspectos coreográficos, en los años sesenta, en Nicaragua cada quien bailó la cumbia a como Dios le daba a entender, no había ningún referente para agarrar cábula y poder imitar los pasos originales de este ritmo.  Hay que recordar que el baile de la cumbia surgió como un rito de seducción, en donde el hombre “asedia” a la mujer, quien toma una actitud pasiva pero coqueta, limitándose a marcar distancia con la ayuda de una vela.  En términos generales podríamos establecer un paralelismo entre el rito de galanteo observado en la cumbia y el que se encuentra en el baile folklórico nicaragüense, en donde la diferencia radica en el ritmo que imprime la percusión y que en la cumbia da rienda suelta al ímpetu africano versus el espíritu indígena, más pausado y en donde la marimba marca el ritmo de su vida.  Cabe señalar que en la cumbia, la tendencia a mantener los pies pegados al suelo las mujeres y los hombres igual, apenas levantando el talón del pie derecho, representan una evocación del peso de las cadenas de los esclavos.

En los años setenta, la producción musical nicaragüense se llenó de cumbias, sin embargo, ninguna pudo alcanzar el éxito y permanencia de aquella que compuso el cantautor Jorge Paladino llamada La cumbia chinandegana. Lo mismo sucedió con muchos países latinoamericanos, sin embargo, el mayor impacto de la cumbia se logró en México.  En este país se desarrolló un nuevo tipo de cumbia, con una gran participación de los metales y posteriormente de instrumentos electrónicos.  Pareciera que la música mexicana, a pesar de su clara manifestación en la música ranchera, necesitaba un género que pudiera ayudar en la expresión musical de su inconsciente colectivo, habiendo encontrado en la cumbia el vehículo idóneo para dicha expresión.  Los grupos dedicados a la interpretación de la cumbia mexicana se encuentran por millares y en todas las fiestas hasta en el más recóndito lugar, la cumbia sigue siendo reina.  No importa que en México, la cumbia, al igual que el swing, rock and roll, la salsa y en general cualquier género que tenga un ritmo rápido, se baile como el Jive.

En la actualidad, en Nicaragua existe música bailable para todos los gustos, desde los que fingen un ataque epiléptico al compás del reggaeton, los que se creen en un concurso bailando salsa, hasta los que se balancean románticamente con la bachata.  No obstante, aquellos que le han dado tres vueltas al odómetro de los quince años, cuando en una fiesta escuchan el tambor llamador y luego el sonar de las cañas, empiezan a picarles los pies e inmediatamente buscan su pareja y le echan wilson al galanteo sin igual que provoca la reina de los ritmos tropicales: la cumbia.

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El inolvidable Nicasito

Sería allá por 1963 ó 1964 que las radiodifusoras de Nicaragua comenzaron a tocar un tema que vertiginosamente se colocó en los primeros lugares de audiencia.  El éxito de ese tema se debía a varios ingredientes.  En primer lugar, lo interpretaban Los Solistas del Terraza, una agrupación musical nicaragüense que ya había alcanzado fama a nivel nacional con sus primeros éxitos, en donde resaltaba la inigualable voz de Adilia Méndez; en segundo lugar era un tema compuesto en un ritmo alegre como es la guaracha, que todavía tenía una gran aceptación entre el público nicaragüense y en tercer lugar porque la canción hablaba de un lugar de veraneo muy apreciado por la población capitalina: Pochomil.  En efecto, la canción tenía el sugestivo nombre Luna de miel en Pochomil y su letra, a pesar de no tener la profundidad que podría tener una canción de Mejía Godoy, tenía frases que cautivaron a la audiencia nacional como “Allí te espera mi barca, sin brújula y sin remos” o bien el coro “Y estando tan solita, qué me puede suceder, bañada por las olas ya tú eres mi mujer”, a tal punto que es muy probable que muchos de los nacimientos de esa época se hayan fraguado al calor de esta sugestiva canción.  El autor de ese tema es William Bendeck y en la promoción del disco, sólo se manejaba como intérprete a Los Solistas del Terraza.

Fue mucho tiempo después que me di cuenta que el intérprete de Luna de miel en Pochomil era el cantante de origen colombiano César Andrade.  Conocí a ese cantante en la televisión, en aquellos programas que bajo diferentes denominaciones manejaron en la década de los sesenta Luis Méndez y Gustavo Latino, en especial Cafetín Musical que patrocinaba el Café Presto.  Uno de los invitados frecuentes de los programas de ese dueto era el pianista y director Raúl Traña Ocampo, quien llevaba a varios cantantes para la interpretación de los temas, en su mayoría boleros y canciones tropicales, destacando una muchacha llamada Sandra Selva y César Andrade.

Cuando ingresé a la universidad a finales de la década de los sesenta, César Andrade ya había cobrado cierta fama, se había separado de Raúl Traña Ocampo y cantaba en varios centros nocturnos de Managua, como El Tropicana, El Gran Hotel, El Kalara, que quedaba en las inmediaciones de El Carmen.   Para ser sincero, nunca pude asistir a uno de esos centros, por razones estrictamente financieras, pues mi presupuesto para el rubro de esparcimiento apenas me alcanzaba para una entrada a la gayola del cine Luciérnaga.  Sin embargo, lo escuché en vivo en una fiesta realizada en el Town Club de San Marcos, en donde la orquesta, que no recuerdo su nombre, llevaba como cantantes estelares a César Andrade y a la popular Sadia Silú.  Así mismo, cuando viví en el sector del Oriental en Managua, de vez en cuando me lo encontraba en la calle, a veces a pie, a veces en bicicleta, en donde resaltaba su figura, pues fue uno de los primeros que usó el  peinado “afro” de manera natural.

Así que a finales de los sesenta y durante los setentas, César Andrade vivió una época de fama y bonanza, pues al igual que cantaba acompañado por Charlie Robb, lo hacía con Tránsito Gutiérrez y en varias ocasiones sirvió de “telonero” en varias presentaciones de artistas internacionales como Olga Guillot, Los tres ases y Marco Antonio Muñiz.   Llegó a ser muy apreciado por toda la comunidad artística nicaragüense que lo conocía como “Nicasito”.  Tal vez César Andrade, cuando dejó la escuela para dedicarse a la aventura del canto, nunca se imaginó que alcanzaría la fama hasta mucho tiempo después y lejos de su hogar.

César había nacido en Barranquilla, Colombia, en el año 1941 y a los veinte años abandonó la escuela para ingresar al mundo de la farándula que lo llevó por muchos lugares, hasta que al final, con una troupe colombiana llamada Bikini Girls, realizó una gira que pasó de Panamá a Costa Rica y luego a Nicaragua.  Es posible que en ese mismo grupo haya llegado a Nicaragua Saadia Silú, de quien se dice que no era brasileña, sino tica.  Por algún motivo, César vio en Nicaragua un lugar en donde podría realizar su carrera artística y a los veintidós años decidió quedarse para probar suerte.  Quien le tendió la mano realmente a César fue Raúl Traña Ocampo quien prácticamente lo dio a conocer en Nicaragua.

César centro su carrera en las presentaciones en vivo y fueron pocos los temas que grabó, entre ellos, además de Luna de miel en Pochomil, Mi novia granadina, el tema del Campeonato Mundial de Béisbol, Corrido a Matagalpa, Dos Amores, Luz y Camino de don Róger Fischer y en especial una versión en salsa que arregló Charlie Robb y con un tremendo sentimiento y voz cantó Andrade, de la tradicional Alforja Campesina de Carlos Mejía Godoy.

Después de casi dieciséis años fuera de Nicaragua, algunos recuerdos se van esclerosando de tal suerte que algo que estuvo presente en nuestras vidas, se ve amontonado por toda una cantidad de experiencias y nuevos recuerdos que les caen encima.  A finales de la década de los noventa, de regreso en Nicaragua, asistí una boda, que para mi sorpresa estaba amenizada por Tránsito Gutiérrez al piano y César Andrade cantando, siempre con su exclamación aquella que le dio tanta fama: ¡A caballo!.  De esa forma regresaron a mi mente todo aquel cúmulo de recuerdos, cuando sonaba a toda hora Luna de miel en Pochomil y aquellos programas en la televisión todavía en blanco y negro en donde Luis Mendez y Gustavo Latino llevaban a los valores artísticos a su programa.   Un par de años después, en varias ocasiones los volví a ver en el restaurante María Bonita.

A finales del año pasado, encontré un tanto escondido en los periódicos locales, una nota que informaba que había fallecido César Andrade.  Por el tamaño de la nota, creí que se trataba de algún homónimo, pues la desaparición de un artista de la talla de Andrade, no podía pasar casi desapercibida.  No obstante, logré comprobar que sí, se trataba del colombiano que por voluntad propia decidió hacerse nicaragüense y que por muchos años había llevado alegría a muchos conciudadanos a través de sus interpretaciones.  También me di cuenta, que los últimos meses había sido flagelado por el Alzheimer a tal punto que se había realizado una moción ante la Asamblea Nacional para tramitarle una pensión, la cual aparentemente se aprobó, aunque un poco tarde, pues fue poco tiempo antes de su muerte.

En mi opinión, los medios de comunicación debieron realizar un homenaje de la dimensión que merecía César Andrade, nicaragüense aunque no de nacimiento, pero de corazón y que llenó el mundo artístico nacional con una privilegiada voz y nos deleitó con tantas canciones a las cuales el imprimió su particular estilo.  Descanse en paz.

Gracias a mi hermano Eduardo, por combatir a mi lado contra el “alemán”.  También agradezco a Celeste González por proporcionarme la formidable foto.

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Luces de Nueva York

Las tibias noches de verano eran motivo para que familias, parejas de novios o amigos, salieran a pasear por el parque de San Marcos y de vez en cuando disfrutar de un refresco en los pocos cafetines que había en el pueblo.  Era una de esas noches, allá por el año de 1958, el Salón Rosado de don Enrique Vivas tenía una nutrida concurrencia y mientras la roconola amenizaba con los éxitos de la época, los parroquianos disfrutaban de un refresco natural, una gaseosa o una cerveza, en un ambiente tranquilo o como decían en aquella época, familiar.

En una de las mesas cerca de la roconola, una pareja departía cordialmente, el muchacho tímidamente le tomaba la mano a la muchacha que parecía ser bastante mayor que él.  Mientras apuraban sus respectivas bebidas, conversaban sobre las nimiedades que acostumbran las parejas de enamorados.  De pronto, por la puerta del Salón entró un hombre que se detuvo en el umbral de la puerta, observó a los presentes en el lugar y después de verificar que la muchacha se encontraba en una de las mesas, se dirigió al interior del local.

La muchacha al verlo se puso blanca como papel y de repente sintió que la chicha se le subía a la garganta.  Cabe aclarar que ella disfrutaba de un vaso de chicha de maíz y su acompañante una cerveza.  Luego sin despegarle la mirada a la muchacha, el hombre se dirigió directamente hasta la roconola, sacó de su bolsillo una moneda de veinticinco centavos que introdujo en el aparato, pulsó dos teclas y cuando vio que el selector se movía para poner el disco escogido, sin dejar de mirarla fijamente, buscó la salida y se perdió en la noche.  De pronto las trompetas de la Sonora Matancera inundaron el local con su característico timbre y su clásico ritmo, sin embargo, cuando se escucharon las primeras estrofas de la canción, la joven sintió morirse, del blanco pálido pasó al rojo casi morado.  Fue en un cabaret, donde te encontré, bailando, vendiendo tu amor, al mejor postor, soñando….

El muchacho que a pesar de las cervezas tenía lo oreja fría, se desconcertó al mirar a su acompañante a punto de dar el barquinazo y decidió que lo mejor era llevar a la joven a su casa; pagó la cuenta, ayudó a su pareja a alcanzar la salida, la sentó en barra delantera de su bicicleta y comenzó a pedalear en medio de la penumbra de las calles del pueblo, mientras en el Salón se escuchaba todavía el coro de la Sonora: Adiós, cabaretera, adiós, adiós.  La concurrencia inmersa en sus propios asuntos no puso mucho cuidado a lo que pasó, sin embargo, en una mesa, una señora, alerta como un lince, no había despegado los ojos de todo lo ocurrido desde que entro el hombre aquel.

La mañana siguiente, Radio Bemba, como dicen en Cuba, se encargó de diseminar la noticia en todo el pueblo, antes del mediodía ya se conocían los pormenores del asunto y para esa noche, en el hit parade de todas las roconolas de San Marcos, la Sonora Matancera colocaba en primer lugar su tema: Luces de Nueva York.

Vivía aún su época de oro la Sonora Matancera cuando en 1957 grabó el sencillo Luces de Nueva York. El tema es original del trompetista y compositor boricua Roberto “Tito” Mendoza y fue interpretada por el cantante puertorriqueño también, Johnny López. Por alguna razón no funcionó esa asociación, pues la Sonora solamente grabó con López dos temas.  Por otra parte, dichos sencillos no tuvieron el impacto que tuvieron en esa misma época los temas de la Sonora con otros intérpretes como Celio González, Bienvenido Granda, Daniel Santos, Celia Cruz, Nelson Pinedo, Carlos Argentino, Leo Marini o Vicentico Valdez.

La canción Luces de Nueva York tiene un tema sórdido como la mayoría de los éxitos de la Sonora Matancera y trata del despecho que siente el intérprete por la traición sufrida de parte de su ex pareja, una cabaretera a la cual sacó de ese ambiente, le ofreció su amor y que al final  junto con el reclamo le pide que vuelva al lugar de donde salió.  La ambientación del mismo ocurre en la ciudad de Nueva York, justificable tal vez por la nacionalidad del autor, quien en medio del despecho saca la vena poética para expresar:  Allí quemaron tus alas, mariposa equivocada, las luces de Nueva York.  Habría que recordar que la primera película norteamericana totalmente sonora fue precisamente la que llevaba como título Luces de Nueva York del director Bryan Foy.

Años más tarde, la agrupación musical mexicana a quien Jesús Martínez “Palillo” bautizó como la Sonora Santanera, decidió grabar ese mismo tema, habiéndose convertido en un éxito arrollador en ese país.

Para llegar a comprender el motivo por el cual, una versión que para muchos no supera al tema original de la Sonora Matancera, logró cautivar al público mexicano, es menester analizar algunos factores.  En primer lugar habría que considerar lo que representa el cabaret para el mexicano y esto se puede observar claramente en la reiterada aparición del mismo en toda la producción del cine mexicano de mediados del siglo XX, incluyendo las películas de Cantinflas, Tin-Tan, María Antonieta Pons, Tongolele y Ninón Sevilla, que convirtieron al antro en el lugar de culto a la belleza femenina y la exaltación de todas las pasiones y desenfrenos que se desencadenaban alrededor de ella.  Por otra parte, habría que tener en cuenta que el dancing constituye todo un fenómeno cultural en México y por tanto los lugares como el Salón Los Angeles (Quien no conoce Los Angeles no conoce México), el California, el Colonia, el Tropicana, el Bar León y tantos más, tuvieron un significado muy especial en la clase obrera de la capital mexicana y fue ahí precisamente donde la Sonora Santanera logró imponer un estilo propio, con temas que hacían vibrar al público que acudía a los mismos.  Por eso, más de cincuenta años después de fundada la Santanera, el tema Luces de Nueva York continua siendo una de las piezas más solicitadas de la agrupación.

En las últimas semanas, en muchas radiodifusoras de Nicaragua se ha estado trasmitiendo en forma bastante insistente una nueva versión de Luces de Nueva York.  La misma tiene la ventaja de todos los adelantos tecnológicos de la grabación que compensan las limitaciones interpretativas tanto a nivel de cantante como de la propia orquesta.  El tema corresponde al álbum Amar y querer, Un homenaje a las grandes canciones del intérprete mexicano Kalimba Marichal.  Cabe anotar que este novel cantante surge de la fábrica en serie de grupos de Televisa, integrando una de las versiones del grupo La Onda Vaselina.

El álbum supuestamente se comercializa bajo el concepto de las “grandes bandas” bajo la óptica, no de llegar al nivel interpretativo de Glen Miller o Tomy Dorsey, sino de alcanzar una agrupación con más de seis músicos y podría considerarse más bien como un sub productos de uno de los programas de concursos del grupo Televisa.  El tema en cuestión, a pesar de contar con arreglos que pretender llenar la melodía con todos sus recursos, no alcanza el sabor que debe tener la sordidez de un lugar como el de la canción, tal como en su momento logró la versión de la Sonora Matancera.  La interpretación de Kalimba no está mal, sin embargo, maneja unos pick ups que lejos de acercarse a Pérez Prado, se escuchan ridículos y al final de la canción, se enreda en unos lances juangabrielísticos que no van con el tema.

De cualquier manera, ese tema me llevó de regreso a mi niñez, a aquellas noches interminables de música en la roconola del Salón Rosado y a aquellos cuentos a los cuales los niños no teníamos acceso y que solamente parando bien la oreja lográbamos escuchar retazos de esas historias. Nunca supe quiénes fueron los protagonistas de aquel cuento, ni si al final la muchacha logró escapar de su pasado, que tal vez no había transcurrido precisamente en un cabaret, sino en un simple “chelineado”.  Tiempos aquellos en que tan sólo escuchar esa palabra bastaba para ponerle eriza la piel a muchos, pues todavía no habían escuchado cantar a Sally Bowles quien con extrema profundidad y emoción afirmaba: Life is a Cabaret.

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El legendario Town Club

Para el año 1957, San Marcos, Carazo parecía estar despertando a la modernidad.  La ciudad había sido seleccionada para albergar a la nueva Escuela Normal de Señoritas que con el nombre de Salvadora Somoza funcionaba hasta ese entonces en la ciudad de Jinotepe.  El ambicioso proyecto contemplaba la construcción de un complejo educativo con todas las especificaciones que una nueva escuela normal demandaba, además que gracias a un convenio con la UNESCO, un grupo de chilenos especialistas en pedagogía vendría a Nicaragua a brindar asistencia técnica en el nuevo modelo educativo.

De esta manera, un enorme terreno contiguo a la finca El Convoy, fue preparado para la construcción del moderno campus que sería la más moderna escuela normal de toda Nicaragua y tal vez de Centroamérica.  El diseño era impresionante, pues contaba con aulas, auditorio, comedor, cocina, dormitorios, biblioteca, instalaciones deportivas.  Cuando la escuela estuvo finalizada todos los sanmarqueños pasaban orgullosos admirando aquella obra que además comprendió la construcción de la escuela primaria de niñas, que quedó anexa a la Normal.  Una especial satisfacción mostraba el alcalde de San Marcos, don José Antonio Serrano Robleto que miraba que durante su gestión el pueblo progresaba a pasos agigantados, pues además nuevas residencias empezaron a construirse y la economía local reforzada por el auge en el cultivo del café, le imprimían un aire optimista a su desarrollo. En el edificio del Cabildo Municipal, se instaló la primera biblioteca infantil que fue bautizada con el nombre de Club de Letras y contiguo a este edificio se localizó la primera sede o “cueva” del recién fundado Club de Leones.

Animado por este auge, don Ramiro Campos, hermano de doña Amada Campos viuda de Somoza, quien residía en los Estados Unidos, decidió invertir en un restaurante bar que atendiera la demanda de una población en pleno crecimiento.  A esa fecha, San Marcos contaba sólo con los restaurantes de Chugén y de Santiago José y respecto a salones de baile el único local que cubría la demanda de todo el pueblo era el Cabildo Municipal.   Así fue que nació el restaurante bar que se construyó en el costado sur occidental del parque municipal, bautizado con el nombre de Town Club y que se convirtió en un icono regional durante los siguientes veinte años.

El local tenía un área techada que comprendía un salón con mesas, así como la cocina y en el extremo norte, una fila de “reservados” para encuentros especiales.  Había una roconola que animaba el ambiente.  En el extremo oriental del local, estaba la pista de baile, al aire libre, la cual era ovalada y tenía una extensión considerable en donde fácilmente cabían cincuenta parejas.  En el borde de la pista, había un pretil curvo que servía de límite y protección de la misma y en su parte interior había luces de colores que la convertían en un lugar de ensueño para bailar.  En el extremo sur de la pista, había un reducto en alto para ubicar a la orquesta, pues no podía concebirse un baile en ese local que no fuera con música en vivo.

A pesar de que el Town Club no mostraba un abarrotamiento en su afluencia diaria, siempre había una regular asistencia durante todo el día, pues lo mismo podía verse muy temprano a Don Frank Irschitz desayunando, que a funcionarios del Ministerio de Educación almorzando o bien en la noche parejas de enamorados que acompañados por una Coca Cola se hacían falsos juramentos de amor en los “reservados”.  No obstante, lo que ponía de bote en bote al Town Club eran las fiestas.  Generalmente programadas para la época de verano y en especial para las fiestas de abril, pues durante la época lluviosa era imposible la utilización de la pista de baile. En esos eventos, se cubría de mesas toda el área exterior junto a la pista para dar cabida a la muchedumbre ansiosa de demostrar sus mejores cualidades coreográficas, al compás de la música de los más afamados grupos del país.

Por el Town Club desfilaron las más importantes agrupaciones musicales del país y fue una lástima que para su inauguración ya agonizaba la legendaria Jazz Carazo.  No obstante las mejores orquestas y grupos musicales pasaron por el Town.  Tal vez no me daría la memoria para nombrar a los distinguidos músicos que desfilaron por ahí, sin embargo recuerdo muy vívidamente la ocasión en que llegó como cantante estrella la exótica Sadia Silú quien nos deleitó con su éxito Corn Island y aquel sensual bolero llamado Tenías que ser tú y que ella en su portoñol cantaba como Habías de ser tú.

Es indudable que los grupos que más sensación causaron en el Town Club fueron los locales.  Los Panzer vinieron a revolucionar la música romántica, realizando versiones modernas de los boleros clásicos y a pesar que se dice que el grupo era originario de Diriamba, la preponderancia de los hermanos Jerez, sanmarqueños puros, los hacía hijos dilectos del pueblo.  Posteriormente aparecieron en escena los S.M. 70, grupo fundado por la familia Hurtado, que llegó terremoteada al pueblo y se convirtieron en sanmarqueños por adopción y siguieron una línea parecida a la de los Panzer.  Para gustos más refinados surgió el grupo Barrunto Persuasión,  integrado por sanmarqueños y uno que otro caraceño, aunque ensayaban en Las Esquinas.  Este grupo logró un estilo más cercano al rock, con muy buenas versiones de los éxitos de Santana, Three Dog Night, Bread, Nielsen, Stevie Wonder, Eagles, Grand Funk, Stealy Dan, War, Cream, Rolling Stones, The Beatles, entre otros, así como un extenso repertorio de música tropical, incluyendo la salsa que empezaba a causar sensación.  Cuando tocaba cualquiera de estos grupos el Town Club se ponía de bote en bote.

La pista del Town también vio pasar a los mejores bailarines de la época.  Ahí mostraba toda su capacidad el recordado Manuel Ulises “Meluco” Urbina, quien ganó varios campeonatos de baile, al igual que María Amalia Robleto, ambos con una agilidad que sobrepasaba su voluminosa figura.  También era todo un espectáculo observar a Don Roberto Pérez bailar un tango o un pasodoble con su prima Mina Herrera.

Otra característica del famoso club, era su muro exterior, pues el mismo estaba construido con bloques que dejaban orificios en donde otra multitud se agolpaba para mirar a los felices parroquianos, en especial observaban afanosamente las preocupadas madres de algunas jovencitas que se manejaban a mecate corto, así como muchachos que por su edad todavía no asistían a esos eventos.

Cabe anotar que después del terremoto de 1972, el pueblo mostró un dinamismo inusual y se convirtió en una ciudad que casi no dormía, pues quienes regresaban de la capital en reconstrucción lo hacían hasta altas horas de la noche y otros que tenían que llegar allá muy temprano, se levantaban muy de madrugada.  Ese movimiento dio lugar a que un par de inversionistas, creo que de Diriamba, alquilaran el Town Club para convertirlo en The Red Fox, antro que seguía la línea de la Tortuga Morada, la discoteca más famosa en la Managua pre terremoto.  No obstante, después de poco más de un año, el Town Club regresó a su modalidad original.

En los años ochenta, cuando el amanecer dejó de ser una tentación, lo mismo ocurrió con las fiestas, así que después de algunos desaguisados que incluían el lanzamiento de una granada en dicho local que afortunadamente no explotó, el legendario Town Club cerró sus puertas para siempre.

En la actualidad en el lugar que ocupó el famoso club se encuentra el proyecto de la Casa de la Cultura que comprende un edificio de dos plantas.  Hace un par de años, en el local de procesamiento de café de la familia Briceño, mejor conocido como El Banco, se inauguró el Nuevo Town Club, en donde frecuentemente se realizan fiestas y tertulias.

Estoy seguro que todos los sanmarqueños de esa época, así como muchos jinotepinos, diriambinos, masatepinos y capitalinos guardan recuerdos especiales de alguna noche en el Town Club.  Las historias y anécdotas seguramente abundarán.  Muchos coincidirán que ese mítico lugar era algo único. Yo en lo particular tengo recuerdos especiales del Town.  La primera fue en enero de 1967 cuando después del examen público del bachillerato en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, los egresados del Instituto Pedagógico de Diriamba fuimos a celebrar al Town Club.  Recuerdo que al llegar a San Marcos fui corriendo a avisar a mis padres y luego a unirme al grupo en ese local.  Fue la última vez que muchos de nosotros departíamos juntos, después de muchos años de compañerismo.  La otra ocasión fue en abril de 1976, en el baile oficial de las fiestas de abril, cuando Barrunto Persuasión se lució tocando incansablemente hasta la madrugada y a las cinco de la mañana fuimos caminando hasta la Alcaldía, en donde nos unimos a los chicheros que iniciaban la diana por todo el pueblo.  Otro recuerdo, un tanto desafortunado fue cuando en una ocasión, no recuerdo la fecha, el Town estaba completamente abarrotado, de tal forma que algunas personas optaron por sentarse en el pretil de la pista.  De pronto la orquesta tocó un mambo y ahí voy yo a tratar de lucirme, con tan mala suerte que al momento en que le estaba echando swing a un paso, a una persona que estaba sentada en el pretil se le ocurrió estirar la pierna y de esta forma mi pie, con doscientas y pico de libras detrás cayeron sobre un zapato, escuchando inmediatamente un grito que parecía que de repente había entrado un mariachi al local.  Me asusté y no me quedó más remedio que ejecutar el paso del moonwalk y perderme con mi pareja en la muchedumbre.  Estoy consciente que lo correcto era haber ido a presentar mis disculpas, pero en la madrugada, con un nivel promedio de alcohol en la concurrencia de 1.7 Gr./L (léase hasta el hígado) y considerando que tal vez no serían machos, pero sí muchos, probablemente fue lo más prudente. Así que ahora, más de treinta años después, si usted, estimado (a) lector (a), fue el infortunado que de manera involuntaria recibió el machucón, sinceramente le pido perdón, alegando a mi favor únicamente, que en esas ocasiones lo correcto es meter la pata, no sacarla.

Es posible que el Nuevo Town Club ofrezca el cielo y la tierra, pero aquellas noches en donde la alegría parecía no terminar, cuando teníamos a la mano tantos amigos, cuando aquella querida esquina nos ofrecía la oportunidad de convivir con todos ellos, como decía Gustavo Adolfo Bécquer:  Esas no volverán.

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Lo que será, será

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.

Antonio Machado

Uno de los trechos más jubilosos de mi niñez eran las dos cuadras que separaban la casa de los abuelos del Teatro Julia en San Marcos.  No obstante, la dicha era inmensa cuando lo recorría con mi madre, en aquellas ocasiones en que ella lograba delegar el cuido de mis pequeños hermanos para disfrutar de una buena película.  Todavía me parece sentir aquella particular emoción de recorrer de la mano de mi madre aquel camino que se hacía largo, mientras empezaba a escucharse en el altoparlante del teatro, Ruega por nosotros en la voz de Miguel Aceves Mejía, indicativo, según mi incipiente capacidad deductiva, que la película sería buena.  Luego, cerca de la taquilla, una cajetilla de chicles Adams de frutas o un cartucho de cacao maní tostado completaban la gloria, aunque nada se comparaba con la tremenda felicidad de tener a mi madre de manera exclusiva, como lo fue un buen tiempo, en el que como primogénito gocé de esa particular prerrogativa.  Durante ese par de horas, tenía además de mimos en exceso, una gran paciencia, que al igual que don José Almanzor la tenía para traducirle al árabe todos los diálogos de la película a su esposa doña Fátima, mi madre la tenía para explicarme todas las complicaciones en la trama de la cinta, que eran demasiadas para mi edad.

Uno de esos viajes maravillosos al cine que perduran en mi memoria fue allá por 1957, entre la primera comunión y el sarampión, cuando fui con mi madre a ver la película El hombre que sabía demasiado.  En esa época Alfred Hitchcock, director del film, no alcanzaba la enorme fama que llegó a tener como el genio del suspense.  Un poco más conocido era James Stewart, el actor principal, no obstante quien llamaba la atención de manera particular era Doris Day, símbolo de la inocente mujer americana de los años cincuenta.  De la película en sí no recuerdo mucho, salvo tal vez la escena final en aquella mansión con una gran escalinata en donde se desarrolla la trama final de la cinta, sin embargo, el tema musical de esa película es algo que se quedó grabado profundamente en mi mente.

La canción que sirvió de tema a esa película fue: Qué será, será, que a pesar de la renuencia de Doris Day para grabarla, alcanzó un éxito inusitado, comenzando con el Oscar al mejor tema musical de 1956, logrando posteriormente colocarse en las listas de popularidad de todo el mundo y convirtiéndose en la canción insignia de la actriz-cantante.  Aquella pieza a ritmo de vals, cautivó también a toda la audiencia sanmarqueña y en especial a mi madre, quien por mucho tiempo la cantó en medio de sus cotidianos afanes.  A mí me gustó mucho, sin embargo, no lograba comprender el espíritu de la letra, pues de entrada me sonaba a un acertijo o adivinanza.  Esta confusión pudo haberse debido a que la frase original se dio en italiano, che será, será y aparece en Doctor Fausto de Marlowe y posteriormente, en la película La condesa descalza,  en donde constituye el lema de la familia Torlato-Favrini a la cual pertenece el personaje de Rosanno Brazzi, siendo que en ese idioma es más fácil captar el sentido de lo que será, será.

Aun con las explicaciones de mi madre sobre su apreciación respecto al significado de la canción, a esa edad, el concepto del futuro era tan etéreo, tan perteneciente a lo mágico y remoto, que tampoco alcanzaba a comprender la expresión de esa canción: the future´s not ours, to see.  Así que la canción se quedó más que nada en una melodía pegajosa que por mucho tiempo mi madre y yo disfrutamos en sus diferentes versiones, recordando siempre aquella película o más bien la dulce experiencia de aquellas escapadas hacia el Teatro Julia.

No fue sino hasta cincuenta años después cuando por casualidad volví a escuchar aquella magnífica canción, que empecé a reflexionar sobre su significado y la manera cómo mi madre lo hizo propio para señalarnos el rumbo de vida que marcaría nuestros destinos.  Por muchos años durante nuestra niñez, la única preocupación que teníamos era estudiar, jugar y pensar cómo debíamos distribuir el tiempo para ambas actividades.  Mi padre se ocupaba de allegar recursos al hogar y mi madre de administrarlos eficientemente y así aquellos ingresos alcanzaban para llevar una vida tranquila aunque sin opulencia, en cambio cada tiempo de comida se convertía en un banquete gracias a la creatividad de nuestra madre.

Ella nunca nos animó a mirar el futuro como una meta determinada, así pues, cada quien desde pequeño manejó un impresionante abanico de vocaciones que comprendía aspiraciones para llegar a ser médico, torero, pianista, boxeador, bombero, beisbolero, farmacéutico, arzobispo, piloto, director de orquesta, astronauta, vaquero, súper-héroe, sin embargo, al final, cada quien se convirtió en lo que sus circunstancias particulares le marcaron y al final de cuentas ninguno siguió lo que originalmente había soñado.

Así pues, nuestra formación en el hogar fue más bien orientada a forjar un carácter que fuera como una de esas hojas de acero, lo suficientemente fuerte para resistir los embates de la vida, pero lo suficientemente dúctil para adaptarnos a las circunstancias que fueran surgiendo en el camino.

Esta forma de entender la vida fue la que tiempo después nos hizo identificarnos plenamente con Antonio Machado, cuando Serrat nos lo ofreció en la bandeja plateada de su música: Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.  Caminante, no hay camino sino estelas en la mar.

Cuando nuestras alas empezaron a embarnecer indicándonos que era hora de abandonar el nido, mi madre con una absoluta tranquilidad nos miró remontar el vuelo, con la certeza de que estábamos preparados para librar nuestras propias batallas.  Y así fue, ese camino no se nos presentó pavimentado ni apareció un arco iris al final de cada jornada, sino que ha sido un camino abrupto, lleno de vicisitudes, pero aquella fortaleza inculcada en el hogar sirvió para salvar todos los obstáculos.  De esa forma, aprendimos a aprovechar el día, a andar los caminos golpe a golpe.  No tenemos planes a quince años como pregonan los ahuizotes, sino que juntamos fuerzas para el día a día.

Cuando murió nuestro padre, ella nos dio una lección de fortaleza admirable, superando el dolor con una entereza que sólo un ser como ella podría haberlo hecho y con esto consiguió que nosotros lográramos sobreponernos de tan aciago golpe y aprender con su ejemplo que la vida puede tumbarnos, pero hay que sacar fuerzas para levantarnos y seguir adelante.

Ahora que mi madre está en la cima de la montaña, puede ver con claridad que la semilla que lanzó cayó en tierra buena, pues sus hijos supieron escuchar sus sabios consejos y tuvieron la perseverancia para ponerlos en práctica y al tiempo de cosecha puede enorgullecerse de haber obtenido el ciento por uno.  Sus hijos sin excepción le profesan admiración y respeto, aunque no les alcanza el amor para regresarle todo el que ella a manos llenas les prodigó.

Yo que todavía recorro el trecho escarpado, al recordar aquella película que disfruté con ella, me doy cuenta de que no hay hombre que sepa demasiado, sin embargo, una tremenda verdad es que lo que será, será.

QUE SERA, SERA VERSION ORIGINAL DE DORIS DAY
QUE SERA, SERA, VERSION DE NIÑOS TAILANDESES

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Amaya, siempre serás tú.

Amaya Uranga

Este 2009 se cumplen 35 años que los nicaragüenses conocimos una de las canciones en español más bellas de todos los tiempos.  Es un tema en el cual ocurre una singular simbiosis entre una composición que derrama sencillez y sentimiento y una calidad interpretativa insuperable.

Aquel 1974 los nicaragüenses y en especial los Managua, se estaban acostumbrando a una nueva dinámica en sus vidas y en ese proceso, por alguna razón, la música jugó un papel fundamental, pues la población se aferró a las radiodifusoras y a su programación llena de música y anuncios.  De repente, las ondas hertzianas llevaron por toda Nicaragua un tema que desde la primera vez que fue escuchado, la gente quedó cautivada por el mismo.   La canción estaba interpretada por una voz diáfana, cristalina.  Una voz que hacía pensar que si los ángeles pudieran cantar, lo harían de esa manera.  La letra de la canción por su parte era un himno al amor encontrado en la cotidianidad de las cosas y que llegan a representar al ser amado.  Y de esa forma, el “tú” a quien se refería el tema, se convirtió en cada hombre y cada mujer, pues cada quien se apropió de ese arrebato del autor y soñó en poder expresarlo de la forma sublime como lo hacía aquel grupo.

Así fue como los nicaragüenses recibieron a Eres tú, interpretada por el grupo vocal español Mocedades, la cual logró ubicarse, de manera indiscutible, en el primer lugar de las preferencias de la audiencia nacional por un buen tiempo. No se sabía nada acerca de Mocedades, ni de sus integrantes, mucho menos del autor de la melodía, sin embargo, el público nica les abrió sus corazones.

En aquellos tiempos no existía la oportunidad y cobertura de parte de los medios de comunicación y en especial en la televisión, así que era muy poco lo que se conocía respecto a todo lo que rodeaba a determinado éxito musical.  Sin embargo, con el tiempo nos dimos cuenta que la hermosa canción había salido de la inspiración del compositor y arreglista español Juan Carlos Calderón, quien hasta esas fechas era desconocido en nuestro país.  El tema fue seleccionado para que con la interpretación del grupo Mocedades representara a España en el concurso de Eurovisión de 1973 realizado en Luxemburgo, en donde alcanzó el segundo lugar.  El primer lugar lo ganó, coincidentemente, la canción representante de Luxemburgo: Tu te reconnaitras (Tú te reconocerás).

A pesar que ya para ese tiempo Joan Manuel Serrat, había alcanzado un gran reconocimiento en Nicaragua, desconocíamos que Juan Carlos Calderón fue el arreglista y director de muchos de los temas del cantautor, en especial Mediterráneo, uno de los álbumes más emblemáticos de Serrat.

En cuanto a la angelical voz, la misma pertenecía a Amaya Uranga, voz principal de Mocedades y que sin querer restarle méritos interpretativos al resto de ellos, constituyó el alma del grupo.   A pesar de que Mocedades ya había lanzado varios álbumes en España, en Nicaragua era prácticamente desconocido y fue realmente Eres tú, el éxito que los inmortalizó en estos lares.

María Icíar Amaya Uranga Amézaga, originaria de Bilbao, España, nació en el seno de una familia con una tremenda inclinación musical; sus padres fueron cantantes al igual que la mayoría de sus ocho hermanos.  A muy corta edad, Amaya, formó con sus hermanas Izaskun y Estibaliz, el trío “Las hermanas Uranga” en donde cantaba y tocaba la guitarra.  Posteriormente, las Uranga junto con su hermano Roberto, los hermanos Blanco, José Ipiña y Francisco Panera, formaron el grupo “Voces y guitarras” que interpretaba música folk en su región.  Un día se decidieron realizar una grabación en casete y lo enviaron a un estudio en la capital española.  Por esas grandes casualidades de la vida, el casete llegó a las manos de Juan Carlos Calderón que se interesó en el grupo y les invitó a trabajar juntos y de ahí nació Mocedades.    Antes de participar en el festival de Eurovisión en 1973, el grupo ya había grabado tres álbumes, los cuales tuvieron cierto éxito en su país.  De esta producción merece la pena recordar un tema que tuvo una gran aceptación en España y que se trataba de una adaptación de la canción religiosa llamada Pangue Lingua, en donde ya resaltaba la inigualable voz de Amaya.  Esta canción la recuerdo cuando en mi niñez mi abuela me llevaba los jueves al Santísimo y en medio del penetrante olor a incienso se interpretaba el Pangue Lingua y el Tantum Ergum.

Después del triunfo de Eres tú en Eurovisión, se lanzó el cuarto álbum de Mocedades en donde se incluyó ese tema y a la vez se realizó una versión en inglés, bajo el título de Touch the wind para introducirlo en el mercado norteamericano.  De esta manera, en 1974 el grupo se internacionalizó y logró ocupar con el tema Eres tú, los primeros lugares no sólo en Estados Unidos sino que en toda Latinoamérica.

Después del tremendo impacto de Eres tú, nos dimos a la tarea de seguir de cerca la posterior producción de Mocedades y de esta manera disfrutamos Secretaria, Tómame o déjame, Si yo no fuera fiel, El vendedor, La otra España, ¿Quén te cantará?,¿Qué pasará mañana? A pesar de que el grupo iba cambiando de integrantes, como el machete del compadre que a veces cambiaba el mango y a veces la hoja, sin embargo, lo importante era que se mantenía la voz de Amaya resaltando y dándole vida a todas las interpretaciones.

A inicios de los ochenta, después de más de once años, Mocedades se separó de Juan Carlos Calderón y se embarcó en una nueva aventura con el sello CBS, quien les asignó a Carlos Gómez como productor y en donde el grupo mostró una nueva faceta, más madura, con temas que mostraban una mayor complejidad y en donde Amaya seguía demostrando su sobrada capacidad interpretativa.  Uno de los temas que de mejor manera ilustran esta nueva etapa del grupo es la versión tan especial que hicieron del clásico tema español, intermedio de la zarzuela La leyenda del beso de los maestros Reveriano Soutullo y Juan Vert y que en Nicaragua nos regalaron Los Churumbeles de España a inicios de los años cincuenta.  Dicho tema fue transformado, mediante un excelente arreglo en Amor de Hombre, en donde vuelve a destacar la calidad vocal de Amaya y que tuvo una singular acogida de parte de sus aficionados.  También habría que señalar las grandes interpretaciones del siguiente álbum La Música, en donde se encuentran temas impactantes como la adaptación del cuarto movimiento de la 7ª Sinfonía de Beethoven con el nombre de Cuando tú nazcas, así como Solos en la Alahambra, Así fue nuestro amor, Mis lágrimas me saben a ti,  Has perdido tu tren y en especial el tema grabado con Plácido Domingo, Maitechu Mía.   A manera de anécdota relato que este álbum lo adquirí en México y ahí lo ponía religiosamente todas las mañanas y fue precisamente muy temprano el 19 de septiembre de 1985 que lo estaba escuchando mientras le daba de desayunar a mis hijos, cuando nos sorprendió un enorme sismo que nos hizo evacuar en tiempo record el departamento que ocupábamos en Tlatelolco y mientras bajábamos las escaleras, Plácido Domingo terminaba de interpretar Maitechu Mía, cuando escuchamos el estruendo que hizo el Edificio Nuevo León, cercano al nuestro, cuando se desmoronó totalmente, quitándole la vida a centenares de sus ocupantes, entre ellos, irónicamente, algunos familiares del tenor español.

Si después de la separación de Juan Carlos Calderón la calidad de Mocedades se mantuvo y en cierto modo maduró, destacando siempre la privilegiada voz de Amaya, en 1984 al decidir la cantante dejar el grupo para cantar como solista, lo hizo con tremendo suceso, pues su voz aunque en solitario, alcanzaba para manejar una extrema calidad en su música.  Los temas que produjo dan fe de lo anterior y recordamos en el álbum Volver las versiones de Fuiste un trozo de hilo en la escarcha, que Chayane quiso retomar sin el tremendo resultado que lograba la voz de Amaya, así como Me juego todo, No pidas más, Mago, El breve espacio y Palabras de Amor, con la participación de Joan Manuel Serrat, quien por primera vez se atrevió a cantar ese tema en español.   Del álbum Sobre el latido de la ciudad logró temas de gran calidad como Quién me va a creer, Luz de gas, Prometo regresar, Como un bolero sobre tu piel.  Luego con la participación del maestro Armando Manzanero lanzó un álbum con temas de este compositor y de los cuales destacan Ya no vive aquí, Yo te comprendo, Nuestro amor perdió, No le dimos tiempo y Después de hablar contigo que canta a dúo con el maestro.

Así pues de los tres elementos que confluyeron en el éxito de Eres tú, la inspiración de Juan Carlos Calderón, la voz de Amaya y los coros de Mocedades, es muy posible que el mayor peso lo tuviera esa excepcional interpretación vocal.  Juan Carlos Calderón tiene una impresionante carrera como compositor y arreglista y Mocedades por su parte, como ensamble tuvo una trayectoria sin igual, pero no cabe duda que Amaya Uranga fue el alma, vida y corazón de Eres tú.

Después de más de 50 años del Festival Eurovisión, la mayoría de los temas ganadores han caído en el olvido, como es el caso de la triunfadora en 1973, Tú te reconocerás, que a estas fechas nadie reconoce, sin embargo, Eres tú acapara todas las listad de preferencias, habiendo sido nombrada la mejor canción que representó a España en todos los concursos y uno de los mejores temas de todo esos festivales.  Mocedades tiene versiones de ella en diferentes idiomas y son innumerables los covers que existen de este tema de parte de los más variados intérpretes, sin embargo, se puede asegurar que ninguno le llega a los talones a la versión original.

Es indudable que para muchos nicaragüenses, esta canción ocupe un lugar privilegiado entre todos sus recuerdos y a pesar de que en muchos casos, la persona que en aquel entonces representaba todo lo que expresaba la misma, ahora tal vez solo quepa en alguna estrofa de Cenizas, sin embargo, es inevitable que al escucharla, un torrente de emociones volverá a inundar su alma y pensará:  Amaya, siempre serás tú.

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De Cocula es el mariachi

Mariachi Vargas de Tecalitlán

Hace muchos años, todavía en el vertiginoso siglo XX, Nicaragua se levantaba con música ranchera.  En esos tiempos, la mayoría de radiodifusoras iniciaban sus transmisiones muy temprano, a veces de madrugada, con programas como “Amanecer Ranchero”  y demás títulos que evocaban aquellos retablos que se observaban en las películas mexicanas, que por mucho tiempo fueron las preferidas en los cines de pueblo.  De los años cuarenta hasta los sesenta, había una notoria predominancia de la música ranchera en el gusto nicaragüense y figuras como Tito Guizar, Jorge Negrete, Pedro Infante y Javier Solís, se convirtieron en verdaderos ídolos de la audiencia nacional, no sólo en las áreas rurales, sino también en los ambientes urbanos.

Los investigadores de la música ranchera mexicana son muy estrictos en cuanto a los alcances de este género y lo ubican en los linderos de temas exclusivamente relativos al campo mexicano y circunscritos al texto y no precisamente a la indumentaria o tipo de conjunto musical que la ejecuta; no obstante, en Nicaragua, como en muchas partes, incluso en México, la música ranchera es sinónimo de la música de mariachis.

Al hablar de este conjunto musical, lo primero que surge es la polémica respecto al origen de la palabra mariachi.  Por muchos años, se creyó que el vocablo nació durante la ocupación francesa en México a mediados del siglo XIX y que se deriva del francés marriage que significa boda, pues en esos eventos era común que amenizaran estos conjuntos musicales.   Esta teoría fue refutada a partir del descubrimiento en los años ochenta de una carta fechada en 1852, es decir antes de la ocupación francesa en México, en donde el Pbro. Cosme de Santa Anna se queja ante el Arzobispo Aranda y Carpinteiro sobre las escandalosas celebraciones del sábado de gloria por parte de unos fulanos llamados mariachis.  Por otra parte, otros historiadores remontan el origen del vocablo a la época de la conquista, en donde los indígenas evangelizados llamaban a la virgen María del río a quien dedicaron un canto de alabanza, que en una estrofa decía María ce son, lo cual se distorsionó a Mariashe son y de donde se cree que pudo derivarse el vocablo mariachi.  Otros musicólogos afirman que el nombre procede del huichol y que significa sonidos del cerro.  Otros por su parte afirman que mariachi proviene del nombre que se le daba a la tarima en donde actuaban estos conjuntos musicales y que estaba fabricada de una madera llamada mariachi, que a su vez proviene de náhuatl huamachil.

Si el vocablo mariachi y su procedencia es motivo de fuertes polémicas, también lo es el origen de este conjunto musical.   La mayoría de las personas se atienen a la letra de una famosa canción ranchera llamada Cocula de Cortazar y Esperón, por cierto este último de ascendencia francesa, la cual tiene una estrofa que dice: De Cocula es el mariachi, de Tecalitlan los sones… ambas localidades ubicadas en el Estado de Jalisco.  No obstante, otros historiadores de la música vernácula mexicana ubican a estos músicos también en Jalisco pero más al norte, en la región denominada Los Altos, de donde por cierto era originario mi abuelo materno y por eso es que somos medio mariachis.   Lo que sí es seguro es que estos conjuntos provienen de Jalisco y regiones circunvecinas como Nayarit y Michoacán.  Lo interesante es que en Cocula, la palabra mariachi se utilizaba para identificar a un músico o ejecutante de algún instrumento.  Al respecto, habría que recordar la famosa película de Robert Rodríguez El mariachi en donde se denominaba así al protagonista, que era un cantante solitario.

De cualquier forma, el mariachi que conocemos en la actualidad, dista mucho de lo que fue en sus orígenes, principalmente en cuanto a su vestimenta.  Inicialmente estos conjuntos se vestían a la usanza de los campesinos de esa región, que era pantalón y camisa de manta, huaraches y sombrero de palma.  Con la llegada del mariachi a la Ciudad de México, a inicios del siglo XX, se transforma su indumentaria y se adopta el traje de faena del charro, que es el jinete del campo y posteriormente el practicante del deporte de la charrería.  Luego el cine mexicano lo transforma en el traje de gala del charro con charreteras y demás ornamentos en plata, así como un sombrero de lujo.

En sus inicios el mariachi interpretaba básicamente canciones rancheras, con temas puramente campiranos y cuyos más ilustrativos exponentes fueron:  Allá en el Rancho Grande, Adiós mi chaparrita, Flor Silvestre, La Panchita, No volveré, El mariachi, Al morir la tarde, El Pastor. Con el tiempo, el mariachi incursionó en otros géneros, que a simple vista podrían ser iguales a la canción ranchera, pero que en el fondo son diferentes, como el Corrido, el Huapango o Son Huasteco, el Jarabe, la Sandunga, la Jarana Yucateca y el Bolero Ranchero.

En cuanto al número de integrantes, el mismo es variable aunque generalmente el mínimo es de siete y usualmente es de doce, aunque los últimos mariachis son monumentales, como los que acompañan a Juan Gabriel que amenazan con alcanzar a una orquesta sinfónica.  Los instrumentos básicos son la guitarra, trompetas, violines, guitarrones y vihuelas, esta última se trata de una guitarra pequeña presente en toda América Latina, como en el caso de Martín Fierro que inicia su canto al compás de este instrumento.  Los mariachis más sofisticados incluyen arpa y flauta.

La consolidación del mariachi como exponente de la música vernácula mexicana ocurrió hasta el siglo XX, cuando este conjunto llega a conquistar a la Ciudad de México y en esta etapa cabe destacar la actuación de José Marmolejo quien alcanzó un rotundo éxito en la Feria de la Canción Mexicana de 1927 y se quedó en la capital mexicana.  Años más tarde llegó al Distrito Federal el músico jalisciense Silvestre Vargas quien realizó las últimas adaptaciones a la conformación musical del mariachi, al incluir las trompetas, conformando el legendario Mariachi Vargas de Tecalitlán.   El resto del trabajo lo realizó el cine mexicano, en donde resaltó la actuación del recordado Tito Guizar y su famosa película Allá en el Rancho Grande, así como posteriormente Jorge Negrete y Pedro Infante, este último haría famoso al bolero ranchero con las grandes composiciones del creador de este género, Rubén Fuentes (Cien años, Ni por favor).   De esta manera, la canción ranchera fue perdiendo su carácter campirano, abordando a veces temas con cierto sabor urbano, como es la obra del gran compositor e intérprete José Alfredo Jiménez, siendo un clásico ejemplo su tema Las ciudades. También es interesante el fenómeno de urbanización completa de este género con el compositor e intérprete Salvador “Chava” Flores, autor de Bartola, El gato viudo, Herculano y muchas más.  Después de la muerte de Pedro Infante en 1957, la música ranchera parecía haber perdido a su último exponente, sin embargo, para esa época se disparaba la carrera de Javier Solís quien a través del bolero ranchero logró mantener vigente a esta música.  En Nicaragua causó una tremenda sensación y no hay quien no recuerde las versiones de Cuatro cirios, Payaso, Llorarás, Llorarás, incluyendo la versión del tango Sombras y el éxito italiano He sabido que te amaba.  Después de su muerte en 1966, el género ranchero cayó en un impase hasta los años setenta cuando surgió Vicente Fernández para darle un nuevo aire al género.

En Nicaragua, a inicios de los años sesenta, Francisco López de Matagalpa integra el primer mariachi del país, sin embargo, muchos alegan que en realidad no era un conjunto nicaragüense, pues los integrantes eran salvadoreños.  No obstante, el mariachi de Pancho López, como se le llegó a conocer, amenizó muchas fiestas a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, bajo el entusiasmo de poder escuchar en vivo a una agrupación de este género.  En 1964, en La Trinidad, Estelí,  se integró un grupo que en un inicio tenía el nombre de Mariachi Triniteño y que luego lo cambió por el de Mariachi Norteño.  Estos dos conjuntos abrieron la brecha para que con el tiempo poco a poco se fueran integrando nuevas agrupaciones.  En Managua el Mariachi Nicaraguano se proclama el primer conjunto capitalino, formado en el año 1975, siendo dos locales quienes abrigaron el desarrollo de estas agrupaciones, el Munich que después del terremoto se había establecido en las inmediaciones del Seminario Nacional al occidente de la capital y la Plaza Justo Santos, que se improvisó el la plazoleta del Estadio Nacional, junto al Caballo de Somoza.  Al desaparecer la Plaza Justo Santos, la Rotonda de Bello Horizonte tomó su lugar para la concentración de mariachis y tríos que ofrecen sus servicios musicales.

En la actualidad, el mariachi y la música ranchera, a pesar de las transformaciones que han sufrido siguen vigentes, aunque cada vez tienen que competir con mayor cantidad de corrientes musicales.  En México, a la par de los grandes exponentes de este género, como los mariachis Vargas de Tecalitlán, el Mariachi México de Pepe Villa, el Mariachi de América de Jesús Rodríguez de Hijar y muchísimos más, así como intérpretes como Vicente Fernández,  Alejandro Fernández, Aida Cuevas, Pepe Aguilar, Pedro Fernández, además se realizan continuamente festivales de la canción ranchera que mantienen vivo el espíritu vernáculo, además que los artistas de música popular, mexicanos y extranjeros, de vez en cuando se dan sus escapadas hacia el género.  También es impresionante la originalidad de algunos músicos para realizar verdaderas joyas en los arreglos para este tipo de música.

En Nicaragua, a pesar de toda la influencia de la música internacional, todavía existe un gusto preferencial por la música ranchera y es siempre un acompañante emotivo para cualquier tipo de celebraciones.  Existe un gran número de agrupaciones en toda la república que se esmeran por competir y lograr sobrevivir.  Sin embargo, es muy raro encontrar un mariachi completo tal como se debe, con todos los instrumentos, pues algunos suplen a la sección de violines con un acordeón e incluso sustituyen a las trompetas.  La crisis actual ha venido a afectar seriamente a estos grupos, pues en primer lugar, el legendario Restaurante Munich cerró sus puertas para siempre y en general, no muchos están dispuestos a pagar cerca de 50 dólares por ocho canciones.

Respecto al repertorio que manejan estos mariachis locales, es variado y a veces amplio, incluyendo desde luego las tradicionales como La negra, Guadalajara, Las mañanitas, El Rey, Volver, volver, volver, La ley del monte, La retirada y demás.  Sin embargo, si quiere poner a prueba el conocimiento de la música ranchera de uno de estos grupos, puede pedir Las Olas (no confundir con el vals Sobre las olas), emblemático tema autóctono de Jalisco y que sólo los conocedores a fondo de este género la saben e interpretan.  Yo he solicitado, a manera de prueba este tema y nadie la conoce, salvo en una ocasión en que fui a una boda a Estelí y llegó un mariachi a amenizar, no recuerdo si era el de La Trinidad, el caso es que les solicité Las Olas y todos pusieron cara de yo no fui, a excepción de un señor de edad que tocaba el violín y para mi sorpresa se lanzó la introducción de ese tema a la perfección, agregando: -Sí la conozco, pero no la tenemos montada.

Al sintonizar las emisoras a primera hora de la mañana, cada vez es menos la música ranchera que se transmite, tal vez en las áreas rurales todavía predomina, sin embargo, aquella relación tan estrecha entre la música bravía de los mariachis con una humeante taza de café ya pasó a la historia y esta música ahora se asocia más que nada a amanesqueras y al sabor del tequila.  Lo cierto es que no hay mejor manera para expresar los sentimientos fuertes que una canción ranchera y el mejor pretexto para sacar un grito a todo pulmón.  Chan-charrán-chan-chan.

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Por aquel palpitar

Sandro

Cuando iba a inscribir a mi hijo Orlando en el Registro Civil de las Personas en la Alcaldía de Managua, un individuo que iba delante de mí en la fila, al tocarle su turno el registrador le preguntó el nombre de la persona a quien iba a inscribir, a lo que respondió de una forma muy ufana: -Santa Cecilia.  El encargado del Registro puso una cara de Hombre del Sanedrín, casi se rasga las vestiduras y se negó rotundamente a inscribir a la criatura con ese nombre.  El sorprendido padre de la niña insistía en que él deseaba ponerle ese nombre y era su derecho y el registrador terco continuaba negándose.  Yo metí mi cuchara y le expliqué al burócrata que el nombre Santa existía como tal, el registrador seguía montado en su macho y en que se trataba de un nombre comercial y no hubo manera de convencerlo, así que al final el pobre ciudadano tuvo que aceptar inscribir a su hija como Ana Cecilia, que es un bonito nombre por cierto, pero salió con una tremenda desilusión.  Al salir pensé para mis adentros lo absurdo del caso, pues si puede alguien llamarse Santiago o apellidarse Santana, cómo no era posible que la niña se llamara Santa Cecilia, pero en fin, así eran las cosas y eso sólo podía pasar en Nicaragua.   Pero me equivocaba rotundamente, pues tiempo atrás, a finales de 1945, en un barrio de Buenos Aires, Argentina, Vicente Sánchez e Irma Ocampo acudieron al Registro Civil a inscribir a su hijo y al ser requeridos por el nombre que le pondrían, el padre muy orgulloso dijo: -Sandro.  El registrador después de poner unos ojos desorbitados exclamó: -Pero ché, ¿estás loco? y se enfrascaron en una discusión y como en todos estos casos, el burócrata que tiene la sartén por el mango se salió con la suya; así que la pareja tuvo que resignarse con inscribir a su hijo con el nombre de Roberto Sánchez, que no tiene nada de malo, pues así se llama el célebre historiador y cronista oriundo de Masatepe, sin embargo, la ilusión de Vicente e Irma se vio temporalmente desvanecida.

Años más tarde, a inicios de los sesenta, Roberto Sánchez, quien después de comenzar a trabajar en diversos oficios desde muy temprana edad para ayudar a sus padres, había incursionado en el mundo de la música rock con relativo suceso, decidió rescatar aquella ilusión de sus padres y adoptó el nombre artístico de Sandro.  En su país, este joven comenzó una trayectoria artística que lo llevó en cierto momento a cambiar el rock, género del cual interpretaba covers de los éxitos en inglés, por la balada romántica que comenzaba a entusiasmar a la juventud de aquel entonces, trabajando en la composición de sus propios temas, cambiando su indumentaria casual de blue jeans y chamarras, por trajes formales y de esta forma nació un nuevo ídolo latinoamericano.

Sería tal vez a inicios de 1968, cuando un grupo de estudiantes del segundo año de Economía de la UNAN nos reuníamos en el Club Estudiantil que quedaba en las inmediaciones de la Lotería Nacional en la vieja Managua.  En ese local había mesas de ping pong, de ajedrez, tableros y en cierto lugar había un radio, que se mantenía a cierto volumen para amenizar el rato de los asistentes.  Una noche que el local estaba bastante concurrido, de repente sin mayor preámbulo se escucho una potente voz que comenzó a cantar:  “Por ese palpitar, que tiene tu mirar, yo puedo presentir que tú debes sufrir, igual que sufro yo, por esta situación que nubla la razón sin permitir pensar…”  De repente, se hizo un gran silencio en el recinto, como si todos quisieran seguir de cerca aquella impresionante voz y la dramática letra de la canción.  Por nuestra condición de universitarios nadie aplaudió al final, pero era evidente que la música de aquel intérprete había calado fuertemente en cada uno de nosotros.  Poco tiempo antes habíamos conocido a Raphael y su marcado histrionismo al cantar, sin embargo, el estilo de este nuevo ídolo argentino sobrepasaba todo lo que se había conocido anteriormente.

Sandro había lanzado anteriormente, con buen éxito también el tema Quiero llenarme de ti que lo dio a conocer en Latinoamérica, sin embargo, Porque yo te amo fue una verdadera revolución en la balada romántica.  De esta forma, este joven cantautor argentino dominó las listas de popularidad en ese último tramo de los años sesenta y aún  durante los setenta.  Las radioemisoras no se daban abasto para las complacencias en donde Sandro de América, que fue el nombre que adoptó posteriormente, interpretaba sus más sonados temas.  En la televisión las estrellas de la fonomímica abandonaron a Raphael para enfocarse en Sandro.

Después de tantos años, muchos todavía recordarán Penumbras, Por tu amor, Tengo, Así, Por algún camino, Rosa Rosa, Una muchacha y una guitarra, Me amas y me dejas, Lluvia de rosas, sin embargo de manera especial, los acavangados de aquella época todavía sentirán escalofríos al escuchar Como lo hice yo, en donde con un intenso sentimiento Sandro exclamaba:  Mas nunca tendrás quien te quiera, te lo juro por esta, como lo hice yo… remarcando el beso que estampaba sobre una cruz hecha con sus dedos, para que se supiera sobre qué se hacía el juramento y no se tomara por otro lado.  O bien, quién no navegó en el océano de la tristeza al escuchar Penas, aquel tema que para lograr un impacto más profundo, iniciaba con un órgano iglesiero que nos ubicaba entre enormes vitrales y la penumbra de las velas y aquella frase digna del más arrabalero tango:  Nadie me daría, dos días de vida, por la forma en que me encuentro hoy.

En los años setenta, a pesar de que Sandro seguiría con su arrolladora fama en Sudamérica, en Nicaragua, la aparición de nuevos ídolos de la balada romántica como Julio Iglesias, Camilo Sesto, Nino Bravo, José Luis Rodríguez, entre otros, diluyeron en gran medida la magia de Sandro.  No obstante, la carrera de este popular cantautor se extendió hasta los años noventa en donde logró grabar más de 35 albumes y 12 películas.  En 1970 tuvo el honor de ser el primer artista latinoamericano en actuar en el Madison Square Garden de Nueva York, alcanzando un lleno completo en sus dos presentaciones lo que representa un total de un cuarto de millón de espectadores.  Otro hito importante es que ese preciso concierto, fue transmitido vía satélite en lo que sería el primero a nivel mundial que se transmitía de esa manera.

En el año 1972 Sandro recibió el premio Grand Ball al cantante del año y recibió las llaves de la ciudad de Miami.  En su país, se convirtió en el primer cantante en actuar en el Luna Park que era un santuario exclusivo para el boxeo y como si eso fuera poco, en Brasil llenó el Estadio Maracaná.

Como dato curioso vale la pena señalar que el cantante venezolano José Luis Rodríguez, debe su sobrenombre “El Puma” a una canción de Sandro.  Resulta que la escritora cubana especialista en telenovelas Delia Fiallo era admiradora de Sandro y le gustó mucho su tema Mi amigo el puma, de tal forma que en una telenovela incluyó a un personaje con ese nombre y el cual fue interpretado por José Luis Rodríguez, quien a partir de ese momento adoptó el sobre nombre de El Puma.  Menos mal que Delia Fiallo no escogió el tema Penas para su telenovela.  Como un agradecimiento a Sandro, al cumplir 40 años de carrera artística, José Luis Rodríguez grabó un disco con temas del gran cantautor argentino.

A finales de los años noventa, Sandro fue diagnosticado con enfisema pulmonar.  Su larga carrera como fumador llegó a minar la salud del artista a tal punto que su capacidad pulmonar ni siquiera alcanza el 10%, por lo que prácticamente debe de estar conectado al oxígeno.  Ya enfermo realizó varias presentaciones en su país, manteniendo a mano el tanque de oxígeno en el pedestal del micrófono.  No obstante, su salud es tan precaria que se encuentra en la lista de espera para un doble transplante, es decir cardiopulmonar, pues además de nuevos pulmones, necesita un nuevo corazón. Lo que hay que reconocer en el cantante es su entereza, pues en todo momento ha declarado que su enfermedad se la debe al vicio de fumar y que definitivamente él se lo buscó.

A pesar de que yo en lo particular prefería los temas de Leonardo Favio, cada vez que se escucho en las radioemisoras ancladas en el recuerdo algún tema de Sandro, es imposible evitar que me lleve a aquellos dorados tiempos cuando creíamos que teníamos la facultad de adivinar el palpitar en los ojos de una muchacha.

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