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La otra tarde llevé a mis nietas de paseo por la costa del lago Xolotlán.  Las niñas no tenían idea que en su ciudad hubiese un lago y se sorprendieron al ver ese enorme cuerpo de agua que densamente agitaba su grisácea liquidez en el multicolor del atardecer.  En ese momento se me vino a la mente un recuerdo en sepia de mi niñez cuando bajando de El Crucero a Managua me percaté del paisaje que se miraba a lo lejos y mi padre me dijo que era el lago de Managua.  En esa ocasión iba a la primera comunión de uno de mis primos y en el desayuno le comenté a uno de ellos que tal vez podríamos ir a bañarnos al lago.  No entendí por qué comenzó a reírse a mandíbula batiente y no paró hasta que le contó a todos los primos y amigos que por ahí andaban, sobre mi ingenua proposición.  Al final, se compadeció del pueblerino y me explicó que en el lago iban a parar todas las aguas negras de la capital.

Me quedé atónito, al igual que cuando me di cuenta que en los mercados de Managua vendían agua helada, pues no lograba entender cómo podrían comerciar un bien que en el pueblo no se le negaba a nadie, así tampoco comprendía cómo habían decidido lanzar toda la inmundicia a un lago.

El Xolotlán siempre tuvo una importancia vital para todas las tribus precolombinas que llegaron a asentarse a su alrededor y es significativo que el nombre de Managua se derive del náhuatl y significa “lugar junto al agua” y aunque hay otras versiones con interpretaciones diversas sobre este nombre, la mayoría de los cronistas coincide en este significado.

En los momentos en que mi abuelo andaba de buenas y no estresado con los afanes de su botica, nos contaba sobre su niñez en la Managuade fines del siglo XIX, cuando el lago era límpido y parte fundamental de la ciudad.  Oriundo de la capital y en particular de un barrio costero como era El Mamón, a un lado del barrio La Bolsa, cerca de donde ahora está el Teatro Nacional Rubén Darío, mi abuelo salía a pasear por toda la costa, nadando en el lago, pescando, o jugando con los lagartos que salían a asolearse a la playa lacustre, exagerando algunas veces en sus relatos, el tamaño de dichas criaturas.

En general todas las ciudades que tienen a su lado un cuerpo de agua, ya sea un lago, un río o un mar, lo hacen parte integral de su historia, de su cultura, de la vida de sus habitantes.  Shakespeare instaló el teatro The Globe a la orilla del río Támesis, por su parte Samuel Langhorn Clemens, tomó su pseudónimo Mark Twain de una expresión de los esclavos que trabajaban en los barcos que surcaban el río Mississippi y que significaba “dos brazas”. En su delicioso relato Claudio Magris al atravesar el Danubio desde su nacimiento en la Selva Negra alemana, hasta el Mar Negro en Rumania, analiza la cultura “danubiana” en cada uno de los países que tienen la dicha de admirar su paso.  También podríamos recordar a Serrat refiriéndose al Mediterráneo: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa y escondido tras tus cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya…”

Es una lástima que para los captialinos de hoy el lago no tenga ningún significado, si acaso, como punto de referencia para alguna intrincada dirección y una gran mayoría voltea a un lado ante su presencia, con aprensión y cierto temor a contaminarse.

Todo esto porque algún “iluminado” tuvo la peregrina idea de canalizar las aguas negras hacia un bello y límpido lago.  Equivale a que a un individuo le regalen una mansión con una piscina olímpica y lo primero que se le ocurra es defecarse en ella y seguir haciéndolo siempre. Es muy probable que este piche, en medio de su estupidez, hubiese inaugurado la nueva ruta y hasta lanzado una botella de champaña al estilo de los astilleros.

En lo particular creo que de la misma manera en que resaltamos la figura de nuestros grandes conciudadanos, como la memoria de Rubén Darío, el príncipe de las letras castellanas, o bien la ejemplar hazaña del General Augusto C. Sandino, elevado recientemente por decreto a la categoría de “inmortal”, así se debería presentar ante la ciudadanía los nombres de quienes fueron los responsables de esa malhadada decisión, pues aquellos que ostentan en sus manos la facultad de decidir por sus representados tienen la ineludible obligación de rendir cuentas y en caso de presentar malos resultados,la Patria, de alguna forma, debe demandárselo, tal como todos juran al momento de recibir su encargo.  Hay que detener esa cultura de borrón y cuenta nueva o como dicen los que maniobran las ruletas en los chinamos de pueblo: -Va jugando.

El problema aquí es que ahora, como decía el Monje Loco, nadie sabe, nadie supo, quién fue el anti-héroe que decidió la utilización del lago como inmensa cloaca.  Todos los cronistas coinciden en que fue en los años 1926 y 1927 en que se inauguró el sistema de alcantarillas de la ciudad capital y se canalizaron hacia el Xolotlán.  Lo extraño es que muchos le echan la culpa al General José María Moncada que como presidente dela República tomó la nefasta decisión, siendo que el político masatepino no asumió la primera magistratura sino hasta 1929.  Para los años en referencia, el presidente de Nicaragua era el conservador Adolfo Díaz Recinos, nacido en Costa Rica y el alcalde de Managua era el también conservador Pablo Leal.

Me imagino que en alguna documentación oficial en los archivos nacionales debe de aparecer alguna referencia oficial sobre los responsables y sus consideraciones para su infeliz decisión, independientemente del partido político al cual pertenecían, pues sinceramente de cualquiera de ellos puede esperarse una acción de esta naturaleza.  Una vez determinado sin lugar a dudas quienes fueron los responsables, debería instalarse a orillas del lago uno de esos rótulos gigantescos con la crónica de lo que realmente sucedió, para que todos los capitalinos sepan la verdad y sirva de escarmiento para que todos los políticos piensen bien, aunque les cueste, antes de tomar una decisión.

A partir del año 1996, durante el mandato de Violeta Chamorro, se inició la planificación para la instalación de una planta de tratamiento de aguas residuales, habiendo contado con la cooperación alemana, quien destinó un total de 36 millones de dólares para la obra que tendría un costo total de 50 millones de dólares.  Al final de cuentas, por mala planificación o por sospechosa ejecución, la planta tuvo un costo total de 86 millones de dólares, para lo cual nos enjaranó Enacal  con un préstamo con el BID por 30 millones de dólares, otro por 12 millones de dólares con el Fondo Nórdico de Desarrollo y 8 millones de parte de la propia Enacal.  La obra construida por el consorcio inglés Biwater fue inaugurada en febrero de 2009 y actualmente se encuentra en operación y tiene capacidad para procesar180,000 metroscúbicosde aguas residuales por día.

Este es un primer paso en un esfuerzo que debió iniciar hace mucho tiempo y que permitirá aprovechar un poco los aspectos turísticos en el Xolotlán, sin embargo, hay una advertencia de parte de los técnicos: Cero contacto.  Esto quiere decir que las aguas permanecerán contaminadas y no es posible ninguna actividad en donde el cuerpo humano toque el lago.

Tal vez, a finales del siglo XXI, si la conciencia por salvar al planeta continúa y no aparece otro iluminado con ideas peregrinas, algún niño saldrá de su casa a pasear por la costa del lago, a nadar en sus apacibles aguas, a pescar o a jugar con algún lagarto que salga a tomar el sol en la costa.