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Es la típica sala de espera de un consultorio médico, varias sillas alrededor de la sala, una mesita al centro con viejas revistas desechadas hace un buen rato por la esposa del doctor y en una esquina un escritorio en donde una recepcionista mira al icaco mientras sale el paciente en turno.  De pronto se abre la puerta de la sala y entra una mujer.  Es joven, de unos 28 años, mide aproximadamente 5´8´´ y su cuerpo guarda una medidas no del todo mal:  87-63-91.  Viste elegantemente un traje sastre con una minifalda que resalta sus bien torneadas piernas y sus zapatos con un tacón intermedio, le añaden elegancia a su atuendo.   Trae consigo un maletín enganchado en una carriola que desluce con su vestimenta.  Saluda efusivamente a la recepcionista, cual si fuera una amiga de la infancia y disimuladamente le entrega un paquetito, diciendo: -Tu encargo.  La recepcionista sonríe y le pide que se siente, mientras busca la primera oportunidad para ingresarla con el médico.  Sin volver a ver al resto de pacientes, que valga la redundancia, pacientemente esperan su turno, la joven se sienta y saca de su maletín una Tableta Android, en donde comienza a realizar malabarismos, fingiendo que revisa su agenda.

Para los que no han adivinado todavía, a pesar que haciendo a un lado el maletín cualquiera pudiera confundirla con una Pussycat Doll, se trata de una promotora farmacéutica a nivel cuerpo médico, oficio que tradicionalmente se ha conocido como “visitador médico”, título que no revela los alcances del mismo y que en el caso de mujeres, admitidas en las últimas décadas en ese oficio, plantea un dilema en cuanto a manejar “visitadora médica” o “visitadora médico”.  Se trata de médicos, farmacéuticos, químicos e incluso egresados de turismo que han pasado un riguroso proceso de selección y entrenamiento, con sueldos y beneficios que algunos profesionales envidian.

El tiempo pasa y la visitadora sigue tranquilamente traveseando su tableta, hasta que la recepcionista la llama para que ingrese al consultorio.  El doctor abre la puerta y recibe a la joven, quien siguiendo el protocolo le extiende la mano y le saluda con un apretón que denota firmeza pero que permite adivinar la suavidad de la bien manicurada mano.  El médico la invita a sentarse y ella disimuladamente retira unos centímetros hacia atrás el sillón hasta calcular que el campo de visión del doctor sea el correcto para sus propósitos.  Se sienta suavemente y cruza sus piernas de tal suerte que la minifalda se contrae unos centímetros hacia arriba.  El médico le lanza una furtiva mirada y en su interior se produce un imperceptible quejido tirándole a ronroneo.  Su extensa carrera de cardiólogo le señala que su frecuencia cardiaca ha aumentado de 65 a77, pero no le da importancia.  La visitadora, le clava la mirada mientras recita de memoria el saludo que el laboratorio para el cual trabaja ha preparado de antemano y con la entonación de un vendedor de seguros le informa al galeno que trae una excelente noticia para él y sus pacientes hipertensos.  Como si anunciara la cura para el cáncer, introduce el nuevo medicamento de los laboratorios fulanitos, producto de largas, profundas y costosas investigaciones de los más renombrados científicos en la materia y que se convertirá en el mejor coadyuvante para el control de la hipertensión arterial, con resultados asombrosos y mínimos, casi inexistentes, efectos secundarios.  No menciona para nada el producto predecesor que en breve perderá su licencia de exclusividad para los laboratorios y que significa una reducción de millones de dólares en ventas.  La visitadora continúa con su perorata que incluye la fórmula del nuevo producto y que a fuerza de varias noches de estudio ha logrado memorizar, al igual que la farmocinética y la farmodinamia, además de toda la información pertinente del nuevo medicamento.

Al finalizar su cátedra, le extiende al médico un folleto en papel couché con la literatura del medicamento y una buena dotación de muestras que él guarda inmediatamente en una gaveta de su escritorio.  Por su parte, la joven guarda su circunspección y se relaja en el sillón y comienza a juguetear con sus piernas al estilo Sharon Stone en Basic Instinct, mientras le pregunta al médico qué le parece el producto.  El doctor, que para ese momento siente que la frecuencia le ha subido a 83 y en su mente empieza a sonar aquella canción: “Azúcar y pimienta, clavitos de olor, se muere Micaela, que llamen al doctor”, sin embargo se aclara la garganta y le dice que le parece fabuloso y que la clave de todo está en probarlo.  La visitadora se relaja aún más y comienza a hablarle de música al galeno, quien entusiasmado, pero preocupado por los pacientes que esperan, le manifiesta su gran gusto y afición por la música y entonces la joven como un prestidigitador que saca un conejo de la chistera, de su maletín extrae una cajita y taraaaán, se la entrega al doctor quien presurosamente la abre y se da cuenta que es un Apple Ipod-nano, en su estuche original, obsequio de los laboratorios en cuestión.  El doctor emocionado le agradece a la muchacha, quien se levanta del sillón y le extiende la mano acompañada de una amplia sonrisa.  Cual si estuviera en una pasarela atraviesa la sala de espera, se despide rápidamente de la recepcionista que se prepara a ingresar a un paciente al consultorio y sale a la calle.

Este podría ser uno de los capítulos escondidos del drama que viven los nicaragüenses que desafortunadamente están en manos de los laboratorios farmacéuticos, quienes con la ayuda y complicidad de algunos galenos, le exprimen el bolsillo a un considerable segmento de la población.  Aquí los visitadores médicos, ahora en una gran proporción pertenecientes al sexo femenino, constituyen la influencia básica en el cuerpo médico para orientar sus hábitos de prescripción.  De esta forma los laboratorios se aseguran que sus ventas alcancen cifras estratosféricas.  Uno solo de estos laboratorios alcanza ventas en un año, cuyo valor es el doble del Producto Interno Bruto de Nicaragua.  Los laboratorios en total gastan la nada despreciable suma de 19,000 millones de dólares en promoción de sus productos, así pues se dan el lujo de repartir cerca de 9,000 millones de dólares en muestras médicas y sus visitadores médicos obsequian a los galenos con regalitos por un valor total de 65 millones de dólares anuales.  Mientras las grandes corporaciones, por ejemplo la industria automotriz, tienen márgenes de ganancia de un 5%, las industrias farmacéuticas arañan el 19%.  El salario anual real de los presidentes y ejecutivos de estas grandes corporaciones farmacéuticas tiene más ceros que un examen de admisión parala UNI, de tal forma que el salario del Presidente del Banco Central o del Grupo Pellas, frente a estos gigasalarios pareciera una limosna y no se trata de científicos connotados, sino de estrategas comerciales al servicio de los intereses de los accionistas.  Muchos dirán que todo esto lo resalto de pura envidia, pero no, el problema serio es que todo ese dinero sale del bolsillo de los consumidores, léase enfermos, de todo el mundo.

Horas más tarde, regresando al doctor de Micaela, una señora entra a consulta y lo primero que hace el galeno después de revisar someramente los resultados de los exámenes de laboratorio es tomarle la presión y mientras el baumanómetro registra las cifras sistólica y diastólica, arruga la cara, para demostrar que hay algo preocupante.  No le dice el resultado a la señora, sino que chasquea repetidamente con la lengua y le dice que tendrá que cambiarle el tratamiento para su hipertensión.  Toma un recetario y mirando de reojo la literatura que le entregó la visitadora, copia el nombre de la nueva medicina para la hipertensión, disimuladamente mira la posología recomendada, la plasma en la receta, advirtiéndole a la señora que la revisará de nuevo en un mes, para observar la acción del medicamento.  La señora le agradece al médico, sale del consultorio y se dirige al escritorio de la recepcionista en donde entera el equivalente a 40 dólares, haciéndolo en una mezcla de billetes de 500 y de 100 córdobas, en su mayoría arrugaditos, que revelan el gran esfuerzo de la señora para juntarlos.

Cuando la señora va a la farmacia para adquirir el nuevo medicamento, la dependiente le espeta el precio de un blister para 14 días y la señora siente que se le aflojan las piernas, se le pega un dolor de cabeza en la parte anteroposterior del cráneo y los oídos perciben un fiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, sostenido, como de olla express, todo ello indicativo que la presión arterial se le fue, como la deuda con Venezuela, a la estratosfera.  Treinta dólares para el tratamiento de dos semanas, es decir que en un mes, tan solo de esa medicina se le irían un poco más de sesenta dólares.  Si suma el tratamiento para la diabetes y otras más que le había endosado el médico como ipegüe, es probable que no podría costearlo.

En Nicaragua, cerca de 533,218 personas como precisaría acertadamente El Firuliche, padecen algún tipo de diabetes y más de 1.25 millones de personas, tienen algún desorden de la presión arterial.  Una gran parte de esta población fallecerá como consecuencia de estos padecimientos.  En este caso, la investigación de los laboratorios farmacéuticos nunca ha estada orientada a la cura de estas enfermedades, sino al desarrollo de medicamentos para controlarlas hasta cierto punto, es decir que tienen que tomarlos de por vida.  Todas esas empresas están enfrascadas en una carrera hacia descubrir nuevas moléculas, como les llaman, que superen en algo a las actuales, toda vez que en algún momento perderán la patente de exclusividad y el mercado estará abierto a la producción de genéricos, con un precio muy inferior al que actualmente manejan.  Por otra parte, un ingreso per cápita de 2,700 dólares anuales, es decir, 225 lolos mensuales, nos da un panorama de la capacidad real de los nicaragüenses para atender sus necesidades de salud.

Ante esta situación, los médicos deberían jugar un papel diferente ante sus pacientes, considerándolos como seres humanos que tienen una situación de salud y por otra parte tienen una capacidad financiera limitada.  Así pues, el médico debería estudiar a fondo la enfermedad del paciente y de acuerdo a sus posibilidades, presentarle una alternativa de tratamiento que sea costo efectiva, es decir que logre el mayor beneficio al menor precio y discutirla con él.  Hay casos en que un simple diurético podría controlar una hipertensión o una buena dieta bajar los niveles de glucosa en el organismo. Sin embargo, aquí intervienen algunas asociaciones de médicos, de seguro financiadas por estas corporaciones farmacéuticas, que se han dedicado a bajar los índices de normalidad en estas enfermedades, reduciendo por ejemplo de 116 a 100 el nivel de glucosa normal, con el fin de etiquetar al mayor número posible de ciudadanos como diabéticos y del mismo modo las cifras normales de presión arterial con el mismo fin.  Asimismo, los médicos deberían de abandonar esa actitud de rechazo hacia los medicamentos genéricos, ofreciendo a sus pacientes esta alternativa, sin pensar lo que dirán los laboratorios que fueron dueños de la patente.  Aún en el mito de que las medicinas que han sobrepasado su fecha de caducidad, deberían dejar de ser tratadas como veneno, pues se ha comprobado que ciertas medicinas ha mantenido su principio activo 15 años después de su fecha de caducidad.

Deben pensar los médicos que al etiquetar a un determinado paciente como hipertenso o como diabético, de entrada le produce un stress que provocará un círculo vicioso que irremediablemente redundará en una mayor propensión a las enfermedades, agregándole el stress producido por el costo de controlar esas dolencias.  Los médicos deben de dejar de ser agentes de esos laboratorios y recordar aquella parte del juramento hipocrático que dice: “En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos”.

Nos ha tocado vivir tiempos aciagos, en donde una catástrofe mundial nos amenaza a cada instante y penden sobre nuestras cabezas negras predicciones, profecías mayas y soplan vientos apocalípticos, que traen el eco del galopar de los cuatro jinetes y cada quien, de acuerdo a la concentración de THC en su organismo le dará el significado que quiera. Sin embargo, en medio de todos, un quinto jinete, en un hermoso caballo, así como los que tiene Ismael Reyes, en una montura con adornos de plata y alforjas Gucci, vestido de Armani, destaca entre los otros.  Se trata de la industria farmacéutica quien lanzando una sonora carcajada nos dice: “Es la economía, estúpido”.