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Cuento para el día de San Valentín

Orlando Ortega Reyes

 

Encontré en un escondido estante el libro que buscaba desde hacía rato, miré el precio y me pareció razonable, así que lo tomé y me dirigí a la caja en donde después de pagarlo lo puse debajo de mi brazo derecho, antigua costumbre, y salí a la calle.  Caminé un rato hasta que el tentador aroma del café recién preparado me atrajo a un pequeño café. Estaba casi vacío así que no me costó encontrar una mesa bien ubicada.  Un mesero solícito me tomó la orden.  Pedí un macchiato, pues la acción de la leche calentada al vapor le da un toque único al espresso que mi paladar, más delicado que exigente, agradece.

Mientras traían mi orden, me dediqué a leer la contraportada del libro y las páginas introductorias.  Estaba en mi tarea, cuando la mesa contigua fue ocupada por dos mujeres.  Como mi curiosidad no llega a tanto, no puse cuidado y seguí con mi lectura.  De pronto me pareció que una de las señoras, puesto que ya pasaban de sobra el medio siglo, me estaba observando fijamente.  No le puse atención pues ya estoy acostumbrado a deslumbrar a diestra y siniestra.  Llegó mi macchiato y sin esperar mucho, le di el primer sorbo.  Después del deleite producido por la bebida, sentí que la cafeína se incorporaba en mi torrente sanguíneo y mis sentidos cambiaron a un estado de alerta.   Cautelosamente volví a ver a la enigmática mujer y mis ojos se encontraron de frente con los suyos.  En ese momento, la cafeína que jugaba con las válvulas de mi corazón le propinó una especie de electroshock que hizo que empezara a redoblar como tambor de banda de guerra.

No había confusión posible.  Aquellos ojos de un café carmelita eran únicos.  Nunca en mi vida volví a ver un color igual.  Habían perdido, tal vez, el brillo y la intensidad de antaño, pero seguían siendo inconfundibles.  Antes estaban enmarcados por un rostro tan dulce como una crema Marie Brizard, envuelto en una sedosa cabellera castaña que caía graciosamente hasta los hombros.   Ahora el rostro se miraba desfigurado, como si en una travesura de Photoshop le hubiesen dado la forma de luna llena y su cabello, ahora pintado de negro, lucía un corte extremadamente corto.   Su cuerpo había perdido la grácil figura que hacía contener la respiración, aún cuando con una cotona de manta sobre un Levi´s blanco, quería disimular su singular cintura y con su envidiable estatura, se daba el lujo de usar sandalias que resaltaban un mágico empeine.  Ahora, unos desteñidos jeans apretaban una desbordante humanidad que en conjunto con una camisa de leñador, ceñida por dentro, le daban una apariencia un tanto grotesca, acentuada por unos zapatones de amarrar.

El segundo sorbo a mi macchiato, mayor que el primero, llevó a la cafeína hasta el hipotálamo, agrandando la espina dendrítica, de tal suerte que empecé a recordar vívidamente cuando aquellos ojos eran la luz de mi existencia.  Aquel tiempo cuando después de la clase de Filología, caminábamos desde la parada de la ruta hasta su casa, conversando acerca de un libro, una película, una revista, una canción y al llegar a la cerca de madera pintada de blanco, abría la puertecita y me despedía con una sonrisa.  Recordé aquel 14 de febrero cuando todavía era solamente el Día de los Enamorados y después de nuestra cotidiana caminata, ya en la blanca cerca, saqué como mago de circo una cajita empacada de regalo, en donde había un prendedor que con mis ahorros había comprado en una fina tienda.  Cuando puse el regalo en su mano, ella se sorprendió y se puso roja como un tomate. Yo sin tener nociones de la psicología femenina, creí que era una señal positiva y sin pensarlo más la tomé suavemente de sus brazos e intenté atraerla hacia mí.  Vano esfuerzo, con un ímpetu casi salvaje, puso sus grandes manos, como de pianista, en mi pecho, empujándome hacia fuera. Sorprendido me quedé inmóvil de aquel súbito rechazo.   Ella sorprendida también de lo que había hecho, solo exclamó: Soy yo y corriendo entró en su casa, dejando caer al piso el pequeño regalo.

No entendí lo que pasó, atolondrado logré recoger la cajita y emprendí el amargo regreso a mi casa.  Los días siguientes fueron aciagos, no salí de mi casa por una semana y cuando regresé a clases, procuraba ocupar los lugares lejanos de donde ella acostumbraba estar.  Después de la clase de Filología, salía como sprinter para no coincidir con ella.  Luego llegó el invierno y con él, la canción de Manzanero: Esta tarde vi llover.  Golpes en el corazón.  Después poco a poco mi prioridad fue olvidarla, sin embargo, cuando se acercó la navidad, pensé llegar a su casa el 24 por la noche, volver a entregarle el regalo y pedirle una explicación.  Estaba determinado a hacerlo. No me imaginaba que al amanecer del 23 de diciembre, la ciudad sucumbió a un feroz terremoto.  Después del caos, mi familia y yo fuimos a parar cerca de Masaya, en una finca de unos parientes, luego estuvimos en León donde los abuelos maternos y finalmente conseguimos una casa en Diriamba, desde donde viajaba diario a la universidad.  Ella no volvió a la facultad y en una ocasión me di una vuelta por la casa blanca de madera y estaba completamente abandonada.  No volví a verla después.

El último sorbo al café me trajo una tranquilidad sin igual y pude observar que la acompañante de aquel fantasma guardaba ciertas similitudes con ella.  Vestía al mismo estilo, incluso los zapatones eran idénticos.  El corte de pelo era igual, lo único diferente era que esta otra tenía una expresión dura, más cuando le dirigía la palabra a la primera.   Creo que después de jugar poker por tanto tiempo, aprendí a no reflejar en mi rostro ninguna emoción, independiente de lo que sentía en mi interior.   En su rostro pude adivinar la consternación, pues daba la apariencia de no saber si la había identificado o no.  De pronto, la otra mujer puso su mano encima de la de ella, aquella mano larga y estilizada como de pianista y ella, sin poder rechazarla, se puso roja como un tomate.  Cuando después de un cruce de palabras sus manos se separaron, ella pareció recobrar el color y le dijo algo a su acompañante y se dirigió al baño.

Entonces, después de cuarenta años, lo entendí todo.  Fue como si hubiese encontrado las claves para descifrar el Código Da Vinci.  Aquellas palabras: -Soy yo, por fin tuvieron sentido.  Si tan solo hubiera tenido más perspicacia en aquella época.  Pero en fin.   Cuando regresó del baño, se aseguró que su acompañante no le estaba mirando, se acercó al mesero, le dijo algo y le entregó un papel.

Algo me dijo que tenía que pedir la cuenta y así fue.  El mesero me trajo la cuenta y me agregó un papel doblado.  Lo leí y era aquella letra que una vez llegué a conocer en cada rasgo.  Decía: “Parece mentira, que en un tiempo llorabas por verme”.   Me levanté y me dirigí a la caja en donde pagué mi cuenta y la de ellas.  Tomé la factura del libro, pues no tenía ningún papel a mano y escribí: “Cómo son las cosas, hoy lloro porque te vi”.  Le di una generosa propina al mesero con el encargo de que le entregara el papel a la señora que le había dado el mensaje para mí.

Salí del café más liviano que un niño que va a dar la primera comunión.  Sentía en mi interior un extremo alivio, una paz que por mucho tiempo había escapado de mí.  De repente el cielo se oscureció y sin previo aviso comenzó a llover.  No sé si fue real o mi imaginación, pero clarito escuche la voz de Armando Manzanero cantar: Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú…”  Corrí y sentí la sabrosura de una sonrisa que se instaló en mi rostro mojado.