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No cabe duda que para nuestros antepasados indígenas, la llegada de los conquistadores constituyó un evento hasta cierto punto traumático.  Las grandes naves en las que llegaron equivaldrían a que en la actualidad avistáramos una nave alienígena.  Los pasajeros que venían eran blancos, hirsutos, malolientes.  Los jinetes y sus caballos daban la impresión de ser una sola bestia, aunque cuando descendían de sus monturas, los conquistadores parecían ser más fieros que la otra.  Sin embargo, lo que causó un tremendo estupor fue sin duda alguna la pólvora.  Como si fuera un evento mágico, un ruido ensordecedor iba acompañando a la muerte.

El trauma producido por la conquista, equivalente al de una violación, causó trastornos severos en el inconsciente colectivo de los indígenas y por lo tanto de los mestizos.  Es la fecha y todavía no se ha podido superar totalmente los efectos del daño causado y solamente se pudieron menguar, gracias a que en sus manifestaciones culturales la nueva raza introdujo la deformación de algunos de estos elementos.  Así vemos las máscaras que tratan de imitar los rostros europeos, los bailes que mezclaron las danzas de los conquistadores con las autóctonas indígenas, aún la religión debió pasar por un proceso de adaptación para llegar a mezclarse en un nuevo panteón, al igual que la gastronomía y no se diga del lenguaje que fue manipulado al antojo de los nuevos parlantes.  En cuanto a la pólvora, aprendieron a dejar de temerla, a dominarla y a introducirla como elemento sine qua non, de las festividades tanto religiosas como comunitarias.

En la actualidad, la raza de bronce todavía trata de comprender la magia que representa el estallido que produce la pólvora y la continua utilizando en todas sus festividades, especialmente las religiosas en donde la creencia popular ha determinado que una divinidad no puede aceptar la adoración o veneración de parte de los mortales, si no está acompañada por quema en profusión de diversos artilugios basados en la pólvora y como pareciera que ocurrió una tremenda falla en la comunicación entre el panteón y la tierra, ninguno de ellos ha podido negar o refutar esa creencia, así que pareciera que se convirtió en un dogma de fe el requerimiento inminente de parte de la Iglesia Triunfante de la pólvora como elemento indispensable para su bienestar.

De esta manera observamos que uno de los países más pobres de Latinoamérica se da el lujo de, literalmente, quemar el equivalente a un millón de dólares anualmente y es precisamente en este mes de diciembre cuando ocurre la mayor parte de este dispendio, durante la celebración de la Purísima y demás fiestas decembrinas.  Cuando observábamos aquel socorrido cliché del cine de hace muchos años, en donde algún nuevo rico se daba el lujo de encender un puro con un billete de cien dólares, nos quedábamos atónitos ante semejante extravagancia, sin percatarnos que algún día, muchos conciudadanos podrían quemar mucho más de cien dólares durante todo el mes de diciembre.

Si sumamos a este dispendio sin sentido, los peligros que encierra esta práctica, encontraríamos más razón a la necesidad de finalizarla.  En primer lugar está el riesgo de que alguna persona sufra quemaduras por algún accidente en la manipulación de la pólvora, en especial los menores de edad.  Afortunadamente este año la cifra descendió sensiblemente, aún así, creo en lo particular que dos niños quemados es siempre demasiado.  De la misma forma, debemos considerar los daños al ambiente derivados de toda la combustión que se origina, especialmente cuando son quemas masivas en determinado lapso, como lo que ocurre cada seis horas en las principales fiestas, debiendo agregarse el ruido que afecta sensiblemente a quienes tienen la desventura de estar cerca de estos estallidos.

Podría entonces ayudar en este sentido, una bula papal que afirme a nivel de dogma de fe que ni el Señor, ni la virgen, ni los ángeles ni los santos necesitan de la pólvora para volver a nosotros sus ojos misericordiosos.  En cuanto al inconsciente colectivo sería tal vez un buen coadyuvante la práctica, menos dañina, que se está poniendo de moda y que consiste en exageradas manifestaciones, enarbolando por todas las calles la bandera de un club de fútbol español, cada vez que hay un “clásico”.

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