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Creo que es un deber ineludible que en esta entrada hable de mi hijo Rodrigo. Todavía con el alma atravesada por el inmenso dolor que nos ha causado su partida, estoy tomando un poco de fuerzas para compartir con los lectores de este Blog, la historia de un muchacho en donde prevaleció el dolor y el amor y que trágicamente perdió la batalla cotidiana que libró por su vida.
Rodrigo nació el 22 de julio de 1978, cuando Nicaragua empezaba a convulsionar. Yo me encontraba en Medellín, participando en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, cuando a mi regreso encontré que por asistir a una consulta médica, previa al parto, mi esposa Cecilia casi queda atrapada en el incidente del rocketazo desde el Intercontinental. El obstetra determinó justo a mi regreso que el bebé venía en mala posición y para no lastimarlo a él ni a la madre, tendría que realizar una cesárea. Lastimaría entonces mi bolsillo pensé para mis adentros, pero para no correr riesgo alguno había que apechugar y así nació el cumiche. Yo quería llamarlo León Felipe, como el poeta, pues me parecía que era un nombre sonoro y potente, sin embargo, mi hermana Oralya insistió en que lo llamara Rodrigo y por el cariño que le he profesado toda mi vida, accedí y en consideración a la muerte reciente de la bisabuela materna del niño, llevó como segundo nombre Joaquín. Tal vez hubiera preferido que su nombre fuera compuesto al revés, como el compositor Joaquín Rodrigo, pero se inscribió como Rodrigo Joaquín Ortega Miranda.
Cuando al año siguiente salí al exilio voluntario a México y me reencontré con mi familia tres meses después, Rodrigo de apenas un año y meses, no me reconoció y lloraba cada vez que me le acercaba. Me tomó horas de contacto con él para que se acostumbrara de nuevo a mi presencia. Participé en los ejercicios para que aprendiera a caminar y en los esfuerzos para que empezara a hablar.
Rodrigo era el más moreno de mis hijos y algunas noches en que después de llegar del trabajo lo encontraba despierto, le cantaba un pedazo de aquella bella canción que interpretaba Mercedes Sosa: “Duerme, negrito” y él se quedaba pensativo un rato y me preguntaba: “¿Verdad que me dices así de cariño?” y le respondía “Claro que sí, mi muchachito”. Siempre quise que se sintiera orgulloso de su color y le insistía de lo bien que se veía y que nunca se afrentara, como alguno de sus parientes, de sus raíces.
Desde pequeño su vida se vio orientada a los hospitales. Inicialmente con motivo de un ligero estrabismo en un ojo, al momento de realizarle los exámenes para operarlo, descubrieron cierta hematuria, que fue inicialmente achacada a un divertículo en la vejiga. Posteriormente, continuaron los estudios urológicos hasta caer en el departamento de nefrología del Hospital Infantil Federico Gómez en donde determinaron que él y su hermano Orlando sufrían del Síndrome de Alport, que entre otros padecimientos conducía irremediablemente a la insuficiencia renal.
Rodrigo tuvo la suerte que la insuficiencia renal no se le manifestó inmediatamente, tal como ocurrió con su hermano Orlando que a los seis años inició su calvario con esa enfermedad. Comentaba yo que en medio de la terrible suerte que nos había tocado, tenían la especial deferencia de no enfermarse de manera simultánea, porque seguramente hubiéramos perdido la razón. Así pues Rodrigo llevó una niñez dentro de ciertos límites normales, aprovechando de buena manera la escuela primaria, al punto que en sexto grado fue seleccionado como miembro de la escolta de la bandera por su rendimiento académico y nos sentíamos orgullosos cuando con su uniforme de gala desfilaba con la escolta en primera plana en los honores a la bandera.
Con el trasplante de riñón de Orlando en donde tuve la inmensa suerte de poder ser el donador, la vida de la familia sufrió todavía más cambios, por los cuidados que debían multiplicarse y en cierta medida Rodrigo poco a poco fue resintiendo esta situación al punto que el niño aplicado de la primaria empezó a desinteresarse por el estudio en secundaria. Lo que nunca cambió fue su espíritu de cooperación, pues siempre estaba presto para ayudar en lo que podía. Su nobleza era sin igual, de tal manera que me causaba cierto sentimiento el reprenderlo por una situación que a la larga era producto de todo lo que la familia tuvo que experimentar en esa época.
A pesar de todo, nuestra vida en México está plagada de bellos recuerdos, pues aún con todas las restricciones había tiempo para salir y conocer el país. Recuerdo que en cierta ocasión teníamos programadas unas vacaciones en Colima y tan solo esperamos que Rodrigo saliera del hospital en donde le practicaron una biopsia del riñón para irnos. Íbamos en el automóvil con un vaso de Gerber en donde él orinaba, pues si había trazas de sangre, teníamos que regresar de inmediato. Asimismo, fuimos a Veracruz, Guanajuato y los estados circunvencinos, siempre alertas. Cuando mi hermano Eduardo se estableció en el Popocatepetl, nuestros viajes hacia allá fueron constantes y Rodrigo en muchas ocasiones pasaba temporadas con su tío.
Cuando en 1994 regresamos a Nicaragua, abrigábamos la esperanza que tal vez Rodrigo podría escapar a la insuficiencia renal, pues a esas fechas, aparte de la hematuria que persistía, no había señales negativas en el funcionamiento de su riñón. No obstante, como dicen por ahí, no hay plazo que no se cumpla, cuando cursaba el quinto año de secundaria comenzó a manifestarse poco a poco la insuficiencia renal. Cuando esta avanzó, buscamos de nuevo en México un lugar en donde pudieran atenderlo y contar con una alternativa para su sobrevivencia. Fue en el Instituto Nacional de Cardiología de México donde tomaron su caso y tuvo la enorme suerte que su tío materno, Sergio, se ofreciera voluntariamente para donarle un riñón. Así fue que en 1999, cuando ya cursaba la carrera de Ingeniería Industrial en la UAM, Rodrigo tuvo su trasplante y una nueva oportunidad de vida, gracias al altruismo de su tío. Tuvo varias complicaciones después de la intervención que nos mantuvieron en vilo por algunas semanas, pues tuvieron que realizarse dos operaciones adicionales.
Rodrigo siempre tuvo un afecto especial por su tío Sergio y no se cansaba de agradecerle por el bello gesto que tuvo para con él. Sin embargo, hace algunos años, su tío parece que fue inoculado con el veneno de algún reptil ponzoñoso que lo cambió radicalmente y dejó a Rodrigo con sus manos llenas de cariño y agradecimiento, sin saber qué hacer.
Cuando fue dado de alta, Rodrigo regresó para incorporarse de nuevo a sus estudios y finalizar su carrera. Para ese tiempo comenzó a salir con una compañera de estudios que no nos causaba ninguna gracia, pues se notaba poca sinceridad en su actuar. Sin embargo, se respetó su decisión y de repente una mañana se presentó con ella a mi oficina a notificarme de su embarazo. Se le ofreció toda la ayuda para la criatura, siempre y cuando cada quien siguiera en su casa, a fin de conjurar cualquier conspiración. Fue entonces que Rodrigo me convirtió en abuelo, con una linda niña llamada Nadya Cecilia que vino a traer la felicidad a la familia y a Rodrigo en especial
Con el tiempo se independizaron y luego llegó una segunda nieta, Isabella Sophía, que vino a completar la dicha de Rodrigo, pues esas niñas se convirtieron en el sol de su existencia. Si la vida le había sido adversa con su enfermedad, visitando hospitales a lo largo de su vida, padeciendo los malestares del medicamento que lo mantenía vivo, pero con terribles efectos secundarios que incluían duras pesadillas que no lo dejaban dormir en paz, sin embargo, la existencia de esas niñas le trajeron una felicidad que recompensaba todo su dolor. Se dedicaba en cuerpo y alma a sus hijas, las bañaba, las vestía, les daba de comer, las paseaba, en fin, eran prácticamente la luz de sus ojos.
En los últimos años, su riñón empezó a dar muestras de cierto deterioro y fue necesario un mayor seguimiento a su salud, sin embargo, él se resistía a cambiar aquella vida “normal” que había forjado junto a su familia. No contaba con que al ver su situación, la persona de quien menos lo esperaba, le habría de jugar una traición, pero no contenta con engañarlo, lo humilló al extremo para posteriormente injuriarlo y calumniarlo de vil manera.
A finales de mayo Rodrigo se presentó en la casa, pidiéndome que lo dejara regresar, pues prácticamente lo habían desechado, como a una botella vacía y con sus pertenencias en cajas regresó a su hogar, el verdadero, en donde se le quería y apoyaba incondicionalmente. Fueron semanas en que volvimos a encontrar a aquel Rodrigo de antes, noble, servicial, atento, de tal forma que cuando a inicios de julio tuvo que viajar a México a su revisión, extrañamos su ausencia.
A su regreso, las cosas para él empeoraron, al darse cuenta que alguien de quien esperaba solidaridad, había caído a los extremos más aborrecibles, de tal forma que su organismo empezó a colapsar y las crisis se presentaron en diferentes frentes. Por casi un mes, luchamos junto a él, día y noche, con el apoyo de los mejores médicos a fin de restaurarle la salud, sin embargo, era tal su deterioro que se lograba superar una crisis y aparecía otra. Solo el cariño a sus hijas le daba fuerzas para seguir luchando. Cuando todo parecía resolverse y que en breve sería dado de alta, una trombosis lo emboscó y terminó con su vida.
En ese período se presentaron varios episodios en los que los médicos creían que lo perdían y en una de esas últimas ocasiones, el médico nos recomendó que pasáramos para verlo por última vez. Pasé yo primero y le tomé la mano y él recogiendo fuerzas me dijo que me acercara. Me dio un temor absoluto, pues creí que me haría algún reclamo o reproche, pero al acercarme, haciendo un esfuerzo sobrehumano, con sus brazos deshechos por las agujas, me abrazó fuerte y me dijo: “Te quiero, papá”. Sentí que las piernas me temblaban y sacando la voz del fondo de mi corazón le pregunté: “¿Sabes que te he querido toda la vida, con toda mi alma?” y él alcanzó a decirme: “Sí, papá”. No pude más y salí para darle la oportunidad que se despidiera, de la misma manera, de su mamá.
A pesar que siempre fuimos conscientes de que Rodrigo caminaba en la cuerda floja, nunca se está debidamente preparado para un golpe de esa magnitud. Su ausencia nos deja un dolor que no es posible mitigar. Es cierto que la familia (la buena) estuvo siempre a nuestro lado, así como entrañables amigos y sin el apoyo y el consuelo brindado por sus cariñosas manifestaciones ya hubiésemos colapsado, sin embargo, es imposible dejar de sentir tan inmenso dolor. Muchos dicen que Rodrigo ya está con el Padre Celestial, pero yo no me resigno, yo quisiera que siguiera aquí con su padre terrenal, imperfecto, limitado, tal vez, pero que lo quiso con un amor infinito cada instante de su vida, lo protegió siempre, nunca le falló, cuando lo necesitaba siempre estaba pronto para ayudarlo, nunca necesito un ruego, toda la vida le dio lo mejor que pudo y sin vacilar, se hubiera cambiado en su lugar y muerto, para que él siguiera disfrutando a sus hijas.
Ahora tengo de frente la titánica tarea de hacerme la idea que para visitarlo tengo que ir al cementerio, con una flor tal vez y acercarme a su tumba y con el perdón de muchos, no diré una oración. Le cantaré quedito, como hace muchos años, con todo mi cariño: Duerme, duerme negrito.

