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Mucho se ha analizado la idiosincrasia del nicaragüense; se ha hecho en serio, en broma, así como medio en broma y medio en serio y todos concluyen en que es algo sumamente contradictorio y complejo. Más que intentar realizar un tratado sobre este tema, quisiera centrarme en aquellos rasgos de la idiosincrasia del nicaragüense que inciden en nuestro cuestionamiento central de por qué el país es tan pobre. De esta manera, un tanto injustamente tal vez, haría a un lado todas aquellas cualidades que caracterizan a la población nicaragüense pero que desafortunadamente no han sido suficientes para contrarrestar los vicios y superar el subdesarrollo.
Para empezar, tal vez podría sernos de cierta utilidad la famosa fábula de los cangrejos nicaragüenses, sobre la cual escribí un post llamado Los crustáceos pinoleros. Esta fábula relata que un comerciante de Florida que importaba cangrejos de Centroamérica estaba mostrando su mercadería a un cliente y lo llevó donde habían cinco barriles con cangrejos. Todos los barriles tenían tapa a excepción de uno. El cliente le preguntó por qué no tenía tapa y el importador le explicó que ese era el barril de los cangrejos nicas y no tenía tapa pues no había posibilidad que esos animales se salieran; pues cuando uno de ellos comenzaba a ascender para alcanzar la parte superior, los otros cangrejos se encargaban de bajarlo. Aunque nos duela admitirlo, esta fábula tiene una alta dosis de verdad, pues la envidia es un elemento omnipresente en nuestra vida diaria y si fuera tiña, ya todos estaríamos desde hace rato contagiados.
Pero la fábula tal vez no terminaría ahí, pues las interacciones entre los cangrejos ocurren en diferentes sentidos. Dentro de lo anterior destaca una faceta que es tal vez la más maléfica y que ilustra aquel viejo dicho: “No hay nada peor que poner a un indio a repartir chicha”, respecto al cual habría que aclarar que es discriminatorio, pues en la realidad esto es válido para todos sin excepción, no importa si el sujeto es chelito de ojos azules. Puesto de otra manera, con un poquito que ascienda una persona, por muy pequeña que sea la dosis de poder que se le asigne, experimenta una extraña transfiguración que lo lleva a reaccionar de manera insospechada, convirtiéndose en un prepotente que luego pasa a déspota y en la mayoría de los casos termina siendo un corrupto.
Esta transformación se observa en todos los ámbitos de la vida nacional, desde un CPF que recibe un arma y la misión de cuidar una entrada hasta quien ostenta, por cualquier medio, el mandato supremo del país. Encontrándose, desde luego, los casos más patéticos en el servicio público.
El Estado es la organización social y política que tiene la responsabilidad de asegurar el bienestar de toda la sociedad, por lo tanto habría sido su tarea el conducir el desarrollo de los nicaragüenses en concordancia con los recursos naturales y su potencialidad. El Estado a su vez, está compuesto por una clase política que refleja, supuestamente, todas las tendencias ideológicas de la mayoría de los ciudadanos.
A partir de su vida republicana, Nicaragua ha visto una transformación negativa en la actitud de los servidores públicos. De tantas actitudes, en un inicio aisladas, de prepotencia, abuso y corrupción, pareciera que se ha provocado un arraigo en la naturaleza propia del nicaragüense, observándose actualmente una generalización de esta actitud en toda persona que por designación popular o por dedocracia, se le ha puesto a “repartir chicha”, llegando a extremos en donde la desvergüenza es un elemento adicional.
El gran pensador cubano José Martí dijo en cierta ocasión: “La Patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella”, sentando las bases de lo que debiera ser, indefectiblemente, el servicio público; sin embargo, pareciera que nuestros políticos, independientemente de su ideología, la han tomado al revés.
Si se considera que, con sus honrosas excepciones, la gran mayoría de los políticos nicaragüenses de todas las épocas han caído en el vicio de servirse de la Patria, podríamos establecer sin temor a equivocarnos que es algo arraigado en los genes del nicaragüense, porque no importa su ideología ni sus convicciones, al momento de ingresar al servicio público, una fuerza más grande que ellos que salta de su propia naturaleza, les hace tergiversar sus ideales y en el peor de los casos, desenmascarar sus ambiciones personales.
Con los recursos naturales con que cuenta Nicaragua, mediante una administración pública honrada y eficiente, en donde mediante el sacrificio de los servidores públicos se logre ejecutar una política coherente para el desarrollo social, es muy probable que la pobreza disminuya sustancialmente y aunque sería un sueño convertirnos en una potencia mundial, por lo menos todos los nicaragüenses tendrían la vida digna que se merecen. Pero la historia nos ha demostrado que los esfuerzos por conseguirlo se han visto reducidos por estas actitudes de servirse de la patria y en los casos en que exista un asomo de mejoría, sobra alguien que se encarga de boicotearla. Complicados los cangrejos.
Si tiene algún asomo de duda respecto a lo anterior, simplemente observe al órgano que supuestamente representa a todos los nicaragüenses: la Asamblea Nacional. Encontrar un diputado, de cualquier partido, que tenga criterio propio, es como hallar una aguja en un pajar, pues los que no tienen el cuello más flexible que el Hombre Elástico, se venden al mejor postor con la mayor desvergüenza. No hay uno sólo que se levante en cada sesión y a todo pulmón grite que la Patria no es el juguete de unos cuantos tercos o que en protesta por las atrocidades que ahí se cometen, en pleno hemiciclo se rocíe de gasolina y se pegue fuego. Podría confiarse acaso en una Corte Suprema de Justicia que decreta que la Constitución Política de Nicaragua es inconstitucional, aberración que equivale a decir que Dios es ateo. Sentirían acaso que su voto será respetado si lo va a contar un Consejo Supremo Electoral que está presidido por un sujeto cuya reputación está más deteriorada que la de Gadafi.
Es tan grave nuestra situación que en el imaginario caso que mediante una milagro de Sor María Romero desaparecieran todos los partidos políticos con la totalidad de sus miembros y el aparato estatal se sustituyera por ciudadanos sin ninguna militancia política y con grandes cualidades y virtudes, no pasaría mucho tiempo sin que estos probos paisanos sufrieran una transformación que tarde o temprano los llevaría a repetir los mismos vicios que actualmente aquejan a nuestra clase política. El caso aquí no es encontrar a alguien libre de pecado que tire la primera piedra, sino encontrar a aquel que en los zapatos del indiciado, pueda estar libre de la tentación de caer en sus mismos vicios.
Así pues, para que Nicaragua logre romper el círculo vicioso que lo tiene sumido en esta vergonzosa pobreza, se necesita un nicaragüense nuevo, que entienda que la Patria es primero y que esté dispuesto a sacrificarse con tal de que sus conciudadanos puedan llevar una vida digna.
