Un cuento de Navidad
Salió del consultorio y atravesó la enorme sala de espera de la consulta externa del hospital. Discretos adornos señalaban la época y la sala lucía desierta, panorama propio de un 24 de diciembre cuando muy pocos galenos programaban consultas por la tarde.
Ingresó en el elevador y al cerrarse la puerta respiró profundamente; luego con un paso cansado salió al estacionamiento a buscar su vehículo. Antes de arrancar la ignición se detuvo un momento a leer la epicrisis que le entregó el médico. Un nuevo síndrome descubierto por un médico japonés… el desbalance en la producción de la serotonina debido a imposibilidad del organismo de procesar correctamente el triptófano… una situación que afectaba con mayor severidad a las personas del sexo femenino… Ahora, una serie de desórdenes poco a poco venían a tener sentido.
Su comportamiento obsesivo que en algunos casos parecía rayar en la esquizofrenia; el apetito desmedido, acompañado de aquella constante necesidad de azúcar que la mantenían por décadas en una constante lucha contra la báscula; el funcionamiento alocado de su rutina de sueño; su incapacidad de generar sentimientos de afecto; la exagerada visceralidad y agresividad de su comportamiento; sus constantes migrañas. Todos ellos de repente venían a calzar, como la combinación de una caja fuerte al llegar la última vuelta y hacer el clic que anuncia que puede abrirse. De esa manera se abrió una caja de pandora, con una serie de sensaciones que no terminaban de tener sentido.
Mientras conducía de regreso a casa, peleando mentalmente con el resto de conductores en un denso tráfico, llegaba a la médula de su condición. Ya no se trataba más de un eje de egocentrismo, sobre el cual giraba el desprecio que sentía por sus semejantes. No era su condición de superioridad que la hacía reaccionar abrupta y violentamente. Tampoco era su privilegiada memoria que la hacía rumiar incesantemente su rencor hacia sus adversarios. Ni siquiera el estrés que la acosaba constantemente era producto de su agitada vida profesional. Era desilusionante que su desmedido apetito no se debiera a su carácter de sibarita. Todo era una vulgar reacción química, un accidente genético que la había diseñado de esa manera. Al final de cuentas no había tenido la menor participación forjando su carácter, sino que su destino había sido trazado mucho antes de tener uso de razón por un capricho de la bioquímica. Aquel sentimiento de poder que le daba la conciencia de anidar la maldad en su corazón, ahora dejaba de tener sentido y en su interior sólo se reflejaban los efectos de un síndrome.
Ya en su casa, se dirigió directamente hacia la cocina, en donde le prendió fuego al documento que le había entregado el médico, tirándolo al pantry para que ahí terminara de arder aquel malhadado diagnóstico. Se fue a la sala, se sentó y con el reflejo multicolor de las luces de un enorme árbol de navidad, rompió a llorar. De repente, toda su vida empezó a desfilar en su mente, tal como decían que sucedía a quienes tienen la plena conciencia de que van a morir en instantes. Una vida en donde el pan nuestro de cada día fue el odio, el rencor, la discordia, la cizaña esparcida y en donde nadie prácticamente se había escapado. Ni sus padres, ni sus hermanos, ni sus hijos, mucho menos su marido, quien vivió sus últimos años con la pesadumbre de una compañera que deseaba fervientemente que se fuera de este mundo.
Todas aquellas relaciones rotas en miles de pedazos, lejos de provocar el menor indicio de remordimiento, constituían trofeos que guardaba en una repisa de su corazón, no obstante ahora, el síndrome se erguía como un gigantesco atenuante que rasgaba su orgullo. Su soledad, que en los últimos años portó como una Cruz Púrpura, ahora tenía un peso específico diferente en su vida. El papel de víctima, simplemente no iba con ella.
Después de un par de horas de aquel ejercicio, se empezó a alistar con toda calma para asistir a la Misa del Gallo, único contacto que tendría esa noche con el mundo exterior y a la cual nunca había faltado desde que tenía memoria. Se vistió de negro, para resaltar su viudez, con un collar de perlas que fue de su madre y que en una ocasión prácticamente le había arrancado de sus manos.
En la iglesia buscó un lugar discreto, en la esquina posterior derecha, donde creyó no se encontraría a nadie conocido. Durante todo el oficio su mente continuaba vagando a través de aquellos episodios en donde el síndrome había hecho de las suyas y los villancicos que entonaba un coro juvenil, tan sólo servían de marco para recordar aquellas navidades que siempre terminaron en algún desaguisado. Cuando después del Padrenuestro llegó el momento del abrazo de la paz, extendió su mano fríamente a los desconocidos que estaban en la banca de adelante, luego se volvió hacia la banca de atrás y vio que en ella se encontraba Vianny Arauz, con su familia. Ella era la gerente de la empresa con quien tuvo una fuerte y agria disputa. La gerente le dijo mirándola fijamente a los ojos: – La paz sea contigo y ella no tuvo más remedio que mascullar la misma frase, mientras sentía que un reflujo le llegaba hasta el esófago. De pronto una fuerza ajena a su persona la llevó a corresponder a aquella mujer con un abrazo completo al que agregó una prolongada sobada de espalda. Saludó menos efusivamente a la familia de Vianny y regresó a su lugar.
Al llegar el momento de la comunión sintió un impulso para levantarse y recibir la eucaristía, sin embargo, un profundo ardor recorría el tramo del esófago al estómago y tuvo miedo, quedándose el resto del oficio con los ojos cerrados. Cuando al final el coro concluyó su interpretación de Noche de paz, el sacerdote despidió a los fieles repitiendo el inicio del himno litúrgico: -Gloria a Dios en el cielo y ella recordó el verso que por mucho tiempo le daba continuación: -y en la tierra Paz a los hombres de buena voluntad. Ahí, volvió a sentir un clic. Esa era la clave: Buena Voluntad. Lo que la había impulsado a abrazar tan efusivamente a Vianny no era otra cosa que Buena Voluntad. En el corto trayecto de la iglesia a su casa volvió a repetirse: Buena Voluntad, eso es.
Llegó a su casa y empezó a preparar su cena navideña unipersonal, calentando en el horno un pollo rostizado que había comprado por la mañana y que con media libra de relleno, ensalada de papas, pan y un Pío V de la Sampson serían suficientes. Sacó de la refrigeradora una botella de vino blanco y se sirvió una copa. La levantó ceremoniosamente y dijo: – Por la Buena Voluntad. No había terminado de decirlo cuando el gallo del vecino lanzó un sonoro: kikirikiiiiiiii.
Se asomó por la ventana y exclamó: -Gallo hijueputa.
