Cuento para la Víspera de Todos los Santos
Orlando Ortega Reyes
Pochi vediamo come siamo,
ma tutti vedono quello que
fingiamo di essere
Machiavelli
Es la noche del 31 de octubre y en la ciudad de Managua son las ocho de la noche. Una fuerte masa de nubosidad se cierne sobre la capital, magnificando la oscuridad que prevalece en muchos sectores. El tráfico citadino ha disminuido considerablemente y de pronto se siente que un intenso silencio se extiende por toda la ciudad, interrumpido sólo por el escaso tráfico y el sonido que emana de miles de televisores que fervorosamente son observados por la mayoría de la población que no quiere perderse los detalles de la telenovela de moda.
Por la calle principal de Altamira, un sedán circula a velocidad moderada hacia el sur y en cierta calle por la esquina de SINSA hace un giro hacia la izquierda, adentrándose en lo que se conoce como Bosques de Altamira. Al llegar por el rumbo del Polideportivo España y la UCC, dobla hacia el norte en una pequeña colonia que parece ser parte del barrio Isaías Gómez. El vehículo llega hasta un punto intermedio de la calle y se detiene. La puerta del conductor se abre y aparece una mujer que desciende del automóvil. Cierra firmemente la puerta y con el llavero asegura la puerta, escuchando el pitido que avisa que la alarma está puesta.
En la oscuridad de la calle, la mujer no puede distinguirse claramente, sin embargo, su silueta acusa a una mujer madura, resaltada por una incipiente escoliosis. Su vestimenta, bastante formal para caminar por esos lugares, se antoja más para una ejecutiva de algún banco, que para una residente de ese sector. Su cabello que ya esconde una considerable cantidad de canas, está cuidadosamente arreglado y mantenido con mucha dificultad mediante costosos tratamientos. No lleva joyas, aparentemente por precaución.
La mujer atraviesa la calle y toma un callejoncito en donde no pueden penetrar automóviles. Avanza por la estrecha senda con determinación y seguridad, como si viviera ahí y en donde un extraño caminaría con una fuerte dosis de temor, volteando a todos lados a cada instante. Después de unos treinta metros, se encuentra un pequeño establecimiento que tiene un rótulo de Panadol que dice: Farmacia Gómez. No es posible entrar al local, pues la dependienta despacha a través de una reja metálica, para proteger al negocio de cualquier asalto. La mujer saluda entre dientes y de su cartera saca un papel doblado que extiende a la dependienta de la farmacia. Esta lo lee y sin decir palabra se mete a la trastienda de donde al rato sale con un pequeño frasco marrón oscuro que entrega a la mujer, quien abre su cartera, lo mete y saca un par de billetes que entrega a la dependienta. Se despide entre dientes y emprende el regreso hacia su vehículo.
Está muy cerca de abandonar el callejón, cuando de la boca calle aparece una sombra que se mueve lentamente hacia ella. Cuando la sombra se ha acercado lo suficiente, la mujer observa que unos brazos se extienden y dejan ver una figura realmente macabra. En medio de una enorme capa negra con ribetes rojos, resalta el rostro desfigurado de una anciana. Tiene unos largos cabellos entre canosos y sucios, una piel apergaminada, nariz encorvada con verrugas y de la boca sobresalen los remanentes retorcidos de lo que fue su dentadura. De pronto empieza a emitir un sonido agudo, como de gata en celo y se abalanza sobre la mujer.
Al mirar el rostro de la vieja, la mujer no se inmuta y se limita a mirarla fijamente. Cuando la vieja se arroja sobre ella, realiza un giro impresionante para su edad, de tal forma que rodea la trayectoria de la vieja que pierde el equilibrio y cae al suelo. La mujer aprovecha para aligerar el paso y se encuentra ya en la calle en donde dejó su vehículo, mientras voltea y de reojo mira cómo la vieja se ha incorporado y se dirige nuevamente hacia ella.
La mujer cruza presurosamente la calle, pero en lugar de dirigirse a su vehículo se introduce a un predio vacío que está al otro lado de la calle. Ahí está más oscuro y a duras penas puede verse, sin embargo, la mujer avanza presurosamente hacia el fondo del predio. La anciana parece conocer muy bien el predio, bordea a la mujer y con una rapidez impresionante sale a su encuentro más adelante, emitiendo el sonido de gata y agitando los brazos para que la capa le otorgue una imagen más tenebrosa. Sin saber cómo, de repente la anciana siente que una fuerza descomunal la derriba al suelo y cuando se da cuenta, la mujer está encima de ella. La mujer tira con fuerza del rostro inmutable de la anciana y arranca una máscara que lo cubre, dejando al descubierto la cara de un muchacho. Tendrá a lo sumo unos quince años, sus ojos se encuentran desorbitados y su quijada desgajada del terror. La mujer cuyo rostro ahora dibuja un rictus, se acerca y detrás de sus gruesos lentes de diseñador sus ojos parecen dos tizones encendidos y de pronto su boca abierta comienza a realizar una fuerte aspiración que pareciera ser producida por una máquina, mientras el muchacho que no consigue cerrar su boca, siente que algo muy dentro de él lo está abandonando y lo último que queda en su mente es un delicioso aroma que emana de la mujer.
Cuando termina de aspirar, la mujer levanta la cabeza hacia el cielo y emite una jerigonza ininteligible, luego se incorpora de un salto, recoge su cartera y camina hacia el automóvil. En el silencio de la noche se escucha el pitido doble de la alarma que indica que el vehículo ha sido desenllavado, la mujer sube tranquilamente, cierra la puerta y al momento en que el motor arranca, del interior del automóvil se escucha una risa estridente, parecida a la de Vincent Price al final de Thriller.
El automóvil gira a la izquierda para buscar la Radial Santo Domingo y con marcha serena poco a poco se va perdiendo en la oscuridad de la noche. Mientras tanto, en el predio vacío el muchacho permanece inmóvil, con los ojos desorbitados y un leve temblor en sus manos. Ha sido encontrado al día siguiente por un vecino que transitaba cerca del predio. Se llama Joel y la noche anterior estrenaba un disfraz de bruja que su tía Amelia le envió de Miami en ocasión de Halloween y debido a que no hubo ninguna fiesta de disfraces, optó por salir a la calle a buscar a quien asustar.
Los médicos del hospital no han podido determinar las causas del estado de shock del muchacho, pues las tomografías, electroencefalogramas y resonancias magnéticas no arrojan ninguna anormalidad.

Cuando niña, hace medio siglo, los mayores se reunían a contar cuentos de ceguas, hombres sin cabeza, etc., a mí me mandaban a acostarme pero yo los escuchaba, me cubría de pies a cabeza y me quedaba quietecita..
Actualmente la vida real asusta más que los cuentos
Muy buena historia.
Salud♥s
Un exquisito relato muy propio de estas épocas pero con el estilo inconfundible de tu letra. Maravilloso.
Como quien dice: Las apariencias engañan. Bonito cuento que da fe de que en cualquier patio canta.
Excelente cuento. Feliz día