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Aprendí a hablar en un mundo que más de medio siglo después, se me antoja insólito e incluso mágico.  Era el mundo de los abuelos, de la tía abuela, de las tías, de sus amistades, que en cierta forma le hacían contrapeso al esfuerzo de mis padres por procurar un ambiente de modernidad en el que pudiera crecer al ritmo de los tiempos que vivíamos.

En una época en que los niños no tenían derecho a preguntar, el esfuerzo por conocer el mundo que nos rodeaba y en especial por aprender a comunicarnos era una jornada cuesta arriba.  Mucha de la interpretación de las cosas la realizaba adivinando, como el ciego que a fuerza de golpes va conociendo su entorno y que resuelve lo que sus otros sentidos llegan a alcanzar y lo trasmiten a su imaginación.  Así le asignaba a las palabras nuevas que iba absorbiendo, un significado asociado al color, sabor o aroma que me provocaban.

Así pues mi comunicación era en una mayor proporción conmigo mismo o con un amigo imaginario que entendía a la perfección todo lo que yo quería comunicarle.  El hablar con los demás, en especial con los adultos era un ejercicio lleno de temor, por la interpretación que pudieran tener mis palabras, acuñadas en mi mente bajo la fértil imaginación de un niño.  De la misma forma, el seguir instrucciones era una tarea titánica, tratando de adivinar el resultado final que se esperaba.

Hoy, cincuenta y cinco años después, más o menos, he logrado dominar el lenguaje, si bien no a la perfección, pero al menos he realizado un gran esfuerzo a través de la lectura, del uso del diccionario, de la investigación, para tener una plena conciencia de que la riqueza de nuestro idioma está a nuestra disposición para realizar una comunicación plena y efectiva.

No obstante, después de tanto tiempo hay palabras y expresiones que todavía flotan en mi mente, como recuerdo de aquella época, muchas de ellas ya en desuso.

Recuerdo que cuando mi abuela estimaba que estaba traspasando los límites del comportamiento esperado de un niño, ya fuera a través de excesos en el juego o en no atender indicaciones al pie de la letra, entonces exclamaba: -Muchacho, tené cabida.  Llegué a comprender la intención de la expresión, más por el tono en que lo decía mi abuela, que por la comprensión de la misma, pues para mi, el concepto de “cabida” no tenía el menor sentido.  Ya ven que en el español nicaragüense el verbo caber no se utiliza y es sustituido por alcanzar, es más, son poquísimos quienes pueden conjugarlo de manera correcta.   Así pues la expresión no tenía cabida en mi mente y simplemente ante la exclamación de mi abuela, le bajaba el gas a mi comportamiento y ya.   Años después me di cuenta que dicha expresión es aceptada por la Real Academia de la Lengua y significa: Tener valimiento.  Lo cual en buen sanmarqueño es quedar “en las mismas y pior”.    Sin embargo, al investigar el vocablo valimiento, se encuentra en el DRAE entre otras acepciones: Privanza o aceptación particular que alguien tiene con otra persona, especialmente si es príncipe o superior.  En otras palabras, la expresión original quería decir que había que modificar el comportamiento para ganarse la aceptación del superior, en este caso, mi abuela.  Desde luego que en el siglo XXI ninguna abuela le dice a su nieto:  Tené cabida.

En esa época también era muy usual utilizar el vocablo “íngrimo” para resaltar que una persona se había quedado sola.  En realidad el DRAE lo acepta como regionalismo en América Central, Colombia, Ecuador y Venezuela: Solitario, abandonado, sin compañía.  Sin embargo, en aquellos tiempos, íngrimo me sonaba como si la soledad abarcara no solo la soledad física sino también el abandono total del alma, algo sumamente profundo.  Tal vez en algún pueblo todavía se utiliza este adjetivo, pero está casi en desuso.

Ahora el verbo alzar significaba levantar, sin embargo en aquellos tiempos había quienes lo utilizaban para expresar que habían recogido, guardado o escondido algo y a pesar que la Real Academia incluye esta acepción, es muy poca la gente que todavía le asigna ese significado.  Una derivación de este verbo se utilizaba sin embargo, en los años sesenta y setenta cuando alguien realizaba un desfalco o hurto, diciéndose que había hecho un “alce”.  Ahora se utiliza la terminología jurídica, aunque el acto es el mismo y más frecuente todavía.

Un par de epítetos que se utilizaban para designar a personas malandrinas o de mala calaña eran: Insópito y atorrante.  La primera no aparece en el DRAE, sin embargo estudiosos de Ovidio rescatan el vocablo y le asignan la acepción de desvelado, no dormido, inextinguible, los cuales no tienen nada que dar con el significado que solían darle.  Atorrante por su parte, nació en Argentina y quiere decir vago, holgazán, vagabundo y viene de los enormes tubos marca Torrance en donde algunos indigentes se refugiaban.

En latín “ilico” es un adverbio que significa inmediatamente, sin embargo, no sé por qué razón antes se le asignaba el significado de flaco (a) en extremo.  En la actualidad es más nice utilizar el vocablo anoréxico.

Cuando tenía que esperar el bus que me llevaba al Pedagógico de Diriamba, muy temprano en la mañana, mi abuela me decía:  Aligeráte y andá espiá al bus.  En ese tiempo todavía no salía a la luz James Bond, por lo tanto los espías eran los infiltrados en las líneas enemigas en las películas de la II Guerra Mundial, así que me imaginaba parado en la puerta con un casco, un rifle y un largavista (así se le decía a los binoculares).

En las películas debía de haber un “chavalo” que era el protagonista principal y un “malo” que era el que llevaba el papel contrario.  Ahora se habla del héroe, del protagonista y del antagonista o villano.  Era también obligado que el protagonista sobreviviera a todos los peligros del film y dejaba un mal sabor de boca cuando moría el “chavalo”.

A pesar de que el verbo figurar se refiere, según el DRAE en alguna de sus acepciones a imaginarse, fantasear, suponer algo que no se conoce, en ese tiempo se utilizaba para iniciar un relato, algo así como:  Date cuenta que… así se escuchaba decir:  Figurate que hoy miré a fulano o figurate que se me descompuso el carro.  En estos dorados tiempos, si alguien utiliza el figurate, provoca inmediatamente cierta desconfianza en su interlocutor.

El verbo apercollar significa agarrar a alguien por el cuello, sin embargo, antes se utilizaba para expresar un abrazo muy apretado y se refería casi siempre a una pareja de novios a quien se le miraba apercollada o bien la pasividad de la novia a quien tenían bien apercollada.  Así mismo se utilizaba el verbo “jalar” derivado de “halar” y que según el DRAE significa en estos lugares, mantener relaciones amorosas, aunque en la actualidad casi nadie utiliza este verbo y se limitan a mantener cierta indefinición con el verbo “andar” sin especificar qué.  Sinceramente no sé como dicen ahora, pero antes se utilizaba el verbo “prensar” para expresar la acción de besarse en la boca.

Julepe es según el DRAE además un juego de naipes y una bebida alcohólica, el esfuerzo o trabajo excesivo de alguien o bien el desgaste o uso excesivo de algo y en este tenor se utilizaba la expresión “meter julepe” cuando alguien presionaba insistentemente a otra persona para conseguir algo.

Para evitar el verbo tan castizo “cagar” considerado en extremo vulgar o caer en la gilipollez como dicen los españoles al decir “pupusear” se utilizaba de manera común “obrar”, derivándose “obradera” como sinónimo de diarrea.  Para quienes por primera vez leíamos la historia sagrada se nos hacía algo inconcebible encontrar los pasajes que decían que a partir de los treinta años Jesús inició su vida pública predicando y obrando milagros.

Cuando no existían las maletas Samsonite ni Louis Vuitton, la gente echaba sus desgracias en una manta o colcha y amarraba los extremos convirtiéndose en lo que se llamaba “motete” que es aceptado por la Real Academia como lío de ropa o envoltorio y que antes también se extendía a un bulto que sobresalía de la ropa, por ejemplo por echarse objetos grandes en la bolsa del pantalón.

Mi abuelo no decía nunca una palabra mal sonante y no permitía que en su presencia se profiriera alguna.  Sus excesos consistían en emplear ciertas interjecciones como:  jobero, chófiro, a la púchica, chocho, a la flauta, a la viuda, o bien exclamaciones como andate a la porra, muchacho de porra.   En estos tiempos en que se utilizan las más grandes procacidades, es muy extraño escuchar aquellas exclamaciones, salvo tal vez mi amigo Silvio De Franco que es muy aficionado a mantener vivas estas interjecciones.

En fin, podría hacerse un verdadero tratado de todas aquellas palabras y expresiones que ya pasaron al desuso y que solamente quienes vivimos en aquellos tiempos, de vez en cuando las sacamos del cofre de los recuerdos y muchas veces nos encuentran riéndonos solos por culpa de ellas.