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Cuento. Orlando Ortega Reyes
Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges
De pronto, como regresando de un sueño profundo recobró la conciencia y se enfrentó a lo desconocido. Una calle que se antojaba interminable, con casas a ambos lados que parecían ser de un país extranjero y al fondo una terrible inmensidad como la que provocan los bosques. Poco a poco la angustia le fue invadiendo como perfundida por sus venas. Quiso gritar pero su garganta no le obedecía y permaneció así, impasible por un rato que le pareció una eternidad. De repente, sintió una mano que amistosamente le tomaba del brazo y lo condujo por la calle. Se resistió inicialmente, pero la sonrisa de la señora le infundió confianza y se dejó llevar. Doblaron la esquina y una calle más adelante se detuvieron en una casa en donde la señora que lo llevaba tocó la puerta. Salió una mujer que asustada agradeció a la señora y lo condujo al interior de la casa.
Miró fijamente a la mujer y de su boca quiso salir una palabra, un nombre, sin embargo, como un pez resbaladizo se le escapaba. Sabía que aquel rostro se reflejaba directamente en su alma, pero encima, como una marca de agua resaltaba el “Quién”. La casa dejaba de ser el sujeto indeterminado y se convertía en el sinónimo de hogar, pero los rincones y los muebles se empeñaban en mostrarse nuevos ante sus ojos.
La mujer seguía regañándolo, pero él ya había aprendido una de las pocas ventajas de su nueva condición, oír sin escuchar. Luego lo condujo hasta un rincón de la casa en donde había un sillón y un pequeño librero. Se sentó para recobrar el aliento después de su aventura. Comenzó a recorrer el librero y a descubrir nombres e ilustraciones, nuevas para él. Miró en un extremo del librero un reproductor de discos compactos y empezó a acariciarlo con sus dedos, observando felizmente que no era tan desconocido pues sin ninguna vacilación lo encendió. Luego entusiasmado buscó un disco entre una hilera que ocupaba el tramo superior en el librero y sacó uno que sin identificarlo, sintió que tenía un significado especial. Abrió el compartimento, sacó el disco, lo colocó y volvió a cerrar la tapa y sin pensarlo pulsó la tecla con las dos flechitas hasta que en la pantalla apareció el número nueve y pulsó “play”.
Las primeras notas de la canción pasaron directo a su corazón y súbitamente sintió que se le encogía. Luego de sus labios logró salir una sola palabra: Papá. Sintió que un aroma inundaba su ser, era el olor del desodorante Menen que sentía cuando su padre estaba acostado, descansando y él llegaba a acurrucarse debajo de su brazo y respiraba al compás del pecho de su padre que plácidamente subía y bajaba, mientras sentía aquel aroma a cercanía, a protección. A medida que avanzaba la canción, las imágenes fueron inundando su mente regresándole un poco de aquella felicidad de recordar, hasta llegar a una imagen tan vívida de un niño que sigilosamente entraba a una habitación, con un reproductor portátil, buscando la canción número nueve y apretando play y mientras la canción llenaba la habitación se acercaba hasta su padre y le entregaba un regalo, mientras a su lado sonreía la mujer que ahora, con una expresión grave, todavía balbuceaba regaños por la sala. Y así con la canción aparecieron tantas promesas cumplidas y no cumplidas, promesas de hijo, promesas de padre, hasta que terminó la canción. Luego sintió que el sueño estaba a punto de vencerlo y con las pocas fuerzas que tenía, retrocedió con las dos flechitas nuevamente hacia el número nueve y volvió a escuchar la canción. Un leve aroma a desodorante Menen le hizo sentir un pecho que lentamente subía y bajaba y cayó en un sueño profundo, mientras el grupo Timbiriche volvía a interpretar con sus voces infantiles: Hoy tengo que decirte, papá, que el tiempo nada cambiará, estaremos siempre juntos, todo el tiempo sin parar. Hoy tengo que decirte, papá, te quiero más que a nadie y cuando estoy a tu lado, todo el miedo se me va…
Grupo Timbiriche: Hoy tengo que decirte, papá

Creemos erróneamente que el Alzheimer es la enfermedad de nuestro tiempo, pero es triste descubrir que tiene mayor incidencia la ingratitud. Muy bonito cuento.
Hoy tengo que decirte papá, felicidades en su día. Gracias a Dios tengo a mi padre aun vivo y yo lo soy desde hace 9 años, gracias a dos criaturitas bellas. Hoy tengo que decirte maestro, papa, amigo, bloguero, sabio, suertudo… por los hijos que te tocaron y porque ellos te tienen a ti como padre.
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Hola, felicitaciones por la magistral descripción de la que hacés uso en esta historia tan conmovedora.
Un fuerte abraz♥
Leí su cuento un poco a destiempo, sin embargo, la emotividad persiste. Un relato muy bien ejecutado que nos muestra esa faceta que la tenía bien escondida. Felicidades.
Le tengo una gran devoción a mi padre que ha sido todo para mí y buscando expresiones a favor de esta figura en el Día del Padre me encontré con su cuento. Me gustó mucho la forma en que abordó la relación padre/hijo, muy en el contexto actual, aunque con una canción de los ochenta. Lo que me dejó una gran inquietud fue la ilustración que usó al inicio del cuento, pues no logré encontrar el conectivo entre ellos. Gracias por representar a tantos hijos que agradecen a la figura paterna.
Gracias a todos por sus comentarios. Con relación a la inquietud de la Sra. Osorno respecto a la ilustración que utilicé al inicio del cuento, debo de confesar que me pareció muy pertinente resaltar esa paradoja que muestra Miguel Angel en su fresco sobre el Diluvio que adorna la Capilla Sixtina. Por un lado el Padre Creador, arrepentido de su obra, tranquilamente la destruye con un diluvio universal y por el otro, un padre biológico ya en su vejez y que a pesar de su edad, trata de salvarle la vida a su hijo en plena juventud. Ese esfuerzo sobrehumano que refleja la actitud del padre tratando de salvar, tal vez en vano, la vida de su hijo, representa la verdadera misión de un progenitor.
Poeta, te luces cimo siempre, describiendo una enfermedad, que para muchas personas es una tragedia. Un fuerte abrazo.