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Sería allá por 1963 ó 1964 que las radiodifusoras de Nicaragua comenzaron a tocar un tema que vertiginosamente se colocó en los primeros lugares de audiencia. El éxito de ese tema se debía a varios ingredientes. En primer lugar, lo interpretaban Los Solistas del Terraza, una agrupación musical nicaragüense que ya había alcanzado fama a nivel nacional con sus primeros éxitos, en donde resaltaba la inigualable voz de Adilia Méndez; en segundo lugar era un tema compuesto en un ritmo alegre como es la guaracha, que todavía tenía una gran aceptación entre el público nicaragüense y en tercer lugar porque la canción hablaba de un lugar de veraneo muy apreciado por la población capitalina: Pochomil. En efecto, la canción tenía el sugestivo nombre Luna de miel en Pochomil y su letra, a pesar de no tener la profundidad que podría tener una canción de Mejía Godoy, tenía frases que cautivaron a la audiencia nacional como “Allí te espera mi barca, sin brújula y sin remos” o bien el coro “Y estando tan solita, qué me puede suceder, bañada por las olas ya tú eres mi mujer”, a tal punto que es muy probable que muchos de los nacimientos de esa época se hayan fraguado al calor de esta sugestiva canción. El autor de ese tema es William Bendeck y en la promoción del disco, sólo se manejaba como intérprete a Los Solistas del Terraza.
Fue mucho tiempo después que me di cuenta que el intérprete de Luna de miel en Pochomil era el cantante de origen colombiano César Andrade. Conocí a ese cantante en la televisión, en aquellos programas que bajo diferentes denominaciones manejaron en la década de los sesenta Luis Méndez y Gustavo Latino, en especial Cafetín Musical que patrocinaba el Café Presto. Uno de los invitados frecuentes de los programas de ese dueto era el pianista y director Raúl Traña Ocampo, quien llevaba a varios cantantes para la interpretación de los temas, en su mayoría boleros y canciones tropicales, destacando una muchacha llamada Sandra Selva y César Andrade.
Cuando ingresé a la universidad a finales de la década de los sesenta, César Andrade ya había cobrado cierta fama, se había separado de Raúl Traña Ocampo y cantaba en varios centros nocturnos de Managua, como El Tropicana, El Gran Hotel, El Kalara, que quedaba en las inmediaciones de El Carmen. Para ser sincero, nunca pude asistir a uno de esos centros, por razones estrictamente financieras, pues mi presupuesto para el rubro de esparcimiento apenas me alcanzaba para una entrada a la gayola del cine Luciérnaga. Sin embargo, lo escuché en vivo en una fiesta realizada en el Town Club de San Marcos, en donde la orquesta, que no recuerdo su nombre, llevaba como cantantes estelares a César Andrade y a la popular Sadia Silú. Así mismo, cuando viví en el sector del Oriental en Managua, de vez en cuando me lo encontraba en la calle, a veces a pie, a veces en bicicleta, en donde resaltaba su figura, pues fue uno de los primeros que usó el peinado “afro” de manera natural.
Así que a finales de los sesenta y durante los setentas, César Andrade vivió una época de fama y bonanza, pues al igual que cantaba acompañado por Charlie Robb, lo hacía con Tránsito Gutiérrez y en varias ocasiones sirvió de “telonero” en varias presentaciones de artistas internacionales como Olga Guillot, Los tres ases y Marco Antonio Muñiz. Llegó a ser muy apreciado por toda la comunidad artística nicaragüense que lo conocía como “Nicasito”. Tal vez César Andrade, cuando dejó la escuela para dedicarse a la aventura del canto, nunca se imaginó que alcanzaría la fama hasta mucho tiempo después y lejos de su hogar.
César había nacido en Barranquilla, Colombia, en el año 1941 y a los veinte años abandonó la escuela para ingresar al mundo de la farándula que lo llevó por muchos lugares, hasta que al final, con una troupe colombiana llamada Bikini Girls, realizó una gira que pasó de Panamá a Costa Rica y luego a Nicaragua. Es posible que en ese mismo grupo haya llegado a Nicaragua Saadia Silú, de quien se dice que no era brasileña, sino tica. Por algún motivo, César vio en Nicaragua un lugar en donde podría realizar su carrera artística y a los veintidós años decidió quedarse para probar suerte. Quien le tendió la mano realmente a César fue Raúl Traña Ocampo quien prácticamente lo dio a conocer en Nicaragua.
César centro su carrera en las presentaciones en vivo y fueron pocos los temas que grabó, entre ellos, además de Luna de miel en Pochomil, Mi novia granadina, el tema del Campeonato Mundial de Béisbol, Corrido a Matagalpa, Dos Amores, Luz y Camino de don Róger Fischer y en especial una versión en salsa que arregló Charlie Robb y con un tremendo sentimiento y voz cantó Andrade, de la tradicional Alforja Campesina de Carlos Mejía Godoy.
Después de casi dieciséis años fuera de Nicaragua, algunos recuerdos se van esclerosando de tal suerte que algo que estuvo presente en nuestras vidas, se ve amontonado por toda una cantidad de experiencias y nuevos recuerdos que les caen encima. A finales de la década de los noventa, de regreso en Nicaragua, asistí una boda, que para mi sorpresa estaba amenizada por Tránsito Gutiérrez al piano y César Andrade cantando, siempre con su exclamación aquella que le dio tanta fama: ¡A caballo!. De esa forma regresaron a mi mente todo aquel cúmulo de recuerdos, cuando sonaba a toda hora Luna de miel en Pochomil y aquellos programas en la televisión todavía en blanco y negro en donde Luis Mendez y Gustavo Latino llevaban a los valores artísticos a su programa. Un par de años después, en varias ocasiones los volví a ver en el restaurante María Bonita.
A finales del año pasado, encontré un tanto escondido en los periódicos locales, una nota que informaba que había fallecido César Andrade. Por el tamaño de la nota, creí que se trataba de algún homónimo, pues la desaparición de un artista de la talla de Andrade, no podía pasar casi desapercibida. No obstante, logré comprobar que sí, se trataba del colombiano que por voluntad propia decidió hacerse nicaragüense y que por muchos años había llevado alegría a muchos conciudadanos a través de sus interpretaciones. También me di cuenta, que los últimos meses había sido flagelado por el Alzheimer a tal punto que se había realizado una moción ante la Asamblea Nacional para tramitarle una pensión, la cual aparentemente se aprobó, aunque un poco tarde, pues fue poco tiempo antes de su muerte.
En mi opinión, los medios de comunicación debieron realizar un homenaje de la dimensión que merecía César Andrade, nicaragüense aunque no de nacimiento, pero de corazón y que llenó el mundo artístico nacional con una privilegiada voz y nos deleitó con tantas canciones a las cuales el imprimió su particular estilo. Descanse en paz.
Gracias a mi hermano Eduardo, por combatir a mi lado contra el “alemán”. También agradezco a Celeste González por proporcionarme la formidable foto.
