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Es la víspera de Navidad.  La Ciudad de México se desborda en medio de un brillo multicolor de adornos de la época, rótulos comerciales y un inmenso mar de luces de millones de vehículos que en su afán correr hacia la celebración, provocan enormes embotellamientos y producen un ruido que cubre a la ciudad como una densa capa.  Al norte de esa gran urbe hay una colonia, Lindavista, que a pesar de su cercanía a las grandes arterias de la Avenida de los Insurgentes y la Avenida Politécnico Nacional, tiene algunos reductos en donde se respira cierta quietud.  Uno de esos lugares es la calle de Managua, muy cerca de la casa del gran compositor Roberto Cantoral, famosa porque tiene grabada en la fachada principal la partitura de su gustado bolero El Reloj.

Ahí en la calle de Managua hay una casa con un enorme jardín al frente y en cuya ventana principal se asoma una intensa iluminación navideña.  En el interior se prepara la cena de Nochebuena.  La anfitriona, una señora que aparenta mucho menos de los ochenta y dos años que ha cumplido, se encuentra en su recámara finalizando su arreglo personal.  Ha escogido un elegante vestido negro que contrasta con su blanca cabellera.  Del fondo del closet saca una caja de seguridad, la pone en su cama y la abre; busca un estuche de forma rectangular y de él saca un crucifijo.  No es un crucifijo cualquiera, en una estructura de oro dieciocho kilates están incrustados once diamantes de corte perfecto.  Al mirarlo, la señora no puede evitar que las lágrimas caigan copiosamente de sus ojos bañando al crucifijo.  Han pasado casi sesenta años desde la última vez que lo lució, pero el recuerdo trae un sabor amargo que aprieta su estómago y se refleja en su boca.

Mientras se pone el crucifijo, su mente se transporta a otra dimensión; su terruño aparece de nuevo y por un momento cree sentir en su rostro la brisa del Xolotlán, mientras ante sus ojos pareciera reflejarse el inolvidable paisaje de Managua, que tantas veces admiró desde la loma de Tiscapa y en donde con un fondo de ensueño que producía el lago y la península de Chiltepe, la ciudad capital se desparramaba como perezosa.  Era el inicio de los años cincuenta y el país gozaba de cierta bonanza que pintaba un panorama optimista en el ánimo de los nicaragüenses.  Anastasio Somoza García otra vez había asumido la Presidencia de la República, aunque el poder no lo había soltado desde hacia rato.

Para ese tiempo la Academia Militar de Nicaragua, tenía pocos años de haber empezado a egresar a los primeros oficiales, los cuales habían sido escogidos entre los más selectos estudiantes del país.  Somoza aprovechó eso para tomar a uno de los mejores oficiales como su edecán personal.  Fue ascendido a capitán en tiempo record, pues los egresados de la Academia obtenían al salir el grado de subteniente.  Era un muchacho alto, fornido, con un perenne porte marcial que le daba la elegancia propia de los edecanes de altura.  Era originario del norte del país y como muchos de ellos, blanco, rubio, ojos claros y lo más importante, muy capaz, pues lograba adivinar y anticiparse a los deseos de su jefe; de manera que Somoza descansaba delegándole muchas tareas. Nunca había tenido ni una queja de él, pues además de eficiente, era sumamente discreto.

El joven oficial había aprovechado su cercanía a los círculos de poder para rozarse con la elite de la ciudad capital y en los eventos sociales más distinguidos se le veía asistir acompañado de su joven esposa, una damita perteneciente a una de las familias más antiguas de Managua.  Era una mujer extremadamente elegante y guapa, alta, de tal suerte que no desentonaba al lado de su esposo y producía una combinación interesante su tez almendrada, sus ojos color miel y su cabello negro azabache. Vivían en la colonia militar construida en el complejo de La Loma de Tiscapa, en donde residían los oficiales de mayor confianza del Presidente, aunque la señora se pasaba casi todo el día en reuniones sociales en el centro de Managua.

Cierta mañana se apareció en el Palacio Presidencial un comerciante, renombrado por manejar las más exquisitas joyas que se traían al país.  Vestía elegantemente un traje de lino blanco y llevaba un pequeño maletín.  Fue conducido a una sala de costura en donde se encontraba la Primera Dama, Doña Salvadora Debayle de Somoza, quien recibió amablemente al comerciante, de quien se decía había vendido a la señora los mejores exponentes de su rica colección de joyas. – ¿Qué me trae ahora, Don Jacobo? dijo la señora  El comerciante sin mediar palabra sacó de su maletín un estuche y haciendo una especie de reverencia lo abrió cerca de doña Salvadora.  Al mirar el crucifijo que había en el interior del estuche, la Primera Dama se quedó atónita.  Acostumbrada a tener las joyas más finas de Europa y Nueva York, la señora no se impresionaba por cualquier cosa, sin embargo, aquel crucifijo de oro y diamantes le quitó el habla y se limitó a admirar embelesada la exquisita joya.  Después de un rato, suspiró y le dijo: -¿Y en cuánto me la dejaría, don Jacobo?  Esta vez, fue el comerciante que después de un profundo suspiro le dijo, tratando de darle a su voz un tono apacible, una cantidad en dólares, que al escucharla la Primera Dama se quedó estupefacta.  Don Jacobo, con el mismo tono agregó: -Créame, Doña Salvadora, los vale, los vale.  –No lo dudo, Don Jacobo, pero es mucho dinero y no lo tengo. –Podríamos negociar algunas facilidades, Doña Salvadora, agregó el comerciante.  La Primera Dama se quedó pensativa un rato y le ofreció una cantidad considerablemente menor, a lo que el comerciante exclamó: -Eso no cubre ni la mitad de las piedras que lleva, señora mía.  –Pero es lo que podría ofrecerle, don Jacobo, recuerde que vendieron al original por muchísimo menos.  El comerciante simplemente movió su cabeza como negando algo, a lo que la Primera Dama dijo: -Me temo que esta vez no podremos concretar nada, Don Jacobo, gracias de todos modos.  El comerciante guardó la joya y un tanto cabizbajo abandonó el Palacio Presidencial.

No obstante, Don Jacobo, como buen comerciante no cesó en su lucha por colocar el crucifijo y visitó a los más acaudalados ciudadanos de Managua, algunos de ellos con más dinero que los Somoza, pero igual o más tacaños que ellos.  Una tarde, por consejo de un amigo, se presentó a una casa situada en la Calle Central, en donde se llevaba a cabo una partida de canasta y en donde varias elegantes señoras departían cordialmente.  Una conocida del comerciante lo presentó al grupo y con los mismos lances que hizo en el Palacio Presidencial, sacó de su maletín el estuche y voilá, como un prestidigitador mostró el crucifijo, que desde luego causó profundos  suspiros entre las damas.  Cuando terminaron de suspirar y lanzar toda suerte de epítetos, el comerciante agregó con un tono pausado: – Está a la venta.  Cundió el entusiasmo en el salón, hasta que al ser requerido por el precio, don Jacobo, como rezando una letanía lo dijo en voz alta.  Algunas de las señoras por poco se desmayan, otras volvieron a suspirar y en general empezaron a negar suavemente con su cabeza, a excepción de una.  Era la esposa del edecán del Presidente, que con un aire de determinación exclamó:  -Tiene que ser mío y sacando de su cartera una pluma Parker y una tarjeta de lino garrapateó algo y se lo entregó al comerciante.  Esta vez, don Jacobo abandonó el local con una sonrisa en su rostro y con un paso digno de Mario Moreno.

El 27 de mayo el Presidente de la República celebraba el cumpleaños de su esposa con pompa y circunstancia.  Ese año, el Palacio Presidencial se vistió de gala y recibió a la socialité del país.  Ahí estaba el who is who que desde temprano empezó a llegar en sus lujosos automóviles.  Todo el personal del Casino Militar se trasladó en sus mejores indumentarias hacia el Palacio y el chef se encargó de preparar un banquete a la altura de las circunstancias.  La orquesta de la Guardia Nacional realizaba sus mejores interpretaciones para amenizar tan magno evento.  Bajo la intensa luz que emanaba de las arañas de cristal, los motivos moriscos del Palacio refulgían y la concurrencia conversaba amenamente mientras esperaba el momento en que haría su entrada triunfal doña Salvadora.  Mientras tanto, el centro de la atracción era la pareja compuesta por el Edecán y su señora esposa; él con uniforme de gala y ella con un vestido negro de un escote que se quedaba un poquito atrás del límite del decoro y que servía de marco al crucifijo que descansaba en su pecho y brillaba mágicamente.  Su cabellera negra con un peinado al estilo Hedy Lamarr, terminaba de resaltar su atractivo y todo el mundo tenía que ver con tan adorable pareja.  Las señoras desde luego envidiaban a la portadora de tan magnificente joya, mientras que los señores admiraban tan atractiva figura.  Al fin, apareció la pareja presidencial y la orquesta después de un corto Happy Birthday to you, empezó a interpretar Dos Gardenias, que era una de las canciones preferidas de la cumpleañera, mientras comenzaba el besamanos.  Al llegar el Edecán y su señora ante la pareja presidencial, lo primero que miró doña Salvadora fue el pecho de la muchacha y el suyo empezó a hervir como un caldero.  Sin embargo, el sentimiento de la cumpleañera no era de envidia, pues su edad y su posición la ponían muy lejos de ese sentimiento, sino que eran celos, que todavía se apoderaban de su ser, a medida que conocía las andanzas de Somoza, en especial con jovencitas que luego endosaba a sus oficiales.

Doña Salvadora sabía lo que ganaba el Edecán y aún con cualquier pequeño negocio que pudiera haber desarrollado al amparo de su puesto, nunca podría haber juntado el equivalente al precio del crucifijo.  Somoza que conocía a la perfección las reacciones de su esposa, entendió la situación y tomó fuertemente su mano, justo antes que ella pensara en arrancarle a la joven la joya del pecho.  Con una sonrisa un tanto forzada la condujo a un pequeño salón y ahí el Presidente tuvo que utilizar toda su capacidad de persuasión para convencerla que él no tenía nada que ver con la joven y que mucho menos había comprado el valioso crucifijo.  Una vez calmada la Primera Dama, Somoza le agradeció la información pues estaba de acuerdo con ella en que el Edecán no tenía medios para haber comprado esa joya y que coincidentemente, el joven tenía copia de la llave de su escritorio, en donde descuidadamente y sin control metía cantidades considerables de dinero, que últimamente en términos gruesos parecían haber mermado, habiéndolo achacado el General a fallas en su memoria.  Una vez recobrada la calma, los Somoza regresaron al salón y la fiesta continuó como si nada hubiera ocurrido.

Con una enorme sombra de duda, Somoza llamó a un funcionario de Hacienda para que lo ayudara a prepararle una trampa al Edecán, a través de una fuerte cantidad de dinero depositada en el escritorio, coincidiendo con una salida urgente del Presidente acompañado sólo por su hermano José.  Al regreso del General, el funcionario de Hacienda entró con un asistente y realizaron un arqueo en el escritorio presidencial, detectando un considerable faltante.  El Edecán fue detenido y llevado a una “sala de interrogación”.

Somoza García era muy cuidadoso en ciertas decisiones y en el caso del Edecán, lo pensó muy bien, en medio de un gran sentimiento de decepción y pensando que parte de la culpa era de él mismo, por haberse confiado demasiado, en un mundo en donde debía desconfiar de todos.  Al final, su decisión fue dar de baja deshonrosa al Edecán y abandonarlo a su suerte.  La cárcel o el ajusticiamiento no eran opciones viables en ese momento.

La ceremonia de baja deshonrosa fue pública y descrita a detalle por los principales periódicos del país.  Bajo el redoble de tambores, un coronel del ejército le quitó todos las insignias de empleos y divisas y las arrojó al suelo, tomó el sable del oficial y lo partió en dos, tirándolo despectivamente al suelo y luego después de ciertas galimatías pronunciadas por el coronel, el Edecán dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta del Campo de Marte, mientras a su paso, sus compañeros le daban la espalda.  Ya en la calle escuchó como estrepitosamente se cerraba la pesada puerta a sus espaldas.  Sin derramar ni una lágrima caminó como un zombi y se perdió entre la muchedumbre que caminaba presurosa en la Avenida Roosevelt.

La pareja debió abandonar su casa de la Colonia Militar y se refugió temporalmente en casa de unos parientes de la señora, cerca de la Iglesia de Santo Domingo.  El joven recordó a un oficial que se exilió voluntariamente en México después de ciertas investigaciones de falta de lealtad hacia la autoridad y a quien había ayudado a salir oportunamente.  Lo contactó y éste le ofreció su ayuda pues estaba trabajando en contratos de la industria militar de ese país, por lo que realizó las gestiones pertinentes para trasladarse con su esposa a México.

La octogenaria señora volvió a la realidad y se miró de nuevo en el espejo de cuerpo entero y no pudo evitar imaginarse a su recientemente difunto esposo a su lado, con aquel porte gallardo que siempre lo caracterizó, aún en los malos momentos.  Se dirigió a la cocina a verificar los detalles de la cena de esa noche que consistía en bacalao a la veracruzana, los infaltables romeritos con tortas de camarón y ensalada de manzanas y a pesar de lo tradicionalmente mexicano del menú navideño, el postre era Pío Quinto, preparado con una antigua receta de la familia de la señora.

Después de verificar que todo estaba en orden, la señora se sentó a esperar a sus dos hijas, nacidas en México y casadas con ciudadanos de ese país.  La primera en llegar fue su hija mayor, con su esposo, sus tres hijos y dos nietos y antes de decir nada a su madre, miró al crucifijo y sus ojos color miel parecieron tornarse verdes, su nariz se dilató y todo un torrente de emociones la inundó, mezcla de envidia y ambición y sin siquiera saludarla comenzó a interrogarla ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cuánto?, ¿para quién?,  para finalizar luego, asiéndole el brazo a su madre y repitiendo como un gato: mío, mío, mío, mío.  Su madre, que la conocía a fondo, no le dio explicación alguna y se limitó a decirle:  -Buenas noches hija.

Luego llegó su hija menor con su esposo y su hija.  Abrazó efusivamente a su madre diciendo:  Hola mamá, ¿Cómo estás?, -Bien hija, pásale.  Cuando la hija reparó en el crucifijo exclamó: -¡Qué lindo se te mira ese crucifijo¡  Realmente te luce, mamá. Su madre le respondió con una sonrisa: -Gracias, hija.  Se sentaron todos en la sala y la señora empezó a platicar de su marido, comentando las anécdotas de navidades pasadas, mientras los niños admiraban el extenso nacimiento colocado en el jardín interior. Sin embargo, la hija mayor sólo pronunciaba monosílabos y de vez en cuando parecía decir para sus adentros: mío, mío, mío.

Cuando faltaba poco para la media noche, la señora se dirigió a sus hijas y les dijo: – Este crucifijo tiene una larga historia que no quiero repetir, en efecto, vale mucho dinero y siento que estando próxima la hora de reunirme con su padre, debo decidir a quién se lo voy a dar y para evitarme el lío de decidir a quién, he dispuesto rifarlo esta noche entre ustedes dos y que el espíritu de la Navidad sea quien decida por mí.  La hija menor asintió sin mayores cavilaciones, mientras la hija mayor reflexionó sobre la mala suerte que había acompañado a su hermana a lo largo de su vida y por lo tanto, no había probabilidad que le tocara, por lo que al final asintió.  Sacaron de un escritorio unas pequeñas tarjetas y la señora escribió algo en una de ellas y luego fue doblando cuidadosamente las tarjetas a fin de que quedaran iguales.  Tomó las tarjetas y las colocó en una enorme copa de adorno que estaba en un estante y pidió que cada una de las hijas fuera sacando una tarjeta.  La hija mayor se adelantó a tomar la primera y mostró una expresión de desilusión al ver que la tarjeta estaba en blanco, la hija menor la siguió y tranquilamente rompió la tarjeta y así sucesivamente hasta que casi al final, la hija menor encontró la tarjeta que decía:  Es tuyo.

Hubo ciertos discretos aplausos encabezados por la señora, mientras la hija menor sonreía, más por haber obtenido algo en una rifa, que era raro en ella; su hermana sin embargo, quiso mostrar una sonrisa de fair play que no terminó de salirle y su rostro poco a poco se fue descomponiendo; cualquiera hubiera dicho que se transformó en Regan Mc. Neil y de la comisura de sus labios parecía asomarse una espuma verde, mientras su respiración se aceleraba y dejaba oír un resoplido.  Su esposo conociéndola le llevó un tequila triple que ella apuró al estilo de Jorge Negrete y al chupar el limón fue este último el que arrugó la cara.  En cambio, la señora sintió un descanso enorme.  Con la ayuda de su yerno, se quitó el crucifijo y se lo dio a su hija, quien para darle gusto a su madre, se quitó su propio crucifijo y se puso la valiosa joya, luego besó su crucifijo y se lo puso a su madre.  Era de cuero, de esas manualidades que hacen las madres de niños con cáncer para venderlos y recolectar fondos, pero al sentirlo en el pecho, la señora se sintió aliviada, como si un enorme peso que hubiera cargado como una cruz durante muchos años, se le hubiese quitado de encima.  Sabía que su hija en cualquier momento podía donar la valiosa joya a una de esas asociaciones de ayuda, pero no le importó, pues pensó que tal vez ese hubiese sido su mejor destino desde hacía mucho tiempo.

En ese momento dieron las doce campanadas y los abrazos empezaron a llenar aquella sala, luego la señora se dirigió al nacimiento en donde como todos los años tomó al Niño Dios, lo besó y lo pasó a todos los presentes para que hicieran lo mismo.  En ese momento, le pareció escuchar una lejana voz que decía:  Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.  La señora respiró tranquila y simplemente dijo:  -Amén, mientras invitaba a su familia a pasar al comedor para la cena navideña.

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