Septiembre 25, 2009...4:11 pm

Pancho Maroma

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Pancho Maroma

Una mañana de 1969, empezaba yo a entrenar en el equipo de atletismo que manejaba Istvan Hidvegi y quien me había asignado a la disciplina del lanzamiento de martillo.  Estaba yo realizando los primeros ejercicios con el artefacto, como dice Tijerino, en una zona que quedaba detrás de la barda del right field del Estadio Nacional, cuando de repente se apareció un individuo arrastrando dos martillos.  Era mucho mayor respecto al resto de los atletas, pues podría rondar los 34 años; más o menos la edad del Teacher Hidvegi.  Apenas alcanzaba los cinco pies y cinco pulgadas y encima de una estructura musculosa resaltaba una prominente barriga.

Me miró de soslayo, dejó los martillos sobre el círculo de lanzamiento y se dirigió hacia mí, dándome una serie de recomendaciones de cómo agarrar el martillo y cómo realizar el boleo inicial, que entonces era mi única tarea.  Un tanto sorprendido, pues no sabía ni quién era ni qué hacía ahí, procedí a tomar en consideración sus consejos, cuando de repente me solicitó que me ubicara en la zona de seguridad pues empezó a realizar lanzamientos de calentamiento.  Me di cuenta entonces que era lanzador de martillo.

Luego me enteré que se trataba de Francisco Argüello a quien todo el mundo conocía con el sobre nombre de Pancho Maroma.  Nunca se enojaba cuando lo llamaban así, pues desde pequeño cuando se le miraba deambular por todo el sector occidental de Managua realizando toda suerte de oficios, se le conocía con ese remoquete.  Cuando los atletas se burlaban de su barriga, él simplemente les decía: -¿Y cuándo has visto a un carretonero con barriga?

Pancho era mecánico de profesión, trabajaba en ese entonces en el Plantel de Carreteras y era uno de los atletas con más tiempo entrenando con Hidvegi.   Dicen que un día mientras Hidvegi, en sus inicios como entrenador de atletismo en el Estadio Nacional, contaba con un reducido número de atletas, él mismo lanzaba el martillo y a Pancho, quien trabajaba frente al Estadio, se le ocurrió ir a curiosear y al ver a Hidvegi con el martillo exclamó:  -Uh, yo lo haría mejor.  El Teacher un tanto molesto, le tomó la palabra y le dio el martillo diciendo:  -A ver, prueba.  Pancho tomó el martillo e imitando los lances que había visto realizar a Hidvegi realizó un corto lanzamiento.  Intentó de nuevo y el lanzamiento resultó un poco mejor.  Comenzaron a conversar y al rato el Teacher lo estaba invitando a que practicara con él.  Así comenzó Pancho Maroma su carrera como atleta.

El lanzamiento de martillo es una de las disciplinas del atletismo más complejas por la técnica que demanda su práctica.  El martillo, con un peso de 16 libras, se lanza a través de un boleo o “volteo” inicial que da paso a giros sobre el cuerpo del lanzador que se apoya sobre sus dos pies pero que al girar lo hace sobre el pie izquierdo ya sea con punta y talón o sobre el canto del pie y con cada giro, el mantenimiento del equilibrio y la altura adecuada del artefacto, se consigue una aceleración que permitirá que el martillo alcance su mayor velocidad al momento de soltarlo y consiga la mayor distancia.  La velocidad máxima se alcanza mediante la aceleración que se produce después de tres o cuatro giros, dependiendo de la estructura y técnica de cada lanzador.

De todos los martillistas nicaragüenses que conocí, el único que logró dominar los cuatros giros en el lanzamiento fue Pancho Maroma.  Su tamaño, su constitución y el tamaño de sus pies le permitían alcanzar la velocidad máxima al final del cuarto giro, describiendo en el círculo de lanzamiento una perfecta trayectoria y un desplazamiento que parecía más bien un lance de ballet.  Para el resto de los martillistas ejecutar los cuatro giros era un martirio, pues cuando para ejercitar el equilibrio el Teacher nos ponía a intentarlo, todos fracasábamos y la mayoría de las veces caíamos al suelo.

Pancho nunca logró superar las marcas de Gustavo Morales quien era más alto que él y más fuerte y que con sólo tres giros se situaba siempre por encima de las marcas de Maroma, quien nunca se desanimaba y continuaba entrenando con tesón.  Pancho alcanzó a ganar varias medallas en diversas competencias regionales y en ciertos momentos se ponía al tú por tú con los mexicanos y en el resto de Centroamérica no había quien lo superara.  Participó tantas veces en los eventos que organizaba el entonces Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, que cuando en los viajes por tierra al país azteca llegaba a Tapachula, empezaba a tutear a todo mundo y hablar como mexicano y ya en la ciudad capital no había quien conociera la inmensa urbe como él.

No obstante, los méritos más grandes de Pancho no eran tanto en el atletismo, sino en su tremendo espíritu de solidaridad, pues era una persona noble de corazón.  A pesar de que muchos resentían el hecho de que quería estar metido en todo, lo cierto es que lo hacía con el afán de ayudar a quien lo necesitara.  En cierta ocasión, el renombrado locutor deportivo Enrique “Papi” Boñaos se aventuró a viajar por tierra a un evento deportivo en México en una camioneta Volkswagen Brasilia y le pidió a Pancho que fuera su copiloto y mecánico de cabecera y así entre reparación y reparación llegaron a la capital mexicana.  Recuerdo que mi padre me compró una pick up doble cabina Volkswagen, que más bien era medio microbús y media camioneta y cada vez que se descomponía, Pancho se ofrecía a repararla, pues decía que él podía armar un Volkswagen con los ojos cerrados.

A insistencia del Teacher Hidvegi, Pancho terminó su bachillerato en la escuela nocturna y se propuso iniciar una carrera universitaria, sin embargo, cuando trató de formalizar su inscripción en la Universidad Centroamericana, siendo el período previo a la insurrección, alguien lo identificó como asistente de Guillermo “El Chato” Lang, ex Ministro del Distrito Nacional y muy allegado al régimen somocista, por lo que fue calificado inmediatamente como “oreja”.  En realidad Pancho había realizado trabajos eventuales con Lang, quien estaba ligado de alguna manera a la Caribe Motors que distribuía la marca Volkswagen, sin embargo, de eso a trabajar como “oreja” eran otros cien pesos.  Como en esos tiempos, bastaba el peso de la lengua de alguien para iniciar un juicio sumario, en un instante Pancho estaba rodeado por una turba de estudiantes que amenazaron con llevarlo a la UNAN para ajusticiarlo.  Afortunadamente, alguien del CEUCA lo conocía del atletismo y mi hermano, a quien meses antes Pancho había auxiliado cuando tuvo un problema hepático, lograron persuadir a los cabecillas para que lo soltaran.  Pancho se encaminó hacia la salida sureste de la UCA y casi al final del camino dos miembros de una célula del FSLN que comandaba una novicia y que eran más radicales quisieron apresarlo, sin embargo, Pancho los dominó fácilmente y salió sin problemas rumbo al Reparto Guadalupe.

Después de ese evento, Pancho se ocultó de la luz pública y a la primera oportunidad salió con su familia rumbo a Honduras en donde residió algunos años.  A mediados de los años ochenta, mientras reparaba un vehículo, la gata que lo sostenía cedió al peso cayendo y matando instantáneamente a Pancho.

Nunca he entendido las reglas y criterios para el ingreso al Salón de la Fama del Deporte de Nicaragua, pues como he dicho, es como un manicomio, ni son todos los que están, ni están todos los que son; sin embargo yo me atrevería a proponer a Francisco Argüello, para que sea parte de dicho Salón, pues no es posible recordar la época dorada del atletismo en Nicaragua sin la figura de Pacho Maroma.

2 comentarios


  • Interesante personaje. Lástima que haya muerto de esa manera. Coincido con vos en lo relacionado al Salón de la Fama.

    Salud♥s

  • Hay que reconocer el esfuerzo que realizan gentes como Pancho Maroma, que se propusieron retos y los alcanzaron a pesar de que se les presentaron muchas adversidades. En realidad no se merecía tener ese fin.


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