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El viento de enero traía un frío que recorría el cementerio de Sébaco y calaba los huesos de Roberto. Un pequeño cortejo acompañaba al modesto ataúd que con cierta prisa era llevado hasta una fosa preparada casi en los linderos del camposanto. Sin mayor ceremonia, el féretro fue descendido a la fosa y Roberto quiso sacar de lo más profundo de su ser algún sentimiento, pero fue en vano. De repente se sintió vacío.
La noche anterior había sido contactado telefónicamente por una funcionaria de una corporación de maquila en Sébaco para informarle que su hermano Felipe, trabajador de esa empresa, había fallecido aquella tarde. Roberto sintió que la boca del estómago se le retorcía. Su hermano Felipe se había ido de la casa en 1978 y desde esa vez, nunca más había regresado a Jinotepe. En una ocasión lo habían dado por muerto, sin embargo, a su madre le habían dicho que lo habían visto en Managua, vestido de verde olivo. Ni siquiera cuando falleció la viejecita y eso que se pusieron anuncios en varias radios de Managua, Felipe había dado señales de vida. Y ahora, veintidós años después, lo llamaban para avisarle que su hermano estaba muerto y que al día siguiente lo enterrarían en el cementerio de Sébaco.
Su primera reacción fue no asistir al funeral. Cuando su hermano se fue sin avisarle sintió que lo había traicionado; Felipe tenía entonces 20 años y él apenas 15. Para Roberto su hermano era su héroe, su maestro, su protector y un día, sin más ni más, desapareció y nunca jamás volvió a saber de él, hasta esa noche. No pudo conciliar el sueño y cuando en la madrugada el cansancio lo venció, soñó que su madre le pedía que acompañara a su hermano.
Al despertarse, estuvo pensándolo un buen rato y al final, se decidió. Se puso un pantalón gris, una camisa blanca manga larga, tomó una chaqueta rompevientos y se fue a la oficina, en donde solicitó permiso para faltar por la tarde. Cerca de la una tomó la carretera norte y salió rumbo a Sébaco. Se detuvo en el empalme de San Benito a comer algo, sin embargo, de pronto había perdido el apetito. Siguió su camino y mientras conducía a una velocidad moderada, recordaba su niñez en compañía de Felipe, sus juegos, sus paseos a El Aguacate, sus idas al cine González. También vinieron a su mente, las noches que no durmió tratando de entender por qué se había ido Felipe y sobre todo, sin avisarle nada.
Llegó a la dirección que le proporcionó la persona que le habló por teléfono, una casa bastante vieja, en cuya sala estaba un ataúd. Al llegar no necesitó identificarse, una mujer de vestido ejecutivo oscuro se acercó a él y se presentó como Gerente de Recursos Humanos de la Corporación; le mostró respetuosamente sus condolencias y le explicó que en virtud de una solicitud expresa del difunto días antes de fallecer, le había llamado por teléfono y agregó que no se imaginó que él fuera tan joven. Felipe había sido Jefe de Seguridad casi desde la creación de la Corporación y se había distinguido por su eficiente labor. A pesar de que era un hombre demasiado parco, gozaba del aprecio de sus jefes y del respeto de sus compañeros. No obstante, no se le conoció amigos y su monomanía era estar sólo. Había muerto de un infarto al miocardio, después de padecer por un par de años de insuficiencia coronaria.
Roberto se disponía a sentarse a esperar que saliera el cortejo fúnebre, cuando la ejecutiva le invitó a mirar a su hermano. No tuvo fuerzas para negarse, aunque él hubiera preferido no hacerlo. Se acercó al ataúd y un tipo con facha de guarda de seguridad que estaba cerca abrió la tapa del féretro. Roberto no pudo evitar descomponerse. El hombre que estaba en el ataúd parecía un viejo de 70 años; sin embargo, después de respirar profundamente y recobrar la calma, observó que en medio de todo, eran las facciones de Felipe e incluso, tenía la cicatriz inconfundible en el pómulo izquierdo que le quedó cuando se había caído de la bicicleta.
Roberto se sentó un rato, mientras algunos desconocidos, después de hablar con la ejecutiva, se acercaban a darle el pésame. Cerca de las cuatro, la ejecutiva se le acercó y le preguntó si le parecía que saliera el cortejo hacia el cementerio a lo que él respondió lacónicamente que sí.
Cuando la fosa quedó cubierta con las piedras canteras, la mínima concurrencia que había quedado emprendió la retirada. La ejecutiva se despidió cortésmente y Roberto empezó a caminar de regreso a la casa donde había dejado el carro. De repente, una señora de unos 70 años que había estado presente en la casa y le había presentado sus condolencias muy efusivamente, lo alcanzó y se presentó. Era la dueña de la casa en donde habían velado a su hermano y los últimos ocho años le había alquilado una habitación a Felipe. En el trayecto le platicó que su hermano era un buen hombre, tranquilo, con el único inconveniente que no le gustaba hablar. No le quedó debiendo absolutamente nada.
-Felipe sabía que pronto iba a morir- dijo la señora y agregó –desde hace meses empezó a arreglar todo para su partida. Luego, se excusó y fue a una de las habitaciones desde donde regresó con una especie de cartapacio. –Me solicitó encarecidamente que le entregara esto- dijo dándole el cartapacio. Roberto tomó el encargo y sin registrarlo lo puso debajo de su brazo y muy cortésmente le agradeció a la señora y se despidió de ella. El regreso hacia Managua se le hizo eterno entre la vorágine de recuerdos que acudían a su mente, mezclados con la imagen deteriorada de su hermano.
Por varios días no quiso registrar el contenido del cartapacio, sin embargo, un sábado en que su esposa salió con su hijo a una fiesta infantil, se sentó con el cartapacio y lo abrió para mirar su contenido. Lo primero que sacó fue un legajo de fotos. Entre ellas, estaban unas fotos de su madre cuando era joven, una foto de Felipe y Roberto jugando en un patio, fotos de la familia materna, unas de Felipe vestido de militar abrazando a otros uniformados y con un fusil FAL en la mano, fotos más recientes que nunca había visto, como las del entierro de su madre que parecían tomadas con telefoto, así como una de su boda en el mismo formato. Estaba la medalla de la virgen del Carmen que perteneció a la abuela y que esta le había regalado a Felipe cuando era niño. Lo que más le llamó la atención a Roberto fue un folder de cartón grueso que contenía un enorme legajo de documentos y que tenía la inscripción: EL ESPANTO. Luego con letras grandes FN 1 ESTRICTAMENTE COMPARTIMENTADO. Los documentos iniciaban en agosto de 1983 y finalizaban en junio de 1985. El expediente estaba compuesto por memorandos, reportes, informes, evaluaciones y estaban escritos en un lenguaje a veces cifrado.
Roberto empezó a leer el documento y no pudo parar hasta que llegaron su esposa y su hijo y tuvo que guardarlo en la mesa de noche en el cajón que tenía con llave. A partir de entonces, cada momento que Roberto tenía libre, lo dedicaba a estudiar aquel documento, tratando de descifrar todos los detalles que se reflejaban en el mismo y representando en su mente los eventos que el documento describía. Después de varios meses de repasar una y otra vez los documentos, pudo tener un panorama de lo que había sucedido.
El 19 de agosto de 1983, el Teniente Marcos de la Unidad de Contrainteligencia Militar solicitó la casa de seguridad ubicada en el kilómertro 20.2 de la Carretera Sur, conocida como “El Espanto” con el fin de que el Teniente Fabián realizara operaciones de “entrevistas” (vocablo que sugiere ser más bien un eufemismo), a cuatro sujetos denunciados por realizar labores de insurgencia urbana y diversionismo ideológico. Los cuatro sujetos eran: Mario Benavides, conocido como Ronco, su primo Hector Maradiaga, originarios de Las Cuchillas, Francisco Marqués, alias Chico Tripa y su cuñado Roger Marenco, conocido como Revoliático, originarios de Las Margaritas. Los dos primeros, después de la “entrevista” preliminar fueron dejados en libertad, luego de demostrar su trayectoria como colaboradores, mientras los otros dos quedaron detenidos en una habitación de la casa habilitada como cárcel y conocida como “La chiquita”.
El día 22 de agosto fue cambiada la escuadra de apoyo y se introdujo como “mosca” en “La chiquita” al agente Vico, con la misión de hacerse pasar por contrario al régimen y captar la reacción de los dos detenidos. Como agentes especialistas en “entrevistas” se destacaron a Vicente, de apoyo de la cuarta región y a Salomón de la sexta. Como posta externo se destacó a Fidel y de internos a Pancho y Edgard, quedando Fabián como jefe de la estación.
A las 10:30 de la noche, el teniente Fabián tomó un “receso táctico”, sin embargo, al poco rato fue despertado por un ruido estruendoso. Era como si una gigantesca matraca se estuviera batiendo lentamente sobre la casa y el martilleante ruido se hiciera más fuerte y al final se escuchó un estruendo como un gigantesco trueno. Fabián cayó inconsciente al suelo y no supo cuánto tiempo después recobró la conciencia. Se sentía atolondrado y se le hizo difícil ponerse en pie y dando traspiés logró caminar hacia donde estaba su arma de asalto, la tomó y se dirigió a “La chiquita” de donde salían gritos aterradores. Al pasar por la sala de reunión, encontró que tanto Pancho como Edgard estaban tirados en el suelo, el segundo balbuceando frases ininteligibles y Pancho con los ojos desorbitados y una expresión de terror, muerto. En el interior de la improvisada cárcel, Salomón no paraba de gritar, señalando para todos lados y apuntando indistintamente con su arma. En el suelo estaban los dos detenidos, con igual expresión de terror en sus rostros, los ojos desorbitados y muertos. Fabián tuvo que quitarle el arma a Salomón y obligarlo a sentarse. Le tomó un buen rato que Salomón se calmara, quien quedó luego en estado de shock. Fabián salió al exterior de la casa en busca del origen del evento y encontró a Fidel muerto, en iguales condiciones de los demás y más lejos, encima de un lugar en donde apilaban leña, estaba el agente Vico en estado catatónico. Fabián regresó a la casa y quiso pedir ayuda por radio, pero éste también estaba muerto. Fue hasta las dos de la madrugada en que pudo establecer contacto y dar parte a sus superiores.
El testimonio de Salomón relataba que a las diez y cuarenta iba a prepararse un café en la cocina cuando escuchó un ruido estrepitoso, tomó su arma pero de repente se quedó inmóvil, como si sus músculos no obedecieran. Empezó a ver una luz que parecía descender del cielo y luego miró que transitaban por la casa unos individuos de color pálido, grisáceo, casi transparentes, de unos cinco pies y que tenían una cabeza más grande de lo normal, con ojos ovalados de color oscuro, mientras que los brazos y las piernas eran delgados. Se desplazaban rápidamente y emitían un sonido como un radio de onda corta. Intentó disparar su arma, pero nuevamente sus músculos no obedecían. De repente escuchó a Fidel gritar como si lo estuvieran desollando vivo. La luz que venía de fuera empezó a intensificarse y la luz eléctrica de la casa se fue. Luego escuchó un ruido como si un peine gigantesco pasara sobre los cafetales de afuera y de pronto sintió como si le quisieran arrancar el cerebro y comenzó a gritar, logró moverse pero no pudo ver nuevamente a los hombres grises. Recordaba que había llegado Fabián y lo había calmado. Luego había quedado tiritando y sin poder hablar por tres días. El testimonio de Edgard es coincidente con el de Salomón, salvo que no fue tan específico en la descripción de los hombres grises. Vico no pudo rendir declaración pues no recuperó el habla.
El reporte forense firmado por el Delegado del SFSE y Perito Militar, Teniente Bladimir, acusa que los cadáveres no presentaban señales de tortura, ni impactos de bala, tampoco heridas cortopunzantes y salvo algunas excoriaciones en uno de los prisioneros que reportaban como inflingidas al momento del arresto, por presentar resistencia, no había ninguna señal de violencia. El reporte amplía sus indagaciones indicando que no habían señales de medios químicos y que en conclusión los examinados habían muerto por paro cardio respiratorio provocado por pánico. Respecto a los sobrevivientes, a excepción de Fabián, al momento del examen se encontraban en estado de shock.
Una gran parte del expediente se centraba en la interpretación de lo sucedido desde diferentes ángulos, dependiendo del nivel de mando que se tratara. Los informes preliminares se ajustaban a los hechos simplemente, sin embargo, las consideraciones de los altos mandos giraban alrededor de buscar una explicación que para nada estuviera relacionada con un evento sobrenatural. Había comunicaciones extensas, en especial la firmada por el Comandante Beto, que dejaban muy claro la posición de algunos departamentos que contradecían toda intención de algunos sectores, aún débiles de convicción, que atribuían el hecho a mitos y leyendas arraigadas en el sector y a fenómenos “seudoconcretos”, por lo que se estaba remitiendo el caso a la dirección política para que trabajara sobre el tema.
Otros mandos involucrados llegaron al extremo de caer en una intrincada trama de conspiración en donde se solicitaba incluso una investigación sobre la posibilidad de que la estación de El Espanto hubiera sido atacada con un agente nervioso, acompañando el reporte con un extenso tratado de dichos agentes, desde organofosfatos, hasta agentes neurológicos de los tipos GB, GD, GA o VX. Se solicitaba la cooperación de los especialistas cubanos o agentes de la STASI, para determinar si de alguna manera se trató de un ataque a la estación con estos medios.
Después de intensas entrevistas con los sobrevivientes el Delegado Regional SR1, propuso enviarlos a un “conservatorio” en Alejandría. Lo anterior, después de analizar los documentos evaluativos finales en donde después de 18 meses los dan de alta, dos de ellos con algunas reservas, se colige que se trataba de una clínica de salud en Cuba.
Los últimos documentos refieren la decisión de elevar a Fabián al rango de capitán, por su heroísmo en la resistencia al ataque que sufrió la estación de “El Espanto” de parte de fuerzas desconocidas.
En abril de 2007 tuve que someterme a una intervención quirúrgica en la rodilla derecha. La artroscopia era una intervención sencilla, pero aún así, debí realizarme algunas pruebas previas, de tal forma que pasé algunas horas de espera en el Hospital Metropolitano. En una de esas ocasiones, estaba junto a mí, esperando también, un individuo de unos 45 años que iba a hacerse unos exámenes y pruebas. Estaba nervioso y comenzó a platicar conmigo. Resultó que era de Jinotepe, aunque actualmente residía en Managua y descubrimos que teníamos algunos conocidos en común. Al continuar la plática salió a colación la carretera sur y de repente caímos en la conversación sobre la Quinta Angélica. Se sorprendió un poco de las anécdotas que yo conocía y me preguntó si yo sabía de algún episodio que había ocurrido en los años ochenta. Le respondí que no, pues yo estuve cerca de quince años en México para esa época y a grandes rasgos me comentó sobre lo que supuestamente había sucedido de acuerdo a un expediente al cual tuvo acceso. Le comenté que tenía planeado escribir algo sobre esa Quinta; sin embargo, de pronto me tocaba el turno para pasar a mi examen, así que no hubo tiempo para conversar más, por lo que me solicitó mi correo electrónico. Unas semanas más tarde recibí un par de correos de su parte en donde me narraba cómo había tenido acceso al famoso expediente y una versión resumida de sus hallazgos. Roberto, como dijo llamarse, creía que su hermano Felipe era el Teniente Fabián y que por lo sucedido aquella noche, no había querido regresar a su casa, había envejecido prematuramente y la dolencia y causa de su muerte tenían que ver con esos acontecimientos.
Cuando hace algunas semanas empecé a trabajar en este post, kilométrico dirán algunos, traté de contactar a Roberto para averiguar si tenía mayor información al respecto, pues el relato planteaba una serie de dudas, sin embargo, el correo que una vez utilizó ya no estaba vigente. Así que con la información que me había enviado armé el presente post, ampliando algunos aspectos y arreglando otros, en beneficio de los lectores. Si acaso Roberto llega a leerlo, le pido de antemano disculpas por las licencias que me tomé.
No se pierda el capítulo final: Epílogo
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Qué espanto lo de El Espanto, valga la redundancia. Qué terror el que los llevó a la tumba a los muertos, lo cual considero comprensible.
Si ya el lugar era nombrado así, deben haber ocurrido muchos casos más, ¿qué dirán quiene viven por la zona?
Muy interesante. ¿Estará aún esa casa ahí?¿Queda por El Encanto?
Salud♥s
Salud♥s
Muy completa e interesante toda la reseña sobre la famosa Quinta Angélica. Ahí depende de lo supersticioso que pueda ser cada quien para creer lo que más le convenza. Es importante aclarar que cuando los piricuacos se apropiaron de la Quinta empezaron a ver y oir cosas de otro mundo, por eso fue que ellos la bautizaron como El Espanto. Cuando ocurrió el episodio narrado en el artículo ya se mencionaba que habían apariciones, así que los valientes soldados rehuían a ser asignados a ese lugar. Para el 86 creo que ya nadie quiso ser asignado a esa casa de seguridad y es por eso que decidieron abandonarla. El que se quería hacer el fuerte negando toda posibilidad de algo sobrenatural, el tal Comandante Beto, creo que luego fue nombrado Jefe de la Policía Nacional en los noventa.
AUTENTICO EXPEDIENTE X.
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Impactante e interesante historia.
Saludos
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