
El nicaragüense era, hasta hace relativamente poco, fachento y cuando le nacía invitar lo hacía en forma. Habría que hacer a un lado a los tacaños que no disparan ni en defensa propia, no obstante aquellos que sentían un especial orgullo al invitar a sus amigos, lo hacían de la manera más abierta; por eso había una expresión propia para estas circunstancias: “cuando se agacha es para que se le vea”.
De esta forma, con el nica no habían dobleces cuando utilizaba la palabra “invitar”, pues se entendía de manera cristalina que quien cursaba la invitación corría con todos los gastos que la misma implicaba y el invitado no estaba en la obligación de llevar nada al evento, más que un buen apetito y el hígado asoleado, a menos que de manera explícita se aclarara que se trataba de cumpleaños, bodas, bautizos y demás y que en ese caso se acostumbra a llevar algún regalo.
No cabe duda que la globalización ha traído una transformación en las costumbres autóctonas en este particular y se puede observar ahora nuevas actitudes que desdicen del tradicional espíritu fachento del nica. En la actualidad se observan invitaciones en donde cada quien amarra su gallo, en el mejor de los casos; pues puede suceder que el que invita se declare en bancarrota a la hora de la cuenta o simplemente haga la “leonesa”. También se observa más a menudo invitaciones de “traje” en donde cada quien debe aparecerse con algo en el evento y decir traje esto o traje lo otro.
Otro ejemplo muy ilustrativo es el caso de las grandes empresas transnacionales que con la mayor tranquilidad anuncian a los cuatro vientos que invitan a determinado evento, generalmente un concierto de algún célebre artista y al final resulta que la entrada al mismo cuesta un ojo de la cara y la mayoría de las veces se trata de artistas que tuvieron mejores ayeres y ahora se cotizan de tal manera que el costo de la entrada ronda los US$80.00 o más. Este fue el reciente caso del famoso dueto Air Supply, en donde las invitaciones tenían tantos patrocinadores que parecían carros de fórmula uno, pero que en nada contribuyen a bajar los precios.
Hace unos cuarenta años no era así. Recuerdo a finales de 1967 cuando la Compañía Cervecera Nacional inició la campaña para amortiguar la salida de su primer competidor en décadas: la cerveza Aguila. Entonces decidió lanzar una nueva cerveza que pudiera, si no competir, por lo menos distraer la atención de quienes se entusiasmaron con la cerveza que le dio a los nicaragüenses el derecho de escoger, tal como rezaba la propaganda de Aguila. La cerveza que sacó la Compañía Cervecera Nacional en esa ocasión se llamaba Jet, nombre que en ese entonces estaba muy de moda cuando recientemente los aviones de hélice dieron paso a los reactores de propulsión a chorro (jet). La cerveza venía en un envase “aerodinámico”, como se decía en aquel tiempo, que simulaba un cohete espacial y la parte superior traía una capa de estaño dorada.
Para el lanzamiento oficial de la cerveza Jet, la Compañía Cervecera invitó a un evento musical con artistas renombrados de la época, que se presentarían en el Estadio Nacional y los boletos estaban a la disposición del público en los principales expendios cerveceros de Managua. Si mal no recuerdo, era el primer show patrocinado por una empresa, pues antes se limitaban a ofrecer regalitos, calendarios, almanaques y promociones modestas, como el cancionero Picot y el evento más recordado era el “cine libre” que la Mejoral llevaba a todo el territorio nacional.
En ese tiempo cursaba yo el primer año de universidad y camino a la facultad de economía, un amigo y yo pasamos por el Jardín Cervecero que quedaba en la intersección de la Avenida Roosevelt y la Calle 15 de septiembre. Nos decidimos a solicitar ahí los boletos, aunque ninguno de los dos ingeríamos licor. Nos acercamos al mostrador y poniendo la mejor cara de borrachos solicitamos nuestros boletos y para nuestra sorpresa el encargado sin mediar palabra nos extendió los boletos.
La noche de la presentación el Estadio Nacional estaba de bote en bote y al llegar temprano tuvimos la oportunidad de encontrar un boquete en la malla, que luego fue resguardado por uniformados y que nos permitió entrar al engramado que era la zona VIP, aunque en ese tiempo ese término todavía no se acuñaba.
Así que desde las primeras filas presenciamos el show de Carlos Lico cantando las mejores canciones de Manzanero y enseguida la presentación de Emily Cranz, una vedette que había incursionado en el cine mexicano y que con un baile candente interpretó algunos éxitos, entre ellos el gran tema del maestro José María Peñaranda: La cosecha de mujeres y fue tal el alboroto que se armó, que la vedette acostumbrada a todo público, de repente se puso nerviosa ante los gritos e intentos del emocionado público de subir al escenario. Luego presentaron a otros artistas que no llego a recordar y al final, como para cerrar el show presentaron a Los Yakis, que en aquel tiempo habían logrado la cima de la fama con temas como Cenizas, Tus ojos, Teresa, sin embargo cuando llegaron a interpretar Barrio Pobre, cover que realizaron del éxito de Johnny Rivers: Poor side of town, se armó un gran alboroto. Resulta que en la versión original de este tema, el grupo, al igual que lo hizo Rivers, se acompañó de un coro femenino y en su viaje a Nicaragua, me imagino que no les daba la cobija para traerlo, por lo que tuvieron que usar a los mismos integrantes, uno de ellos Benny que en ese entonces todavía se llamaba Benito, que atiplando la voz, trataron de imitar a las muchachas del coro. Así que desde el inicio, en donde la canción entra con el coro y un tu turuaaa chubidubi, la gente se quedó estupefacta con la vil imitación y se empezó a escuchar un ¡Mmmmmmmm!. Luego cuando el coro dice Y te quiero amooor tuaaa, se escuchó un ¡Eeeeeejjjjj!. Al llegar a: Y sin condición, tuaaaa, se empezaron a escuchar de parte de los irredentos de las primeras filas: ¡Aaaayy amor!. Al final, desdichadamente cierra el coro la canción con la partecita de: Te quiero debes creerlo, no hay condición te lo repito, amooor…. Y eso fue la gota que derramó el vaso, causando una tremenda rechifla y gritos que iban desde ¡Ay ella!, hasta la orientación sexual a la que se hacían acreedores con aquel fallido intento de imitar al coro.
Total que la gentil invitación que realizara la Compañía Cervecera desembocó en un tremendo relajo que casi llega a los golpes entre los que les gritaban bascosidades a los Yaki y aquellos que intentaban defenderlos, por suerte el espectáculo ya casi terminaba, así que imitando a Mike Connors de la serie En la cuerda floja, me escabullí y me fui para mi casa.
Pero esos eran otros dorados tiempos, en donde las invitaciones, aun de empresas comerciales, eran con todas las de ley. Ahora es recomendable que ante una invitación de cualquier naturaleza indague primero cuál es el alcance de la misma, no vaya a ser que le salga la venada careta.






5 comentarios
Julio 4, 2009 a las 10:52 pm
♥
“No cabe duda que la globalización ha traído una transformación en las costumbres autóctonas en este particular y se puede observar ahora nuevas actitudes que desdicen del tradicional espíritu fachento del nica”.
Muy cierto, lamentablemente, porque la generosidad nica es proverbial.
No obstante la crisis, conozco algunos casos de endeudamientos para celebrar en grande bodas, quince años, etc.
Muy interesante. Me he divertido con la anécdota de los Yaki
Salud♥s
Julio 6, 2009 a las 12:26 am
Cuando la invitación señala el domicilio del anfitrión hay que regocijarse porque es clara señal que se dispensaran las mejores atenciones. Cuando señala, en cambio, un reconocido hotel hay razón de sobra para preocuparse porque la aplicación de la ley seca no se hará esperar y el menú únicamente apetecerá a aquellos que incian una rigurosa dieta. Es de esperar además que el tamaño del salón será siempre inversamente proporcional al volúmen que nos receta el disc-jockey que al final será el único que se divierta gracias a su evidente sordera y mal gusto.
Julio 6, 2009 a las 1:37 am
Parece que lo que está de moda en estos días es saludar con sombrero ajeno y las invitaciones que abundan, claro está para los afortunados elegidos, se hace con cargo al raquítico presupuesto nacional. La invitación para ir a ver a Marco Antonio Solís es un claro ejemplo en donde se gastó una carretada de dólares para que se regocijaran los mimados.
Julio 12, 2009 a las 12:59 am
De tiempo en tiempo busco el blog maravilloso de Orlando, un hombre de rostro muy serio, pero de un humor y talento insospechados.
Por más de una hora he disfrutado absolutamente TODO lo que este acucioso investigador de lo nuestro, obsequia al mundo de los cibernautas. Creo que un día de tantos debe llegar el obligatorio momento, de editar todo este estupendo material. Toda esa filigrana histórica-anecdótica debe tener mayor divulgación.
Felicidades Orlando y me felicito junto a tus otros lectores, por tener la oportunidad de disfrutar de ese banquete al que nos invita un Ortega de los buenos.
Julio 27, 2009 a las 1:19 am
He disfrutado esta anecdota, sin duda el talento del Dr, Ortega Reyes es unico y siempre soy lector de este sitio.Gracias una vez más Dios le colme de bendiciones.