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Yo nunca había escuchado la Mora Limpia.  De pequeño, mis viajes a Managua eran esporádicos y prácticamente de entrada por salida.  En aquella época no la pasaban por ninguna radiodifusora, o por lo menos yo no había tenido la oportunidad de escucharla.  El caso es que tendría tal vez unos catorce años cuando la escuché por primera vez.

A mediados de los sesenta llegó al pueblo un joven sastre que venía de El Dulce Nombre, poblado de la costa del Pacífico, bajando del llano de Pacaya, un tanto al sur de Pochomil.  Alquiló un local en la calle del Calvario en donde habitaba y tenía su taller de sastrería.  Colocó un rótulo improvisado en donde quiso poner: “Sastrería, Diego M. Baltodano A”., sin embargo no calculó bien el tamaño de las letras del segundo renglón y sólo alcanzó a escribir Diego M. B. A.  La gente del pueblo que era más rápida que veloz, el puso de sobre nombre Diego Bomba, a lo cual el joven se resignó pues además no había dolo en el origen de dicho apodo.  Diego tenía como afición la guitarra.  Algunas veces, después de finalizar su jornada de trabajo, se le miraba tocando su guitarra en el taller.

Una tarde que pasaba yo por su casa, estaba Diego interpretando con un amigo una pieza que me impresionó al momento de escucharla.  Haciendo a un lado la modestia, podría decir que, aún a esa edad, no era un ignorante en materia musical, pues mis padres nos llenaban la vida de música y por lo tanto no cualquier canción me podía impresionar. Sin embargo, esa canción tenía un sabor particular.  Sus notas se desgranaban de las dos guitarras como el agua cristalina que brota de una fuente y parecían transportarlo a uno de una rebosante alegría a una profunda tristeza.  Bastante impactado, me quedé como dicen “puerteando”, escuchando aquella cautivante melodía y al finalizar me dije a mí mismo, como Correggio cuando definió su vocación de pintor, yo también quiero ser guitarrista.

Le pedí a mi padre que me regalara una guitarra y estaba dispuesto a proponerle a Diego que me diera clases.  Sin embargo, por angas o por mangas, la guitarra nunca llegó y así el mundo perdió a un gran músico.  Muchos años después, mi padre compró la guitarra pero para mi hermano Oswaldo y sirvió para que tres de mis hermanos siguieran ese hermoso camino.

Cuando me trasladé a Managua para estudiar en la universidad, me zambullí en el espíritu capitalino, absorbiendo toda la esencia de su cultura y ahí fue donde llegué a conocer la historia de aquella canción que me había cautivado, La Mora Limpia y la de su autor Justo Santos.

Paradójicamente Justo Santos no era oriundo de Managua, había nacido en 1925 en un pequeño poblado de Rivas llamado Palos Negros situado en el camino que lleva a Tola y en cierto momento llegó a Managua en busca de nuevos horizontes.  Formó parte del Trío Los Criollos con Carlos Adán Berríos, quien luego fundara el Trio Xolotlán.  Justo también formó el Trío Los Pinoleros.

Los festejos para el Centenario de Managua como capital de la República, que se cumplirían en el año 1952, se prepararon con pompa y circunstancia y con la debida antelación.  Desde el año 1946 la Presidencia de la República conformó un Comité que se encargaría de preparar la celebración y como parte de la misma, se convocó a un concurso para seleccionar una canción que reflejara el espíritu de la alegría que representaba los cien años de la capital.   Justo Santos se entusiasmó e inscribió en dicho concurso una pieza que él había compuesto pensando en el corazón mismo de los capitalinos y que le había puesto por nombre La Mora Limpia, en honor de los preparativos que se realizan en el camino que recorre Santo Domingo en su bajada de las sierritas hacia la ciudad capital.  Algunos relatores, con una imaginación más fértil, aseguran que la composición se refiere al árbol de la mora que aparentemente abundaba en dicho camino y que servía de refugio eventual al trío Los Pinoleros.  La composición de Justo Santos no logró alcanzar el primer lugar en aquel concurso.  A pesar de lo anterior, de la misma manera que a mí me impresionó esa genial composición, también impactó a muchos nicaragüenses que guardan dicha melodía como algo muy representativo de su identidad nacional y de manera muy especial, a los capitalinos que encuentran en La Mora Limpia un pedazo de aquella agreste e impoluta Managua.

Justo Santos murió joven, a los treinta y tres años, cuando regresaba de trabajar en su oficio de músico, una noche de 1958.  Existen muchas versiones sobre su muerte, sin embargo no son relevantes, pues lo que todavía causa indignación es que un vigilante ebrio, cortó la vida de un notable músico.  Justo fue inhumado en el Cementerio Central de Managua, sin embargo, años más tarde, su familia decidió trasladarlo al Cementerio Oriental de la capital.

Tal vez Justo Santos no ha recibido el reconocimiento que se merece de parte del pueblo nicaragüense, sin embargo, no ha caído en el olvido, pues es imposible que alguien que escuche La Mora Limpia, no busque por cualquier medio como conocer a su autor.  En el plano institucional, se han dado varios esfuerzos por resaltar la figura de Justo Santos.  Recuerdo que a mediados de los años setenta, en la plazoleta que hay fuera de la entrada principal del Estadio Nacional, en donde antes había un caballo y ahora hay una mula, se creó un espacio para la venta de comida y bebidas espirituosas, donde se ubicaron a una gran cantidad de tríos y mariachis, a la cual se bautizó como Plaza Justo Santos.  Por un rato estuvo funcionando dicha plaza, sin embargo, de la misma forma que apareció un día sin más ni más desapareció.  Hace algunos años, la Alcaldía de Managua realizó un homenaje en la tumba del compositor en el Cementerio Oriental, en donde la Camerata Bach interpretó entre otras piezas, la inolvidable Mora Limpia, mientras se bendecía el mausoleo que se construyó para Santos gracias al empeño del historiador Roberto Sánchez Ramírez.

Dicen que la prueba de fuego para cualquier aspirante a guitarrista es la interpretación de La Mora Limpia, sin embargo, más que saber tocarla con la limpieza que esta pieza reclama, es necesario poner todo el sentimiento en cada nota.  Esta composición ha tenido infinidad de intérpretes, aunque no existen grabaciones de la mayoría de las versiones.  La más aplaudida quizá sea la que arregló Carlos Mejía Godoy y en la que interviene  una orquesta, acompañando a las guitarras primero y luego para darle un toque de nuestra “negritud” como diría Sergio Ramírez, a la marimba.  Con un toque clásico resalta la versión de la Camerata Bach, que siempre engalana cualquier evento en donde se interprete.  Regresando a la guitarra pura, la orquesta de guitarras Armando Morales Barillas tiene una versión bastante depurada.  También habría que mencionar la versión que tiene el ensamble Tierra Mestiza, que se originó en aquel recordado grupo Los Folkloristas y que la incluyen en su repertorio de música folklórica de América Latina como uno de los exponentes más representativos.  Una versión muy fresca y colorida es la que realizó el tecladista Frank Fernández.  Indudablemente en gustos se rompen géneros y cada quien tendrá su preferencia especial por alguna versión en particular.  Para mi gusto, la versión que más me ha gustado es la que interpreta Eduardo Araica con otros dos maestros guitarristas que no estoy seguro si son Andrés Sánchez y Julio Vásquez y cuyo video presentaron recientemente en la televisión.  La maestría de Araica y de sus acompañantes logra una calidad interpretativa que sin duda alguna harían emocionarse al propio Justo Santos.

Hay quienes dicen que La Mora Limpia es el segundo himno nacional y yo creo que tienen razón.  En todos los países hay alguna melodía que está tan arraigada en el sentimiento del pueblo que se considera como el segundo himno nacional.  En México el equivalente sería sin lugar a dudas el son de La Negra.  Si algún mexicano en cualquier lugar del planeta escucha La Negra, no puede evitar lanzar un grito que termina ahogándose de emoción en su pecho y si no tiene una botella de tequila a la mano, muy probablemente se eche a llorar.  La Mora Limpia tiene a su favor el hecho de no tener letra, esto le otorga un valor excepcional, pues tan sólo su melodía basta para provocar las más exaltadas emociones en un nicaragüense.  Como decía Oscar Wilde:  Todo lo revela porque nada expresa.

Composiciones como La Mora Limpia, que tienen un profundo significado para la identidad nacional, deberían aislarse de cualquier intento de utilizarse con fines politiqueros.  De la misma forma que los símbolos patrios reclaman respeto, todas aquellas manifestaciones representativas de nuestra cultura, deberían enaltecerse y no revolcarlas en el cieno de mezquinos intereses personales.

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