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La ilusión de un niño no tiene límites, sus sueños son tan ricos y coloridos como un cuento de las Mil y una noches.  En aquellos tiempos, cuando la inocencia se adosaba a las mentes infantiles, estos sueños alcanzaban su punto más alto cuando se acercaba la Navidad.  La ilusión de que el Niño Dios cumpliera todos nuestros deseos, sólo se miraba limitada por la condicionante del comportamiento durante el año, pues al no conocer el rasero que emplearía el tierno infante, siempre quedaba la duda de si un extremo rigor castigaría nuestras ambiciones.  En nuestra imaginación no cabía la posibilidad de que el niño Jesús tuviera un presupuesto y ciertas restricciones.

Los niños de aquel entonces no pensábamos en cena navideña pues el veinticuatro de diciembre nos íbamos a la cama temprano, con el corazón en suspenso al pensar que al despertar encontraríamos el tesoro que el Niño Dios habría traído especialmente para nosotros.  A media noche, un tremendo ruido nos despertaba; cohetes y una música que se colaba hasta nuestra habitación.  Esa música trasmitía una alegría inconmensurable y provenía del “Pase”, una procesión que desbordaba júbilo y que llevaba a la Sagrada Familia, con la participación de una muchedumbre que caminaba animadamente al compás de los Sones de Pascua que interpretaba una banda filarmónica.  Aquellos Sones se convertían en el soundtrak de una película de fantasía en donde corríamos hasta al árbol de Navidad y encontrábamos nuestros regalos, a veces muy cerca de lo que esperábamos, a veces más cerca de lo que al Niño Dios le venía de inspiración.

Fue una verdadera suerte haber tenido en la niñez aquel fondo musical, tan nicaragüense, tan nuestro, que nos acompañó en los momentos maravillosos, de esperar al Niño Dios, de abrir regalos, de mirar asombrados el Pase y la figura infaltable en los mismos: la banda filarmónica de los Ramírez de Masatepe.

Por alguna razón, tal vez la cercanía de Masatepe, los Ramírez se habían amarchantado con el pueblo, de tal forma que su presencia llegó a ser sostenida y de la misma forma que nos hacían saltar de júbilo en las fiestas patronales con los sones de toros, nos llevaban al recogimiento y dolor con las marchas fúnebres de Semana Santa y de nuevo a la dicha inmensa de los Sones de Pascua en Navidad.  Interpretaban magistralmente todos los Sones, muchos de ellos tienen como referencia sólo un número, a excepción quizás de La Vieja.  Mi abuela, originaria de Masaya los conocía casi todos y se alegraba al extremo al escucharlos, pues con orgullo decía que había conocido a don Pablo Vega y Raudez, autor de muchos de ellos, así como a su hijo Alejandro Vega Matus, también célebre compositor.  Habría también que anotar que algunos Sones de Pascua fueron compuestos por los mismos Ramírez.

Otro elemento importante de aquellos tiempos eran los villancicos, mismos que no deben confundirse con los Sones de Pascua, pues los primeros son composiciones para canto, muchas veces en verso, con alusiones directas a la Navidad.  Estos se cantaban principalmente en los rezos del Niño Dios, que por invitación se celebraban en las casas de las devotas y que al igual que en las Purísimas, finalizaban con un brindis a los asistentes, en su mayoría algo de beber o de comer.  Recuerdo que a mi abuela le encantaba: Una bella pastorcita, caminando va con frío y como bella rosita, va cubierta de rocío.  Sin embargo, el más famoso y por algunos preferido es el que compuso el mismo autor del Himno Nacional de Nicaragua, Salomón Ibarra Mayorga, llamado Ese cabellito rubio, aunque no se quedan atrás A las doce de la noche, Venid pastorcitos, Adiós dulce niño.

Por muchos años, fueron casi exclusivamente estos Sones de Pascua y Villancicos, quienes alegraron nuestras navidades.  Luego cuando ingresé al Pedagógico de Diriamba, cantábamos una versión de Jingle Bells que el Hermano Agustín “Tincito” le había puesto letra en español haciendo referencia al I.P.D.

Los villancicos foráneos los empecé a conocer cuando a mediados de los años sesenta participé en una Pastorela que se organizó en San Marcos.  Cuando se hizo cargo de la parroquia el padre Estanislao García, ahora párroco de San Jerónimo y próximo a cumplir sus 100 años, el pueblo vivió una época farandulera, pues el Padre García organizaba desde veladas espectaculares al estilo de Sábado Gigante, procesiones con imágenes vivas y un año se decidió a montar una Pastorela con todas las de ley.  Participó en ella toda la juventud del pueblo, pues con un espíritu que envidiaría el propio Cecil B. de Mille, el Padre García realizó un casting seleccionando a todos los personajes, lo más parecido a lo que su mente dictaba para ellos.

Yo alcancé a formar parte del enorme contingente de pastores y ahí aprendí Los pastores a Belén,  célebre villancico que entonábamos los pastores y las zagalas.  La Pastorela fue un éxito completo, el Teatro Julia estaba al reventar y el elenco se lució con una actuación digna de un film de Dino de Laurentis.  Destacó la escena en donde los peregrinos piden posada y el dueño de la misma, interpretado por el célebre cantautor Manuelito Romero los manda a la calle, mientras él, con una mirada libidinosa, continuaba deleitándose con la danza de los siete velos interpretada por Ena García.  No se quedó atrás la interpretación de Marcos Bodán en el papel de San José, a quien caracterizó muy bien, aunque de casto no tenía nada.

Cuando el Padre García fue transferido llegaron en su lugar dos padres canadienses, Pierre Pelletier y Mario Rioux y se acabó la farándula, sin embargo su primera navidad en el pueblo coincidió con la inauguración de un enorme órgano eléctrico que en vida, mi tío Emilio Ortega Corea había iniciado la colecta para su compra.  Esa navidad llegó al pueblo como invitado un cura canadiense, virtuoso músico, quien se lució arrancándole al órgano los más bellos villancicos internacionales: Noche de Paz, Blanca Navidad, El niño del tambor, Arbol de Paz, La primera navidad y varios más.

Años más tarde, cuando mis padres participaban en el movimiento de los Cursillos de Cristiandad, se empezó a escuchar en el pueblo otros villancicos españoles, aunque el que más entusiasmaba al colectivo, en especial a Juan Carlos Alfaro y a Fernando Talavera (Que de Dios gocen) era Los peces en el río y en especial el estribillo de “beben y beben y vuelven a beber”.

Luego mi padre compró para una navidad un disco de Bert Kaempfert, que era uno de sus intérpretes favoritos, llamado Christmas in Wonderland, con magníficas interpretaciones de los villancicos clásicos y desde entonces cada navidad se tocaba en nuestra casa.

En 1969 el cantante de origen argentino, Luis Aguilé grabó un tema que años más tarde, sin ser un villancico, se convertiría en algo indispensable en todas las navidades: Ven a mi casa esta navidad.  La canción cobró una enorme relevancia después del terremoto de 1972, pues fue la primera experiencia que se vivió con una clara comprensión de lo que significa la solidaridad hacia los que han perdido algo valioso, situación que se refrendó en la década de los ochenta con la enorme cantidad de personas que se fueron al exilio.

Dicen que de todo hay en la viña del Señor.  Algunas personas detestan esta época e incluso llegan a deprimirse.  Yo por mi parte, disfruto al máximo estas fiestas, sin embargo, es indispensable que tengan de fondo algún villancico o Sones de Pascua.  Puedo prescindir del licor e incluso de las delicias de la cena, sin embargo, no puedo dejar de escuchar esta música, que sirvió de fondo a momentos mágicos e inolvidables que me traen de regreso la sonrisa de mi padre, el cariño inmenso de mi madre y aquellos rostros de mis hermanos, jubilosos, angelicales cuando corrían hacia el árbol de navidad y descubrían sus regalos.

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