Etiquetas

, , ,

Cuando llegaba el mes de julio, el Instituto Pedagógico de Diriamba comenzaba a inundarse del ruido de tambores y clarines. Ante la cercanía de las fiestas patrias, la banda de guerra del colegio comenzaba a tomar forma. En esa época no había reparos para llamarla de esa manera, era una banda de guerra, simple y sencillamente, sin entrar en intrincadas consideraciones semánticas o de otra índole.

 

Las vacantes en la banda de guerra a causa de los egresos por bachillerato o cambio de colegio eran cubiertas por amigos de los antiguos integrantes y los primeros ensayos eran dedicados a inducir a estos nuevos elementos. La banda estaba compuesta por un total de 56 alumnos, que incluían los tambores, redobles, bombos, platillos, clarines y una lira. Sin embargo, el componente indispensable y figura central de la banda era el Tambor Mayor, conocido como Palillón, quien marcaba el paso y el ritmo de los desfiles, haciendo toda suerte de malabarismos con su bastón.

 

Ya para agosto, cuando la banda de guerra iba acoplándose, iniciaban las prácticas del desfile con la participación de todos los alumnos de secundaria. Obviamente había excepciones y dispensas para aquellos que se consideraban enfermizos o sumamente delicados. Los pelotones se iban conformando por orden de estatura, con un total de 32 elementos cada uno hasta completar un total de seis que conformaban la compañía.

 

Cuando estuve en Primaria, era todo un espectáculo para los menores ver las prácticas del desfile, con la banda de guerra marcando el paso de los pelotones que trataban de mantener un porte marcial. En esa época recuerdo que el Tambor Mayor era Samuel Mansell, originario del norte del país y desde mi estatura de ese entonces lo miraba extremadamente alto. Un año, sería a finales de la década de los cincuenta, algún iluminado tuvo la brillante idea que los alumnos debían marchar con un rifle al hombro. Me imagino que al estudiar en el colegio muchos hijos de los altos mandos militares de Somoza, no fue problema conseguir una amplia dotación de rifles Garand, supongo que sin munición alguna. Ese año, los estudiantes lograron además de su porte marcial, mostrar un dominio en el acarreo de su rifle, con algunas suertes de saludos y demás malabarismos. Fue un éxito rotundo de tal forma que los llevaron a desfilar a Managua.

 

Al ingresar a primer año de secundaria, nos entusiasmamos con el hecho de que al fin podríamos desfilar. Al momento de iniciar las prácticas, el entusiasmo se evaporó en el sofocante calor y al rigor de los ensayos en donde el pie izquierdo debía ir al compás de cierto toque del tambor. Al acercarse las fiestas patrias nos instruían sobre el significado de las festividades y de la importancia de la promesa a la bandera. Luego venía la preparación del uniforme, pues se compraba un traje completo azul marino en Los Mejores Trajes Gómez en Managua, al cual se le agregaba las charreteras y luego un talabartero de Diriamba se encargaba de hacer unos cinturones al estilo de los que usaba la Guardia Civil Española, pintados de blanco, finalizando el atuendo una cachucha azul con ribetes blancos, a diferencia de la banda de guerra que usaba quepis.

 

Aquel 14 de septiembre, antes de rayar el alba, como expresaba el General José Dolores Estrada en su parte de guerra, me desperté con la emoción de participar en mi primer desfile patrio. Me vestí con la misma solemnidad que lo hizo años más tarde Lee Marvin en Cat Ballou y no dejaba de verme en el espejo con mi uniforme. El acto central en el patio del colegio fue solemne, después del himno nacional entonado gallardamente por todo el alumnado, siguieron discursos, poesías y la promesa a la bandera en donde un poderoso: ¡Sí, prometo! retumbó en el inmenso patio. Luego se inició el desfile que enrumbó hacia la ciudad de Diriamba, en donde una considerable muchedumbre se agolpó en las aceras para ver marchar al Pedagógico al compás de las marchas que magistralmente ejecutaba una impresionante banda de guerra. En ese tiempo no había botellas ni bolsas de agua y las cantimploras no eran parte del uniforme, así que el inclemente sol nos provocó una deshidratación que desembocó en un fuerte dolor de cabeza que perduró hasta la tarde. Al día siguiente, debimos regresar al colegio para participar en las festividades del día de la Independencia, mismas que se centraban en la lectura del Acta de esa efeméride, lectura que se nos hacía eterna, pues se le delegó a un Hermano de origen español, quien leyó parsimoniosamente, a lo mejor a propósito, los 18 artículos del Acta.

 

En los siguientes años continué participando en los desfiles, ya sin el entusiasmo de mi primera vez, observando siempre el ritual de la banda de guerra para la reposición de sus miembros y de la inducción de los nuevos integrantes. El Tambor Mayor, William Frech no parecía dar el tamaño para el puesto, pero sus facultades histriónicas suplían su estatura. También recuerdo a Alberto Martínez Tiffer, a quien conocíamos como el Gato Macho, quien llegaba a los seis pies de estatura y con su vocerrón hacía retumbar el patio del colegio: ¡Compañía!, respondiendo los seis jefes: ¡Pelotón!

 

En general, en esa época en toda Nicaragua, todos los colegios guardaban la misma solemnidad en los desfiles. En Managua había un acto central en la Plaza de la República al cual asistían todos los colegios de la capital y en donde se realizaba la promesa a la bandera, iniciando luego el desfile que tomaba la Avenida Roosevelt y se iba disolviendo de acuerdo a la resistencia de cada colegio. Los colegios de mujeres, en su mayoría no tenían banda de guerra y a la altura del almacén Carlos Cardenal, abandonaban el desfile. Quien más llamaba la atención era desde luego la Academia Militar, luego seguían los tradicionales colegios Ramírez Goyena y Pedagógico de Managua. En cierto momento comenzó a llamar la atención el Colegio Primero de Febrero, en donde estudiaban los hijos de militares, introduciendo en su banda de guerra a varias palillonas que en minifalda se movían cadenciosamente al ritmo de las marchas.

 

Con el terremoto de 1972, la reubicación de muchos colegios en Managua y el posterior cierre del Instituto Pedagógico de Diriamba, la tradición de los desfiles para las fiestas patrias fue decayendo. En la década de los ochenta, el himno nacional y la bandera azul y blanco pasaron a segundo término, así como los próceres de la independencia y los héroes de San Jacinto. Los desfiles de jóvenes se dieron entonces hacia las fronteras o el aeropuerto. El mes de septiembre quedó desolado y sólo quedó el picante sol de siempre.

 

En los años noventa se revivieron las fiestas patrias septembrinas y surgieron de nuevo los desfiles y las bandas; sin embargo, se originó la gran polémica de que no deberían ser más bandas de guerra, pues nadie quería saber nada de conflictos armados y como el que se quemó con leche, hasta las cuajadas sopla, había que darle un giro a los desfiles y de ahí salieron las bandas escolares o bandas musicales, que siguiendo un poco el modelo que una vez ocupara el Colegio Primero de Febrero, se centró en la figura de las palillonas, quienes con vestimentas mínimas se empeñaron en mostrar movimientos eróticos más para llamar la atención que para hacer un tributo a la Patria.

 

De esta forma, el porte marcial de los desfiles cambió drásticamente y al perder su esencia, lo único que podía aspirar a ser fue un movimiento de corte carnavalesco. Las tradicionales bandas de origen militar de tambores y clarines, se amplió a trombones, trompetas, cencerros y demás. De nuevo el homenaje a la Patria quedó en segundo término y los esfuerzos estaban encaminados a la competencia con otros colegios, originándose pleitos que incluso llegaron a la violencia.

 

Durante los once años que trabajé en el Ministerio de Educación asistí a los actos en celebración al mes de la Patria, evitando siempre asistir al concurso de bandas escolares, sin embargo, en el acto central del 14 de septiembre estuve, ya fuera en el Estadio Nacional o en la Plaza de la Fe y era decepcionante observar que mientras en la tribuna principal, el presidente en turno trataba de darle solemnidad al homenaje a la Patria, abajo, los estudiantes que representaban a todos los colegios de Managua, parecían estar en otro mundo, conversando, comiendo y bebiendo como si se tratara de un picnic; pero lo más vergonzoso ocurría al momento de la promesa de la bandera, pues luego que el presidente hacía su mejor esfuerzo por ser escuchado en todo el recinto exclamando: “Niños y jóvenes de Nicaragua, ¿prometéis amor, lealtad, veneración y cumplimiento de vuestros deberes a la bandera azul y blanco de la Patria?”, no se escuchaba absolutamente nada, los niños y jóvenes continuaban con su tertulia, y apenados algunos invitados especiales, no tan jóvenes, murmuraban: “Si prometo”.

 

Después del bochorno septembrino, cuando tenía oportunidad le sugería al Ministro en turno que debería haber un cambio radical en la educación cívica. Le ponía como ejemplo lo que sucedía en México, que en la fiesta nacional el 16 de septiembre, día de la Independencia, solamente marcha el ejército; sin embargo, al mexicano desde niño se le inculca una especial veneración a la bandera nacional y a los símbolos patrios y cada lunes en todas las escuelas del país, los mejores alumnos portan con orgullo el pabellón nacional, mientras el resto de alumnos cantan y veneran a su bandera y todos entonan a todo pulmón el himno nacional. El respeto y admiración que tienen los mexicanos a sus símbolos patrios no tiene igual en la región y no es extraño ver a un ciudadano hecho y derecho en el Zócalo capitalino, llorar al ver la imponente bandera monumental que ondea frente al Palacio Nacional.

 

Hoy en día, en Nicaragua las cosas siguen igual, con algunas variantes pues el desfile del 14 de septiembre, sin explicación alguna, se realiza por la noche.

 

Este pasado 15 de septiembre, estando en El Salvador, tuve la oportunidad de ver los desfiles en honor a la Independencia de Centroamérica y ahí también desaparecieron las bandas de guerra y ahora son bandas de paz. Los estudiantes marchan desde el Ministerio de Hacienda hasta el estadio “Mágico González” en donde se lleva el acto central y los militares por su parte marchan hacia ese mismo punto desde otra ruta.

 

El desfile estudiantil era encabezado por una escuela militar que al ritmo del tema musical de Los Hijos de Sánchez, en una adaptación a banda muy bien lograda, mostraban un porte marcial y realizaban acrobacias y malabarismos con sus armas. Después siguieron otros colegios en donde al ritmo del Mambo número 5 de Pérez Prado, los alumnos se contorsionaban frenéticamente, incluyendo a aquellos vestidos con trajes típicos. Lo más esperado por la muchedumbre era el famoso Instituto General Francisco Menéndez, INFRAMEN, que participó en el Desfile de Las Rosas en Pasadena, California, en enero pasado. En realidad no difiere mucho de los grandes colegios de Nicaragua, en donde la figura central son las palillonas, allá llamadas cachiporristas, vestidas con una mínima indumentaria estilo escocés, con una banda de paz muy bien acoplada. Para el toque carnavalesco, el contingente del INFRAMEN iba encabezado por un automóvil disfrazado de alacrán rojo, que es la mascota del colegio. En calidad interpretativa se destacaba un colegio que no logré conocer su nombre y que ejecutó magistralmente uno de los temas de Indiana Jones; luego me enteré que una gran sección de la banda había sido becada para estudiar música en el extranjero. No tuve la oportunidad de asistir al acto central del estadio y me conformé con encontrarme con la Ministra de Educación en el Siman de La Gran Vía la noche anterior, mientras ella buscaba un cinturón para el evento.

 

En lo particular, yo insisto que el respeto y veneración a los símbolos patrios debe cultivarse en el día a día, desde la educación preescolar. Los desfiles deberían reservarse, si acaso, para las fuerzas armadas, que como decía Sucre Frech cuando el umpire limpiaba el home plate, “para eso les pagan”, los colegios deberían tener su acto central con la promesa de la bandera y con el conocimiento cabal de lo que significan las efemérides y los símbolos patrios, para que luego cuando sean mayores y tengan la oportunidad de servir a la Patria en un cargo público, no empiecen a cantinflear y afirmar que Andrés Castro mató de una pedrada a Calvin Byron.

 

 

 

 

About these ads