Abril 23, 2008...2:06 am
La sonrisa de mi padre
A la memoria del Dr. Orlando Ortega Corea
Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,
al contrario, la hacen más profunda.
Gustave Flaubert
En esta cansada cuesta del camino, en donde nos engañamos diciendo que ya venimos de regreso, a sabiendas que el camino es uno y el regreso es tan sólo una ilusión óptica; nos ataca, además de tantas otras cosas, el síndrome de extrañar, de echar de menos. Nos despertamos extrañando; el transcurrir del día es un constante ejercicio de echar de menos y cuando nos rendimos a la noche, seguimos en el mismo afán.
En mi extensa colección de motivos para extrañar, sobresalen las tardes de domingo, con la función de cine de las tres en el Julia y el sabor del último aliento del fin de semana; aquella sensación de libertad de la niñez, en donde todo estaba arreglado, en donde todo el mundo era responsable para que todo estuviera allí, como un escenario para mi existencia y mi única preocupación era simplemente ser y estar. Echo de menos, el correr sin cansarme, subir al árbol más alto sin más temor que ser descubierto, comer dulces sin medir consecuencias. Me hace tanta falta el aire fresco de cuando entraba diciembre, con olor a pólvora, a corte de café, a purísimas y aquella incesante bulla, de cánticos, villancicos, partidos de béisbol por la radio y gritos inocentes en la calle. Llego incluso, a extrañar el miedo a la noche, a la profunda oscuridad y a los fantasmas acechando debajo de la cama.
Sin embargo, hay algo que extraño infinita e incesantemente y que me hace soñar con la magia de regresar el tiempo; llenarme de toda la fe de este mundo, cerrar los ojos y de repente, encontrarme frente a frente con mi padre y mirar nuevamente su sonrisa, que después del amor de mi madre es uno de los regalos más grandes que me ha dado esta vida.
Cuando él sintió que su mano dejó de ser más fuerte que la mía y que ya era tiempo de dejarme buscar mi camino, sin mediar palabra alguna, me la cambió por una sonrisa. A partir de entonces, sin excepción, cada vez que nos mirábamos, me ofrecía una tremenda sonrisa, amplia, franca, que brotaba mucho más allá de sus labios, como el arco iris que nace más allá del horizonte. Ese regalo inigualable me daba fuerza, confianza, me devolvía la calma, al igual que en un tiempo su mano me daba seguridad infinita. Era un destello que me decía que mis pasos iban firmes por el camino correcto o que si me equivocaba, había heredado la entereza para enmendar el rumbo. Cuando tocaba a su puerta, esperaba ansioso encontrar esa sonrisa que me daba tanto aliento para seguir adelante y cuando enfrentaba los más agobiantes problemas, tan sólo pensar en aquella sonrisa, me daba la fortaleza necesaria para encontrar la salida.
Pero la vida no es vida si no nos mueve en un péndulo sin fin y de la misma manera que nos da, nos arrebata, así que una mañana, todavía muy temprano, lo encontré derribado, vencido por su vieja enemiga a quien peleando sin tregua le había arrebatado a tantos candidatos. Me dolió tanto ese encuentro; su sonrisa había desaparecido y en su lugar un rictus ponía una lápida a la figura de mi padre.
Desde entonces, vivo extrañándola a morir, sin resignación, buscándola incesantemente. Muchas mañanas, me sorprendo ante el espejo, tratando de encontrarla en mi propio rostro, o tal vez, ensayando el mejor regalo que puedo darle a mis hijos.






1 comentario
Abril 24, 2008 a las 1:06 pm
Fuiste afortunado de contar con ella mientras fue posible.
Que su recuerdo te reconforte en los momentos difíciles..
.Salud♥s
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