Febrero 8, 2008...8:53 pm

Una de chibolas, gaseosas y colas

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Royal Crown Cola

Los nicaragüenses padecemos de sed.  No sólo de “una sed de ilusiones infinita” como ayer no más decía Rubén, sino también  de una insaciable necesidad de hidratarnos, de regresar al cuerpo lo que el clima nos arrebata de manera inclemente. Afortunadamente todavía tenemos agua en cantidades envidiables, sin embargo, existe en nuestra cultura una marcada predilección por lo dulce, aunque sea bajo la elemental forma de calmar la sed.  Por eso tradicionalmente el nica ha recurrido a los refrescos naturales para calmar su sed y su gula y de ahí nacen una serie de delicias al paladar como el pinolillo, el cacao, el tiste, la granadilla, la chía, el pozol, la chicha, la semilla de jícaro y tantos más. 

Sin embargo, cuando John Pemberton inventó la Coca Cola en 1886, vino a revolucionar la forma de saciar la sed en todo el mundo y de esta forma esta gaseosa se convirtió uno de los íconos más representativos del siglo XX.  De manera extensiva las bebidas carbonatadas marcaron una era en la comercialización de productos de consumo masivo. 

En Nicaragua, la producción y consumo de gaseosas data de inicios del siglo pasado cuando entusiasmados inversionistas locales adquirieron el know how y los utensilios para producirlas artesanalmente.  A estas pequeñas fábricas se les conoció con el nombre de “chibolerías” debido a que en esa época los envases de las gaseosas eran sellados con una pequeña esfera introducida en el interior del recipiente de vidrio y que por efectos del gas, subía y tapaba la botella, por lo que a estos refrescos se les conoció con el nombre de “chibolas”, que no tiene nada que ver con el término utilizado en Perú. 

Fue en el occidente del país en donde tempranamente floreció el negocio de las “chibolas” y las empresas Lacayo y Flores se disputaron el mercado regional.  En Managua también se instalaron estas “chibolerías” resaltando la famosa Chibolería Gil que estuvo localizada en la esquina de la Calle Momotombo y la 6ª. Avenida Oeste, a unas cuadras de La Hormiga De Oro.  Muchas ciudades del país contaban con su “chibolería” que surtía al mercado local, por ejemplo en San Marcos el pionero de este negocio fue don Félix Vallecillo y posteriormente con mayor éxito don Juan Molina Zeledón quien tenía cubierto además de este rubro, el negocio de las roconolas de toda la zona urbana y rural del municipio.  

A pesar de que una gran proporción de la población seguía prefiriendo los refrescos naturales, poco a poco la afición por el sabor especial de las bebidas carbonatadas fue incrementándose, conformándose un mercado interesante para las empresas extranjeras.  De esta forma, a mediados del siglo XX comenzó a producirse la Coca Cola de parte de la Embotelladora Milca, propiedad de don Miguel Ignacio Lacayo, hijo del dueño de la Chibolería Lacayo de León.  También la Embotelladora Nacional, S.A. ENSA inició la producción y distribución de la Pepsi que se convirtió en la marca rival de la Coca y que tenía en ese entonces una amplia preferencia entre los consumidores capitalinos.  Para esa época ya las chibolas, como medio para sellar los recipientes, habían pasado a la historia y se utilizaba la corcholata, que los nicas la bautizaron con el nombre de tapa de chibola. 

Para los años cincuenta el mercado de gaseosas había crecido significativamente y debido a que no habíamos ingresado a los esquemas proteccionistas posteriores, la oferta de este producto era quizás más variada que en la actualidad.  Además de la Coca y la Pepsi estaban presentes las marcas Canada Dry que ofrecía la Ginger Ale, así como refrescos de diferentes sabores, incluyendo a la inolvidable Spur.  También estaba la marca Old Colony que tenía como logo la silueta  de un personaje de la época de la independencia de los EE. UU. y que ofrecía una variedad de colores y sabores.  De producción nacional estaba la Milca Roja, que se hizo famosa por ser la protagonista de un sonado caso de envenenamiento en Masaya.  También estaba la San José, una gaseosa con sabor de naranja que se embotellaba, al igual que la mayoría de las sodas, en la carretera Norte.  La ENSA tenía además del Club Soda, refrescos de diferentes sabores.  Una gaseosa que gozaba de una gran popularidad debido a que no contenía mucho gas y sus sabores eran tenues, era la Cristal, que embotellaba la fábrica de Galletas Cristal de la familia Guerrero y que desafortunadamente con la intromisión de NABISCO en el negocio de las galletas, esta delicia de soda desapareció del mercado.   

También apareció fugazmente en el mercado una gaseosa que aparentemente había nacido en Cuba, la Ironbeer, que tenía un musculoso atleta como logotipo.  Luego apareció la Royal Crown Cola, con larga tradición en los EE. UU., cuyo sabor no competía con la Coca ni la Pepsi, pero se lució con una famosa promoción de premios en las corcholatas llamada las siete cabritas. Luego la Coca Cola introdujo la Fanta con sus sabores de uva y naranja, compitiendo con la tradicional Orange Crush.  Una de esas embotelladoras trajo de manera muy casual la Nesbitt con sabor a mandarina y también la Citrón de sabor a grapefruit. 

Una categoría muy aparte la constituían las kolas, que siguiendo la tradición de la Coca Cola original, se vendían como tónico, pues afirmaban que contenían esencia de kola importada y la promocionaban como ideal para la convalecencia de enfermos; por eso se vendían en farmacias a un precio más elevado.  En esta categoría estaban la Kola Shaler y la Kola Carthier, la primera producida por la familia Robleto y la segunda por la familia Lacayo de León.  Todo enfermo con ciertos recursos consumía una buena dosis de estas kolas y en algunos pueblos era el acompañamiento ideal para las visitas protocolarias a los enfermos convalecientes. 

De gratos recuerdos era la Chipiona que era una gaseosa que venía en un envase pequeño, tal vez unas 6 onzas, pero de un sabor muy agradable.  Sólo se vendía en el establecimiento del propietario que estaba localizado en la 6ª Avenida Suroeste a unas cuadras de la calle 11 de julio.  

Por los años sesenta una empresa trajo los famosos Jarritos de México, que venían en sabores muy parecidos a los naturales.  Estas gaseosas no tuvieron éxito y al cabo de un par de años desaparecieron del panorama.  Otra fugaz fue la Tropicola que no pudo competir con las gigantes tradicionales. 

A mi en lo particular me gustaba la Old Colony roja, supongo que era de fresa, la Spur, la Canada Dry anaranjada, la Cristal Champán y la Jarritos de tamarindo.  Mi padre a pesar de ser médico nunca nos prohibió el consumo de gaseosas, aunque mi abuela se inclinaba a que consumiéramos Cristal, que era más ligera.  Las chibolas las teníamos prohibidas pues nos decían que el agua con que las preparaban no era completamente limpia y las botellas no estaban bien lavadas, aunque en una ocasión por pura curiosidad probé de manera clandestina una verde y me supo a menta.  En los años sesenta, la ilusión de obtener un yo yo Russell, me fomentó el consumo de Coca Cola, pues se necesitaba cierta cantidad de corcholatas de esa soda para acceder al mismo, cuando los yo yos eran todavía de madera, posteriormente cuando los asumió la Fanta ya eran de plástico.  La Kola Shaler de las convalecencias no me deleitaba, más bien la apuraba como medicina.  En mi época de universitario me aficioné a las Chipionas, en particular una de uva que bien helada sabía a gloria. 

Con el tiempo, los dos colosos de las gaseosas, la Coca Cola y la Pepsi Cola fueron absorbiendo a las otras empresas productoras, de tal suerte que constituyeron un oligopolio que manejó por mucho tiempo casi la totalidad del mercado.  Con sus agresivas campañas publicitarias han logrado acaparar cada vez un segmento mayor en este consumo e incluso han logrado incrementar el consumo per cápita del producto.  Sin embargo, en los últimos años se han visto sorprendidos por empresas embotelladoras foráneas que a través de hábiles métodos de comercialización y precios muy competitivos, han venido a arrebatarles un segmento no despreciable de la clientela, como es el caso de la Big Cola de Perú y la Salva Cola de El Salvador. 

En la actualidad la gaseosa sigue siendo una importante preferencia en el consumo de refrescos, aunque en términos comparativos el consumo per cápita de Nicaragua es el menor de Centroamérica, pues alcanza, como precisaría Firuliche, los 41.25 litros al año, comparados con los 55 de Panamá o los 60 de Costa Rica, todos ellos muy lejanos al de México que alcanza los 150 litros.  Son varios factores lo que determinan estas diferencias, en primer lugar podría ser el factor ingreso, pues para muchas personas es más fácil y barato calmar la sed con una o dos bolsitas de agua helada de la que venden en los semáforos; en segundo lugar podría mencionarse la persistencia en el gusto nacional de los refrescos naturales y yo mencionaría otro, un tanto aventurado, que es el hecho de que en los años ochenta gran parte de la población se acostumbró a beber licor a la “mano pelada”, ligando sus tragos con agua o simplemente al straight, en México por ejemplo, la gaseosa es indispensable para ligar tanto el brandy como el ron. 

La chibola, ahora como gaseosa en envase de vidrio y producida en pequeña escala, se ha negado a morir.  Todavía puede encontrarse en remotos lugares; algunas veces me he encontrado con camionetas cargadas de cajillas con esta gaseosa allá en la carretera Norte, por ENABAS, sin embargo, su futuro está íntimamente ligado a la existencia del vidrio como elemento de envase.  Al momento de desaparecer los envases de vidrio es muy probable que la tradicional chibola pase a la historia, a menos que sus productores entren a la reingeniería para utilizar envases PET.  Los refrescos naturales por su parte, a medida que las frutas y demás materias primas, incluyendo el azúcar, necesarias para su elaboración sigan subiendo de precio, se convertirán en un lujo y su consumo será exclusivo de las clases pudientes.  

El destino de las bebidas carbonatadas en muy difícil de predecir, desde mi humilde criterio, estimo que pasará un rato para que las formas de mitigar la sed sufran cambios drásticos y es posible que los cambios climáticos que se avecinan, más los adelantos en las ciencias médicas y nutricionales obliguen a la humanidad a modificar sus métodos de hidratación.  Para mientras, cada quien debe disfrutar al máximo la bebida de su preferencia.  A mí me gustaría por probar una vez más una Old Colony roja, con bastante hielo; tal vez al mejor estilo de Marcel Proust,  su sabor me ayudaría en la búsqueda del tiempo perdido.  

3 comentarios

  • Gracias por la información, es interesante. A mí, me gustaría tomar una Orange Crush. Salud♥s.

  • excelente información
    Saludos

  • ¡Vaya..!, qué buen artículo. Me ha hecho recordar la gran mayoría de esas gaseosas, pero al parecer faltó una, que si bien es cierto no entra en las categorías que indica el título de la aportación, era muy apetecida y popular: la Chica Rica, bebida hecha de leche con cocoa, embotellada y con su corcholata. Saludos a todos.

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