Mayo 8, 2008

La pulpería de la esquina

Pulperá Vaya con Dios

 

 

 

Todo nicaragüense lleva en algún recoveco de su memoria un lugar especial conectado directamente a su corazón.  Más allá de la casa en donde dio sus primeros pasos, de la escuela en donde descubrió la magia de la lectura o de la iglesia en donde escondió sus primeros miedos, está un pequeño lugar lleno de aromas entremezclados, de filas policromáticas de etiquetas, de pesas y medidas y tintineo de monedas.  Se trata de la pulpería del barrio.  Destino ineludible del diario acontecer del nica.  Lugar en donde se exponen las necesidades básicas de la familia, las tristezas y alegrías del barrio, las noticias propias y ajenas.  Recinto de encuentros informales, el club social de la cuadra, el muro de los lamentos.  Eterna romería buscando la más inverosímil variedad de artículos: arroz, trabas, chicles, leche, cigarros, bolis, gaseosas, candelas, helados, golosinas, manteca, curitas, jaleas, jabón, pasta de dientes, tortillas, frutas, analgésicos, pan dulce, galletas, frijoles cocidos, aceite, frutas, queso, toallas sanitarias, desinfectante, margarina, lápices, especias, afeitadoras, dulce, pan francés, eskimos, café, peines, azúcar, fósforos, papel higiénico, bolsitas de shampoo, jugos, cuajadas, cordones, kerosene, sal, cloro, baterías y tantas cosas más.            

 

En el lenguaje familiar este local asume el apelativo referencial de “la venta” a secas, sobre entendiéndose que se trata del pequeño comercio más cercano y que formalmente adquiere el nombre de “pulpería” y que es acusado por un rótulo patrocinado por algún proveedor.  Este nombre tiene su lugar de nacimiento en Sudamérica, específicamente en Argentina y Uruguay, allá por el mil seiscientos y algo y se asume que llegó a nuestro país a finales del siglo XIX, tal vez por la asidua lectura de Martín Fierro, cuyos relatos giran en muchos casos en torno a este local.  A medida que la economía nacional fue fortaleciéndose a inicios del siglo XX, los grandes almacenes y los comisariatos en las fincas agropecuarias dejaron de tener el monopolio del comercio, dando lugar a pequeños expendios de productos básicos que empezaron a proliferar en todo el territorio nacional, tanto a nivel rural como urbano.

 

Debido a que por tanto tiempo la pulpería ha estado presente en la vida de los nicaragüenses, el origen de este nombre no produce una extrema curiosidad.  Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta cuál es el origen de este vocablo.  Algunos explican que puede derivarse del hecho de que en ese local se vendían frutas y su pulpa, a manera de conservas.  Otros lo relacionan con el hecho de que el propietario necesitaba muchas manos, como un pulpo, para atender a sus clientes.  Otros, un tanto despistados, lo derivan de pulquería, el expendio mexicano en donde se vende el casi extinto pulque. 

 

En América del Sur hace rato que la pulpería quedó casi en el olvido, subsistiendo tal vez a manera de restaurantes que ofrecen comida típica regional, sin embargo, en Nicaragua todo el territorio nacional está sembrado de pulperías.  A pesar de que en algún momento allá por los años sesenta, el vocablo se empezó a mirar con cierta aprensión y algunos pequeños comerciantes empezaron a utilizar el término “miscelánea” para sustituir a la tradicional pulpería, creyendo que podrían darle una mayor categoría y modernidad, lo cierto es que el siglo XXI nos ha sorprendido con el resurgimiento de la pulpería, como símbolo del esfuerzo de los sectores de menores ingresos para subsistir a través del pequeño comercio.

 

La pulpería tiene en su haber una inmensa colección de nombres, predominando aquellos que corresponden al apelativo de la propietaria, pues en un 83.32%, como detallaría el Firuliche, son mujeres quienes emprenden estos negocios, debido tal vez a que son un complemento al trabajo del jefe de la familia y que si corren con suerte logran superar sus ingresos, trastrocando la correlación de fuerzas en el hogar.  Habría que señalar aquellas pulperías que por algún capricho de los propietarios no tienen nombre, como es el caso de la pulpería de la niña Reneé Matus en San Marcos, que nunca permitió ningún rótulo de parte de los proveedores para identificar su negocio o el caso de un concejal de ese pueblo que después de acusar un enorme faltante en las arcas de la alcaldía, apareció en su casa, de la noche a la mañana como por arte de magia, una pulpería impresionantemente surtida, operando sin embargo en forma semi clandestina, con las puertas entreabiertas y ante su negativa a bautizar el negocio, el pueblo se encargó de nombrarla “La Fantasma”.  En términos generales, los pulperos no tienen la chispa de originalidad que tenían los dueños de cantinas para bautizar su negocio, o el ingenio que tenían algunos pocos pulperos, como el caso de la Pulpería “El Infierno” por el rumbo del Gancho Camino de la vieja Managua; ahora los pocos negocios que no tienen el nombre del propietario o del santo correspondiente, recurren a la simpleza de “El buen precio”, “La favorita”, “El progreso”, “El baratillo”.  Llama la atención el nombre la pulpería “Vaya con Dios” ubicada en la 35 Avenida Sur Oeste, pues esa expresión es típica de los emigrantes mexicanos en los Estados Unidos y que dio origen a una famosa canción norteamericana compuesta en 1953 por Larry Russell.  Sin embargo, la que realmente causa gracia es una pulpería en Granada, elevada al rango de miscelánea, que lleva el sobre nombre del propietario: “Chico Tripa” y que según lo que comentaba una dependienta, el dueño siempre lo ha tomado por el lado amable.

 

Como en todo negocio, algunas pulperías fracasan con el tiempo, otras, sin embargo, consiguen consolidarse, desarrollarse y ser una fuente de bienestar para sus propietarios.  Los elementos que influyen en el éxito o fracaso de estos pequeños comercios están concentrados básicamente en el carácter del propietario.  Antes que nada debe de ser un emprendedor nato, no alguien que le cayó el negocio del cielo y tiene que jinetear el macho.  Esa vocación para el negocio también se manifiesta en la capacidad para distinguir entre el costo de venta, el precio y el margen de ganancia, a la par de una extrema habilidad para las operaciones matemáticas básicas.  Debe de contar también con una enorme paciencia que le permita movilizarse aun para despechar el artículo con el menor precio.  Tiene que contar con un liderazgo que convierta su negocio en el centro social del barrio y genere la confianza para que sus clientes confíen en su persona y con el tiempo pueda convertirse en confidente o confesor de sus clientes.  Es imprescindible que sepan sonreír de manera constante y con naturalidad, sin embargo, detrás de una actitud bondadosa deben de tener la firmeza necesaria para administrar el crédito, otorgándolo a quienes puedan asegurar una eficiente recuperación y si es posible puedan resarcirle el costo del capital en dicho período.  Seguramente todo pequeño comercio próspero tiene a una persona con estas cualidades al frente.

 

En la actualidad una gran mayoría de pulperías conviven con una minoría de misceláneas, otras que han prosperado y crecido lo suficiente se transforman en “distribuidoras” “abastecedoras” o “mini super”, si acaso el vecindario permite este último tipo de negocio tan arriesgado para zonas non sanctas.  En Managua, por ejemplo, puede contarse en promedio una pulpería por cada tres manzanas, aunque los estudiosos revelan que en todo el territorio nacional existen casi 100,000 establecimientos de esta naturaleza y su aporte a la economía es significativo, sin contar con el beneficio a sus numerosos clientes al acercarles a sus hogares los productos básicos de subsistencia y ofrecerles el crédito que necesitan sin el papeleo, trabas y condiciones leoninas de las tarjetas de crédito.

 

Muchas personas, especialmente en la capital, prefieren realizar la mayoría de sus compras en los supermercados, tal vez por la facilidad de encontrar un mayor surtido, escoger directamente el producto que se busca o quizá por el placer subliminal de empujar una carretilla al ritmo de una música de fondo, no obstante, siempre estará una pulpería a mano para lo inmediato.

 

Sin importar donde compre, a cada nicaragüense de vez en cuando le asalta el recuerdo de algún detalle de la pulpería de su barrio, como por ejemplo en ocasiones me viene a la mente las bolitas de triquitraca de doña Veva Herrera, los rosquetes y los trompos masaya de doña Chon Bonilla, los bananos pasados de la niña Esmeraldita Silva, los chocolates Auxiliadora de doña Berta Gutiérrez, los insuperables helados de leche con su toquecito de guaro y el dulce néctar casi frozen de la cebada de la tía Leticia o bien los chicles Cadillac y los colorines de donde doña Consuelo.

 

Cuando el destino nos pone de nuevo en el umbral de una pulpería, nos ocurre lo que expresaba César Isella en su “Canción de las simples cosas”: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”.

 

 

 

 

 

 

Mayo 1, 2008

Que murmuren

 

Por muchos años los artistas resaltaban exclusivamente por su talento.  En una época en donde los medios de comunicación se asomaban tímidamente a nuestras vidas, aprendimos a valorar a quienes trabajaban en el negocio del entretenimiento por la excelencia de su trabajo.  La voz y calidad interpretativa de los cantantes marcaban la preferencia del público y en esa medida vendían sus discos o se escuchaban por el radio. 

 

Cuando la televisión estaba todavía en pañales, era el radio quien nos traía los éxitos musicales del momento, entendiéndose por “momento” los últimos veinte meses pues nos llegaban con cierto retraso.  Parece mentira, pero en ese tiempo no llegábamos a conocer el rostro de muchos artistas.  De acuerdo a la voz nos imaginábamos la figura del cantante y eso nos bastaba. Disfrutábamos de su música y no la asociábamos con su posible apariencia, mucho menos con su vida privada.  Tiempo después talvez teníamos acceso a un álbum que traía una foto del artista, a lo mejor retocada y hasta entonces comenzábamos a asociar su apariencia real y su obra.  En el mejor de los casos, estos artistas llegaban al cine y ahí terminábamos de conocerlos, aunque lo que hacían con sus vidas continuaba siendo un misterio y la verdad es que nos valía.

 

Luego la televisión, allá a finales de los sesenta, comenzó a traernos clips de algunos éxitos, aunque también retrasados, de los principales intérpretes de la época y fue entonces en donde comenzó una identificación un poco más estrecha con los artistas, sin embargo los detalles de su vida privada continuaban siendo algo completamente ajeno, salvo algunos casos extremos que ocupaban las páginas de los diarios.  Algunos medios de comunicación escritos contaban con secciones especializadas en noticias del mundo de la farándula y a pesar de que habían noticias y chismes sobre la vida de los artistas, parecía haber un límite en la invasión a su privacidad.

 

Mucha información sobre los artistas era completamente desconocida para nosotros.  Sabíamos tal vez que Enrique Guzmán había nacido en Venezuela, que César Costa era estudiante de derecho, que Angélica María había iniciado su carrera desde niña, que Paul Anka era canadiense y que al igual que Marco Antonio Muñiz había tenido alguna cirugía plástica para mejorar su imagen, sin embargo, lo que realmente nos importaba era su música.  Cuando algunos de ellos llegaron a visitar Nicaragua, era inevitable que se levantaran rumores, tales como cuando a Enrique Guzmán le falló su grupo y lo querían obligar a cantar con la orquesta de la Guardia Nacional y él se negó rotundamente; nos sorprendió cuando Raphael cantó en el González y un famoso gay local subió al escenario para entregarle una muñeca y el ruiseñor de Linares casi pierde la voz o cuando a Alberto Vázquez se le ocurrió salir a cantar en un cine de Masaya con un pantalón verde, ajustado y se llevó una tremenda rechifla; también se manejó en los corrillos que a la cantante sudamericana Robertha después de su show se la llevaron de regalo a Somoza o nos dimos cuenta que Lucha Villa, cantando en la televisión, levantó el micrófono que tenía enredado en el pie y fue a dar con su humanidad contra el suelo.

 

Cuando los medios de comunicación fueron modernizándose y la inmediatez de las noticias invadió nuestra tranquilidad, poco a poco, la vida privada de los artistas fue cediendo terreno ante la agresividad de algunos medios que encontraron una veta con enorme potencial en la difusión de sus intimidades.  En ese momento los artistas empezaron a debatirse entre sacrificar su privacidad o mantenerse fuera de la atención de sus admiradores.

 

Comenzó entonces a fluir la información sobre la vida amorosa de los artistas, sus familias, sus enfermedades y sus escándalos ciertos o prefabricados.  Surgieron nuevas profesiones como la de los paparazzi, fotógrafos que acosan día y noche a las celebridades, llamados así en honor a Paparazzo el personaje de La Dolce Vita de Fellini; llegaron también los especialistas en imagen de los artistas, algunos tan versátiles que recomiendan desde el look hasta las historias ficticias que se tejen alrededor de sus vidas y los reporteros de espectáculos, cuya única capacidad está en la audacia para lanzar las más absurdas preguntas.

 

Poco a poco, las noticias del espectáculo fueron introduciéndose en las vidas del público y ante esta creciente demanda, nació la especialización en producción y conducción de programas exclusivos del mundo del espectáculo en donde personas sin ninguna preparación en la profesión periodística se lanzaron a este nuevo horizonte, sin más talento que el manejo del chisme y el rumor.  Esta industria se ha desarrollado vertiginosamente hasta el punto que representa una proporción considerable de la producción de las radiodifusoras y televisoras.

 

En estos días no puede concebirse el lanzamiento de un artista sin un trabajo previo de imagen e incluso un escándalo prefabricado.  Todo es ficticio, incluso el talento de algunos cantantes que son producto de la producción en serie de algún consorcio televisivo que también abarca la industria discográfica.  Podría mencionarse como una excepción “American Idol” en donde se procura mantener como premisa básica del concurso la calidad interpretativa de los participantes y es una lástima que otros concursos regionales de esta naturaleza los hayan mezclado con reality show, en donde los espectadores deben sufrir la cotidianeidad de los participantes.

 

De esta forma, estos consorcios pretenden que en nuestras vidas el mundo del espectáculo tenga igual relevancia que los grandes acontecimientos que sacuden al mundo.  En sus estrechas mentalidades quieren que desviemos nuestra atención del calentamiento global o de la guerra en Irak y perdamos el sueño por las declaraciones de Niurka Marcos sobre su ex marido, la salida oficial del closet de un integrante del grupo Rebelde o la relación de Ana Bárbara con el viudo de Mariana Levy.  Para esta gente debemos seguir con el mismo afán  la visita del Papa Benedicto XVI a los Estados Unidos que las declaraciones de un cantante admitiendo su adicción a las drogas y su pretendida calidad de héroe al ingresar a una clínica de desintoxicación.

 

A pesar de todo, existe una audiencia cada día mayor que está cautiva en este tipo de programas y que a pesar de su nulo valor agregado a su cultura, encuentra en esta invasión a la privacidad de los artistas cierto morbo que los mantiene atentos a todo cuanto ocurre alrededor de ellos.

 

En estos días las televisoras invierten un gran capital en el mantenimiento de una enorme planta de personal compuesta de paparazzis y de seudo periodistas que empujan hacia “entrevistas” a los diferentes sectores del mundo del espectáculo y con cuyo material luego preparan decenas de refritos en infinidad de programas, en los cuales sobresale la falta de talento y decoro, pero que han convertido en millonarios a muchos de sus productores y conductores.  El problema es que poco a poco estos “críticos” del mundo de la farándula van perdiendo el piso y se creen líderes de opinión o gurús y demandan un respeto exagerado a sus figuras como si fueran los dioses del Olimpo. 

 

Recientemente se observó un fenómeno que ilustra todo lo que representa este sórdido ambiente, cuando uno de estos “talentosos” conductores de programas del espectáculo se vio envuelto en un escándalo mil veces mayor que los que fabrica a diario en su programa.  Resulta que el conductor, que por cierto tiene un nombre firulichesco y cuyas preferencias sexuales maneja de manera velada en sus programas, contrató los servicios de un sexo servidor masculino y en un hotel de paso, después de una discusión supuestamente por los emolumentos, el conductor resultó severamente vapuleado, derivando luego en un juicio que se ha ventilado públicamente por meses.  No hubo tiempo de tapar el escándalo, pues como dicen popularmente entre bombero no se machucan las mangueras, pero era tan apetitoso el bocado para los buitres de la nota roja que se convirtió en un verdadero festín, de tal manera que las secciones de espectáculos no tuvieron tiempo de disimular y tuvieron que presentar los hechos tal cual.  Algunos trataron de parcializar la información, utilizando el material obtenido pero dándole un sesgo de beatitud al presentador, sin embargo, se les salió de las manos y el pobre recibió a nombre de sus colegas una sopa de su propio chocolate. Indudablemente esto debió servir de escarmiento para su gremio, que considerando que viven en casas con techo de cristal y son por lo tanto más vulnerables ante cualquier escándalo, deberían ser más comedidos, sin embargo, parece no importarles y lo único que los mueve es el rating.

 

En Nicaragua, afortunadamente no existen una comunidad artística tan amplia o interesante que haya motivado la producción de este tipo de programas, además de que con los programas extranjeros que se presentan a través del cable o en los canales locales basta y sobra.  Sin embargo, recientemente haciendo fila en el supermercado miré una revista mexicana de noticias del espectáculo que tenía un sub título: Edición especial para Nicaragua.  Me dio curiosidad, debo admitirlo y la hojeé, encontrando un par de páginas con entrevistas timoratas a ciertos artistas nacionales.  Por el precio de la revista y la idiosincrasia local, siento que no llegará a los doce números.

 

La pregunta clave en este asunto es que si esta vorágine alrededor del mundo de la farándula llegará a un punto en donde los artistas y sus admiradores se hastíen de tanto chisme y rumor y rompan de una vez el círculo vicioso y den al traste con este género.  Sería fantástico, como dice Serrat, que volviésemos a escuchar buenas canciones interpretadas por una gran voz, sin conocer al cantante, ni su rostro, ni sus debilidades, ni su familia, ni sus gustos, ni nada, sólo su voz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abril 23, 2008

La sonrisa de mi padre

A la memoria del Dr. Orlando Ortega Corea

 

 

Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse,

 al contrario, la hacen más profunda.

 

Gustave Flaubert

 

 

En esta cansada cuesta del camino, en donde nos engañamos diciendo que ya venimos de regreso, a sabiendas que el camino es uno y el regreso es tan sólo una ilusión óptica; nos ataca, además de tantas otras cosas, el síndrome de extrañar, de echar de menos.  Nos despertamos extrañando; el transcurrir del día es un constante ejercicio de echar de menos y cuando nos rendimos a la noche, seguimos en el mismo afán.

 

En mi extensa colección de motivos para extrañar, sobresalen las tardes de domingo, con la función de cine de las tres en el Julia y el sabor del último aliento del fin de semana; aquella sensación de libertad de la niñez, en donde todo estaba arreglado, en donde todo el mundo era responsable para que todo estuviera allí, como un escenario para mi existencia y mi única preocupación era simplemente ser y estar.  Echo de menos, el correr sin cansarme, subir al árbol más alto sin más temor que ser descubierto, comer dulces sin medir consecuencias.  Me hace tanta falta el aire fresco de cuando entraba diciembre, con olor a pólvora, a corte de café, a purísimas y aquella incesante bulla, de cánticos, villancicos, partidos de béisbol por la radio y gritos inocentes en la calle.  Llego incluso, a extrañar el miedo a la noche, a la profunda oscuridad y a los fantasmas acechando debajo de la cama.  

 

Sin embargo, hay algo que extraño infinita e incesantemente y que me hace soñar con la magia de regresar el tiempo; llenarme de toda la fe de este mundo, cerrar los ojos y de repente, encontrarme frente a frente con mi padre y mirar nuevamente su sonrisa, que después del amor de mi madre es uno de los regalos más grandes que me ha dado esta vida. 

 

Cuando él sintió que su mano dejó de ser más fuerte que la mía y que ya era tiempo de dejarme buscar mi camino, sin mediar palabra alguna, me la cambió por una sonrisa.  A partir de entonces, sin excepción, cada vez que nos mirábamos, me ofrecía una tremenda sonrisa, amplia, franca, que brotaba mucho más allá de sus labios, como el arco iris que nace más allá del horizonte.  Ese regalo inigualable me daba fuerza, confianza, me devolvía la calma, al igual que en un tiempo su mano me daba seguridad infinita.  Era un destello que me decía que mis pasos iban firmes por el camino correcto o que si me equivocaba, había heredado la entereza para enmendar el rumbo.  Cuando tocaba a su puerta, esperaba ansioso encontrar esa sonrisa que me daba tanto aliento para seguir adelante y cuando enfrentaba los más agobiantes problemas, tan sólo pensar en aquella sonrisa, me daba la fortaleza necesaria para encontrar la salida.

 

Pero la vida no es vida si no nos mueve en un péndulo sin fin y de la misma manera que nos da, nos arrebata, así que una mañana, todavía muy temprano, lo encontré derribado, vencido por su vieja enemiga a quien peleando sin tregua le había arrebatado a tantos candidatos.  Me dolió tanto ese encuentro; su sonrisa había desaparecido y en su lugar un rictus ponía una lápida a la figura de mi padre. 

 

Desde entonces, vivo extrañándola a morir, sin resignación, buscándola incesantemente.  Muchas mañanas, me sorprendo ante el espejo, tratando de encontrarla en mi propio rostro, o tal vez, ensayando el mejor regalo que puedo darle a mis hijos.

 

 

Abril 18, 2008

Y que los muertos entierren a sus muertos

Cementerio Central de la ciudad de Managua, Nicaragua

 

 

Como un consuelo para las familias dolientes, el Cementerio Central de Managua tiene una leyenda en la parte superior de su entrada principal que reza: Letum non omnia finit, La muerte no lo termina todo.  Este fragmento de los versos del poeta latino Propercio ante la muerte de su amada Cynthia, nos recuerda la trascendencia del ser humano después de su hora final; sin embargo, le faltó al poeta cavilar sobre el hecho de que lo que la muerte no termina, el tiempo se encarga de hacerlo.

 

Era el inicio del siglo XX y con el ánimo de proporcionar a los Managuas un remanso de paz en donde sus difuntos pudieran dormir el sueño de los Justos, el entonces alcalde municipal, Don Samuel Portocarrero, inició en el año 1912 la construcción de un moderno cementerio en el occidente de la ciudad, contiguo al barrio Monseñor Lezcano. El Cementerio Central de Managua fue finalizado en el año 1922 y por esas ironías de la vida le correspondió al propio Don Samuel tener el honor de ser el primero en ser enterrado en dicho cementerio.  Desde entonces ese recinto ha recibido a la mayor parte de los Managuas que han pasado a mejor vida.  Sin embargo, el camposanto, con sus 40 manzanas y cerca de 400,000 lotes, que un día se creyó sobrado para este menester, de pronto se fue abarrotando al punto que recientemente las autoridades de la Alcaldía de Managua, responsables de la administración del mismo, han declarado que no está en condiciones de adjudicar nuevos lotes en ese cementerio, pues su capacidad está totalmente cubierta.  Algunos estudiosos, con cierta dosis de morbo, han realizado una estimación de la cantidad de personas enterradas en este cementerio y que llegan, con una precisión al estilo Firuliche, a un total de 1,807,211 al día de hoy.

 

Ante la creciente expansión de la ciudad capital hacia el Este a finales de la década de los 50, el Distrito Nacional que en ese tiempo equivalía a la Alcaldía de Managua, construyó el Cementerio Oriental en el extremo del Barrio El Edén en un terreno de 18 manzanas, iniciando sus servicios en el año 1959. Este recinto también ha sobrepasado su capacidad original al punto de que se han estado utilizando para inhumación, áreas comunes que originalmente estaban destinadas a andenes y áreas verdes.        

 

Existen otros cementerios en la ciudad capital pero son de menor dimensión y de carácter local, como el de San Judas, el de Nejapa en el kilómetro 9.5 de la carretera vieja a León, el de San Isidro de la Cruz Verde, de la Pista Jean Paul Genie para el sur y el de Sabana Grande, en las cercanías del Aeropuerto Internacional.

 

Como ya estamos en el siglo XXI, no podía concebirse una ciudad capital moderna sin cementerios privados, así que anticipándose a la demanda de este tipo de servicios, en la década de los noventa iniciaron operaciones dos elegantes cementerios, uno en el camino viejo a Santo Domingo y otro en Ticuantepe.  Las empresas que manejan estos recintos copiaron lo mejorcito de los camposantos latinoamericanos y lo adaptaron a nuestro ambiente, de tal suerte que si uno visita cualquiera de ellos observará un extenso campo verde, con una grama cuidada con esmero y en donde se respira una paz espiritual sin igual, a tal extremo que dan ganas de morirse. No obstante, los precios de los lotes podrían hacerlo resucitar y volver a morirse, pues uno de 1.5 metros cuadrados para tres ocupantes puede rondar los 5,000 dólares.  Dicen las malas lenguas que un cementerio público que había empezado a habilitar la Alcaldía de Managua en las cercanías de la carretera a Masaya, de repente, como por arte de magia pasó a manos privadas y los ahora “inversionistas” lo están convirtiendo en cementerio privado.

 

La Alcaldía de Managua ha declarado su preocupación por este problema y tiene planes para la construcción de uno o más cementerios para darle servicio a las necesidades de la ciudad capital, pues aparentemente ya dio por perdido el cementerio de la Carretera a Masaya.  Sin embargo, los hechos ocurridos recientemente con el problema de la basura, nos hacen pensar que cualquier iniciativa de la Alcaldía podría caer en una “churequización” del asunto, pues en el los cementerios existen mafias organizadas de vándalos y gente inescrupulosa que comercian con la muerte y si es verdad que no han llegado al límite de profanaciones, todo lo que son flores, mármol, herrería, imágenes, adornos y demás son vilmente saqueados y comercializados por estas aves de rapiña, que al tener la facilidad y apoyo para organizarse podrían poner en jaque cualquier iniciativa de la Alcaldía.

 

De esta manera pende sobre las cabezas de los Managuas, cual espada de Damocles, un problema inminente que se vislumbra en el corto plazo y es la sorpresa que puede llevarse una familia doliente al momento de querer enterrar a su difunto y encontrarse que no tiene alternativas para hacerlo.  Generalmente el nica es reacio a pensar en la muerte como evento inexorable y por lo tanto, los arreglos para ese día son en la mayoría de los casos motivo de indolencia o superstición.  Cuando llega la muerte, quien no respeta planes, ni sueños, ni ilusiones, sino que nos sorprende como decía Jorge Manrique, tan callando; causa un estupor tal que nos hace emitir una serie de perogrulladas como: -No es posible, -No puede ser, si yo la miré ayer.  -Pero si yo hablé con él por teléfono, -Si yo la miré tan bien hace dos días.  -Cómo que se murió si me debía.  Después de la consternación comienza la conciencia de que en algún momento habrá que inhumar al fallecido, quien en esos momentos ya duerme el sueño eterno y son los familiares quienes empiezan a padecer el crujir de dientes y a sostener el espíritu y sus alrededores a dos manos.

 

Generalmente es un pariente cercano quien se hace cargo de todos los trámites y gestiones, pues a pesar del dolor mantiene la cabeza fría y en algún momento llega al Cementerio Central, pues ahí la familia tiene un lote en donde le han hecho campito a ocho difuntos y que podría aguantar uno más, pues todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar.  Pero al momento de ir a ver el lote, plenamente identificable, pues tenía una lápida con las placas de los familiares muertos, ¡oh sorpresa!, se encuentra que en el mismo lugar está enterrada una persona completamente desconocida, con lápida y placa nueva.  Al momento de ir a la administración del cementerio viene a desayunarse que la familia no había pagado por cinco años consecutivos la anualidad del lote y por lo tanto, tres meses atrás la administración del cementerio procedió a desalojar a los ocupantes, depositándolos en un osario y adjudicó el lote a un nuevo poseedor.

 

La familia comienza a desesperarse y surge como alternativa la cremación del difunto, sin embargo, los sectores fundamentalistas de la familia pegan el brinco a nivel del record mundial de salto alto y exclaman al unísono: -¡Pero cómo…!  Luego viene el debate sobre el tema de la resurrección de los muertos a la hora del juicio final, la acción y efecto de los gusanos, hasta que al final ponen contra las cuerdas a quienes propusieron esa alternativa al punto que la abandonan.  Luego se pone sobre el tapete la opción de enterrarlo en un cementerio privado, sin embargo, cuando averiguan los precios de un lote, aun el más pequeño y más alejado de la rotonda central, empiezan los deudos a “camisearse” hasta que por el súbito déficit de voluntades y/o recursos deben también desechar esa alternativa. 

 

Finalmente, uno de los parientes recuerda que unos tíos abuelos en otra ciudad, de donde son originarios, tienen una cripta y pueden realizarse los arreglos para que mediante una módica suma puedan arreglar una inhumación en ese distante cementerio.  Así que después de intensas discusiones, un cortejo fúnebre deja la capital y se dirige hacia el pueblo, en donde, por fin el muerto podrá descansar en paz, no así sus familiares más cercanos, quienes al pensar en la lejanía y el costo de los combustibles, no tendrán tranquilidad en sus corazones.

 

Hay una locución latina que dice: Omnia mors aequat, la muerte todo lo iguala, sin embargo, en estos dorados tiempos esa máxima dejó de tener la validez universal que tenía, pues si bien es cierto la muerte convierte a todos en difuntos, hay de difuntos a difuntos y mientras los familiares de unos tendrán la tranquilidad de que sus restos sean inhumados de manera digna y expedita, otros pasarán las de Caín y habrán sorpresas, discusiones y demás antes de que puedan encontrar la resignación y paz espiritual que necesitan. 

 

 

  

Abril 12, 2008

La persistencia de la memoria

Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo.

Antonio Porchia

 

 

 

Cuando se menciona a Israel Lewites, la mayoría de la gente, en especial los Managuas asocian inmediatamente este nombre con un mercado de la capital.  Para algunos es el lugar en donde asiduamente compran o venden, para otros es una mancha sucia y caótica en el occidente de la ciudad, para otros es la parada de autobuses para León y Chinandega y para muchos es tan sólo un vago lugar de referencia.  El nombre propio que perteneció a una persona de carne y hueso, poco a poco ha venido perdiendo identidad y se va disolviendo en el éter del tiempo y todo porque en el afán de perpetuar su memoria, bautizaron a un lugar tan cotidiano con su nombre.

 

 

Conocí a Israel Lewites Rodríguez en el Instituto Pedagógico de Diriamba, ingresó al colegio en tercer grado de primaria.  Estudiamos juntos unos años, sin embargo, cuando la toma de Diriamba y Jinotepe en 1960, su padre y su hermano Herty estuvieron involucrados en el movimiento rebelde y su familia tuvo que salir del país.  Regresó al colegio a tercer año de secundaria proveniente de El Salvador y continuó con el grupo hasta que nos bachilleramos en 1967. 

 

 

Israel era un año mayor que yo, tenía una figura menuda, era bajo y delgado, pero a pesar de su tamaño manifestaba una gran confianza en sí mismo.  Era brillante, además de ser inteligente era aplicado y siempre se manejó entre los mejores de la clase.  Afortunadamente el nuestro era un grupo más empecinado en aprender que en destacar y no existían rivalidades para ocupar los primeros lugares, así siempre se daba una rotación entre los que se ubicaban en el primer lugar: Moisés Baltodano, Faustino Tapia, Federico Frenzel e Israel, de ahí el resto nos acomodábamos sin problema en los siguientes puestos, con la seguridad de que los últimos lugares los ocuparían los futbolistas.

 

 

Recuerdo muy bien su casa, ubicada muy cerca de la Iglesia El Calvario de Jinotepe.  Tenía una arquitectura fuera de lo común, parecía arrancada de una postal de un pueblo europeo y plantada en aquella ciudad.  Me parece recordar que en un tiempo tuvieron en esa casa un cafetín o algo parecido.  También su padre, había instalado contiguo a la Iglesia El Calvario una fábrica de caramelos y chocolates llamada Bambi, en donde, entre otras cosas, producían unos toffees muy buenos parecidos a los Kraft.  Yo le preguntaba a Israel si él podía tomar los caramelos que quisiera y me respondía que se había empachado y no quería ni verlos.  Se me hacía extraño que alguien pudiera empacharse de comer caramelos. 

 

 

A diferencia de su hermano Herty, que hablaba de manera campechana y un tanto atravesada, Israel hablaba con mucha propiedad.  Tenía una gran habilidad para expresar de una manera clara y directa sus ideas y destacaba en los debates que se propiciaban en el Colegio. Sin embargo, una de las grandes cualidades de Israel era su capacidad para escuchar y con el tiempo uno valora cada vez más esa virtud en la gente, pues muchos de los compañeros en ese entonces no escuchaban, sólo trataban de ser escuchados.

 

 

No podría decir que en aquella época Israel externara públicamente sus inquietudes políticas, pues cabe la aclaración que el debate político no estaba permitido en el Pedagógico, así como tampoco ninguna manifestación de apoyo a cualquier movimiento de esta naturaleza.  En una ocasión cuando los estudiantes de quinto año de ese entonces, encabezados por Edmundo Jarquín promovieron una huelga en apoyo al movimiento estudiantil nacional, las autoridades del colegio, en represalia, suspendieron el acto de graduación de los bachilleres.  En nuestro grupo, el único que se atrevió a utilizar la práctica de oratoria como palestra en apoyo a Fernando Agüero fue el Cuervo Pérez, con la posterior reprimenda de parte del titular, el Hermano Javier, quien nunca volvió a cederle la palabra. 

 

 

En el quinto año el grupo se unió más.  Quizá sería la madurez que anticipa el bachillerato, podría ser la consciencia de que era el último año que estaríamos juntos o tal vez el dolor que sentimos cuando a inicios de año murió nuestro compañero Valmore Valladares.  En ese año, había más confianza, incluso de parte de algunos profesores.  El Dr. Bayardo Cordero a quien cariñosamente le llamábamos Propil, dejaba atrás su rigor de la clase de química y empezaba a hablarnos de hombre a hombre, con recomendaciones incluso mundanas y en voz baja desautorizaba las amenazas de las asechanzas del demonio que nos inculcaban los reverendos hijos de La Salle.  Durante la gira que tradicionalmente hacía el quinto año al Ingenio San Antonio se manifestó una camaradería sin igual, cantamos en el trayecto y hasta se nos permitió tomar uno que otro trago de Flor de Caña en el bar del Ingenio. 

 

 

Cuando pasaron los exámenes privados de fin de año, el Hermano Javier anunció que todos habíamos aprobado, a excepción de un futbolista.  La alegría inundó el salón y se desbordó en aplausos, sin embargo, Israel se levantó y se dirigió a donde el reprobado y le manifestó su solidaridad.  Luego vino la preparación para el examen público que se realizó en el Instituto Juan José Rodríguez de Jinotepe, en donde nuestra promoción aprobó en bloque con unanimidad y gran mayoría.  El grupo y algunos profesores fuimos a celebrar al Town Club de San Marcos y esa fue la última vez que departimos juntos.  Luego llegó la ceremonia de promoción y en medio de la emoción y el protocolo, nos saludamos y a la vez nos despedimos, pues cada quien realizó su propia celebración en su casa. 

 

 

Después de ese día, la mayoría no nos volvimos a ver.  Al poco tiempo Alfredo Brantome murió en un accidente automovilístico.  A finales de 1977 yo trabajaba en el Ministerio de Agricultura cuando escuché la noticia de que Israel había muerto en un ataque al cuartel de la Guardia Nacional en Masaya.  Me dolió mucho saber que un guardia analfabeta había terminado con la vida de un joven tan brillante y como ser humano, extraordinario.

 

 

A finales de los noventa por azares del destino estuve trabajando de cerca con Danilo Gutiérrez Arévalo, quien además de haberse bachillerado en nuestra promoción era de Jinotepe.  Recordamos a todos los compañeros y en especial a Israel y quedamos en organizar una reunión con los sobrevivientes, sin embargo, unos meses después Danilo falleció de un fulminante infarto al corazón.

 

 

Por eso, cuando al transitar por el By Pass observo el rótulo que dice Israel Lewites, nunca pienso en el mercado, pienso en aquel muchacho menudo, de una recia personalidad y a quien tuve la suerte de conocer y ser su condiscípulo.

 

Abril 5, 2008

Y la Balada habitó entre nosotros

Pionero de la balada en español

Uno de los tantos síntomas que nos indican que la niñez se ha ido es el interés que empezamos a ponerle a la música.  Cuando las melodías que antes nos agradaban o nos desagradaban empiezan a tener cierto sentido; cuando la letra de las canciones significa más que un estribillo a repetir, cuando nos damos cuenta de que cada intérprete tiene un estilo propio y aunque no tengamos todavía la agudeza mental para descifrar todas las metáforas que encierran algunas canciones, quiere decir que ya rondamos la adolescencia.

 

La década de los sesenta llegó cuando yo recién había cumplido diez años.  Nicaragua en ese entonces observaba con emoción a un mundo en plena efervescencia.  El país se había contagiado de esa optimista sensación de la post guerra cuando se pensaba que todo iba a ir mejorando de manera constante y por siempre. La tecnología se movía de manera vertiginosa y nos dejaba con la boca abierta cada una de sus manifestaciones.

 

La cantidad de radiodifusoras en el país se había ampliado significativamente con las expectativas que mostraba el incremento en la cantidad de receptores de radio que se habían vendido en los últimos años, debido en gran parte a las facilidades ofrecidas por las ventas al crédito que empezaron a expandirse a finales de la década de los cincuenta.  Estaba por aparecer el radio de transistores que vendría a cambiar drásticamente el mercado de la radiodifusión en Nicaragua.  Este fenómeno vino a arrancarle a la roconola su carácter monopólico como fuente de la música que escuchaba el pueblo.

 

De esta manera, la década de los sesenta nos trajo un enorme acceso a la música que se escuchaba en el mundo y en especial en Latinoamérica, a pesar de que nos llegaba diferida con casi un año de retraso y a través de México.  Los años cincuenta finalizaron viendo apagarse a un bolero un tanto desgastado y que logró sobrevivir la década gracias a la popularidad de los tríos y al bolero ranchero creado por el compositor mexicano Rubén Fuentes, secundado por José Alfredo Jiménez e interpretado por Pedro Infante.

 

Las diferentes manifestaciones de finales de los cincuenta nos anticipaban que vendrían grandes cambios en la música y el género romántico en español no iba a ser una excepción.  A inicios de la década surgieron dos temas que confirmaron estos cambios y le correspondió a Marco Antonio Muñiz interpretarlos.  Cuando este gran cantante mexicano decidió separarse del trío Los Tres Ases e iniciar su carrera como solista, tomó estos dos temas de Rubén Fuentes con letra de Rafael Cárdenas y nos deleitó con un estilo único.  Escándalo y Luz y sombra fueron estos temas que marcan un parte aguas en la música romántica en español del siglo XX y que presentaban un estilo novedoso que no era el que mantuvo el bolero.  A partir de entonces, la música romántica en español no sería lo mismo.

 

De esta forma, fuimos testigos de la súbita aparición de un nuevo género.  Sin previo aviso, sin ninguna nota en los periódicos que lo anunciara, simplemente de repente, en las etiquetas de los discos en donde se anotaba el género musical (bolero, cha-cha-cha, mambo, ranchera, merengue), estaba uno nuevo: la balada.

 

Esta súbita aparición no dio lugar para que existiera una crónica detallada del momento exacto y el lugar en donde se fraguó este género.  Existen varias vertientes de dónde pudo haberse derivarse la balada.   La primera fuente de la balada es indudablemente el bolero y aquí es importante señalar que la línea que los divide es tan tenue que a veces es difícil distinguirlos, sin embargo, a manera de ejemplo de esta transición puede mencionarse al gran compositor mexicano de boleros Roberto Cantoral quien alcanzó la fama con sus boleros inmortales El Reloj y La Barca, sin embargo a fines de los sesenta entró en el territorio de la balada con gran éxito a través del tema El Triste, que lanzó al estrellato a José José.

 

También pueden encontrarse raíces de la balada en la música popular estadounidense.  Para esa época, el rock and roll hacía convulsionar a la juventud, sin embargo, siempre había lugar para las manifestaciones románticas y de esa forma, Paul Anka, Neil Sedaka y Pat Boone, entre otros, alcanzaron la fama con este tipo de interpretaciones.  En México, los artistas de la nueva ola que a finales de los cincuenta interpretaron “covers” de los grandes éxitos del Rock and Roll, como Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Angélica María y Manolo Muñoz, de pronto se inclinaron por estas baladas pop e iniciaron una larga carrera con los “covers” de este género y que pronto se convirtieron en grandes éxitos a nivel latinoamericano como: Tu cabeza en mi hombro, Oh Carol, Mi pueblo, Diana, Así que adiós, Dile adiós, Cien kilos de barro, Oye, Uno de tantos, Mi corazón canta, Más, Payasito, Loco amor, La historia de Tommy, Olvídalo, El Pecador, Perdóname mi vida.  Lo gracioso es que la gente en Latinoamérica se acostumbró a estas versiones en español, olvidándose que eran simplemente “covers” de éxitos en inglés, de tal manera que en algún momento se llegó a conocer a Paul Anka como el César Costa canadiense.

 

Por otra parte, la música popular italiana se internacionalizó en la década de los cincuenta, gracias a los grandes éxitos obtenidos por Domenico Modugno y en forma general por el recién iniciado Festival de San Remo (1951).  Canciones como Nel blu dipinto di blu, Piove y Dio come ti amo,  dieron la vuelta al mundo y tuvieron una influencia enorme sobre la música en español.  Es importante señalar una canción que impactó al mundo, por su letra sensual y atrevida para los cánones de la época y que obtuviera el segundo lugar del Festival de San Remo de 1958 en la voz de Nilla Pizza; se trata de L´edera, cuya versión es español La hiedra fue “bolerizada” por el trío Los Panchos y tuvo un singular éxito, a pesar de haber sido prohibida por más de alguna censura.  Es claro que esta canción es un villancico comparado con la letra de muchos reggaetones de hoy.

 

En cierto grado, la canción romántica francesa también tuvo influencia en el desarrollo de la balada en español.  Puede resaltarse en este caso a cantautores de la talla de Charles Aznavour, con sus temas Venecia sin ti, Por lo tanto y Morir de Amor;  Jacques Brel, con el inmortal Ne me quitte pas, Gilbert Becaud con Et maitenant y Alain Barriere con Emporte moi, que llegó a nosotros convertida en: Y volveré.

 

A pesar de que en esa época la música popular alemana no tuvo una gran proyección a nivel internacional, merece mencionarse a un compositor de ese país, Bert Kaempfert que de manera ingrata fue olvidado.  Aunque su estilo interpretativo era el jazz y el swing, compuso algunas baladas que engrandecieron a muchos artistas, entre ellos al propio Frank Sinatra: Ojos españoles, Extraños en la noche, Danke Schoen, Red roses for a blue lady, entre otras.

 

De esta manera, en la década de los sesenta se formó el crisol de donde surgió la balada en español que se ha mantenido vigente durante los últimos cuarenta y cinco años.  Lo interesante es que es un género que no tiene reglas complicadas, más que ser de ritmo lento y que debe ser cantada con el acompañamiento de un grupo u orquesta.  Algunos estudiosos quieren adjudicarle aspectos de género, sin embargo, lo que distingue a la balada es su sencillez.

 

Después que en sus primeros años, la balada se desarrolló a partir de “covers” de temas extranjeros, un compositor mexicano iniciaría una prolífica producción original en español.  Había iniciado su carrera como pianista, arreglista y compositor.  Una de las primeras incursiones en la balada fue un tema compuesto especialmente para Angélica María en 1965: Paso a pasito.  Armando Manzanero recorrió un largo camino antes de animarse a lanzarse como intérprete y a partir de entonces sus principales baladas se convirtieron en éxitos internacionales como Somos Novios, Adoro, Esta tarde vi llover.  Existen algunos estudiosos que afirman que algunos de los principales éxitos de Manzanero son boleros y no baladas, lo cierto es que en este autor difícilmente podrían etiquetarse sus composiciones.

 

En Argentina, a inicios de la década de los sesenta, Leo Dan iniciaría una larga carrera musical con baladas de corte sencillo pero que cautivaron a la juventud latinoamericana y que abriría el camino a otros artistas argentinos como Leonardo Favio y Palito Ortega.

 

En Chile en 1968 se formó un conjunto denominado Los ángeles negros que con su inconfundible vocalista Germaín de la Fuente crearon un estilo muy particular en la balada romántica latinoamericana.

 

En España, a finales de los sesenta, un ex futbolista compuso e interpretó una balada, que lo iniciaría en una exitosa carrera dentro de este género al punto de poseer el record Guiness de más discos vendidos en diferentes idiomas a nivel mundial.  Este cantante es Julio Iglesias y su primer tema fue La vida sigue igual, que se convirtió en un himno de resignación.  En Nicaragua esta balada fue utilizada para interpretarse en misas de difuntos, como coadyuvante en la resignación y de esta manera, la guitarra que estaba proscrita por la solemnidad que debían guardar los templos, se coló a estos recintos, contribuyendo a que el decoro musical que se mantenía en los mismos se fuera al traste para siempre.  Para ese tiempo surgirían en ese país grandes compositores de baladas como Manuel Alejandro y Juan Carlos Calderón, que abrieron el camino a muchos intérpretes como Raphael y Mocedades, entre otros.

 

En Brasil, otro fenómeno musical nacería al amparo de la balada romántica que inundaría con su música por varias décadas a América Latina: Roberto Carlos.  Cabe señalar que sus éxitos Amada amante y Detalles, marcarían un hito en la historia musical de Latinoamérica.

 

Merece la pena recordar el último esfuerzo realizado en los sesenta para rescatar el bolero a cargo del malogrado cantante mexicano Javier Solís, que a través de boleros rancheros se posicionó en los primeros lugares de las preferencias latinoamericanas.  Sin embargo, es importante señalar que uno de sus grandes éxitos, He sabido que te amo, no es más que un “cover” de una balada italiana llamada Ho capito che ti amo de Luigi Tenco y que en su momento también interpretó Nicola Di Bari.

 

En Nicaragua en los años sesenta se originó la fiebre de conjuntos musicales que se orientaron básicamente al rock and roll y en su mayoría “covers”, sin embargo, se mantiene en el recuerdo de muchos nicas una balada original que en 1962 grabó Polidecto Correa, uno de los pioneros de la música moderna en Nicaragua, acompañado por los Polimusic y que con el nombre de “Subiré” logró ocupar el primer lugar en el Hit Parade nacional por muchos meses.

 

Para la década de los setenta, la balada se consolidó en el gusto del público latinoamericano.  Los autores de este género proliferaron en toda la región y vinieron a enriquecerlo.   En España destaca la obra de Joan Manuel Serrat, de quien se dice que no es un cantautor sino un poeta que se vale de la música para compartir su poesía, así mismo resalta la enorme calidad de José Luis Perales, también Rafael Pérez Botija y la populachera y no menos extensa producción de Camilo Blanes.  En México surgiría el controversial cantautor Juan Gabriel que logró el éxito moviéndose entre la balada y la canción ranchera, así como también Lolita de la Colina, Massias y Sergio Esquivel.  En Nicaragua, Carlos Mejía Godoy a inicios de los setenta compuso un tema para la participación de Nicaragua en el Festival OTI, esta balada festivalera se llamó Soy un ciego y fue interpretada por Mauricio Peña.

 

En la época actual la balada sigue teniendo un lugar privilegiado en la música a nivel mundial, aunque le toca convivir con géneros tan diversos como el rock, la cumbia, el merengue, el reggaeton, el rap, la música grupera, la bachata, el vallenato, entre otros.  Lo importante es que las nuevas generaciones de compositores de baladas han inyectado sangre nueva al género, manteniéndolo siempre vigente y en el marco de la realidad de los tiempos.  Nuevos valores como Shakira y Juanes en Colombia, así como Alex Syntec, Fato y Julieta Venegas en México, Franco de Vita en Venezuela, le han dado una gran vitalidad a la balada.

 

Existe casi un consenso universal en el sentido de que la mejor balada en inglés de todos los tiempos es Yesterday de Los Beatles, sin embargo, menuda tarea sería tratar de seleccionar la mejor balada en español.  Dicen que en gustos se rompen géneros y en petates vaya usted a saber.  Creo que cada quien tendría su propia propuesta y tal vez nunca se llegue a un consenso.  Yo me apuntaría a Lucía de Joan Manuel Serrat.  ¿Y usted?

Marzo 28, 2008

Ínclita raza optimista

Motociclista

En años recientes se ha puesto muy de moda la realización de estudios para determinar aspectos tan subjetivos como lo es el relativo a la felicidad y así, varios esfuerzos han desembocado en listas de los países más felices del mundo.  Uno de estos análisis, realizado por un psicólogo analítico de la Universidad de Leicester, Inglaterra, concluye que los daneses son los más felices de la tierra, seguidos por los suizos y los austriacos, y entre los más infelices están algunos países africanos.  Otro estudio realizado por la Universidad Erasmus de Rótterdam de Holanda, concluye que Colombia es el país en donde la gente se siente más feliz.  Por otra parte, el Índice de Planeta Feliz, desarrollado por la ONG llamada NEF, en conjunto con Friends of the Earth revela que la isla Vanuatu, en Oceanía, es el lugar más feliz de la tierra.  Una encuesta realizada por World Values Survey arrojó como resultado que los venezolanos son los más felices del mundo. 

Indudablemente estos resultados han provocado las más diversas reacciones, puesto que se trata de apreciaciones que no dejan de tener un alto contenido de subjetividad, aunque se empleen indicadores serios relacionados con el bienestar, la autoestima, la relación con el ambiente y otros.  Así que es lógico que pueda prevalecer cierta incredulidad ante dichos resultados, pues aún en el caso de clasificaciones basadas en estadísticas de aspectos objetivos, siempre habrá alguien que no esté muy convencido de las conclusiones de los mismos. 

Nicaragua no se encuentra, obviamente, entre los más felices de la tierra en ninguno de los estudios y si nos sirve de consuelo, tampoco se encuentra entre los menos felices.  Esto nos indica que, según estos análisis, no somos ni felices ni infelices, sino todo lo contrario. 

No obstante, sería posible afirmar, sin temor a equivocarnos, que los nicaragüenses son los más optimistas del mundo.  Lo anterior no parte de un estudio profundo, ni utiliza complicadas regresiones econométricas o indicadores demasiado elaborados, sino de una apreciación que se basa en la simple observación y en un sencillo análisis comparativo y que al final de cuentas podrá provocar las mismas reacciones que los estudios citados anteriormente y tendría tal vez, la misma validez en cuanto a credibilidad que pueda despertar en la sociedad. 

Basta con observar la vida cotidiana del nicaragüense para poder coincidir con esta aseveración.  Por ejemplo, en ningún país del mundo, el ciudadano tiene el optimismo suficiente para creer que la probabilidad de verse involucrado en un accidente y en especial automovilístico, es cercana a cero.  Esto se puede corroborar tan sólo saliendo a la calle en donde es posible encontrar diversas manifestaciones de esta actitud.  Vehículos transitando contra la vía, pues la posibilidad de encontrarse de frente con otro es mínima, así como la de que sea pescado por la policía.  Una gran proporción de motociclistas que conduce sin casco protector, muchas veces lo traen de adorno a un lado o en un arranque de extremo positivismo van acompañados además por su esposa y dos hijos, ninguno con la mínima protección.  No es menor la cantidad de automovilistas que viajan sin utilizar el cinturón de seguridad o bien quienes no cuentan con un seguro de accidentes. 

Al realizar un amplio recorrido por los bares y demás antros, especialmente de la ciudad capital, puede observarse que la asistencia a los mismos, no importa el día de la semana, es asombrosamente nutrida, lo cual revela la enorme capacidad del nicaragüense para distinguir entre lo que puede cambiar y lo que no puede, lo que le permite relajarse y ahorrar energías para enfrentar los problemas de manera positiva, con la mejor actitud.  Este optimismo frente a las adversidades, que le permite eliminar el estrés mediante la relajación, repercute también en una mejor manera de sobrellevar las enfermedades crónicas. 

De la misma manera puede apreciarse la gran afluencia a los casinos que han florecido en el país, con la buena esperanza de cambiar de un solo golpe su vida. También es impresionante el optimismo de muchos nicaragüenses que piensan que casi la totalidad de sus conciudadanos padece de amnesia.  Esta firme convicción los lleva, entre otras cosas, a evadir el pago de sus deudas y a los políticos a convencerse de que sus antecedentes y en particular lo malo que hicieron en el pasado es asunto olvidado.  

Esta perspectiva de la vida le hace pensar al nica que sus problemas siempre tendrán una solución y que en la mayoría de los casos va a venir del exterior.  De esta forma, existe la plena certeza de que el flujo de remesas que sostiene a la economía, se mantendrá siempre y es posible que se incremente en el futuro, pues no existe la menor posibilidad que los que envíen las remesas envejezcan y si eso llegara a ocurrir, sus hijos, como promesa ante el Señor del Rescate, mantendrán viva la tradición, además todos ellos son inmunes a las recesiones que puedan ocurrir en los Estados Unidos.   Así mismo, la ayuda internacional seguirá financiando por siempre los principales programas de inversión nacional y no existe la probabilidad de que sus prioridades o políticas puedan cambiar en el futuro cercano. 

En cuanto a la naturaleza humana, no puede haber el mundo un optimismo mayor respecto a su evolución hacia un estadio de perfección.  El nica cree a pie juntillas que los políticos van reformándose y que el tiempo se encarga de hacerlos verdaderos líderes y caudillos de su pueblo.  En los recién casados también puede observarse esta actitud, pues los esposos creen que su pareja será cada día más guapa, más comprensiva, más tolerante; mientras que las esposas tienen la fuerte creencia de que su marido va a cambiar, especialmente cuando durante el noviazgo mostró su carácter de jugador, borracho y/o mujeriego. 

Cuando se habla del calentamiento global, el nicaragüense mantiene una actitud positiva, pues aquí ya es demasiado caliente como para calentarse más, de tal forma que las consecuencias de este fenómeno serán para los países fríos y que además son los causantes del fenómeno, por lo tanto, será más fácil emigrar a Canadá y trabajar en un clima no tan adverso. 

Es tan grande el optimismo del nica, que una declaración de un funcionario o político basta para dar por sentado que los problemas nacionales se solucionarán de inmediato, así las promesas e incluso los eslóganes caen en el fértil terreno de la credulidad. 

El desempleo agobia al nica pero su espíritu se mantiene incólume y envía su Currículum Vitae a cuanto anuncio de requerimiento de personal aparece en los medios de comunicación, no importa que no llene los requisitos, hay que mantener una actitud de “a la por si pega”; tampoco tiene relevancia la certeza de que muchas instituciones realizan las convocatorias para “taparle el ojo al macho”, pues en la mayoría de los casos el cargo ya está “amarrado”. 

Ante estos resultados, una famosa universidad italiana se encuentra muy interesada en profundizar en estas cualidades del nicaragüense, con el fin de ampliar sus conocimientos en la incipiente rama de la ciencia llamada psicología positiva, que arrojará interesantes conocimientos sobre la actitud de nuestros conciudadanos y su efecto en la prevención de enfermedades, especialmente las mentales. 

De esta manera sobran elementos para concluir que ningún país en el orbe tiene habitantes tan optimistas como los tiene Nicaragua.  El lema tan enarbolado de “jodidos pero contentos” es una muestra del espíritu del nica, que no sólo ve un vaso medio lleno, sino que espera que en breve esté rebalsando, pues bien nos adelantó el Vate: “Abominad la boca que predice desgracias eternas, abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos”, pues al fin y al cabo, no hay mal que dure cien años… ni cuerpo que lo resista.               

Marzo 20, 2008

Roconolas lejanas

Roconola

En 1967 ingresé a la universidad, entonces San Marcos ni soñaba con llegar a ser ciudad universitaria y la única alternativa viable era ir a estudiar a Managua.   Mi familia todavía no decidía trasladarse a la capital, por lo que tuve que alojarme con una prima de mi padre, la tía Leticia.  Ella había tenido el tino de conseguir una casa para instalar una pulpería en el sector oriental de Managua, misma que le ofrecieron con un alquiler bastante reducido.  No habían transcurrido ocho horas de haberse trasladado cuando se dio cuenta del motivo de tal ganga.  La caída de la noche llegó con un ritmo sabrosón que procedía de una roconola y cuando salió a la calle a averiguar encontró que en la casa vecina se había encendido una luz roja.   Al frente, el Restaurante Tía Ana se había convertido en bar y su roconola se unió al concierto, sumándosele minutos más tarde la del Bar Los Caracoles, unas casas hacia el oeste. 

Fue demasiado tarde cuando mi tía se dio cuenta que se había ubicado en el propio epicentro de la zona roja del sector oriental de Managua.  Su inocente provincianismo no le había permitido analizar correctamente sus alternativas de localización.   

La Miscelánea Lety, así se llamaba el negocio de mi tía, estaba ubicada en la Calle del Trébol, paralela a la Calle 15 de septiembre, propiamente a espaldas de la famosa clínica del Dr. Paco León Rodríguez.  A su lado estaba un burdel sin nombre ni rótulo y a excepción de la pequeña luz roja, no había señas particulares que acusaran al negocio que ahí se albergaba.  Se le conocía simplemente como “La Toña” debido al nombre de su propietaria, una señora chaparrita, elegante y que hacía que su negocio marchara como un reloj; tenía además la delicadeza de manejar bajo el volumen de su roconola, me imagino como parte de su camuflaje.  El restaurante bar Tía Ana era un local pequeño, contaba apenas con ocho mesas y tenía fama de servir unas buenas sopas y bocas decentes; en ese local trabajaba una mesera que se encargaba, además de servir, de poner el orden, pues a pesar de su menuda estampa tenía la fuerza para derribar al propio Ratón Mojica.  El bar Los Caracoles tenía la particularidad de ser atendido por meseros gay, comandados por un tipo alto, moreno, parecido a Yaphet Kotto, a quien apodaban “Toña la negra”.  Los clientes de ese local, de acuerdo a lo que miraba desde la miscelánea de mi tía (que conste), eran aparentemente heterosexuales a quienes les gustaba que les sirvieran estos meseros. En la misma acera de enfrente, hacia la esquina este, estaba otro prostíbulo perteneciente a una señora llamada Engracia, una cuarentona que manejaba una de las primeras camionetas pick up de doble cabina que se vieron en Managua.  De esa esquina media cuadra al sur estaba el emblemático Cafetín Tico Nica Oriental “La vida en rosa” también del mismo giro.  Más al sur estaba el recién inaugurado Cine México.  De la esquina oeste al sur estaba el famoso Malinche, un prostíbulo de mala muerte y que iniciaba una cadena intermitente de pequeños negocios de esta naturaleza que iban a dar a la legendaria Conga Roja en las inmediaciones de la gasolinera El Triángulo. 

Aunque en la actualidad estas coordenadas le pondrían los pelos de punta al propio James Bond, en aquella época era como estar en el ojo del huracán. En los dos años que viví en ese sector, nunca tuve ningún incidente y fueron muchas noches en que llegué a la casa de mi tía pasadas las diez de la noche, atreviéndome en algunas ocasiones a ir a la tanda de ocho del Cine México. 

Para mi fueron inolvidables las caminatas diarias hacia la Facultad de Economía, en el extremo occidental de la ciudad.  Salía de la miscelánea de mi tía y tomaba toda la calle 15 de septiembre iniciando en la clínica Barbosa, pasando por la camisería Pérez, el cine Luciérnaga, la discoteca Juvenil, el cine Palace, la casa Pantoja, la panadería El Colmado, la gasolinera de Santo Domingo, los billares el Danubio Azul,  la Estación Caldera, la Sala Evangélica, El Verdi, la Camisería Record, la librería del Dr. Ramiro Ramírez Valdez, la agencia de viajes de Luis y Arturo Cuadra, la Casa Ampié, hasta llegar al famoso Jardín Central, un expendio de cerveza de la Victoria, ahí tomaba hacia el norte pasando por la Kodak, la Nomar, el Almacén Deportivo, la Vestex, Discolandia,  las Camisas Venus, Carlos Cardenal, el Banco de América de la esquina de los coyotes, Jorge del Carmen, el Lacmiel, la clínica del Music Master Polidecto Correa, la Inmobiliaria, la Carne Asada, el Gran Hotel, el Palacio Nacional, hasta llegar al Parque Central, luego viraba al occidente un par de calles pasando por el Palacio de Comunicaciones hasta llegar a la Facultad, que estaba frente a la casa del Dr. Vargas;  una cuadra al norte estaba el edificio del Diario La Prensa en la Calle El Triunfo.  Muchas veces tuve que realizar ese trayecto dos veces al día.  El viaje que realizaba temprano por la mañana era inigualable pues era una experiencia única ver despertar a la vieja Managua y por la noche, era todo un espectáculo de luz, con el toque melodioso al pasar por el Gran Hotel, donde ensayaban los tríos que luego se apostarían en el Munich.   

Me esmeré en abandonar el caminado pueblerino que sin querer se le pega a uno y adoptaba un aire desenfadado, algo parecido a como lo hizo John Voight un par de años más tarde en Midnight Cowboy, cuando caminaba en las calles de Nueva York al ritmo de Everybody´s talking de Nilssen. 

En esa época trataba al máximo de estudiar durante los espacios del día que no tenía clases para no desperdiciar oportunidad para ir al cine.  Me conocí todos los cines del rumbo, el Trébol, el Luciérnaga, el México, el Ruiz, el Tropical, el Darío, aunque nunca me atreví a entrar ni al Fénix, ni al Apolo, ni mucho menos al Palace. 

Cuando tenía tiempo salía a ayudarle a la tía Leticia en su negocio y así llegue a conocer a todo el vecindario, en especial a las muchachas de donde La Toña.  Todo el maniqueísmo que se había enquistado en mi mente, después de casi once años con los reverendos hermanos cristianos de La Salle, vino a derrumbarse al conocer la cotidianeidad de estas personas; aprendiendo que no existe “vida fácil” o “vida alegre” y que las “mujeres malas” no son las que se dedican a ese negocio, sino aquellas que mantienen vivo el odio en su interior.  Viéndolas como clientes detrás de un mostrador, llega uno a darse cuenta que no son ángeles ni demonios, sino personas a quienes la vida pone en un camino que deben andar sin el entusiasmo que se cree.  Antes de que el Gabo las entristeciera en su novela, yo llegué a adivinar en ellas sus destellos de ilusión al comprar un perfume, su desencanto al adquirir un espejo o su tedio al llevar un sobre de café instantáneo por la mañana. 

Me acostumbré a estudiar con música y con un radio portátil que me había regalado mi tía Leticia; así podía decidir lo que deseaba escuchar, pues de otra manera eran las roconolas quienes marcaban la pauta.  Eran los tiempos de Black is black, Try to remember, Penny Lane, 500 miles, Georgy girl, Never my love, Happy Together, Light my fire, Day Tripper, I am a rock, San Francisco, Brown eyed girl, All you need is love, To sir with love, I´m a believer, The letter, This is my song, Hello goodbye. 

Después de las siete de la noche, las roconolas iniciaban su concierto y Hugo Blanco se convertía en el rey, pues para entrar en calor nada como El paso de la mona, El cable, La chispita, Cumbia con arpa o El cable submarino.  Sin embargo, había una hora, más o menos cerca de la media noche cuando los parroquianos daban rienda suelta a la cabanga y se entregaban en cuerpo y alma a la música que los hacía vibrar y las roconolas que a esa hora se escuchaban en lejanía inundaban la quietud con su romanticismo.  En esa época salieron varias canciones que se prestaban al cien a este efecto, por ejemplo todas las de Armando Manzanero, especialmente las interpretadas por Carlos Lico, Adoro, Todavía, Contigo Aprendí;  Marco Antonio Muñiz por su parte sacó un tema llamado Celoso y otro acompañado por una rondalla que se llamaba A la orilla del mar.  Sin embargo, ninguna le llegaba al sentimiento que producía la canción de Marco Antonio Vázquez, Noche Callada.  Todas las noches, durante muchos meses, cuando ya casi todo el sector quedaba desierto, decían sus compañeras de oficio que la Virginia, una de las muchachas de donde La Toña, religiosamente ponía esa canción en la roconola.  En medio de la quietud, de repente el silbido de Marco Antonio Vázquez atravesaba la noche y requería insistentemente: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mí.  

En ese lugar viví dos años y mientras en la Facultad incursionaba en el fascinante mundo de la economía política y aprendía los principios de esta ciencia, así como sociología, contabilidad, estadística y administración, en el Oriental aprendí los aspectos prácticos de la economía y administración, tal vez más valiosos.  Aprendí los detalles de la economía subterránea, la estadística aplicada, las fuerzas del mercado, las externalidades, los rendimientos decrecientes, los gustos y preferencias del consumidor, la elasticidad, las fluctuaciones económicas a corto plazo, el efecto demostración, la teoría del equilibrio.  Sin embargo, lo más importante que aprendí fue a administrar mi independencia.    

Han pasado cuarenta años y ese pedacito de Managua todavía vive en mi mente.  Ahora que mis lesiones me hacen caminar más como Dustin Hoffman que como John Voight en Midnight Cowboy, recuerdo mis elegantes caminatas atravesando la vieja Managua, aspirando sus múltiples aromas que quedaron sepultados en 1972.   

Algunas noches, cuando curiosamente se observa una quietud en mi vecindario, me parece escuchar a lo lejos un silbido rompiendo el silencio y de pronto como si se tratara de un reclamo,  resuena en mis oídos el estribillo: Dime si acaso en tus noches te acuerdas de mi, y luego silencio, de tal forma si no sé si es un sueño o es en realidad una roconola lejana. 

MARCO ANTONIO VAZQUEZ: NOCHE CALLADA

MARCO ANTONIO MUÑIZ: A LA ORILLA DEL MAR

Marzo 14, 2008

O tempora, o mores

Semana Santa

Era el 13 de abril de 1933, jueves santo.  El pueblo se encontraba aletargado esperando los oficios de la tarde.  El sol de medio día se ensañaba con las solitarias calles y una densa nube de silencio invadía los hogares que permanecían en la penumbra de sus encierros.  La botica de mi abuelo, cerrada a regañadientes, mantenía su puerta principal entreabierta, dando a entender que no se le negaría el servicio a ninguna emergencia.  Don Emilio aprovechaba la ocasión para preparar sus menjurjes y leer asuntos mundanos, ante la mirada desaprobadora de Doña Estercita, quien se entregaba a la meditación entre novena y novena.  En la casa, en donde no se encendía fuego desde el lunes santo, flotaba un dulce aroma de almíbares que contrastaba con el acre olor a tamales, pescados, rosquillas y demás provisiones que habían sido preparadas con la debida antelación para esa semana.  Los niños eran mantenidos en la más estricta formalidad; estaba prohibido correr, saltar o jugar, pues el Señor estaba en el suelo. 

De pronto, la quietud del pueblo fue interrumpida por un rumor in crescendo que provenía de la salida al Barrio de La Cruz.  Mi abuelo abandonó su lectura y salió a la calle para averiguar lo que sucedía.  Por la calle, un campesino y su caballo eran custodiados por Josecito, un policía ad honorem, seguidos por una turba enardecida que gritaba improperios contra el individuo del caballo.  Al pasar por la botica, mi abuelo le preguntó a Josecito qué había pasado. – Este hombre se atrevió a montar a caballo en jueves santo, respondió, agregando -Es un sacrilegio, lo llevo al Cabildo para que lo metan preso-.  –Pero eso no es delito – le dijo mi abuelo.  La turba rugió enardecida y mi abuelo decidió acompañar a la improvisada procesión al Cabildo, entró a la botica, tomó su sombrero y volvió a salir. 

Ya en el Cabildo lograron averiguar que el pobre hombre había ido al pueblo a comprar medicinas para su esposa que se encontraba enferma.  Aún así, los ánimos estaban caldeados y tanto el Alcalde como la gente opinaban que no importaba el motivo, era un sacrilegio y debía castigarse de algún modo.  Mi abuelo insistía en que ninguna ley prohibía a un ciudadano desplazarse por el territorio nacional en determinada fecha, sin embargo, la multitud se negaba a aceptar sus argumentos.  Cuando llegó el cura del pueblo, todos esperaron la condena final, pero mi abuelo se le adelantó y antes de que pudiera pronunciar una palabra, le dijo que estaban ante un acto similar al de la adúltera que el pueblo judío quería lapidar.  El cura le dijo que eso no tenía nada que ver, a lo que mi abuelo dijo alzando la voz: - el que se encuentre libre de pecado, que tire la primera piedra y que conste que yo conozco los pecados de todos los aquí presentes- y agregó mirando a los ojos al cura- y los puedo empezar a gritar.  Ante esta situación, un silencio sepulcral comenzó a reinar en el recinto y el cura no tuvo más remedio que agregar: -Este pobre hombre, sólo cumplía el deber de asistir a su mujer.  -Déjenlo que compre sus medicinas y regrese a su casa. 

La gente se calmó y sin tener nada que decir uno a uno regresaron cabizbajos a sus hogares.  Mi abuelo llevó al hombre a la botica en donde le dieron un refrigerio y le despacharon sus medicinas, no sin antes advertir que una bolsa con frijoles que había llevado para sufragar sus gastos, había desaparecido en el barullo.

Esa tarde mi abuela no fue a comulgar por el temor de que el cura o algún conciudadano le dijera algo, se quedó en la casa y de rodillas le pidió perdón al Señor porque en el fondo admiraba lo que mi abuelo había hecho. 

Así era la Semana Santa en aquellos días, llena de tradiciones, prohibiciones, supersticiones y mitos, en donde la gente se obligaba a guardar un exagerado recogimiento que llegaba a los extremos de este relato. 

Para los años cincuenta, las cosas habían cambiado un poco.  La Semana Santa siempre estaba revestida de una singular solemnidad, aunque el rigor ya no era el mismo. Tal vez ya no acusaban de sacrílego a quien se atreviera a montar a caballo o a conducir un vehículo, sin embargo, las carreteras aparecían cortadas por enormes troncos de árboles que los lugareños se encargaban de derribar y dejar a mitad de la vía, a fin de evitar la circulación de vehículos en esos días.  El silencio seguía reinando en esos días, pues ni las campanas sonaban y en su lugar se utilizaban unas enormes matracas para anunciar las funciones en la iglesia.  Las procesiones eran acompañadas por marchas fúnebres interpretadas por “chicheros” o “música de viento” como se les conocía, aunque ahora prefieren que se les llame filarmónicos.  Las radiodifusoras por su parte solamente pasaban música clásica o marchas fúnebres, mientras que otras simplemente callaban. 

Mi abuela siempre garantizaba el cumplimiento de las restricciones tradicionales, aunque ya podía encenderse el fuego todos los días y cocinar a diario; los almíbares, tamales, rosquillas y demás se preparaban como una tradición.  A los niños nos mantenía la prohibición de correr o jugar pues el Señor seguía en el suelo. 

Recuerdo que un jueves santo por la mañana, sería de 1956 o 1957, llegó de visita el párroco de ese entonces, el Padre Jacobo Ortegaray, muy amigo de la familia, quien al ver el piano que mi padre me había comprado, quiso inaugurarlo e interpretó Nostalgia, una vals que él había compuesto y le había dedicado a mi madre, quien mantenía una constante melancolía por su tierra y su familia.  Luego ya encarrerado siguió con otras composiciones de su repertorio, incluyendo una llamada La mula choca que tenía un ritmo bastante alegre.  Mi abuelo no cabía de gozo por esta licencia que se había tomado el Padre Ortegaray, pero mi abuela y la tía Mélida no daban crédito a sus oídos, pues mantenían la tradición del silencio.  A partir de entonces, las enormes restricciones en nuestra casa fueron poco a poco liberándose. 

A esa corta edad, la semana santa constituía un ciclo que transcurría entre lo prohibido y lo obligado, la extrema curiosidad ante los mitos y leyendas, el terror de que el viernes santo a las tres de la tarde hubiera un cataclismo, la fascinación por las frutas de la temporada, en especial los jocotes y el deleite de comerlos durante las procesiones, que eran indudablemente los actos centrales de estas tradiciones.  Iniciaban con la vela en El Calvario el sábado antes del domingo de ramos, el huerto, la procesión de la burrita, la de San Benito el lunes santo, la Sangre de Cristo el miércoles santo, la del Lignum Crucis el