Julio 9, 2009

Lo que hay debajo del Vaho

Vaho Nicaragüense.  Foto: Orlando Ortega Reyes

Muchos de los exponentes de la cocina nicaragüense tienen un origen bien identificado, pues proceden de la cocina española, de la cocina indígena o de una fusión de ambas.  Sin embargo, existen algunos cuyo origen se pierde en el tiempo y al no existir documentación al respecto, quedan en el más completo misterio.

Uno de los casos más representativos de lo anterior es el del delicioso Vaho, que se encuentra entre los platos más emblemáticos de la cocina nicaragüense y que cuenta con varias teorías respecto a su origen.

El Vaho, como su nombre lo indica, es un plato que se prepara por el método de cocción al vapor.  Es muy claro que este método era uno de los preferidos de los pueblos precolombinos, en especial de los náhuatl y de ahí provienen los tamales en sus diversas formas y los mixiotes que es carne aderezada, envuelta en hojas de maguey y cocida al vapor.  Sin embargo, este método también era el favorito de algunas tribus africanas que llegaron a suelo americano.  En la cocina española por su parte, no había una tendencia a utilizar el vapor como método de cocción.

Con relación a los ingredientes, la cecina o carne salada era utilizada en la cocina española, aunque también lo era en la cocina de las tribus africanas que fueron traídas al nuevo mundo.  La yuca es de claro origen americano, aunque se ubica en las regiones de América del Sur, precisamente en la frontera entre lo que es ahora Colombia y Venezuela y de ahí fue traída a Nicaragua por las tribus que subieron a Centroamérica.  El plátano es originario de Asia y fue traído por los españoles a América en donde se adaptó fácilmente.

De acuerdo a los elementos anteriores, es más factible que el Vaho surgiera como una fusión entre la cocina africana y la cocina de los pueblos indígenas procedentes del sur del continente y que poblaron la región central y caribe de Nicaragua.  Es muy posible que este plato iniciara con la cocción de los vegetales, envueltos en la hoja de plátano (chagüite) y con el tiempo se le agregara la cecina para completarlo.

A nivel familiar el Vaho es un plato festivo, pues su elaboración se realiza principalmente para ocasiones especiales en donde el número de comensales es numeroso.  La receta no es complicada, sin embargo hay detalles que cuidar como es el caso de la selección de los ingredientes.  La calidad de la cecina es básica y es necesario que la misma se exponga durante un día al sol, así mismo debe de sazonarse previamente con naranja agria, chiltoma, cebolla y tomate. Hay personas que utilizan pecho de res y últimamente se está utilizando carne fresca.  Los plátanos maduros deben tener cierto punto específico de maduración de tal forma que con el efecto del vapor queden de un color rojizo y una textura suave.  La yuca debe ser  fresca con el fin de que reviente adecuadamente.  Por otra parte  es importante la cantidad de agua, la intensidad del fuego y el tiempo de cocción.  Al igual que los nacatamales, hay ciertas supersticiones al respecto, pues se dice que si dos personas participan en ciertas etapas del proceso, el Vaho se pelea.

La cantidad de ingredientes depende de la cantidad de comensales y a la vez del apetito de los mismos, pues como dicen, según el sapo es la pedrada.  Generalmente por cada tres comensales se necesitan dos libras de cecina, tres maduros, dos plátanos y libra y media de yuca.

Para la preparación del Vaho se requiere de un recipiente, que originalmente era una olla de barro, pero actualmente es más frecuente utilizar una metálica de suficiente tamaño para poder acomodar todos los ingredientes, más las hojas de chagüite.  En el fondo el recipiente se arma la “cama” que es una pequeña armazón, generalmente de varas o reglas de madera que levantan la base en donde irán los ingredientes y que posibilitan el depósito de agua en el fondo para producir el vapor necesario.  Es importante que las varas, el bejuco o la madera con que se arma la “cama” no suelten sabor alguno pues pueden trasmitirlo al Vaho.  En algunos casos se prefiere utilizar armazones metálicas. Luego se forra el recipiente con las hojas de chagüite.

No existe un consenso respecto al orden que deben de llevar los ingredientes en la olla.  Lo más usual es que en el fondo se ponga una capa de yuca y plátano verde y encima la carne cubierta de tomate, cebolla, chiltoma y ajo, luego otra capa de yuca y plátano verde y encima otra de carne y así sucesivamente y al final encima de todo, los maduros, luego se cubre con hojas de chagüite y se le pone una tapa a la olla.  A cada capa se le agrega naranja agria y sal.  Otros ponen en el fondo sólo la yuca, luego la carne y encima los plátanos, sin embargo hay quienes ponen todos los vegetales juntos y encima la carne.

La cocción del Vaho requiere de unas dos o tres horas de calor, vigilando que exista la cantidad necesaria de agua, de lo contrario el vaho se puede ahumar.

El Vaho se sirve con una ensalada, que en Managua se le conoce con el nombre de ensalada “callejera”.  Está preparada con repollo rallado, tomate y cebolla y se adereza con vinagre, preferiblemente de guineo y se la da el punto con sal y chiles congos.  En algunas partes se acostumbra preparar el picante aparte de la ensalada.

Hay versiones sofisticadas del Vaho en donde al final se le agregan chorizos y hay también quienes lo sirven con morongas.

El Vaho también se puede conseguir comercialmente, pues se prepara a diario en algunos puntos de expendio y por el equivalente a 1.50 o 2.5 dólares es posible comprar una ración con todos los ingredientes.  Generalmente en todos los mercados de Managua existen puestos en donde se ofrece el Vaho.  Es probable que cada quien tenga sus propios gustos en este sentido y tenga un lugar de preferencia, sin embargo, en Managua han cobrado fama algunos puestos por ejemplo a partir de los años setenta, se hizo de renombre el Vaho del Hospital Bautista, en donde una señora conocida como Chelita, se apostaba en las afueras del nosocomio a ofrecer su delicioso producto.  En los noventa, empezó a tener renombre el Vaho de doña Carmen al finalizar la Calle del Triunfo, cerca del Arbolito, en el occidente de la capital o el “Vaho de la Esquina” de la familia Villalobos, que fue conocido también como el “Vaho de las mujeres”, nombre un tanto cuanto bandido.

El Vaho generalmente se acompaña de un tiste, aunque en este aspecto se observan diversos gustos que van desde fresco de cacao, chía, cebada, linaza y demás refrescos naturales, aunque hay algunos herejes que se lo atraviesan con una gaseosa.

Otra de las grandes polémicas en torno a este tradicional platillo es su escritura.  Obviamente, si nos atenemos a su significado original debería escribirse Vaho, que según la Real Academia de la Lengua es: 1.- el vapor que despiden los cuerpos en determinadas ocasiones y 2. Nic. Guiso de carne que se prepara al vapor con verduras y otros ingredientes.  No obstante, es muy común observar que este platillo se anuncia como “Bajo” debido a que en el español nicaragüense no se pronuncia la uve y la “h” deriva en “j”.   En realidad no importa como lo escriba o lo pronuncie, siempre le van a entender cuando se refiera a este platillo estelar de los nicaragüenses.

Tal vez Rubén Darío el único vaho que alude en su poesía es aquel que vio echar a un buey en su niñez, bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, sin embargo, si hubiera visto a un robusto sujeto echándose un vaho con todas las de ley, quizas otra hubiera sido la oda.

Julio 4, 2009

Aquella extraña costumbre de invitar

Invitación a Vaho 1994

El nicaragüense era, hasta hace relativamente poco, fachento y cuando le nacía invitar lo hacía en forma.  Habría que hacer a un lado a los tacaños que no disparan ni en defensa propia, no obstante aquellos que sentían un especial orgullo al invitar a sus amigos, lo hacían de la manera más abierta; por eso había una expresión propia para estas circunstancias: “cuando se agacha es para que se le vea”.

De esta forma, con el nica no habían dobleces cuando utilizaba la palabra “invitar”, pues se entendía de manera cristalina que quien cursaba la invitación corría con todos los gastos que la misma implicaba y el invitado no estaba en la obligación de llevar nada al evento, más que un buen apetito y el hígado asoleado, a menos que de manera explícita se aclarara que se trataba de cumpleaños, bodas, bautizos y demás y que en ese caso se acostumbra a llevar algún regalo.

No cabe duda que la globalización ha traído una transformación en las costumbres autóctonas en este particular y se puede observar ahora nuevas actitudes que desdicen del tradicional espíritu fachento del nica.  En la actualidad se observan invitaciones en donde cada quien amarra su gallo, en el mejor de los casos; pues puede suceder que el que invita se declare en bancarrota a la hora de la cuenta o simplemente haga la “leonesa”.  También se observa más a menudo invitaciones de “traje” en donde cada quien debe aparecerse con algo en el evento y decir traje esto o traje lo otro.

Otro ejemplo muy ilustrativo es el caso de las grandes empresas transnacionales que con la mayor tranquilidad anuncian a los cuatro vientos que invitan a determinado evento, generalmente un concierto de algún célebre artista y al final resulta que la entrada al mismo cuesta un ojo de la cara y la mayoría de las veces se trata de artistas que tuvieron mejores ayeres y ahora se cotizan de tal manera que el costo de la entrada ronda los US$80.00 o más.  Este fue el reciente caso del famoso dueto Air Supply, en donde las invitaciones tenían tantos patrocinadores que parecían carros de fórmula uno, pero que en nada contribuyen a bajar los precios.

Hace unos cuarenta años no era así.  Recuerdo a finales de 1967 cuando la Compañía Cervecera Nacional inició la campaña para amortiguar la salida de su primer competidor en décadas: la cerveza Aguila.  Entonces decidió lanzar una nueva cerveza que pudiera, si no competir, por lo menos distraer la atención de quienes se entusiasmaron con la cerveza que le dio a los nicaragüenses el derecho de escoger, tal como rezaba la propaganda de Aguila.  La cerveza que sacó la Compañía Cervecera Nacional en esa ocasión se llamaba Jet, nombre que en ese entonces estaba muy de moda cuando recientemente los aviones de hélice dieron paso a los reactores de propulsión a chorro (jet).  La cerveza venía en un envase “aerodinámico”, como se decía en aquel tiempo, que simulaba un cohete espacial y la parte superior traía una capa de estaño dorada.

Para el lanzamiento oficial de la cerveza Jet, la Compañía Cervecera invitó a un evento musical con artistas renombrados de la época, que se presentarían en el Estadio Nacional y los boletos estaban a la disposición del público en los principales expendios cerveceros de Managua.  Si mal no recuerdo, era el primer show patrocinado por una empresa, pues antes se limitaban a ofrecer regalitos, calendarios, almanaques y promociones modestas, como el cancionero Picot y el evento más recordado era el “cine libre” que la Mejoral llevaba a todo el territorio nacional.

En ese tiempo cursaba yo el primer año de universidad y camino a la facultad de economía, un amigo y yo pasamos por el Jardín Cervecero que quedaba en la intersección de la Avenida Roosevelt y la Calle 15 de septiembre.  Nos decidimos a solicitar ahí los boletos, aunque ninguno de los dos ingeríamos licor.  Nos acercamos al mostrador y poniendo la mejor cara de borrachos solicitamos nuestros boletos y para nuestra sorpresa el encargado sin mediar palabra nos extendió los boletos.

La noche de la presentación el Estadio Nacional estaba de bote en bote y al llegar temprano tuvimos la oportunidad de encontrar un boquete en la malla, que luego fue resguardado por uniformados y que nos permitió entrar al engramado que era la zona VIP, aunque en ese tiempo ese término todavía no se acuñaba.

Así que desde las primeras filas presenciamos el show de Carlos Lico cantando las mejores canciones de Manzanero y enseguida la presentación de Emily Cranz, una vedette que había incursionado en el cine mexicano y que con un baile candente interpretó algunos éxitos, entre ellos el gran tema del maestro José María Peñaranda: La cosecha de mujeres y fue tal el alboroto que se armó, que la vedette acostumbrada a todo público, de repente se puso nerviosa ante los gritos e intentos del emocionado público de subir al escenario.  Luego presentaron a otros artistas que no llego a recordar y al final, como para cerrar el show presentaron a Los Yakis, que en aquel tiempo habían logrado la cima de la fama con temas como Cenizas, Tus ojos, Teresa, sin embargo cuando llegaron a interpretar Barrio Pobre, cover que realizaron del éxito de Johnny Rivers: Poor side of town, se armó un gran alboroto.  Resulta que en la versión original de este tema, el grupo, al igual que lo hizo Rivers, se acompañó de un coro femenino y en su viaje a Nicaragua, me imagino que no les daba la cobija para traerlo, por lo que tuvieron que usar a los mismos integrantes, uno de ellos Benny que en ese entonces todavía se llamaba Benito, que atiplando la voz, trataron de imitar a las muchachas del coro.  Así que desde el inicio, en donde la canción entra con el coro y un tu turuaaa chubidubi, la gente se quedó estupefacta con la vil imitación y se empezó a escuchar un ¡Mmmmmmmm!.  Luego cuando el coro dice Y te quiero amooor tuaaa, se escuchó un ¡Eeeeeejjjjj!.  Al llegar a:  Y sin condición, tuaaaa, se empezaron a escuchar de parte de los irredentos de las primeras filas: ¡Aaaayy amor!.  Al final, desdichadamente cierra el coro la canción con la partecita de:  Te quiero debes creerlo, no hay condición te lo repito, amooor…. Y eso fue la gota que derramó el vaso, causando una tremenda rechifla y gritos que iban desde ¡Ay ella!, hasta la orientación sexual a la que se hacían acreedores con aquel fallido intento de imitar al coro.

Total que la gentil invitación que realizara la Compañía Cervecera desembocó en un tremendo relajo que casi llega a los golpes entre los que les gritaban bascosidades a los Yaki y aquellos que intentaban defenderlos, por suerte el espectáculo ya casi terminaba, así que imitando a Mike Connors de la serie En la cuerda floja, me escabullí y me fui para mi casa.

Pero esos eran otros dorados tiempos, en donde las invitaciones, aun de empresas comerciales, eran con todas las de ley.  Ahora es recomendable que ante una invitación de cualquier naturaleza indague primero cuál es el alcance de la misma, no vaya a ser que le salga la venada careta.

Junio 30, 2009

Aquel solar de Monimbó

CAMILO ZAPATA

Los viajes que en mi niñez realizaba a Masaya estaban envueltos de una singular emoción  Para mí era una experiencia sin igual visitar aquella ciudad misteriosa y efervescente, contagiado de la euforia de mi abuela cuando volvía a su terruño.  En medio de una polvareda divisábamos Monimbó, que nos anunciaba que estábamos entrando a Masaya.  Aquello era una acuarela primitivista con chozas de paja, niños desnudos correteando por los alrededores y yo buscando en el trayecto el solar en donde se suponía bailaba Doña Inés.   Y es que El solar de Monimbó se pierde en lo más recóndito de mi memoria, pues desde que logro recordar, esa son ya estaba ahí, era parte íntegra de mi niñez al igual que la policromía del reflejo del sol en la colección de botellas de mi abuelo y el aroma del jardín de mi abuela  que adornaban las escenas de aquel maravilloso mundo.

Cuando llegué a dominar el habla era un reto para mí tratar de cantar El solar, pues aunque podía repetir las dos primeras estrofas aun sin comprender el significado de encinta o las implicaciones picarescas de Don Rodrigo y su zapateado por detrás, a la hora de llegar a la tercera estrofa me perdía completamente, pues en la versión que conocía, era una retahíla que desembocaba en verdaderas galimatías.  De manera que esta forma de cantar llegó a ser lo más natural para mí.  El nandaimeño era un son predilecto de mi tío Emilio y sucedía lo mismo, pues iniciaba con la retahíla que estaba en chino para mí y luego venía la contradicción conceptual pues me preguntaba cómo alguien podía ser granadino habiendo nacido en Nandaime, cuando lo lógico era que fuera nandaimeño y no fue sino hasta que internalicé el concepto de división política, al estudiar geografía de Nicaragua, que entendí el asunto.

En ese tiempo tampoco sabía que esos sones tenían autor, pues al igual que aquellos atardeceres que parecían chichitotes al vuelo o el aroma del cafetal, estuvieron siempre ahí, sin preguntarme yo de dónde venían.  Tampoco sabía que el son nica había sido inventado pues era una música que siempre había escuchado.  Así que fue mucho tiempo después, cuando comprendí que la música venía del trabajo incansable, la inspiración y la creatividad de un autor que llegué a conocer de la existencia de Camilo Zapata.  Supe que fue quien creó el son nica y además que había compuesto El solar de Monimbó, el Nandaimeño, Caballito Chontaleño y tantas más.

Muchos años después, cuando vivíamos en el Callejón de Alí Babá en Managua, mi hermano Eduardo estaba aprendiendo a tocar guitarra y una de sus primeras canciones que dominó fue Flor de mi colina y nos la recetaba mañana, tarde y noche, pero más que cansarnos, hacía que admiráramos más la música de este compositor.

A estas alturas del partido, cuando escucho El solar de Monimbó y El nandaimeño, inmediatamente me transporto a mi infancia, a los gratos recuerdos de mi abuela y mi tío Emilio.  No obstante, para mi gusto la mejor composición del creador del son nica es Minga Rosa Pineda que lleva ritmo, color y picardía únicos y creo firmemente que tan sólo esta canción le haría merecedor de la inmortalidad.

Tuve la suerte de conocer personalmente, aunque de manera fugaz, a Don Camilo Zapata.  En febrero de 2001 se inauguró el instituto que está junto a Plaza del Sol en Managua y muy acertadamente se le asignó el nombre de este gran compositor nacional.  Fue una ceremonia solemne con la presencia del Presidente de la República en turno, el Ministro de Educación y demás funcionarios del gobierno.  Don Camilo, muy emocionado recibió el merecido reconocimiento y mientras la mayoría de los políticos se dedicaban al figureo, yo aproveché para abordar a Don Camilo y conversar brevemente con él.  A diferencia de los “artistas” que miran al mortal hijo de vecino como si le fuera a mendigar un autógrafo, Don Camilo irradiaba esa humildad que Darío en La Cartuja puso como reina de pies blancos.  Le comenté sobre mis recuerdos de la infancia en torno a sus composiciones y él me platicó sobre las distintas emociones que habían dentro de algunas de sus composiciones.  De repente, tuvimos que despedirnos pues se llevaron al insigne músicopara una sesión de fotografías con los elegidos.

Este martes 23 de junio, el Padre del Son Nica abandonó este mundo, dejándonos un legado invaluable, un tesoro me atrevería a decir.  Nos heredó uno de los pilares fundamentales de nuestra identidad,  Nos enseñó a cantar con alma, vida y corazón. Descanse en paz Don Camilo.

Junio 27, 2009

La cosa nostra

Foto: Orlando Ortega Reyes

Foto: Orlando Ortega Reyes

En los primeros tiempos de la Colonia todavía no había el suministro de trigo necesario para producir la harina que permitiera la elaboración del pan que demandaban los nuevos ocupantes de América.  La importación de trigo de España se hacía una misión imposible y en las tierras americanas que eran aptas, los nativos se rehusaban a cultivar el grano de oro de los españoles.  Pese a que fueron construidos hornos similares a los utilizados en Europa, los mismos no podían ser empleados si no se contaba con la harina de trigo indispensable para esta producción.  Después de algunos años en que los españoles renegaron de las comidas autóctonas, al final, la necesidad que dicen tiene cara de perro, los orilló a aceptarlas y en algunas regiones se buscó la materia prima local más parecida al trigo y en este caso, el maíz suplió en forma provisional la carencia del grano de oro y así los colonizadores dieron rienda suelta a su fantasía, clonando dentro de la esencia del maíz, el espíritu de su melancolía por el pan.  De esta manera se encuentra a lo largo de toda América, una serie de productos de maíz que los españoles horneaban tratando de suplir el pan de su tierra.

Se dice que en Nicaragua el primer horno de arcilla lo mandó a construir Pedrarias Dávila a solicitud de su esposa Doña Isabel de Bobadilla y Peñalosa, a quien su tía Doña Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya, había asignado a Doña Carlota, una segoviana con grandes dotes culinarias, para que se hiciera cargo de la cocina de su sobrina.  Podría decirse que fue esta ingeniosa cocinera la que realizó las imitaciones de roscas, empanadas y demás productos de la repostería española/árabe para la mesa de Pedrarias y su familia.

De esta forma, en Nicaragua todos los productos de maíz que eran cocidos bajo el proceso del pan, se llegaron a conocer de manera genérica como “cosa de horno”.  Como dato curioso se observa que en algunas regiones del centro de México existe lo que se conoce como “fruta de horno”, muy parecida a la cosa de horno y que se utiliza como primer alimento de la mañana.

Cuando se aseguró el suministro de harina de trigo en América, entonces se inició la producción sostenida de pan, no obstante, la producción de cosa de horno se mantuvo, en algunos casos como sustituto del pan, en otros como complemento o simplemente como un antojo. De acuerdo a cada región se consume en el desayuno, como refacción,  como complemento en la cena, como golosina o para acompañar a un café a cualquier hora del día.

Los elementos básicos en la cosa de horno son: un proceso de cocción en hornos de arcilla y la materia prima fundamental que es el maíz o el elote; aunque en este sentido hay divergencias significativas pues en algunas regiones no conciben la cosa de horno que no sea de maíz y en otras que no sea de elote.  Pueden ser de sabor dulce, ya sea a base de dulce de rapadura o mezcla de queso con azúcar, o saladas con sólo queso, suero, cuajada, leche, leche agria o sal.  Pueden ser tostadas o blandas, dependiendo esta consistencia, así como su textura, tanto del proceso de horneada como de las combinaciones de elementos grasos: mantequilla, manteca animal o vegetal que se empleen.  Las formas varían desde circulares hasta triangulares pasando desde roscas, hojaldras, empanadas a la torta cuadrada.

Hay que subrayar que el Perrerreque, de cuyo nombre nadie ha podido llegar a sus orígenes, constituye una categoría aparte.  Aunque muchos tienden a incluirlo entre la cosa de horno por ser preparado con elote, sin embargo, por sus otros ingredientes, en especial el bicarbonato de soda, muchos lo consideran más bien como repostería y según algunas sofisticadas recetas lleva también natilla, huevos y vino dulce. En esta misma categoría se encuentra la tortilla dulce, que se elabora con maíz, cuajada, leche, mantequilla, huevos, azúcar y bicarbonato de soda.

Con el tiempo, el término cosa de horno fue adquiriendo dimensiones variables de conformidad con la producción local, los usos y costumbres.  En primer lugar el conjunto de rosquillas, empanadas y hojaldras o “viejitas”, todas ellas tostadas, se independizó del término, llegando a agruparse en torno al simple vocablo de “rosquillas”; muchas veces para facilitar las labores de comercialización, como sucede en el norte y en el sur del territorio nacional, sin embargo, en el centro del país tiende a mantenerse invariable el término cosa de horno y los productos principales son rosquillas, empanadas, hojaldras y tortas de consistencia más suave.

En León, que podría considerarse como la cuna de la cosa de horno en Nicaragua, todavía se mantiene inalterable el término para designar a esta delicia de la cocina de Nicaragua.  Ahí se vende desde la mañana y en muchos casos sustituye al pan.  Son célebres las cosas de horno de las Galo, las Roque, las Quintanilla, las Téllez, las Reyes y las Pérez, pues hay que resaltar que su producción, al igual que en sus inicios con Doña Carlota, es una gracia de mujeres.

En Managua puede encontrarse todo el día, sin embargo, es más frecuente su consumo por la mañana como parte del desayuno.  En una época toda la cosa de horno de la capital se producía ahí mismo, recordándose la afamada cosa de horno de Doña Tulita García, quien tuvo donde fue la Unión Radio, una de las panaderías más fuertes de Managua.  No obstante, en estos días casi toda viene de las localidades circunvecinas, en especial de Mateare, Nagarote y La Paz Centro, que heredaron de León las recetas para la preparación de la cosa de horno, aunque según algunos conocedores las mejores son las de Nagarote y aunque estas cuestan casi el doble que las de Mateare, su calidad vale la pena.  Desde muy temprano pueden encontrarse en el Mercado Israel Lewites.  Si se trata de golosina, lo más demandado son las rosquillas, empanadas y hojaldras traídas de los diferentes puntos de producción del país de conformidad con los gustos y preferencias de cada consumidor y que últimamente pueden encontrarse fácilmente hasta en los supermercados.

En Masaya, la cuna del folklore, también se mantiene el término cosa de horno.  En los tiempos en que viajaba con mi abuela a esa ciudad, las más famosas eran las del antiguo mercado, en donde se encontraban desde la mañana y las de la estación del ferrocarril que salían por la tarde.  En esos tiempos se acostumbraba a venderla en hojas de chagüite y la gracia era comerla caliente.  Una amiga de la tía Mélida que traía esta delicia del rumbo de la laguna, antes de llegar a la estación pasaba por su casa dejándole una dotación, todavía humeante.  Ahora todavía se puede encontrar pero no es lo mismo, ya se venden en bolsas plásticas y en la estación por las tardes ya casi no llega la afamada cosa de horno.

En los “pueblos” como le dicen los capitalinos, con un deje un tanto paternalista, a las ciudades de la meseta central, también se mantiene la tradición de la cosa de horno con sus variaciones locales.  En Carazo la producción no es considerable y en su mayoría se importa de ciudades vecinas.  En Jinotepe en una época era famosa la que se vendía en la esquina de Armando Siu, donde se había improvisado una parada de camionetas que viajaban hacia el rumbo de Nandaime y en donde ofrecían cosa de horno de Santa Teresa por la tarde, sin embargo, donde las Cruces, en esta última ciudad, se encontraban desde media mañana.  También de ahí salían para San Marcos, en donde se vendían en la calle del mercado, aunque también llevaban de la producida en Masaya. También era afamada la cosa de horno de Catarina y en esa región también se elaboraban unas “rellenas” que no obstante, de acuerdo a los puristas de la gastronomía no son consideradas cosa de horno.

Para el rumbo de Boaco también se conoce como cosa de horno y es famosa la que venden en el empalme de esa ciudad, en donde las ofrecen desde temprano y eso que algunas vienen desde Camoapa.  De la misma forma es muy renombrada la cosa de horno de Cuapa, en el vecino Chontales.

En el resto del país, en donde últimamente predomina el término rosquilla para denominar a estos productos, hay una constante e interminable disputa respecto a dónde se preparan las mejores de Nicaragua.  Cada una de estas localidades reclama el título de producir lo mejor, pero insisto que en esto prevalece el dicho de que en gustos se rompen sacos.  Entre quienes se disputan el galardón se encuentran El Viejo, Somoto, Ciudad Darío y Rivas.  Si se le pregunta a un nica originario de estos lares, responderá que en su tierra se encuentran las mejores rosquillas no sólo de Nicaragua, sino del mundo.

Las rosquillas de El Viejo, Chinandega tienen fama de tener una textura sin igual que les da la mantequilla que sobresale en su preparación, lo cual las hace más porosas que las que se venden en el resto del país, aunque su tamaño es pequeño.  Las más renombradas son las de El Castillo, empresa familiar que ha logrado en los últimos años un buen nivel de industrialización con el apoyo de la Cuenta Reto del Milenio (q.e.p.d.) alcanzando a cubrir el registro sanitario, marca registrada, contenido alimenticio, código de barras y demás requisitos que las hacen elegibles para su comercialización a gran escala dentro y fuera del país.

Las rosquillas de Ciudad Darío son tal vez las que tienen una mayor tradición, pues su preparación se inició hace mucho tiempo.  El Príncipe de las Letras cuando escribió su poema: Del Trópico, en el verso final incluyó: Y la patrona, bate que bate,/ me regocija con la ilusión/ de una gran taza de chocolate,/ que ha de pasarme por el gaznate/con la tostada y el requesón, y algunos estudiosos interpretan que con el vocablo “tostada” se refería a una de las cosas de horno que se producían en su tierra.   El sabor y la textura de las rosquillas de Darío son inconfundibles, sin embargo, en la actualidad su comercialización está muy limitada.  En primer lugar, el nuevo trazo de la Carretera Panamericana que bordeó la ciudad, limitó seriamente la oportunidad que tenían en otra época cuando todo el transporte pasaba a fuerzas por el centro de la ciudad y se aprovechaba para comercializar este producto.  Lo anterior, obligó a las familias dedicadas a este menester a buscar lugares alternos de comercialización, encontrando en Matagalpa una buena plaza en donde la rosquilla de Darío tiene una buena demanda.  A diferencia de los otros centros productores, en Darío no se observa la incidencia de esas organizaciones no gubernamentales que se dedican a promover este tipo de empresas.  Sin embargo, todavía subsiste el producto y aunque en algunos casos la calidad puede haber bajado, siempre es un placer degustar las rosquillas, las empanadas, las viejitas y el perrerreque, que en este lugar lo incluyen dentro de la cosa de horno.  Algunos baquianos conducen al comprador foráneo hasta el barrio La Carreta, ya casi saliendo de la ciudad, en donde existen un par de expendios que se ufanan de preparar las mejores rosquillas del rumbo, aunque este lugar se lo disputa la Sra. Tachita Carrero, en el centro.

En Somoto se encuentra la mayor producción de rosquillas a nivel industrial y gracias a la eficaz campaña sostenida por ese municipio, este producto se ha logrado posicionar en el gusto nacional e internacional y navegan con la bandera de ser las verdaderas representantes de la gastronomía nacional.  El producto tiene una calidad bastante aceptable, contienen menos grasa que las producidas en Darío y es característico su color un tanto más oscuro que las producidas en el resto del país.

En Rivas, pareciera que el afán de las rosquilleras es obtener un producto extremadamente blanco, logrado a través de un manejo magistral de la horneada, aunque también el sabor es importante y logran uno muy especial que las distingue de las preparadas en otras regiones, pues mediante una adecuada combinación de la masa y el queso se logra un balance que se refleja en su sabor.  La mayoría de estas rosquillas se preparan en el barrio Las Piedras de la ciudad de Rivas y las señoras que se dedican a esta labor proceden de un mismo tronco familiar. La Alcaldía de Rivas se ha empeñado en promover la calidad de las rosquillas rivenses, en especial las que preparaba la recordada Sra. Ana Julia Sánchez.  El ex Alcalde de Rivas, René Martínez Somoza manejaba en su promoción de este producto, que las rosquillas de doña Ana Julia eran las preferidas de todos los presidentes de Nicaragua desde doña Violeta e incluso de personajes internacionales como Hugo Chávez, Fernando Lugo y el Padre Alberto Cutie, aunque estos últimos prefieren los polvorones.

Pisándoles los talones a estos contendientes, se encuentran las rosquillas de Yalagüina, en donde algunos organismos han invertido significativas sumas de dinero para promover su producción con miras a destronar a las rosquillas de Somoto, pues también alcanzan una calidad bastante aceptable y con gran preferencia de parte de los consumidores nacionales e internacionales.  Hay cerca de 20 productoras de rosquillas aunque la de mayor prestigio es la de Doña Basilia Cruz por el rumbo de Los Encuentros.

Ya sea en su forma tradicional o bajo el nombre de rosquillas, la cosa de horno constituye uno de los alimentos más representativos de la cocina nicaragüense y entre los hermanos lejanos, después del nacatamal es el producto más apetecido y demandado, importándose significativas cantidades tanto de manera formal, pero en mayor proporción, en el tráfico personal a través de los viajeros y encomenderos.  Por otra parte, la producción de la cosa de horno exalta el invaluable trabajo de las mujeres.

Al igual que cualquier exponente de la comida nicaragüense, las mayores delicias se prueban en la preparación casera, no comercial.  Así que en muchas partes del país, todavía hay familias que tienen un horno de arcilla en su casa y frecuentemente preparan cosa de horno casera, que es realmente un bocado de cardenal.

Así pues, vale la pena salir de la rutina a la hora del desayuno, hacer los huevos a un lado y dar paso a esa cosa tan nuestra y que está tan ligada a nuestras raíces, acompañada de un delicioso café y sonreír plácidamente igual que hace ya casi quinientos años lo hacía el Furor Domini cuando doña Carlota ponía aquella humeante cosa de horno en su mesa.

Agradezco a mi hermano Eduardo, sus valiosos aportes para la preparación de este post.  El es especialista en esas cosas.

Junio 20, 2009

La Mimi

Oralya Ortega y sus sobrinos

Nuestro calendario poco a poco se ha ido llenando de toda suerte de celebraciones, como son el día de la madre, del padre, del niño, de la tierra, del amor y la amistad, de la mujer, del Español, del adulto mayor, del médico, del dentista, del libro, de la doméstica, del bombero, de la secretaria, de la enfermera y así podría seguir por varios párrafos más.  No obstante, me parece una gran ingratitud que en ese maremágnum de celebraciones no se resalte la figura de un personaje, clave, vital, imprescindible, como es el de la tía.  Es más, en algunas partes este vocablo adquiere cierto tinte despectivo.

De manera especial, en algunas sociedades como la nicaragüense, en donde pareciera que nuestra suerte es andar de desgracia en desgracia, como si el destino se empeñara en llevarnos “al bote y al meado”, la solidaridad se hace un imperativo para poder sobrevivir y es entonces cuando la familia, en primera instancia, debe asumir papeles que van más allá de los que normalmente ocurren en otras sociedades y en este contexto, la tía además de ser un elemento proveedor de apoyo económico, es depositaria de un amor subrogado que por alguna razón los padres de familia no están en condiciones de asegurar.

Puede ser que la mujer tenga o no tenga hijos, lo cierto es que en determinado momento acepta un compromiso de entrega y se convierte en un eje fundamental de la familia, aportando todo lo que su extrema capacidad está en condiciones de ofrecer a los suyos y en especial a los niños.

Yo tengo la suerte de tener una hermana.  Es dos años menor que yo y eso permitió que creciéramos juntos, compartiéramos muchas experiencias y que entre los dos se desarrollara una relación entrañable; de tal forma que cuando nació mi primogénita, mi hermana no cabía en sí de júbilo y esa niña llegó a convertirse en su adoración.  Como pronto llegó el primer varón, mi hija pasaba más tiempo con sus abuelos paternos y sus tíos, pero en especial con su “Mimi”, que fue el nombre con que cariñosamente llamó a su tía.

Mi tercer hijo recién cumplía un año cuando viajamos a México, atemorizados por los ríos de leche y miel que se venían sobre Nicaragua y nosotros sin saber nadar.  Mi hermana ya estaba allá y nos acompañó un gran trecho de la inolvidable aventura de sobrevivir en esa tierra.  De esa forma, mis hijos crecieron teniendo como un ángel guardián a su Mimi, que les entregaba su amor y su paciencia a manos llenas.

Mis hijos varones se turnaron por más de diez años en un constante peregrinar a los hospitales de México y mientras su madre luchaba hasta con los dientes por alguno de ellos, los otros dos navegaban en una plácida mar que su Mimi les aseguraba con sus mimos y cuidados.

Cuando mi hermana iba a tener a su hijo, sentí un gran remordimiento, pues creía que con mis hijos ella había agotado toda su capacidad de querer.  Afortunadamente me equivoqué, pues con la misma pasión y entrega que desbordó con mis hijos, así también crió al suyo.  Ahora él es un abogado con un futuro promisorio que le devuelve con creces todo el amor que recibió.

Fue en los noventa, cuando regresamos a Nicaragua y ella se quedó en México, que me llegué a dar cuenta la dimensión de la relación de mi hermana con mis hijos.  A pesar de la distancia, el cariño entre ellos se muestra siempre incólume.  Para mi hija, su Mimi pasó a ser su “Adorada” y para mis hijos, más reservados que una mesa en el Maxim´s, ella es la confidente con quien comparten sus cuitas.

Así como esta historia, conozco varias, de mujeres que sin tener el compromiso de la maternidad, han sacado lo mejor de sí para entregarlo a sus sobrinos y estoy seguro que muchos nicaragüenses pueden dar fe de lo que significó una tía en sus vidas.

Por eso, antes de que algún desquiciado proponga la creación del “Dia del Diputado”, debemos reflexionar sobre la necesidad de hacer patente el reconocimiento de la sociedad nicaragüense a esa figura primordial que es la tía.  No importa que al igual que existen malos padres y malas madres, hayan tías que en su corazón, nido de sierpes como diría Gustavo Adolfo, no crezca más que el egoísmo y se dediquen a hablar con un espejo.  Afortunadamente, para nuestra dicha, la mayoría de ellas son ángeles.

Junio 17, 2009

Let´s twist again

Chubby Checker

 

Comencé a ir a fiestas a inicios de los sesenta.  Al comienzo iba, como dicen, de “oyente”, pues no sabía bailar y en esos tiempos en las escuelas no enseñaban baile, ni folklórico ni nada parecido, por lo que cada quien tenía que ingeniárselas para aprender lo básico de los bailes de la época.  La única pieza que llegué a bailar de niño fue “La Raspa”, aquel baile folklórico de Veracruz, México y eso porque mis primas Giselle y Silvia sabían cómo era el asunto y me enseñaron; sin embargo, eso no me sirvió luego pues era algo que no se estilaba.  Así que por algún tiempo me dediqué a sentarme a ver bailar y a estar pendiente de los sándwiches y gaseosas que repartían.  La inseguridad me hacía pensar que eso de bailar era “avión” y que aprender la técnica era algo así como pilotear una cápsula espacial.

Fue en una fiesta en casa de los Vega, si mal no recuerdo era el cumpleaños de Julio Alejandro y estaba prácticamente toda la juventud de San Marcos.  Y ahí estaba yo de “oyente”, dando cuenta de las coca colas y los bocadillos, cuando Mina Herrera, una amiga de la familia y madrina de mi hermano Eduardo, me miró sentado y me preguntó por qué no bailaba.  -Porque no sé, le respondí- y ni corta ni perezosa me agarró como a un espantapájaros y me enseñó los rudimentos coreográficos y en un dos por tres empecé a bailar.  Solamente boleros y baladas, pero eso ya era un adelanto.  Cuando tocaban un chachachá, mambo o cualquier otro ritmo que implicara bailar “suelto”, me iba al dogout a esperar que de nuevo pusieran otra “agarrada”.

Una noche en el Teatro Julia, antes de comenzar la película pasaron un noticiero que de vez en cuando llevaban de “ipegüe” las películas.  Recuerdo que comenzaba con un avión de Lufthansa aterrizando, se abría la puerta del mismo y una guapa azafata, vestida impecablemente, salía sonriendo y mostrando un letrero circular que decía “El mundo al instante”.  Claro que no era al instante, pues las noticias ya eran un tanto obsoletas cuando llegaban al pueblo, pero después de todo era un contacto con el mundo exterior.   En esa ocasión, la noticia principal se refería a un ritmo que estaba volviendo loca a la juventud de esa época y se llamaba Twist.  Se miraba en el noticiero locales inmensos en donde centenares de parejas bailaban al ritmo de una música pegajosa, un tanto parecida al Rock and Roll, a través de giros de las caderas y los pies, manteniendo el torso derecho.  Nos impresionó mucho la noticia y una pariente del proyectista, lo convenció para retener el noticiero en el pueblo y lo presentó varias veces más.

Cuando alguien consiguió el primer disco de twist, inmediatamente se convocó a una fiesta sin pretexto aparente y todo el mundo comenzó a bailar el nuevo ritmo.  Como todos iban a empezar de cero y era relativamente fácil el asunto, también yo me lancé al ruedo con buen suceso.  Ahí fue donde conocimos a Chubby Checker, que se convertiría en el Rey del Twist, título que mantiene a la fecha y por varios años bailamos los éxitos que iba sacando el ídolo:  The twist, Let´s twist again, Pony Time, The fly, Slow twistin´, Limbo Rock, Popeye, Havana Gila y varios más.  A pesar de que en poco tiempo llegaron las versiones en español como Despeinada de los Hooligans, El twist de la gallina y varias de los Teen Tops, para todos el Rey siempre fue Chubby Checker y sus temas siempre eran los preferidos.  A medida que pasaba el tiempo, la técnica del Twist se iba depurando y cada quien desarrollaba mejores pasos y algunos realizaban lances de fantasía, especialmente cuando ponían The fly (La mosca) que hacía que algunos imitaran los movimientos espasmódicos del díptero.

Por varios años el Twist fue el ritmo juvenil que predominó en los bailes; salieron otros ritmos pero ninguno hizo que los jóvenes se animaran a practicarlos, como el Mashed Potato, el Watusi, el Jerk, el Shake y varios más.  No obstante en algún momento de mediados de los sesenta, el Twist tuvo que competir con la cumbia, que de manera arrolladora se infiltró en los bailes y muy pronto fue la reina de todos ellos.  Sin embargo, el ritmo juvenil moderno que logró desplazar al Twist fue el Go-go, que trajo consigo un cambio radical no sólo en el ritmo, sino también en la moda y marcó el inicio de las discotecas, ahí fue donde se empezó a ver chicas con minifaldas o hotpants, botas altas de charol, algunas de ellas metidas en una jaula.

Ya en los setentas, el Twist quedó en el olvido y la música experimentó cambios significativos aunque el baile cayó en una tendencia de “free style” y ya nunca nadie le puso mucha mente a una corriente definida.

En el año 1994, Quentin Tarantino dirigió la película de culto: Pulp Fiction, conocida en español como Tiempos Violentos y que fue protagonizada por John Travolta, Bruce Willis, Samuel L. Jackson y Uma Thurman.  En dicho film, Vincent Vega (Travolta) acompañado por Mia (Thurman) van a un restaurante ambientado en los años cincuenta en donde se está llevando a cabo un concurso de Twist.  Vincent y Mia participan en el concurso y bailan You can never tell, de Chuck Berry.  Es significativo que Tarantino no hubiese escogido un Twist de Chubby Checker.  En el baile, la pareja pasa del Twist al Rock and Roll y luego al Batusi, que es un baile ideado por Adam West cuando interpretó a Batman en los sesenta y hacía su propia versión del Watusi, es ahí donde aparecen los famosos pasos con la “V” horizontal sobre los ojos, que Travolta se encargó de revivir.

Después de Pulp Fiction no es extraño que en una fiesta que se le quiera dar un toque “retro chic” se interprete un Twist y ahí Chubby Checker vuelve a ponerse la corona y a exclamar: Let´s twist again y ahí vamos nosotros, a mover el esqueleto, haciendo a un lado cualquier conato reumatoideo, rememorando aquellos inolvidables tiempos.

Junio 5, 2009

Clodomiro “Clorito” Picado

Clodomiro Picado

 

En estos días, en las principales radiodifusoras de Nicaragua se está escuchando un comercial bajo el lema: “Centroamérica, tan pequeña, tan grande”, promovido por la Secretaría de Integración Turística Centroamericana, resaltando los significativos aportes que han realizado a la humanidad algunos notables centroamericanos.  Dentro de ellos se menciona al Dr. Clodomiro Picado, a quien el referido comercial señala como médico costarricense a quien se le atribuye el desarrollo de un suero contra las picaduras de serpientes.

Lo que no señala dicho comercial es que existen evidencias que el notable biólogo costarricense (no médico), pudo haber sido el verdadero descubridor de la penicilina y más interesante aún, que nació nada más y nada menos que en San Marcos, Carazo.

A finales del siglo XIX, el matrimonio compuesto por el Profesor Clodomiro Picado Lara y su joven esposa Carlota Twight Dengo llegaron a San Marcos en donde establecieron su domicilio.  De acuerdo a algunos biógrafos, el Profesor Picado tenía un contrato de trabajo para fungir como profesor de matemática, otros coinciden en que llegó a realizar una pasantía de trabajo y algunos más románticos señalan que el padre de doña Carlota, Mr. Henry Twight, un inglés, profesor de ciencias muy estricto, no estaba de acuerdo con la relación del Profesor Picado con su hija, por lo que a la joven pareja no le quedó otra alternativa que irse de “juida”, habiendo escogido aquel recóndito lugar para ponerse a salvo de la ira de Mr. Twight.

Para muchos ha sido un misterio la permanencia de un profesor de matemática costarricense en un pueblecito escondido en la región del Pacífico de Nicaragua, pues a simple vista no tiene conectivo lógico.  Sin embargo, hay una situación que viene aclarar lo anterior.  A mediados del siglo XIX, llegó a Nicaragua Mr. Elbert Vauhgan y se estableció a unos cinco kilómetros de lo que en ese entonces era la pequeña villa de San Marcos, muy cerca del lugar que ahora se conoce como Las Cuatro Esquinas.  Mr. Vaughan se dedicó al lucrativo cultivo del café y logró incrementar su hacienda convirtiéndola en un importante emporio en esa época.  A mediados del siglo XX, sus sucesores fundaron lo que sería San Francisco Estates, que incluyó además del cultivo del café, la explotación avícola.

Aparentemente, Mr. Vaughan y Mr. Twight se conocían desde Inglaterra y mantenían cierta comunicación postal, una vez establecidos en sus respectivos domicilios.  De esta forma, es posible que la invitación al Profesor Picado para trabajar como profesor en San Marcos, proviniera de Mr. Vaughan, en el caso de que la unión del primero hubiese sido con la venia de Mr. Twight o bien que la joven esposa del Profesor Picado hubiese acudido a Mr. Vaughan en caso de que hubiese huido de su casa para unirse a Clodomiro, buscando trabajo y refugio en la próspera hacienda.

El caso es que el 17 de abril de 1887, nació en San Marcos Clodomiro Picado Twight.  Según consta en la Fe de Bautismo del pequeño Clodomiro, éste recibió las aguas bautismales en la recién construida iglesia de la villa, de manos del célebre Padre Eduardo Urtecho, quien si en esa época hubiese habido paparazzis, hubiera alcanzado más popularidad que el Padre Alberto Cutié.

Cuando el pequeño Clodomiro cumplió tres años, la familia Picado Twight regresó a Costa Rica.  Se dice que Mr. Henry Twight se quitó la vida, lo que precipitó el regreso de la familia, que se trasladó a Cartago en donde el niño Picado curso sus estudios primarios y secundarios, en el Colegio San Luis Gonzaga, en donde por su complexión débil se hizo acreedor al sobre nombre de “Clorito”.  Para su bachillerato, el joven Picado debió trasladarse a San José.

Su excelente desempeño como estudiante y posteriormente como profesor de ciencias propició que Clodomiro fuera postulado para una beca del Estado para estudiar en Francia en donde obtuvo primero el diplomado de estudios superiores en Botánica y Zoología en La Sorbona y posteriormente el Doctorado de la Universidad de París.  Al mismo tiempo mientras preparaba su tesis doctoral, estudió serología, bacteriología y enfermedades tropicales en el Instituto Pasteur y en el Instituto de Medicina Colonial en París.

De regreso en Costa Rica en 1914 inició una fructífera carrera tanto en el terreno de la investigación como de la docencia.  Desde inicios de los años veinte, Clodomiro había observado la destrucción de bacterias por parte de las sustancias producidas por algunos hongos, las cuales aisló, describió e incluso utilizó para curar ciertas infecciones de algunos pacientes.  Lo anterior quedó documentado en un artículo que publicó en la Revista de la Sociedad Biológica de París bajo el título Vacuna curativa no específica, en el año 1927.     Hay que recordar que el bacteriólogo Alexander Fleming, con la ayuda del médico australiano Howard Walter Florey y el bioquímico alemán Ernst Boris Chain, reportó el descubrimiento de la penicilina apenas en 1928 y la acreditada revista British Journal of Experimental Pathology lo publicó en 1929, motivo por el cual, los tres científicos se hicieron acreedores del Premio Nobel de Medicina en 1945, sin que hubiera ningún crédito para Clodomiro Picado.

El trabajo de Clodomiro Picado resalta por su amplia diversidad, pues además de sus investigaciones para desarrollar sueros antiofídicos, realizó estudios sobre fisiopatología tiroidea, endocrinología, fitopatología, entomología, biología, agricultura, educación superior, literatura.  

El insigne científico fue miembro de la Junta Americana de Estudios Biológicos, por nominación del Congreso Internacional de Biología de Uruguay,  miembro correspondiente de la Sociedad de Biología de París, miembro de la Sociedad de Biología de Bolivia y miembro de la Sociedad Mexicana de Biología, Zoología y Botánica.  El Congreso de Costa Rica en diciembre de 1943, le confirió el título de Benemérito de la Patria. Actualmente aparece en los billetes de 2,000 colones.

 No obstante, el mayor mérito de Clodomiro Picado fue su humildad, nunca se desveló por un premio, jamás luchó por la fama y la fortuna.  Al fin y al cabo, después de todo, en el fondo era un buen sanmarqueño.

Mayo 29, 2009

Yo soy aquel

Raphael Yo soy aquel

Viene a tu encuentro,
desde el olvido,
reclamando una deuda
que nunca acabas de pagar,
arrastrando lo que fue
y lo que pudo hacer sido,
y se pone a revolver
en el poso del ayer.

Serrat 

 

El excepcional cantante español, Raphael, el Divo de Linares como lo llaman algunos, ha iniciado este 2009 una gira que ha llamado Tour: 50 años después, en celebración de sus cincuenta años de carrera artística.  Algo sin muchos precedentes, pues hay que considerar que el artista cuenta a la fecha con apenas 64 años.  La gira comprende una extensa lista de países de América Latina y Europa, entre los que no se encuentra Nicaragua.

En las presentaciones de esta gira, después de una proyección, con lujo de tecnología, de los aspectos relevantes de estos cincuenta años de su carrera artística, el Divo de Linares entra al escenario con un traje negro e interpreta a capella el poema Cantares de Antonio Machado, que arreglara y musicalizara de manera formidable Joan Manuel Serrat.  Luego, inicia el concierto, en donde por espacio de tres horas el cantante interpreta los mejores éxitos de toda su trayectoria musical.  Desde sus primeros temas: Cuando tú no estas, Desde aquel día, Mi gran noche, Digan lo que digan, No vuelvas, hasta sus éxitos finales Provocación, Escándalo, En carne viva, Toco madera. Incluye además algunos temas propios del país en donde actúa, por ejemplo en México incluyó Volver, volver de José Alfredo Jiménez y en Chile Gracias a la Vida de Violeta Parra.  Lo que evita el Ruiseñor, como también se le conoce, es interpretar Yo soy aquel, lo cual no se nota pues tres horas de concierto se hacen pocas para abarcar la discografía total del cantante.

El público no se imagina que esa canción le llega profundamente al Divo, pues está asociada a un episodio que por más que trata de olvidar, siempre se empeña en volver a su memoria. Lo interesante es que dicho recuerdo tiene que ver precisamente con Nicaragua.

Era el mes de noviembre de 1968 y como parte de una gira de Raphael por América Latina para promover su internacionalización, a partir del éxito obtenido a través de la película Yo soy aquel, se programaron una serie de conciertos en diferentes partes de Nicaragua.  Se encargaron de los arreglos contractuales los empresarios locales, el Sr. Manuel Jirón, conocido emprendedor de la radiodifusión y el Sr. Richard Moore, actor radial que por mucho tiempo formó parte de cuadro de Radio Mundial y que tenía buenos conectes con el mundo del espectáculo y con buen éxito había traído un año antes a Rocío Dúrcal. 

Es importante aclarar que a pesar de que en Nicaragua Raphael empezaba a ser conocido, tanto por los éxitos que ya empezaban a sonar en las radiodifusoras, como por la película Yo soy aquel, que por cierto fue de las primeras en ser presentadas en el recién inaugurado Cine México, sin embargo, el cantante no tenía el arrastre de otros artistas, como en su momento tuvieron al visitarnos Pérez Prado, Agustín Lara o la Sonora Matancera, que causaron gran entusiasmo en miles de aficionados.  Raphael por su parte fue recibido en el Aeropuerto Las Mercedes por un pequeño grupo de jóvenes que respondió a la invitación de parte de los organizadores.  Este tibio recibimiento no fue muy del agrado de Raphael, pues en su país, El Niño, como se le llamó por mucho tiempo, tenía un gran número de admiradores desde que tenía nueve años.

Aquí es importante abrir un paréntesis para resaltar una situación que contribuyó al desaguisado que posteriormente protagonizó el cantante.  La sociedad nicaragüense en los años sesenta y todavía mucho tiempo después, era tremendamente homófoba.  No tanto por la intolerancia hacia las preferencias sexuales no ortodoxas, sino también y en mayor medida, en calificar como manifestaciones homosexuales, cualquier refinamiento o comportamiento fuera de los cánones previstos para una actitud varonil.  De esta forma, al observar en el cine el estilo de Raphael, en donde su histrionismo resaltaba en todas sus interpretaciones y hacía alarde de su voz con atrevidas figuras y exageraciones, muchas personas, sin contar con elementos de juicio, sin empacho y como dicen, al peso de la lengua, lo etiquetaron como gay.  Si nos sirve de consuelo, lo mismo ocurrió en varios países en los que por mucho tiempo se ha presionado al Divo para que defina de manera diáfana su orientación sexual, a lo que siempre él ha respondido que es completamente heterosexual.

En esa visita a nuestro país, Raphael comenzó a mostrar ciertas poses de divo, descalificando en primer lugar al Gran Hotel de Managua, que en esa época era prácticamente el único hotel de categoría en el país y exigió un lugar más discreto.  El empresario Manuel Jirón le ofreció su casa de habitación en Los Robles y ahí fue donde se alojó el cantante. 

Se programó una entrevista de prensa y desde ahí empezó el detonante de lo que ocurriría después.  Por una parte, los periodistas invitados a la misma no conocían la carrera artística de Raphael y por la otra, no tenían la sagacidad para entrevistar a un cantante internacional.   El caso es que el la entrevista fue bastante desabrida y además de las preguntas de rigor, si le gustaba Nicaragua y demás; alguien le preguntó sobre un supuesto romance con Ava Gardner, sobre lo que admitió que había una amistad muy fuerte con la actriz norteamericana, a quien había conocido en Acapulco.  Luego, un reportero tomó valor y le preguntó si le gustaban las mujeres y si así era cuál era su tipo de mujer, Raphael contestó secamente: Mi madre.  A partir de entonces el cantante se mostró incómodo e hizo lo posible por terminar la entrevista y salió sin mucha ceremonia.    

La presentación principal de Raphael fue en el Teatro González de Managua, el cual no se caracterizaba por tener una acústica perfecta y por otro lado, en esa época los artistas todavía no acostumbraban hacerse acompañar por un ingeniero de sonido para asegurar ese aspecto tan relevante en una presentación, así que el show inició con el pie izquierdo pues el sonido era cercano a lo fatal. El Divo apenas lograba disimular su incomodidad.  En cierto momento, en medio de grandes aplausos del auditorio que había abarrotado el teatro, el cantante comenzó a interpretar Yo soy aquel y justo cuando llegó a la línea que dice: y estoy aquí, aquí, para quererte… un individuo, con la agilidad de un felino, subió de pronto al escenario y se acercó al cantante, que se quedó patitieso.  El tipo que vestía con una indumentaria un tanto estrafalaria, tenía en la mano unas flores a punto de pasar a mustias y una muñeca, y en menos de lo que canta un gallo se las entregó al Divo y sin que éste pudiera reaccionar, le estampó un beso en la mejilla.  Luego, se dirigió al auditorio y exclamó al borde del paroxismo: ¡Ahora, ya puedo morir tranquilo! Se trataba de Pablo García, conocido en la vieja Managua con el remoquete de La Paulina, por sus obvias inclinaciones.  El relajo que se suscitó en el teatro fue tremendo, desde rechiflas, gritos y aplausos que provocaron tal ruido que sirvió para disimular la forma cómo terminó la canción.

Después de salir del shock, Raphael, haciendo de tripas chorizo, logró cantar tres temas más y dio por terminado el concierto.  Abandonó abruptamente el teatro y pidió que lo llevaran a la casa de Jirón.  A la mañana siguiente, el Divo de Linares realizó un squeeze play que hubiese hecho que el propio Rickey Henderson se quitara la gorra en señal de admiración.  Cuando se le buscó para ver el programa del día, ya el cantante se encontraba en Guatemala.  Se dice que salió con el pretexto de conocer Tipitapa y se bajó en el Aeropuerto para tomar el siguiente vuelo hacia el norte.  El problema serio es que el cantante había recibido un fuerte anticipo de cerca de cincuenta mil dólares, que en aquel tiempo era una cantidad enorme de dinero.

La noticia corrió como reguero de pólvora, sin embargo los que pegaron el grito al cielo fueron desde luego los empresarios organizadores, pues además de Jirón y Moore, parte del dinero lo habían puesto los ínclitos hijos de La Salle, pues tenían previsto una presentación en el Teatro del Instituto Pedagógico de Diriamba.  Los reverendos se quedaron atónitos y lo único que hicieron fue sacar a los alumnos en una manifestación con pancartas expresando que querían ver a Raphael “en vivo”, pues no podían balconear abiertamente a su paisano; a lo mejor si hubiese sido de otra nacionalidad hubieran pedido que lo quemaran “vivo”.

La prensa hablada y escrita del país comentó en grandes titulares la huída de Raphael, sin embargo, la crítica más agria fue de parte de La Semana Cómica, que con su humor mordaz publicó el siguiente epigrama:

El grandioso Raphael,

el monstruo de la canción

hizo aquí doble papel:

el de cantante y ladrón

 

Espejo de la indecencia

correspondió a nuestro abrazo

zampándonos sin conciencia

el golpe del “Raphaelazo”

 

Sin embargo nuestra gente

sin pizca de patriotismo

sigue oyendo con cinismo

al payaso delincuente.

 

Según algunas versiones, los organizadores lograron alcanzar a Raphael en Guatemala en donde llegaron a un arreglo, sin embargo, en Nicaragua no se volvió a saber nada del asunto.

 

El Ruiseñor continuó su carrera artística con mucho éxito, pues en total solo en español ha llegado a grabar más de 60 discos de larga duración, sin contar los que ha grabado en francés, italiano, alemán, inglés y japonés.  Ha recibido 350 discos de oro, 50 de platino y el único disco de uranio otorgado a un artista de habla hispana, por sus ventas del album “Raphael, ayer, hoy y siempre” en 1982 y del cual vendió 50 millones de copias.  De los premios y reconocimientos ni se diga, el Divo de Linares cuenta con una lista interminable de ellos, desde el título de Excelentísimo Señor Comendador de Isabel la Católica, otorgado por el propio Rey de España, Don Juan Carlos I, hasta cinco veces las llaves de oro de Nueva York, Chicago, Los Angeles y Miami.  Podría decirse pues que Raphael ha alcanzado un éxito tal en su carrera artística, que muy pocos artistas en el mundo han logrado alcanzar.

 

Sería válido entonces aseverar que los logros que ha obtenido del Divo dependen exclusivamente de su calidad vocal, su capacidad artística y la forma en que ha desarrollado su carrera y que los aspectos íntimos de su vida privada, como son las interrogantes sobre su orientación sexual, los blasones que obtuvo con su matrimonio, los bien logrados enlaces de sus hijos e incluso su enfermedad y recuperación, no tienen nada que ver con el éxito alcanzado.

 

No obstante, hay un detalle que mueve a la reflexión.  En algún momento de su carrera, Raphael o los expertos en marketing de su disquera, descubrieron, quién sabe cómo, que un importantísimo segmento de la compra de los discos del Divo, provenía de la comunidad gay. En forma coincidente en sus últimas etapas proliferan canciones en donde el blanco hacia donde se dedican está un tanto indefinido o por lo menos lo femenino no resalta.  Para complementar lo anterior, en 2008 el Divo de Linares apareció en la portada de la revista gay Zero y en la entrevista correspondiente habló sobre el matrimonio homosexual, declarándose partidario del mismo y expresando que deberían ser legales, además agregó que los rumores sobre su condición sexual no le afectan, pues -Cada uno es lo que tenga que ser, y bien hecho está. No hay porqué avergonzarse de nada. Pero vamos, yo no estoy en ese caso- remató.  Ante esto no queda más que echarle segunda al Ruiseñor y exclamar: -¿Qué sabe nadie?

 

Cabría agregar que la relación entre Rapahel y Nicaragua no quedó en aquel episodio de 1968; en junio de 2006 como parte de su gira “Cerca de ti” se presentó en Managua en un concierto a beneficio de APROQUEN.  Fue evidente su deseo de reivindicarse pues reiteró en un par de ocasiones:  “Tengo ganas que la gente me vea actualmente y lo que he aprendido, que es muy importante”.  En realidad era otro Raphael, más maduro, más profesional, con todas las tablas del mundo, no obstante, por aquello del Mmmmm…, no hubo conferencia de prensa abierta, la seguridad fue muy estricta y no cantó Yo soy aquel, no fuera a ser que La Paulina todavía no hubiese muerto tranquilo.

 

Gracias a Ovidio, que con su prodigiosa memoria pudo rescatar el epigrama

Mayo 22, 2009

La máscara de plata

Santo El Enmascarado de Plata

Las cenizas de mi padre están depositadas en el Mausoleo del Ángel, un cementerio ubicado al sur de la Ciudad de México. Pareciera extraño que un nicaragüense de San Marcos, hubiera muerto en Los Angeles, California y descanse en el Distrito Federal, sin embargo, así pasa cuando sucede y lo que logra darle cierto sentido al caso es que él quiso a México como su segunda patria.  Este cementerio es un lugar extremadamente sobrio, en donde el cemento y el mármol se encargan de crear un ambiente más de congoja que de resignación.  El día del funeral, no tuve tiempo de fijarme en el cementerio, pues después de un oficio poco solemne en la capilla, pasamos directamente a depositar la urna en una cripta que fue sellada sin mayor ceremonia.

Tiempo después, fui a visitar la cripta de mi padre.  Al salir hacia el estacionamiento, caminando por uno los lóbregos pasillos en donde los pasos parecen retumbar en todo el edificio, me llamó la atención una cripta que tenía una pequeña máscara en relieve; me acerqué y para mi sorpresa se trataba de: Rodolfo Guzmán Huerta, SANTO, EL ENMASCARDO DE PLATA.  No podía dar crédito a lo que estaba mirando, pues me parecía que Santo era de los superhéroes que no descansaban en una cripta; simplemente desaparecían o eran arrebatados hacia el Olimpo.  Sin embargo, ahí estaba, la placa lo atestiguaba consignando que había nacido el 23 de septiembre de 1917 y fallecido el 5 de febrero de 1984.  Por otra parte, me pareció irónico que al final de cuentas mi padre y el Enmascarado de Plata compartieran el mismo lugar de reposo, pues para mi padre este último nunca fue santo de su devoción, pues para él, Santo sólo Simon Templar, el legendario héroe nacido de la pluma de Leslie Charteris.

Conocí a Santo el Enmascarado de Plata en la barbería de Gonzalo “Chalo” Vásquez en San Marcos, quien además de ofrecer el mejor servicio en toda la región, mantenía el más extenso surtido de paquines y revistas de todo el pueblo. Tenía incluso ejemplares nuevos y exclusivos para los clientes VIP.  Entre el material de lectura más solicitado estaba, sin duda, las aventuras del célebre luchador mexicano, llevado al rango de super héroe por el dibujante y editor mexicano José G. Cruz, a través de sus comics realizados en el formato tipo fotonovela y en color sepia, en donde Santo participaba en las más diversas aventuras, sin necesidad de volar o cualquier otro poder extraordinario, simplemente con su fuerza y su agudeza mental, utilizando una motocicleta o en el mejor de los casos un deportivo convertible.  Así fue que donde “Chalo” empecé a ejercitar mi paciencia, pues no me importaba que estuvieran esperando cuatro o cinco clientes, pues eso me daba tiempo para leer una novela completa de Santo.  Todo el pueblo comentaba las aventuras del enmascarado y muchos se animaban para mandar sus dibujos del luchador para tratar de obtener el premio de la máscara que ofrecía la editorial a los mejores dibujos.  Decían que Oscar Quant, había enviado un dibujo tan bien realizado que había ganado el premio, sin embargo, nunca nadie miró la famosa máscara.

Cuando a inicios de los sesenta tuvimos acceso a la televisión, el Canal 6 empezó a trasmitir unos videos de la lucha libre de México.  Estas grabaciones aparentemente eran de los años cincuenta, cuando este luchador tenía varios años de participar como El Enmascarado de Plata, pues a pesar de haberse iniciado en la lucha libre desde 1934, había debutado con ese nombre y su particular atuendo hasta en 1942.  En esos videos además de Santo, participaban grandes figuras de esa época como el Rayo Pampero, Chico Casasola, el Cavernario Galindo, el Perro Aguayo, Blue Demon.  Ahí conocimos la mecánica de la lucha libre, desde aquel famoso grito de: Pelearán a tres caídas, sin límite de tiempo, hasta las llaves y castigos más utilizados.  No nos perdíamos por nada del mundo ese espacio en donde atónitos observábamos que Santo, a pesar de todo era vulnerable.  Había que reconocer que el Enmascarado de Plata, con un estilo medio técnico y medio rudo, ganaba la mayoría de las peleas, sin embargo, de vez en cuando, nos llegaban a doler los cascarazos que le propinaban los otros luchadores.  Lo que nunca alcanzamos a ver fue que le quitaran la máscara en un combate, incluso comenzó a correr el rumor de que el propio Santo había declarado que el día que le quitaran la máscara ese día iba a morir.

Poco tiempo después, fuimos testigosde la aparición de Santo en el cine.  Con mucho tino los productores cinematográficos mexicanos supieron explotar la imagen de este héroe y lanzaron una serie de películas en donde el luchador se enfrentaba a los más diversos antagonistas, gangsters, momias, vampiros, alienígenas, contrabandistas, estranguladores, brujas, cazadores de cabezas, monstruos diversos, zombies, karatekas.  Se rodeó de una diversidad de coprotagonistas como las sensuales Lorena Velázquez, Elizabeth Campbell, Amadée Chabot, Eva Norvind, Maura Monti, Meche Carreño, así como de otros luchadores como Blue Demond, Mil Máscaras e incluso cómicos como Capulina.   Durante dos décadas observamos el desarrollo de la imagen del enmascarado de plata, de un cine en blanco y negro, gótico como lo califican algunos conocedores del séptimo arte, hasta las versiones en color, en donde el invencible héroe, que tan sólo era derrotado por la báscula, debía cambiar su desnudez y su capa por sacos sport acompañados por camisetas cuello de tortuga y era ayudado por toda una parafernalia de macro computadores que parecían subestaciones eléctricas y demás artilugios de comunicación que causaban la envidia del Súper Agente 86. 

Fue impresionante el éxito que las películas de Santo alcanzaron no sólo en los países de habla hispana, sino en los lugares más sorprendentes del planeta.  Con el propósito de penetrar más fácilmente en los mercados extranjeros, los productores mexicanos realizaron versiones alternas de las películas de Santo en formato XXX que cautivaron al público de Europa y los Estados Unidos.  Sin embargo, lo más notorio fue el éxito que alcanzaron las películas estándar de Santo en los países bálticos y del norte de África, en donde el público llegó a creer que se trataba de un héroe árabe e incluso turco, cosa nada extraña, pues con su máscara tenía cara de ser de esos lados.

A comienzos de 1968, Santo El Enmascarado de Plata estuvo en Nicaragua para una fugaz presentación.  El diario La Prensa registra una visita del luchador a ese rotativo, sin embargo, el cronista no supo aprovechar la presencia de la leyenda para una entrevista interesante y lo único rescatable de la misma fue que ante la pregunta que si no hubiese sido luchador, qué le hubiera gustado ser, él sin pensarlo mucho respondió: ¡luchador!.

A finales de los setentas vimos como empezó a declinar la fama del Santo, pues el cine mexicano entró en una vorágine de temas de albañiles, ficheras, mecánicos, encueratrices y demás, así que el gran héroe tuvo que resignarse a actuar en espectáculos de escapismo, una versión gótica del gran Houdini. 

A mediados de los ochenta, en un programa de televisión conducido por el ícono de la televisión mexicana, el periodista Jacobo Zabludosky, de manera inexplicable, Santo se quitó la máscara.  Toda su afición se quedó anonadada.  Días después, El Enmascarado de Plata presentaba un show de escapismo en el Teatro Blanquita, la catedral del arte popular en el Distrito Federal, frente a la propia Plaza Garibaldi y al finalizar su presentación, ya en su camerino se sintió mal.  Un fulminante infarto al miocardio lo lanzó a la lona, le aplicó el toque de espaldas y la parca, ni corta ni perezosa, le contó hasta tres.  Era la última caída.  Así, de forma increíble, Santo abandonó este mundo. 

Pero, como dicen por ahí, hay muertos que nunca mueren.  Además de la carrera en la lucha libre de parte de su hijo, las películas de Santo en diversos formatos, además de su constante presentación en la televisión mantienen viva la leyenda.

Cuando estoy en México y tengo la oportunidad de visitar la cripta de mi padre, aprovecho para pasar viendo la de Santo, nada más para verificar, a ver si no salió en busca de nuevos antihéroes, narcotraficantes, terroristas y magistrados, pero para tranquilidad de ellos, sigue ahí.  Nosotros, sin embargo, seguimos aquí, en esta lucha que llamamos vida, que no se acaba hasta que se acaba, no importa cuántas veces nos cuenten hasta tres, no importan cuántas caídas hayamos perdido, mientras mantengamos la máscara, ahí la llevamos.

Mayo 18, 2009

Sobre un retrato de Don Gilberto González

Gilberto González Caremacho

 

Dicen por ahí que una imagen vale más que mil palabras y puede ser cierto.  Cuántas veces no hemos visto a una fotografía ilustrarnos más que un extenso artículo.  En el caso de Celeste González y sus fotografías pareciera que esta artista de la cámara abriera una ventana en el corazón de su objetivo que nos adentra en las intimidades de la imagen que nos presenta. 

En la fotografía que nos ocupa, se requiere de un esfuerzo titánico para tratar de aportar mayores elementos de los que Celeste capturó de este personaje y cuya imagen pareciera narrarnos una historia tan nicaragüense como los relatos de Fabio Gadea Mantilla.

Tal vez sólo restaría agregar que se trata de Don Gilberto González, jinotepino conocido en toda Nicaragua como Caremacho y que forma parte de los personajes legendarios de Carazo.

El rostro de Don Gilberto curtido por el sol que observamos en la imagen, nos dice que fue por mucho tiempo músico de calle y en efecto, formó parte de una generación musical que brotó en el departamento de Carazo en la primera mitad del siglo XX y que se distinguió por su calidad y versatilidad, pues al mismo tiempo tocaban en un conjunto en una procesión religiosa, que integrando una orquesta que amenizaba una fiesta en cualquier lugar de Nicaragua; como es el caso de la recordada Jazz Carazo que alternó con las mejores orquestas del país y del exterior que nos visitaban.  Tocaba el clarinete y lo tocaba con mucha gracia, pues sabía imprimirle el toque bandido a los sones de toro que requieren la sabrosura de este instrumento. 

Como el oficio de músico, al igual que muchos otros, no generaba suficientes ingresos para subsistir, los músicos de ese entonces tenían uno o dos oficios alternos que les ayudaban a librar la batalla por la vida.  Un oficio que fue muy socorrido por parte de los músicos fue la venta de lotería y era algo común mirar a los virtuosos recorrer la calle del mercado de Jinotepe ofreciendo el premio mayor.  Uno de ellos, además de lotero, llegó a ser diputado, sin abandonar nunca sus otros dos oficios; pero eran otros tiempos, ahora los diputados prácticamente se sacan la lotería y no necesitan trabajar por el resto de sus días.

Don Gilberto anduvo en muchos oficios, hasta que descubrió su otra vocación y fue de una manera fortuita.  En cierta ocasión, su esposa, Doña Amalia, al saber que el señor tenía planeado echarse unos tragos con sus amigos, con el propósito de mantenerlo en su casa le ofreció prepararle unas bocas y tuvieron tanto éxito entre los amigos que surgió la idea de poner una cantina.  De ahí salió el Rancho Amalia, que con el tiempo sería una de las cantinas más emblemáticas de toda la región central de Nicaragua.

En el rostro que la mágica lente de Celeste logró captar con tanta expresividad, se observa una determinación increíble.  En efecto, Don Gilberto se empeñó en ofrecer en su cantina una atención de primera.  Lo más apetecido en el Rancho Amalia eran desde luego las bocas (botanas en México o tapas en España, para los que no conocen el término).  La sola mención de la lista de delicias que servían en el establecimiento haría salivar como un mastín al más indiferente.  Había tostones hechos con el plátano en su debido punto, crujientes, olorosos, que dejarían pálidos a los patacones pisaos del Bodegón de la Candelaria en Cartagena de Indias; frijoles blancos preparados con una receta secreta que es la fecha y nadie la ha podido repetir, según algunos doña Amalia la había tomado de un recetario brasileño y otros decían que la había escuchado a un viajero italiano que pasó por ese pueblo.  Por otra  parte era una delicia el aguacate con pedazos de tortilla milimétricamente cortada, así como el lomo de costilla que sin éxito trataron de copiar algunas cantinas se Managua; al igual que un corazón preparado a la mosataza con pedazos de pipián, el chancho asado que ni en el mercado de León podía encontrarse uno igual, pollo rostizado y los lunes que se servía un inigualable arroz aguado.  Tal vez pudiera decirse que el guaro es guaro en todos lados, sin embargo, había diferencias, pues Don Gilberto procuraba el mejor guaro de la región, sin adulteraciones, lo demás era estándar, la Santa Cecilia que imperaba antes que el Ron Plata, la Flor de Caña y las cervezas que eran servidas a una temperatura que sudaban, de esas que sólo se logran ver en los comerciales.

A la par de la excelente atención que prodigaba en ese establecimiento, estaba el orden y el respeto que se exigía a sus parroquianos, manejando Don Gilberto el lugar con la disciplina de un prefecto de las Escuelas Cristianas.  Por muchos años prohibió el ingreso de mujeres a su cantina y tal vez podría parecer demasiado sexista esta medida, sin embargo, aseguraba que el local no se convirtiera en otra cosa.  Tampoco permitía escándalos ni pleitos en el Rancho.  Sin embargo, la medida más estricta era el respeto que para su persona demandaba de parte de los parroquianos.  Nuca permitió que nadie le llamara Caremacho en su cara y aquellos que osaron hacerlo fueron vetados por el propietario y nunca más pudieron ingresar al Rancho Amalia.  Se dice de algunos jinotepinos que después haber sido vetados por ese pecado, debieron tramitar a través de amigos mutuos el perdón correspondiente para poder ingresar de nuevo al recinto.

Por ese santuario del buen beber y comer desfilaron destacadas figuras del mundo político, egregios abogados, insignes galenos, abnegados docentes, brillantes ingenieros, dedicados oficinistas, prósperos banqueros, acaudalados comerciantes, repudiados militares, obreros del volante y tantos más.

Podría afirmarse que Don Gilberto hizo escuela en cuanto al noble oficio de la cantina, logrando imprimirle calidad, seriedad y profesionalismo al servicio que ofreció por muchos años.

También es pertinente agregar que este personaje también fue un folklorista, no sólo por sus aportes a la música popular, sino por haber contribuido a ciertas tradiciones de Jinotepe como el baile de “chinegros” que se realizaba en honor de la Virgen de Guadalupe, en donde personajes de esa ciudad se pintaban el cuerpo de la cintura para arriba con una mezcla de contil y vaselina y bailaban en la procesión que salía el 12 de diciembre, al final de la cual se repartía carne de cabro y guaro.

A finales del siglo XX, cuando sintió que su hora había llegado, el único deseo que pidió fue que lo enterraran con su clarinete.  No quiso decir que desestimaba el oficio que le dio fama, sólo que sintió que ese instrumento era su fiel compañero desde su juventud.  La historia se encargaría de enaltecer su constante afán de ofrecer lo mejor en el Rancho Amalia.

Ahora, si regresan a la fotografía podrán observar todo lo que en ella se expresa, todo lo que un rostro nos puede decir, toda la historia tan nicaragüense que a través de esta imagen nos regala Celeste y si nunca estuvieron en el Rancho Amalia, desearán subir a la máquina del tiempo que los lleve de regreso a los grandes tiempos de ese carismático lugar y aquellos que tuvieron la suerte de saborear las delicias de la cantina, no podrán evitar la lógica reacción pavloviana.

Agradezco sobremanera la invaluable colaboración de Eduardo Ortega Reyes, connoisseur de estos menesteres, así como de Ovidio Ortega Reyes y desde luego la amabilidad de Celeste González de permitirme utilizar sus obras de arte.