Anastasio Somoza García está en su Despacho en Casa Presidencial, reunido con parte de su Gabinete de Gobierno, discutiendo asuntos relacionados con el presupuesto de 1952, cuando de pronto suena el teléfono que se encuentra a su lado. El General contesta y después de escuchar por breves segundos, emite una serie de instrucciones y cuelga. Termina de regañar al Ministro de Hacienda, le grita un par de órdenes y sale del Despacho. Acompañado de un asistente se dirige hacia las escalinatas de Casa Presidencial en donde le aguarda su limosina. Sube al vehículo y su caravana baja la Loma de Tiscapa, toma la Calle Colón y al llegar a la Estatua de Montoya sigue por la Carretera Sur.
Después de cuarenta minutos, la caravana entra a San Marcos en donde es observada por algunos curiosos que comentan: Ahí va Tacho al Porvenir. En efecto, después de pasar la Iglesia Parroquial del pueblo, la caravana tuerce hacia la derecha y en unos minutos ingresan a la Hacienda El Porvenir, propiedad de la Familia Somoza y en donde habita la madre del Presidente.
Al descender de su vehículo, Somoza respira profundamente y siente el aroma, mezcla de cafetal, limoneros y las flores de su madre e inmediatamente su expresión grave se relaja y la serenidad va invadiendo poco a poco su humanidad. Se dirige hacia la cocina en donde Doña Julia, su madre, se encuentra dirigiendo la preparación del almuerzo, en esta ocasión especial porque espera a su hijo. Cuando la anciana siente la presencia de su hijo, suspira y voltea con el rostro iluminado y sus pequeños ojos fulgurando a través de sus gruesos lentes de carey. El General le devuelve una sonrisa abierta y caminando casi de puntillas se acerca hacia ella la abraza, la mece y luego besa su frente. Luego, la invita a salir hacia el jardín, en donde hay un par de mecedoras y se sientan a platicar.
-Y ahora ¿qué pasó, mamá? dice el Presidente, con voz pausada, casi susurrando y con un tono de paciencia. La señora sonríe y le dice: -Es que anoche estuve pensando en Rafael, está hecho paste el pobre, le viene otro cipote y no le alcanza con el sueldo, así que decidí que lo íbamos a ascender a capitán. Somoza deja de mecerse y sus ojos amenazan con ponerse como platos, pero inmediatamente cambia su expresión y sólo agacha su cabeza y exclama: ¡Ay, mamá!. Sin embargo, su madre no parece escucharle y continúa, -Quería saber cuándo podíamos hacer efectivo esto. El General mientras mueve su cabeza lentamente como negando algo, sonríe y le dice: – A la brevedad mamá, a la brevedad. La señora sonríe también y le toma la mano entre las suyas y con la derecha le palmea cariñosamente.
Luego, el hombre fuerte de Nicaragua, sin mucha paciencia para escuchar largas exposiciones o explicaciones, se mece tranquilamente mientras su madre le cuenta los pormenores de la hacienda o los chismes del pueblo. Mientras la agenda presidencial se desconfigura y debe ser ajustada, pasan tranquilamente al comedor en donde disfrutan de una sopa de albóndigas. Cualquiera que mira esa escena, no pensará que la persona que bromea con las cocineras y ríe con su madre, es el mismo hombre que durante los últimos veinte años se ha mantenido en el poder en Nicaragua, para lo cual no ha escatimado en malas maniobras como el Golpe de Estado en contra de Juan Bautista Sacasa, el asesinato del General Augusto Sandino, los fraudes electorales para llegar a la presidencia, el despojo de sus tierras y sus patrimonios de miles de conciudadanos, el encarcelamiento y tortura de adversarios políticos y la instauración de la regla de las tres P, plata para los amigos, plomo para los enemigos y palo para los indiferentes, la cual aplicó de manera efectiva.
Ya avanzada la tarde, el General se despide de su madre con un fuerte abrazo y las recomendaciones de rigor, la anciana le sonríe una vez más y a través de sus lentes se adivina una lágrima retenida, pues en el fondo de su ser, presiente que cualquiera de esas despedidas puede ser la última.
La caravana parte hacia Managua y al pasar por San Marcos, el General mientras saluda con su mano a algunos ciudadanos que a la expectativa esperan su paso de regreso a la capital, piensa que es un alivio que el mundo de su madre termine en el pueblo.
Doña Julia García Alfaro, sanmarqueña de origen campesino, siempre fue una persona sencilla, trabajó afanosamente para apoyar a su esposo y preparaba desde nacatamales, cuajadas y demás productos para ayudar a la economía familiar. Cuando la situación familiar comenzó a mejorar, en especial con el regreso de Anastasio de los Estados Unidos, ella continuó preparando productos para su venta, más que por necesidad, por un afán de mantenerse ocupada. No obstante, se quedó estacionada en el tiempo pues al igual que asignaba unos pocos centavos para la compra de verduras o cualquier otra cosa, ordenaba que los productos que mandaba a ofrecer se vendieran también a precios ridículamente bajos. Anastasio se ocupaba que estos desbarajustes financieros fueran cubiertos sin que la señora se percatara.
Los encuentros entre Somoza y su madre, a pesar de no ser con la frecuencia con que hubieran querido, siempre estuvieron llenos de cariño, en donde nadie sabía cómo y cuándo operaba la verdadera transfiguración del dictador. Siempre manifestaba la anciana su orgullo de mirar a su hijo vestido de militar y en algunas ocasiones, le solicitaba cosas inverosímiles, como cuando le pidió que le contara cómo era montarse en los caballitos. El General se dirigió entonces a San Marcos que vivía las fiestas de abril y se subió a los caballitos, ante la mirada atónita de todos los presentes, lo que motivó que algunos “cepillos” acompañaran al jinete en la cabalgata y no se prestara a ningún ridículo. Fue una “vuelta” que duró como nunca y no fue sino hasta que Tacho hizo una señal que el tiovivo se detuvo, regresando a El Porvenir a donde llegó a comentarle a su madre su magnífica experiencia.
Pero como dicen por ahí, no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague y la noche del 21 de septiembre de 1956 en la ciudad de León, Rigoberto López Pérez, le disparó cuatro balazos. El Presidente de los Estados Unidos de América, Dwight Eisenhower, dispuso de los medios para que fuera trasladado al Hospital Gorgas de Panamá para que ahí fuera atendido por sus médicos personales. Desde que es herido, Somoza en lo único que piensa es cómo se mantendrá la familia en el poder, a pesar de que en algunas ocasiones había conversado con su esposa e hijos sobre las alternativas en caso de que algo le sucediera, pues además de los serios problemas de salud que enfrentaba, además de su diabetes, estaba la sensación de que no estaba lejano el día en que alguien se atreviera a asesinarlo. En Panamá, se muestra optimista, pues habían circulado versiones que de los balazos ninguno era mortal e incluso llega a observarse al dictador bromeando y piropeando a una enfermera.
Antes de la operación a la cual sería sometido lo visita el Teniente Wyse, capellán del Hospital Gorgas quien le ofrece confesarlo. Somoza quien sabe perfectamente que tan sólo el examen de conciencia tomaría más tiempo que la operación, realiza una confesión express, ante la cual, el capellán no tiene otra alternativa que perdonarle sus pecados en lote, sin embargo, al momento en que Wyse hace la señal de la cruz para darle la absolución, Somoza adivina en sus ojos una expresión que hace que un escalofrío le comience en la bala de la columna y recorra toda su espalda.
Después que Somoza entra a la operación, nadie vuelve a mirarlo consciente. Después de la intervención que dura seis horas, no recobra la conciencia, sin embargo, su mente empieza a divagar sobre la confesión que no hizo y cada uno de sus pecados empiezan a formar una inmensa fila, en donde rostros de prisioneros mutilados pasan ante sus ojos, Sandino después de el abrazo traidor cae ante un pelotón de fusilamiento, miles de terratenientes llorando por sus propiedades, familias completas que viajaron al exilio, prisioneros ejecutados con la ley fuga, la constitución y las leyes de Nicaragua pisoteadas vilmente y tantos más. El dictador siente que al igual que la ruptura un cordón umbilical marcó el inicio de su vida, necesita cortar otro cordón para dejarla y descansar de las escenas propias de la Divina Comedia que se agolpan en su cerebro y la puerta que amenaza: Lasciate ogni speranza. (Abandonad cualquier esperanza).
De repente, Somoza encuentra una luz y descubre en su conciencia, llena de dolor y remordimiento, un pequeño filo de remanso. Es la minúscula parte que corresponde a la relación con su madre, la única que está libre de violencia, traición, odio y rencores. Aquella pequeña porción de paz y de amor, que de alguna forma lo está aguardando. Ahí se refugia y cree sentir vivamente el aroma al cafetal, los limoneros y las flores de su madre y corta el cordón que lo libera. Apenas alcanza a escuchar a Wyse pronunciar: Amén, en una misa que en la recámara presidencial del Hospital pidió su ahora viuda Doña Salvadora.
El Papa Pío XII, en medio de su sabiduría e infalibilidad, debió haberse dado cuenta de lo anterior, pues al recibir la noticia del fallecimiento del General, otorgó su no objeción para que fuera declarado Príncipe de la Iglesia y le envió una bendición especialísima a la desconsolada viuda.
Después de tanto tiempo, Somoza todavía es considerado por muchos como un monstruo, sin embargo poco a poco esa imagen se va despintando, al contrastarla frente a muchos que sin proponérselo, lo imitan en muchos aspectos. Para los sanmarqueños que se dieron cuenta de la vida del General, fuera del ámbito político, lo recuerdan tan sólo como lo que quedó latente, como un buen hijo y este resquicio, tal vez otorgue cierta benevolencia al juzgarlo.














